miércoles, 28 de enero de 2015

Nisman, con el foco ampliado

Cuando la presidenta CFK dispuso, a mediados de diciembre último, una limpieza en los servicios de inteligencia, bien podría haberse supuesto que los elementos desplazados de un submundo que otorga mayor poder que el deseable (el Estado paralelo del que se viene hablando) reaccionarían. Un tanto más subjetivo habría sido el debate acerca de los modos en que ello sucedería. Pero, sin dudas, muy pocos habrán acertado en que todo desembocaría en la muerte del fiscal a cargo de la unidad especial para la investigación de la causa AMIA, el doctor Alberto Nisman.

El hecho resulta inseparable de aquella medida de la jefa del Estado. Con el correr de los días --y en forma por demás extraña--, el dispositivo mediático opositor ha ido amigándose con la hipótesis del suicidio.

En su columna mensual en La Política On Line, Martín Rodríguez ha argumentado, con buen criterio (tal su costumbre), sobre la conveniencia de no tomarle cariño a las teorías conspiranoicas. En un sentido similar, Horacio Verbitsky solicita esclavizarse sólo a los datos que vayan surgiendo en el expediente para un mejor análisis del asunto. Imposible no coincidir con ambos, pero, en el caso que nos ocupa, uno siente la necesidad de, por lo menos, matizar. Porque sucede que este escenario se ha construido a partir de, justamente, las hendijas que habilita el manejo labil de la información.

Por un lado, porque el otro episodio ineludible para la comprensión de esta historia es la denuncia incalificable que, días antes de fallecer, Nisman había presentado contra Cristina Fernández, el canciller Héctor Timerman y el secretario general de La Cámpora, Andrés Larroque. Apoyado en unos pocos ejes fácticos ya totalmente desestimados (baja de alertas rojas que instaría el gobierno argentino, lo que desmintió el entonces jefe de Interpol; aumento en el intercambio comercial, que tampoco sucedió y que es técnicamente imposible; agentes de inteligencia que no lo eran y un paper que sólo Pepe Eliaschev decía haber visto), nula elaboración jurídica, enorme cantidad de copy/paste noticioso (precario, también) y basura de espionaje, su (por decir lo menos) endeblez liquida per se el único móvil que podría haber tenido el gobierno nacional para un asesinato.

Sin embargo, aún sentado todo esto, la variable no se descarta de cuajo. Y entonces surge el interrogante en torno a los motivos que sostienen una acusación prácticamente imposible, y por delitos para nada menores.

Tampoco puede perderse de vista que el cimiento de esta deriva es una causa, la del atentado a la AMIA, que si por algo no se ha destacado precisamente es por su solidez documental. Una construcción que hace agua por todos sus costados, y cuya primera impugnación seria, el Memorandum de Entendimiento que celebraron Argentina e Irán (reprochable sólo en términos de eficacia), también es parte central de este trauma. De otro modo, cuesta entender que pueda generar tanta roncha la sola duda ante una culpabilidad definida extrajudicialmente de antemano, chiquero que ha disparado otros episodios tribunalicios (por encubrimiento) al respecto. Que, para más… están a punto de comenzar. Y que, en definitiva, equivalen a saber menos y no más sobre la voladura: centralidad exclusiva de la pista iraní, en detrimento de las siria, local y del narco.

Jorge Lanata, para mencionar al más insospechado de oficialismo, dijo en 2006, cuando Nisman hizo el pedido de captura de 8 iraníes sobre el que circula este incidente, que se trataba de 800 páginas de “nada”. Es decir, siguiendo este razonamiento, que el dictamen del fallecido contra CFK sería por ocultación de "nada". Sabrá Lanata, mejor que uno, explicar su giro.

Por último, la gestión de los vericuetos de la pesquisa de la muerte de Nisman, que por ahora no arrojan nada ni mínimamente distinto a un suicidio, fronteras afuera de los tribunales luce demasiado intencionada hacia la puesta en duda de aquello que surge indubitable. Ya de por sí, desde la evidentísima pretensión de arriar al kirchnerismo hacia el barro de un vaivén de habladurías inconvenientemente superpoblado, cuando su inocencia penal, vale insistir, se verifica en el escalón inicial de la investigación: el de las motivaciones de la conjetura homicida, antes que la duda por el principal perjudicado con la muerte.

En definitiva, los duros hechos remiten a demasiadas encerronas, actores y situaciones brumosas. En el marco de una causa cuyas resonancias políticas no requieren de demostración empírica, y que por ende conducen a otras circunstancias igualmente enmarañadas, la omisión del contexto supondría una ingenuidad. Que, además, negaría vías de indagación criminal perfectamente plausibles. Y la siguiente frase puede, quizás, generar ruido. Pero es necesario asumir estas complejidades, que, aquí creemos, estallan de obviedad: una confabulación no requiere de que todos quienes la integran se reúnan a los efectos de organizarla. Cualquier operador fino del sistema político (entendiendo por esto a todo aquel con algún nivel significativo de intervención decisoria o ejecutiva allí), como lo son de sobra todos los que aquí en danza, conoce a la perfección de los impactos que sus movimientos van a conllevar en una secuencia 'X'.

De manera tal que, sin definir ningún relato acabado, no está de más la mención de varias piezas que constituyen de manera imprescindible la hoja de ruta a caminar para el esclarecimiento. Que va más allá del proceso judicial en sí mismo.

El jueves 22 de enero, Carlos Pagni, sin inmutarse, reprochó a la oposición su incapacidad para articularse en un frente único a partir de este episodio. Es decir, el defectuoso uso que hacían de la que imagina una oportunidad de alterar el curso de las aguas electorales, que venían, en lo más probable, para desembocar, hacia octubre, en el cuarto gobierno consecutivo del kirchnerismo. El mismo columnista había escrito, para el lunes en que terminó siendo noticia el deceso de Nisman, que su presentación tenía fisuras, y que ello indicaba la inconveniencia de la reforma procesal penal que promovió el gobierno nacional en 2014. No fue ésa la única nota que comenzaba a soltar la mano del fiscal previo a una reunión en el Congreso que, extrañamente para alguien que se decía sólido en su imputación, se pretendía secreta y sin preguntas.

Hay aquí demasiados otros involucramientos conducentes: las intervenciones nada menos que de la CIA y el Mossad en relación a un crimen cometido en Argentina que opera, en el plano geopolítico, en función de la islamofobia global --reinaugurada a partir de la masacre a Charlie Hebdo--; la resistencia de los tribunales federales a adecuarse a la modificación legal recién comentada; la pudrición de los servicios de inteligencia --que, debe reconocerse, el oficialismo demoró demasiado en tramitar-- y la inagotable aspiración del establishment argentino, y muy en particular de su segmento infocomunicacional, por recuperar al Estado nacional como gendarme de la rentabilidad del capital.

De nuevo: son sólo puntas de las que habría que tirar, pero que no pueden pasar desapercibidas tan fácilmente.

Este post comenzó a escribirse antes de la cadena nacional en que la presidenta de la Nación anunció el envío al Congreso Nacional de un proyecto de ley que buscará la reconfiguración de la inteligencia nacional. Tal vez sea ésta una ocasión, como pocas otras ha habido, en la que resulte extremadamente difícil separar las implicancias políticas y jurídicas que, al mismo tiempo, entraña, en una retroalimentación ingobernable. La sistematización ordenada de unas y otras es un desafío de tamaño profesional superlativo. Que atañe, como hace rato no se veía, a la paz social, clave de la gobernanza sana. El debate legislativo es, así, una correcta réplica a la necesidad de exponer el panorama en su completitud.

Los crímenes perfectos, se sabe, no existen. Pero quizás sí puedan serlo algunas de las salpicaduras que producen.

martes, 13 de enero de 2015

Si ves al futuro, dile que no venga

En diálogo vía Facebook con María Esperanza Casullo, a propósito de su excelente columna en Nueva Ciudad en la que propone repensar lo que fue el fenómeno de la Alianza, este comentarista le señaló a la politóloga que, respecto del texto, disentía apenas en cuanto a que 2015 no alumbrará --entiende, a diferencia de ella-- nada diferente, sino un cuarto período del kirchnerismo. A lo que la autora respondió que, aún en la hipótesis de un futuro gobierno de Florencio Randazzo o bien de Sergio Urribarri, el futuro será distinto, dada la incidencia que, inevitablemente, aún en dosis mínima, tienen las improntas personales de los candidatos en la cuestión.

Aun coincidiendo en parte con MEC, a nuestro criterio, como saben de sobra los pocos lectores habituales de este espacio, lo definitorio a la hora del análisis político no pasa por las peculiaridades particulares de los protagonistas, sino por la arquitectura de los espacios políticos en que se desarrollan. 

La excepcionalidad del kirchnerismo --o su nota distintiva respecto de las administraciones que lo precedieron desde 1983, si se prefiere-- reside, según aquí entendemos, en que ha conseguido (porque se lo ha propuesto, detalle no menor) independizar el diseño de su programa de gobierno de la influencia que pretenden sobre su confección distintos intereses sectoriales de la vida nacional. La referencia no es exclusiva al empresariado, de lo que puede dar testimonio Hugo Moyano, en tanto agente de una parcialidad que, por no haberse entendido tal, acabó expulsada de la liga oficial apenas consumada la reelección de la presidenta CFK. Argentina ha sabido de ciclos históricos distintos, en los que los gobiernos no eran más que meros ejecutores de esquemas definidos fronteras afuera de la juridicidad vigente, a la salida de la última dictadura, cuando se consolidó un bloque que conservó enorme capacidad de intervenir en los cursos decisorios nacionales durante dos décadas. 

Incluso, la fractura de ese conglomerado, dolarizadores versus devaluadores, se saldó a sangre y fuego a fines de 2001. 

En su asunción a cargo interinamente del PEN, el ex senador Eduardo Duhalde dijo que cada dirigente argentino debía funcionar como lobbysta de los --por llamarlos de algún modo-- empresarios locales, en lo que tuvo a Raúl Alfonsín como partenaire. En relación a Carlos Menem resultaría ya imposible abundar. El kirchnerismo es originariamente un desprendimiento del devaluacionismo, pero a partir del conflicto con las patronales agrarias resolvió acelerar en su vocación de independizar las potestades que le son legalmente acordadas a los actores institucionales. Va de suyo que ha sido un proceso no exento de matices, sinuosidades y contramarchas. Pero son los propios beneficiarios de las antiguas fórmulas quienes, en sus berrinches mediatizados, exhiben la distancia que hoy les impone la Casa Rosada. 

Con el kirchnerismo no pueden elaborar más que acuerdos circunstanciales. Se trata de la diferencia entre representación, que no incluye otorgar las herramientas estatales de resolución; y la conversión en sucursal de lo que se intenta expresar. 

Es alrededor de esta novedad --que todavía construye la etapa inaugurada en 2003-- que se tramitarán la discusión sucesoria de 2015, en primer término; y las características del próximo gobierno, en paralelo. Lo que es parecido, pero no idéntico. Maurizio Macrì lo entiende hace rato, y polariza en tal sentido con el oficialismo nacional. Consciente del descuadre que le supuso la ancha avenida del medio para su carrera hacia la presidencial, Sergio Massa profundiza su perfil opositor, ahora con la incorporación de Francisco De Narváez. Al interior del oficialismo, el déficit de Daniel Scioli es su dificultad para somatizar esto en su diagrama de campaña. De todos modos, la relación de fuerzas en el Frente para la Victoria, más allá del candidato, cuenta con recursos para sostener la actual dinámica de gobernanza. Que, por tratarse del elemento singular del mercado electoral, lo hace competitivo aunque cargue con más de una década agitada en el gobierno.

A veces se presumen novedades que no lo son tanto si se las observa a la luz de las estructuralidades, que se continúan.

viernes, 9 de enero de 2015

Cuanto peor, peor

Desaconsejables como son en política los dogmas, Argentina, por suerte, y debido a que toda regla requiere de alguna fortísima excepción para ser tal, se ha nutrido de uno valioso, producto de la fractura expuesta que aún significa la última dictadura. En sintonía con el quinto mandamiento cristiano, un pueblo que durante demasiado tiempo se distrajo de esa enseñanza (tanto como lo hicieron los operadores locales de tal credo, y justamente por ello mismo) hoy puede sentirse orgulloso de exhibir una altísima intolerancia para con la violencia, más cuando hay política involucrada.

El asesinato de Kosteki y Santillán, por caso, alteró los rumbos del juego electoral tras el crack de 2001. Más acá en el tiempo, cualquier esbozo de siquiera mínima comprensión de los linchamientos que fueron debate a principios de 2014 fue a parar al tacho de la irrelevancia. Quienquiera que pretenda valerse del salvajismo como herramienta de acción corre riesgo de devenir consumo irónico.

Y ello aún cuando existen porciones significativas (no que sean cantidad en sí, sino por la calidad de tratamiento que reciben en relación al que --dado esto-- merecen) de ciudadanía que adolecen de pulsiones animalescas: eso existe, y hay que asumirlo para resolverlo. Pero, también, rápido despeñan hacia el ridiculismo, fulminados mayoritariamente como incalificables.

Una dualidad compleja e interesante, como todo matiz, con saldo felizmente positivo.

* * *

Desde esta perspectiva, la reflexión a propósito de la masacre a Charlie Hebdo no puede ser otra que la que la enunciación aquí escogida avisa. No se mata. Nada lo justifica. Toda la contextualización que se quiera y se pueda hacer a propósito de la cuestión musulmana y de la política imperial norteamericana en Medio Oriente luce, prima facie, desubicada frente a 12 víctimas de discusiones religiosas y/o políticas (que se mezclan al punto de resultar imposible discernir fronteras entre ambas) pésimamente tramitadas. Sobre todo, cuando sobran evidencias de que terminan resultando meros pretextos de meros internismos facciosos. Pero aún si se optara por la ruta analítica el resultado será el mismo: el pueblo musulmán, que es el débil en esta historia, no obtendrá de este episodio más que un incremento entre sus víctimas y pesares. 

Nada pueden aquí todos los peros que efectivamente caben al asunto principal, porque en esta ocasión sólo logran dar pasto a bestias como Marine Le Pen, quienes logran que el temor a las derivas no implique tremendismo.

Los detalles acerca de cada una de las diagonales y de los incontables particulares que se cruzan a través de este litigio, se encontrarán mejor explicados en otros lados que en este espacio, en el que apenas quisimos aparecer para reafirmar una postura que uno esperaría se convierta en algo más que pose en los centros decisorios a nivel global. Se trata, presumiblemente, de una esperanza vana. Así lo confirman los antecedentes más recientes, que de todos modos no sirven para desmentir la tesis que organiza este comentario. Así no se hacen las cosas. Quizá sea lo único rescatable de todo esto, examinado a partir del tal vez más chabacano, aunque también gratamente saludable localismo: más que nunca, Argentina mira azorada y ajena estas idas y venidas de fundamentalismos desbordados de (preocupante) inhumanidad aclimatada.

Si es que acaso uno se propone aprender aún de lo peor, téngase de esto que en un tema sensible se es ejemplo.  

martes, 6 de enero de 2015

Expediente DOS

“Cuando Clarín opera supuestos apuros en el peronismo en procura de cerrar una definición en el ex motonauta, uno puede y debe alertarse por esa manifestación de preferencias del establishment. Pero, también, comprender que se trata de una confesión derrotista del universo adversario que, convencido de que le será dificultoso vencer con candidatura propia, aspira a intrusar el elemento que presume victorioso.”

Esto dijimos el pasado 14 de noviembre, en ocasión de comentar la alternativa de un mega cierre del Frente para la Victoria, en su totalidad en torno a la candidatura presidencial de Daniel Scioli sin PASO de por medio. Raúl Degrossi coincide hoy con aquello. Clarín inauguró el año con una columna de Julio Blanck, vocería cúspide del monopolio, en este sentido.

La presidenta CFK anunció, durante la celebración por el día de la democracia, que la disputa sucesoria se organizará según la lógica de la polarización. Cuenta con recursos para forzar tal diseño. La perspectiva al interior del FpV se encamina definitivamente hacia una PASO competitiva, que ha permitido contener electoralmente la diversidad del peronismo, con el antecedente inmediatamente previo de la reconstitución jurídica de los PJ nacional y de la provincia de Buenos Aires. Estas novedades, posibles en el marco de una recuperación del control de las variables de la gobernabilidad que construyó el gobierno nacional, impactan muy especialmente en las planificaciones de Scioli.

Convencido el gobernador bonaerense, como dice María Esperanza Casullo en el último número de El Dipló, de su capacidad para fungir como punto de reunificación para el peronismo más alejado de la conducción de Cristina Fernández, jugó durante bastante tiempo a la singularidad. Pero, superada la mitad de 2014, la hipótesis de un acuerdo que lo beneficiase como postulante sin necesidad de internas, en paralelo con la consolidación --de la que pocos jugadores del tablero ocultan tener registro a juzgar por sus comportamientos-- del espacio oficialista como primera fuerza política nacional, lo indujeron a una kirchnerización creciente, en la que se destacó su encendida respuesta al programa de derogaciones legislativas masivas que todos los segmentos opositores prometen desde fines del año pasado como gracia a cambio de favores corporativos.

Se dijo que debido a consejos de Jorge Telerman; lo concreto es que se trató de una correcta observación panorámica.

Si su reciente visita a un evento del Grupo Clarín indica un nuevo giro, o no, estará por verse. Lo que en modo alguno podrá perderse de vista, a los fines de ese análisis, es que surge a partir de la resurrección de la indudable habilitación que CFK hizo a favor del método PASO como fórmula para la designación del aspirante efepeveista 2015.

Y no se trata aquí de sobredimensionar a Clarín. Como varias veces se ha dicho, aún con eso en contra, CFK revalidó en 2011 con records históricos varios incluidos. Pero una lectura fina indica aquí entender que uno de los integrantes del sujeto disruptivo del escenario político argentino, presumiblemente por déficit de construcción territorial para afrontar una primaria peronista, decide hacer un guiño hacia el territorio de una cosmovisión antagónica en la que ya varios (Maurizio Macrì, Sergio Massa y la catástrofe de FAUnen) experimentan las dificultades de la sobreoferta. Aspirando, de tal modo, al diferencial que le otorgue el triunfo a través de una sociología que, es muy probable, está demasiado sobreestimada. Y, por ende, también analizada y publicada (mediáticamente hablando, que se entienda) en exceso. 

Ya Artemio López se ha ocupado de explicar, mejor de lo que podríamos hacerlo aquí, los riesgos que suponen los intentos de seducción de lo ajeno en detrimento de la consolidación de lo propio, que es altamente estimable: 35% de piso histórico.

Por lo demás, es perfectamente entendible, válido y natural que cualquiera, no sólo el kirchnerismo, estipule como mejor le parezca las reglas de admisibilidad a su universo. No la han pasado bien, por caso, quienes han tenido gestos, no digamos amigables, siquiera de mero respeto para con la administración central. Nada quita, eso sí, que uno aspire a una competencia civilizada en lo que queda de cara a la cita de agosto próximo. El rupturismo, a esta altura, conviene a nadie.

Pero, ojo, el dato está: es la derrota de la tesis de la inevitabilidad lo que induce a las diferenciaciones en comentario.