jueves, 24 de septiembre de 2015

Polarizados o no polarizados: ésa es la cuestión

El devenir de las encuestas, ahora que transitamos el período entre-guerras, hizo resurgir la polémica acerca de la polarización. En tanto Maurizio Macrì no sólo no logra perforar el techo de la alianza conservadora Cambiemos, sino que ni siquiera mantiene la totalidad de ese caudal; y dado que Sergio Massa no se pincha respecto del desempeño de UNA en agosto, y aún avanza un cachito, no faltan los que rotulan de engaño a la tesis que sostiene que la contienda de octubre próximo se resolverá en torno al eje continuidad/cambio. A decir verdad, no resultaría ésa una singularidad argentina: por simple lógica, toda sucesión presidencial impone una evaluación sobre el curso del gobierno que se somete al escrutinio de las urnas.

Y se fórmula en el dilema aludido, por tratarse en este caso de un ciclo político largo en términos históricos. Que, para colmo, ha despertado encendidas pasiones encontradas, toda vez que no se ha limitado al sólo gerenciamiento del statu quo, con todos los matices que se pueden aceptar a esta última afirmación, que excederían el objetivo del presente texto.

Extraña, así las cosas, que los mismos que a diario baten el parche con la grieta y la supuesta imperiosa necesidad de reunificar a los argentinos, que estarían divididos irreconciliablemente, luego procuren negar que un recambio gubernamental se dirime alrededor de una clara frontera divisoria. Luego se podrá determinar si esa disyuntiva se expresa en la antinomia kirchnerismo/antikirchnerismo, o en la más amplia --y anciana-- peronismo/antiperonismo. O si incumbe parte de ambas.

¿Existe, entonces, polarización, o no? Sí, pero su naturaleza es más compleja que la sola enunciación.

Es posible identificar tres grandes segmentos sociales en Argentina: los que desean una continuidad plena; los que, a contrario sensu, postulan que urge un cambio de raíz; y entremedio, los que aspiran a conservar algunas porciones de lo actuado entre 2003 y la fecha, y descartar otras. Es más que probable que estos últimos constituyan el más numeroso de los tres agrupamientos. Pero, y he aquí los quid de la cuestión, seguramente también el menos movilizado --en lo que a nivel de politización se refiere--, y el único cuyo rango organizativo tiende a cero. Constituyen, por ende, un sector que no es determinante en cuanto a la definición de la agenda del debate público. La influencia se dirime en función de la capacidad de instalar temas, y a tales fines la herramienta de la estructuración supone un capital indispensable.

Lo dijo bien, en su blog, Abel Fernández: “Las ‘minorías intensas’ K y anti K (…) son minorías… pero muy numerosas y muy intensas. Cuando las circunstancias son propicias --y sólo cuando lo son-- alcanzan para influir en la relación de fuerzas en la sociedad, y pueden inclinar la balanza decisivamente. Para dar dos ejemplos argentinos: los que estuvieron físicamente en la Plaza el 17 de octubre del ´45 eran una proporción muy menor del electorado. Los que estuvieron en la procesión de Corpus Christi casi 10 años después, todavía más ínfima. Pero influyeron. Vaya si influyeron.”

Desde los extremos se ataca el centro, cuyo concurso se requiere a los efectos de la formación de mayorías, y no viceversa.

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Ignacio Ramírez, de la consultora Ibarómetro, ofreció, en Página/12, el pasado 16 de agosto, un lúcido análisis del proceso electoral argentino a partir de la incorporación de la instancia de las PASO: “El resultado de las PASO no fue el final de una campaña coyuntural, sino del desenlace visible de un proceso sociopolítico de largo alcance. En este sentido el predominio del FpV es un signo de la vigencia política del kirchnerismo y de su habilidad para transformar sus activos simbólicos en competitividad electoral. Las PASO iluminaron un alto piso electoral para el rumbo político en curso en la Argentina, que además de importante en términos numéricos se trata de un respaldo muy consolidado cualitativamente, es decir, el FpV tiene un lazo con sus votantes estable y teñido de coincidencias conceptuales e identificaciones afectivas. (...)"

Y agregó: "(...) Una segunda conclusión es que el FpV enfrentó con parcial éxito el desafío sucesorio consistente en transferir la popularidad condensada en CFK hacia un nuevo candidato, que aún tiene bastante camino por recorrer para reclutar más adhesiones y suavizar algunas prevenciones hacia él que aún subsisten en el electorado potencial afín al kirchnerismo. Es decir, se trata de un voto vinculado con el clima ideológico que ha dominado esta etapa histórica y que sigue favoreciendo a las opciones electorales fuertemente identificadas con la Presidenta. En síntesis, el oficialismo puso en evidencia su piso electoral y desde allí, deberá transitar una campaña que le permita reclutar los votos que le faltan para imponerse en primera vuelta. Para ello, deberá dotar de mayor contenido ideológico-político a su campaña, iluminando los contrastes entre el proyecto en curso y el que representa Mauricio Macri." Las maniobras proselitistas se despliegan sobre lo doctrinario. 

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Sergio Massa alumbró a la competencia electoral pretendiendo erigirse en representación de la ancha avenida del medio. Discurso apto para una renovación legislativa de medio mandato, en la que no se querellan los garbanzos, y que en consecuencia se hace difícil tramitar de forma tajante. Y en tanto en esas zonas sociales suelen agradar los instrumentos partidarios, despreció ordenarse de tal modo. Cuando comprendió las dificultades que una campaña nacional supondría en materia de desarrollo territorial, intentó volver sobre sus pasos: descartado el PJ, que se había reorganizado prescindiendo de los exiliados del Frente Renovador, buscó a la UCR, pero este espacio se decidió por la postulación de Macrì. 

Instalados los artefactos más potentes en una y otra vereda, se inició la cacería que desflecó fuertemente la tropa massista. Hoy el diputado tigrense no perece debido a que Cambiemos no amenaza lo suficiente al Frente para la Victoria como para inducir voto útil, o lo espanta con apelaciones gorilas. Por si fuera poco, el alcalde porteño lejos está de sintetizar su propia fuerza, menos aún el consorcio que comparte con Elisa Carrió y con un radicalismo que nunca lo terminó de aceptar del todo.

El FpV se ocupó, primero, de succionar de Massa la cuota de voto peronista que lo había impulsado en 2013, para recuperar su condición de holgada primera minoría. Ahora, la tarea es contra Macrì, para sellar sociología opositora en el FR al tiempo que atrae algo más de lo que expulsa el programa purista de Cambiemos. De esta manera, los principales rivales del kirchnerismo, pujando entre sí, se esterilizan mutuamente, elaborando la brecha que Daniel Scioli necesita para el caso que no alcance el 45%, mientras se suman sondeos a un consenso cada vez más robusto que lo sitúa por encima del 40%.

En resumen, y dicho sencillo, la polarización es ideológica, la disponen quienes cuentan con fierros para ello, y ambas cuestiones deben compaginarse en la cosecha. Una oferta bifronte y no trasversal, aunque se la repartan entre más que dos.

En la calle, como dijo Mario Benedetti; no en las cabezas. Aunque se interimpactan. Que nadie ha dicho que sería sencillo.

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