jueves, 1 de octubre de 2015

Durmiendo con el enemigo

El sistema político-institucional chaqueño es distinto del tucumano, y en esa estructuralidad se cifra la clave de los diferentes desenlaces de sus respectivas elecciones locales. En Chaco, peronismo y radicalismo han ocupado alternativamente la gobernación, ambos por lapsos prolongados en los que construyeron sólidos artefactos sobre los que se acolchona la estabilidad de una provincia que, por ejemplo, no ha requerido de intervenciones federales en treinta y dos años de democracia moderna. Incluso, el mapa de poder que emerge tras la votación del domingo último luce racionado: se compone de intendentes de variados colores, y registra algunos casos de corte de boleta.

Puede decirse que el oficialismo local ha acentuado en cierto sentido su dominancia porque, a través del actual gobernador Jorge Capitanich, acaba de arrebatarle la capital a su antagonista principal. Pero la distancia obtenida por el que se ha convertido en su heredero, Domingo Peppo, es menor a la que en 2011 consagró reelecto a Coqui. Y nunca desde 1983 el segundo en el comicio por la jefatura comarcal obtuvo menos de 30% de los votos, tres veces el duelo se definió por un punto y pico o menos, una vez por brecha inferior a cuatro unidades, y en 1995 luego de un balotaje también cerradísimo (50,84%/49,16%, primer éxito del luego revalidado Ángel Rozas).

En este marco, la imposibilidad absoluta de hablar de feudo en relación a la provincia en comentario importa, más allá de vencer en una polémica mediática, para comprender las razones profundas que tuvo la oposición chaqueña para, al revés que la tucumana, no acudir a la piromanía una vez confirmados resultados que se anunciaban por todos los wines. Aída Ayala es la expresión de un colectivo --aceitado por un largo recorrido en el rubro-- en el que conviven, junto a sus propias expectativas para volver a probar suerte, jefes comunales que tendrán por delante cuatro años de gestión con los que lidiar, por hacer una cita mínima pero suficientemente evocativa.

En Tucumán, en cambio, el escenario está desbalanceado. Igual que sucede a nivel nacional, la competitividad fracturada en 2001 no se ha reconstituido en términos de normalidad, entendiendo por esto incertidumbre en cuanto al triunfo en una elección, o relevancia en el reparto de bancas legislativas o de municipios. En resumen, elementos que estimulen la preservación de los lazos que vinculan a un dirigente con el esquema en que vive. No es culpa del Frente para la Victoria la baja electorabilidad de sus rivales. Deberían preguntarse, quienes se dedican al insulto automático, por qué la UCR chaqueña no es estéril como la tucumana, si, dicen, ambas pugnan con cesarismos.

Si el margen de Juan Manzur estuvo por debajo de los guarismos del mandamás José Alperovich, no se debe a una recuperación radical sino a la fragmentación del espacio que hasta hace cuatro años fue uno sólo, en virtud del acuerdo que el intendente peronista de la capital San Miguel, Domingo Amaya, enojado con el gobernador que no lo bendijo para el relevo, labró con José Cano para secundarlo en la empresa de desplazar a sus viejos compañeros. Un partido de tamaño desproporcionado, a la larga, incuba el germen de su propia contradicción: la densidad de cuadros debilita las pertenencias porque el cuello de botella bloquea la posibilidad de ascender en las carreras, por lo que se explora en el vacío adversario. Es la física de la política.     

Se ha dicho por estos días que la calidad política de Capitanich es el quid que ilustra la desemejanza entre uno y otro episodio. Seguramente influye la ostensible superioridad de su formación intelectual, pero lo definitorio en esta actividad son los moldes que contornean a los individuos, quienes en todo caso enfatizan una tendencia, cualquiera ésa sea; y no viceversa.

Coqui viajó hasta Buenos Aires en noviembre de 2013 para tomar a su cargo la jefatura del gabinete de ministerios del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Lo hizo con proyección de catapultarse desde allí hacia la papeleta presidencial del FpV de cara a la sucesión de octubre de este año, pero a la vez puso la cara en el momento más desagradable de los doce años kirchneristas. Y sobre todo, su voz a noticias que, sin ser catastróficas ni mucho menos, por un tiempo no fueron todo lo agradable a que se acostumbró antes y después. Esa circunstancia, que además asumió con vehemencia, jugó un papel vital en su desgaste, que lo devolvió a ordenar el recambio de autoridades de su pago, empiojado hasta principios de 2015.

Una vez allí, debió consentir un candidato que no era el de su mayor agrado en la interna del peronismo distrital, Peppo, en detrimento del senador nacional Eduardo Aguilar. Pactó la nominación a vicegobernador de su hermano, Daniel, y su propia postulación a intendente de Resistencia. Midió relaciones de fuerza y sopesó ventajas y contras para decidir, dando y recibiendo; en criollo, hizo política, lejos de las imputaciones autocráticas con que cómodamente se descalifica a lo lejos tanto a él como a sus colegas del norte del país. Aun conservando enorme valoración social, que sin embargo no le habilita autosuficiencia. Menos aún en el tejido complejo del que forma parte, en pos del cual resignó anhelos, pues es lo que lo cimentó como hombre de Estado y de partido.

También Alperovich cesa conforme limitaciones constitucionales que acepta, lo que --obvio-- no debería destacarse como no fuera porque se le achaca lo contrario. Si de contrastar discurso y praxis y/o establecer comparaciones se trata, bien vale examinar la trayectoria del cabecilla opositor, Cano: surgió a la política en 2003, como legislador provincial; lideró la oferta radical cuando la re-re alperovichista en 2011, dos años después de llegar al Senado federal, escaño que abandonó sin finalizar su mandato para porfiar la diputación nacional que obtuvo en 2013, y que también pretendía dejar antes de tiempo ahora, por la gobernación y/o su retorno a la cámara alta, a lo que en simultaneo quiso lanzarse, y de lo que a posteriori desistió. Más parece canismo que radicalismo.

Hay que recordar el gesto que por la salubridad de su régimen hizo en EEUU el vicepresidente de Bill Clinton, Al Gore, al renunciar a agotar su lucha contra George Bush (h) en la elección presidencial 2001 una vez que la Corte Suprema norteamericana saldó el dilema.

En definitiva, sobra opinología, que en este asunto se nutre del desprecio ignorante de empaquetar distintas realidades en una única categorización: así, la violencia que se derivó estaba a medio paso. El análisis, que viene escaseando, es otra cosa: requiere de matizar las particularidades aquí reseñadas, para entender que muchas veces lo que parece no es, y que no todo da lo mismo.

Pero falta cualificación, sobra mala fe, o ambas. Todo ayudó para el objetivo pergeñado.

* * *

En el excelente libro que sobre el macrismo escribieron Gabriel Vommaro, Sergio Morresi y Alejandro Bellotti, Mundo PRO, se reseña minuciosamente la composición del elenco de Maurizio Macrì.

Que amalgama restos de los estallidos --cada cual a su turno y por diversos motivos-- de la UCR y el PJ porteños, con outsiders, militantes sociales, gente que acompaña al ex presidente de Boca Juniors desde la vida privada (universidad, fútbol, empresa) y referentes de ONG/think tanks/fundaciones: estos son por excelencia reductos de neoliberalismo, que los orquestó para impregnar conciencias como escalón previo a la seducción del sufragio. La batalla cultural de las derechas. Su programa es un entramado sociopolítico débil que favorezca el lobby a favor de determinadas decisiones de gobierno --por intermedio de técnicos solamente en apariencia neutrales--, apoyados además en redes transnacionalizadas de influencia con que se coopera.

Macrì conduce deficientemente este coctel, que, trasladado a las dificultades de la escena nacional a la que se ha lanzado, no logra unificar a su interior prédica y accionar, en gran parte debido a este bosquejo. Y a su mediocridad para acaudillarlo. En el contexto de una alianza en la que sus socios no lo reconocen síntesis, el caos ante los roces promedio del negocio está a la orden del día.

No es propósito de este texto entrar en la pormenorización del diseño PRO, sino simplemente llamar la atención acerca de la precariedad con que proceden quienes se desempeñan allí luego de haberse iniciado en el llamado tercer sector, o sueltos; en suma, los que carecen de la gimnasia que provee la militancia partidaria, con los aludidos límites que ello supone. Cuando se desarrolla en condiciones regulares, vale reiterarse. Basta observar la disimilitud entre la reacción mesurada del ex justicialista Cristian Ritondo durante la clausura del canal C5N, y el comportamiento habitualmente escandalista de la otrora Poder Ciudadano Laura Alonso donde sea que le toque actuar.

Por supuesto que la política no puede, ni debe, cerrarse a ningún entorno; le conviene alimentarse de manera diversificada, lo que redunda en no otra cosa que su enriquecimiento. Pero ello se logra sólo cuando los ajenos no intentan forzar su funcionamiento con lógicas extrañas a las que le son propias. La armonía entre el establishment --que objetivamente alimenta sus aspiraciones de incidentes como los que infectaron Tucumán-- y el PRO no requiere ya de más probanzas.

Un documento publicado por el blog Artepolítica da cuenta de antecedentes similares al que se desató aquí hace semanas con denuncias de fraude, e inscribe estas maniobras en las luchas contra los populismos latinoamericanos. Cuyo despliegue conoce de sobra cualquier habitante de estas tierras que preste una mínima atención a estos temas. Y que se caracterizan por la participación de personajes extra (y anti) políticos, tanto como por formatos desequilibrados en los que escalan: los gobiernos de la región golean hace largo rato en las urnas y están, en mayor o menor medida, en litigio con los statu quo de sus países. Fue evidente la centralidad que buscó Macrì con el incendió que instrumentaron Cano y compañía, desde la noche misma en que se maquinó.

No pasa la cuestión por acusar a nadie. Se impone, sí, panoramizar más ampliamente, para evitar facilismos en los que se inscriben voluntades malsanas. Pero si el Círculo Rojo logra introducir sus afanes se debe también a debilidades de la política en su propia naturaleza, y en cuya configuración se hallará la respuesta más eficaz para los desafíos que la acosan.

El único camino para la política siempre es activar los resortes de que dispone para robustecerse.

[Publicado originalmente aquí: http://abcenlinea.com.ar/durmiendo-con-el-enemigo/]

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