jueves, 31 de julio de 2014

Grondona, a secas

Con Julio Humberto Grondona falleció un sistema de poder en sí mismo. Que su elemento único sea de tipo subjetivo no modifica ni en una sola coma el asunto. Las características que adquirió ese mecano, por ser las de su fundamento (es decir, Grondona), hacen que hablar del “vacío que generará su partida” no sea esta vez un lugar común. Lo cual no equivale a coincidir con aquellos que auguran el fin del grondonismo, ni mucho menos. Pero sí es cierto que semejante ausencia habilita a decir (que no a hacer) casi cualquier cosa sobre el futuro. También sucede que se habla tanto para ver si de ese modo se logra llenar un hueco, ya inmenso.

Lo más sensato es decir que Grondona operó con habilidad cuestiones que sucedieron independientemente de él. Que habrían ocurrido igual sin él al mando de AFA.

Tuvo suerte, también, claro, pues le tocó un contexto de colegas mediocres (y que no lo podían impugnar en términos de moralidad: no tienen con qué); en concreto, lo que produjo con su accionar fue una sistematización. Fue así que duró 35 años. Les dio proyección, discutible por supuesto, a los recursos que le tocó administrar. Dicho sencillo: construyó poder. 
Sí, ¿y qué tiene de malo eso? ¿Cómo se hacen cosas, si no? 

Nunca hubo una alternativa seria a lo suyo; con lo cual, su vigencia fue la de una gobernabilidad del fútbol argentino, inédita hasta su asunción. No se dura tanto sólo con amiguismo.

Por fuera de consideraciones deportivas, hizo un orden: ése es su mejor legado.

miércoles, 30 de julio de 2014

No hace falta buscarle nombre: se llama locura

"Tenes la licencia para envenenarnos (...) 
Tu negocio es muy dificil de explicar, y facil de enseñar."
[Es hora de levantarse, querido. (¿Dormiste bien?). Los Redonditos de Ricota.] 

* * *

Y llegó, finalmente, el sobreanalizado y tan temido 30J. Default, “default” o ¿default?, la cuestión es que no ha habido, en lo esencial, sorpresas en cuanto al trámite buitre.

Sólo se trataba de saber qué tan grande era la medida del nuevo trozo de las nociones de soberanía y democracia que es conceptualmente capaz de quebrar una sentencia judicial. Y en las primeras horas que seguirán a la ¿novedad?, será divertido adivinar cuánto más precarios pueden ser los dirigentes opositores argentinos cuando hablen a dichos respectos. 
No mucho más hasta nuevo aviso.

Entre lo malo y lo peor, un grupo de delincuentes legalizados, con la venia de un octogenario irresponsable que no se preocupa por el impacto que sus decisiones implican para el equilibrio de la gobernabilidad internacional (y que hasta periodistas del Grupo Clarín han calificado como incapaz para afrontar este expediente), pesan más que la opinión de opinión de casi un centenar de países y de más de una docena de organismos supranacionales de diversa índole, que se expresaron todos en igual sentido, por encima de diferencias filosóficas, de intereses e históricas que los separan en mayoría de otros asuntos, que no en éste. A favor de los Fondos Buitre, en tanto, no se oye mucho más que la prensa comercial dominante argentina, opositora al ocasional representante institucionalizado del Estado, y analistas económicos independientes locales.

Que se hable de fracaso jurídico, habida cuenta del resultado del litigio, vaya y pase. 
Al fin y al cabo, es cierto: fue una derrota. Pero, ¿es 'fracaso diplomático' la mejor forma de describir a una apilada tan contundente (por su cantidad y su transversalidad) de respaldos? La coalición de intereses más heterogénea que jamás se pudiera haber imaginado, y que alguna vez se haya reunido, da testimonio en contra de los mal denominados holdouts. Pero resulta ser que por aquí se editorializa que la postura de la presidenta CFK es poco profesional, soberbia e irracional: algo que no dicen ni siquiera The New York Times y el Citibank, que impugnan fuertemente a su señoría, el doctor Thomas Griesa.

Algún día sonará inverosímil que, en este marco, el 1,5% de acreedores del default más grande en la historia de la humanidad (el argentino del año 2001), por apenas U$S1.330 millones, hayan puesto en crisis de semejante forma al sistema económico/financiero globalizado. Incluso al punto de arriesgar la posición de Nueva York como plaza eje del esquema.

Pero está sucediendo. Ahora (y durará, por lo menos, cuatro meses). En medio de la incredulidad generalizada. Y de unos cuantos lamentables festejos puertas adentro del vencido en el pleito.

La ruta del resultadismo desemboca en las conclusiones más desopilantes. Y tristes, también.

lunes, 28 de julio de 2014

Señales inconvenientes

La política argentina no ha cambiado mucho desde que aquí hicimos un parate largo. Es cierto que el vicepresidente Amado Boudou ha sido procesado por los tribunales federales en la causa Ciccone, pero esa formalidad procesal no implicó ninguna variante crucial en el juego electoral. Los costos a pagar por ese asunto tramitan independientemente de su devenir judicial. 
Todo lo demás se repite casi idéntico.

Cuesta advertir hacia dónde derivará la trama, lo cual agrega espesor a la incógnita que, de por sí, supone una sucesión presidencial. En especial la de un ciclo histórico largo. Ese dato que falta, el de las tendencias sociales (“lo que quiere la gente”), es lo que determina un escenario de ballotage. No existe aún empatía, capacidad de expresar institucionalmente, porque no se puede construir representación en la incerteza. 
En la importancia de la necesidad de definir antes lo sistémico que lo subjetivo se coincide a ambos lados del mostrador.

Lo que sí ha generado un cimbronazo capaz de reformular la discusión 2015 es la sentencia de la justicia norteamericana que pone al país a elegir entre algo parecido a un default o echar a perder el desendeudamiento de 10 años y convertirse de nuevo en presa fácil de los mercados financieros.  

Al respecto, a excepción de Macri, que ya ha explicitado su opción por lo segundo, la oposición hace ruido con balbuceos. Lo cual genera legítimas dudas acerca de su capacidad para gobernar, si no atinan a opinar sobre un tema de Estado tan decisivo.

No se sabe, entonces, mucho acerca del futuro. Pero sí de lo que no debería ser.

domingo, 27 de julio de 2014

Brasil 2014, o cuando volvimos a ser competitivos

El Mundial 2014 será recordado, en cuanto a lo estético, como el mejor desde, por lo menos, el de México 1986. De hecho, cuenta la Historia que todas las Copas del Mundo habían sido buenas o muy buenas hasta la de 1990 en Italia. Y que a partir de allí, y en adelante, todas fueron malas o peores. Hasta que el torneo que acaba de finalizar rompió la maldición: fue de veras muy disfrutable el nivel exhibido en esta última edición (como no podía ser de otra manera en la tierra del jogo bonito, pese a que el local decepcionó vergonzantemente y fue humillado en semifinales). 

Pero Brasil 2014 quedará en el recuerdo, además, por haber traído modificaciones profundas en relación a lo táctico/estratégico.

Empezando por el campeón, Alemania, que a su juego de posesión, triangulaciones y construcción de huecos a partir del asociativismo, le sumó pinceladas de lo que fuera el fútbol total con que Holanda quebró conceptos en Alemania 1974, tal vez el primer Mundial en que alumbró una revolución (el restante acaso haya sido el de 1986, con el 3-5-2 de Carlos Bilardo). El germano es un bloque casi indivisible entre ataque y defensa, que presiona y hace transiciones de manera integral de modo que, vulgarmente, se puede concluir en que “van y vuelven todos”. Esto le permite, por ejemplo, hacer de un saque de banda rival una oportunidad de contragolpe, porque presionan contra el receptor casi de a once. Argentina, en la final, prefirió, en esas situaciones, retroceder el balón hasta su zaga, para evitar el riesgo de quedar mal parado. 

Holanda, México y Costa Rica, a caballo de un novedosamente extendido 5-3-2 que no resigna vocación de ataque, también hicieron del espacio la clave de sus respectivos planteos: atacándolos desde atrás, cayendo por sorpresa sobre ellos.

Todo cuanto se puede decir acerca de Alemania y su proyecto, que llega a rango de decisión estatal, los futboleros lo han leído mejor de plumas superiores a la de este comentarista; por ejemplo, la de Juan Pablo Varsky. Se trata, la Mannschaft, del ejemplo a seguir, por la cantidad de actores involucrados en un colectivo de largo plazo que no se dejó perturbar por la impaciencia de que el primer título haya llegado recién ahora, a 14 años de iniciarse, luego de varias frustraciones previas. Y también porque su partitura es agradable para lo que es el gusto promedio histórico argentino. Más de uno se fue preguntando, “¿Cómo se le gana a Alemania?”, a medida que el equipo teutón iba avanzando pantallas. Aunque a veces reguló de más y sufrió.

Al tiempo que todo esto iba sucediendo en el mundo del fútbol, con jugadores cada vez menos posicionales y cada vez más diversificados, la AFA vivía el peor momento de su biografía moderna (es decir, el lapso que va desde el ciclo de Cesar Luis Menotti hasta estos días). Se iba de Sudáfrica 2010 despedido por una paliza memorable a manos de, justamente, Alemania. Y unos meses más tarde, quedaba afuera de la Copa América 2011 en cuartos de final, ¡y de local!, tras no haber podido ni contra Bolivia ni contra Colombia (una inferior, que no la versión actual de José Pekerman), y clasificando a la fase final angustiosamente luego de un triunfo ante los juveniles de Costa Rica. Eso recibió Alejandro Sabella a fines de 2011. Un equipo que, fundamentalmente, parecía no poder competir. 

Quien esto escribe se recuerda comentado entre amigos el 3 a 0 con que Bayern Munich echó a Barcelona de la Champions 2013. Porque lo impresionó ver a Arjen Robben, el crack holandés, perseguir a Dani Alves cuantas veces hizo falta durante casi todo el PT, para, casi al filo del descanso, superarlo en velocidad en función ofensiva para enviar el centro del primer gol de su equipo. Se reitera: marcó con intensidad, al que (se supone, según los manuales de la antigüedad) debía vigilarlo a él, durante casi 35 minutos; y al ratito, nomás, igual le dio el cuero para desbordarlo decisivamente en el área opuesta. Eso es la integralidad del fútbol. Muchos dudábamos, y con motivos, acerca de la capacidad de los nuestros para afrontar tal desafío. A excepción de Ángel Di María. 

De modo que, o se pensaba algo, o se iba rumbo a nuevos papelones, porque se funcionaba en sintonía distinta a la impuesta por la coyuntura.

Sabella se puso, pues, a pensar. A trabajar. Frente a una coyuntura que hace de lo colectivo y --como se decía arriba-- los espacios conceptos esenciales, el DT argentino llenó su boca con esos términos; pero, sobre todo, los puso en práctica. Cuando se elogia del plantel subcampeón la entrega con que aderezaron cada planificación, habrá que retroceder a las discusiones que por determinados nombres propios hubo antes del certamen, que se tramitaron cual si una exclusión tal hubiese sido un drama de Estado. Y preguntarse si la respuesta hubiese sido la misma si el conductor no se hubiese hecho de tal compromiso de parte de sus dirigidos a partir de decisiones valoradas por el respeto que para con el futbolista y su bienestar implicaron.

Argentina, sentada la imposibilidad de hacer en tres años la reconversión que a Alemania le tomó una década y media, se propuso repeler virtudes ajenas. También el abordaje de las falencias rivales las digitó casi quirúrgicamente. Un equipo, el de Sabella, que nunca, bajo ninguna circunstancia, lució desbordado por sus ocasionales oponentes. Y es cierto: a medida que fue retrasando líneas se perdió de explotar mejor a su as de espadas, Lionel Messi --quien alguna vez merecerá el reconocimiento que cabe a su desprendimiento personal en homenaje al engranaje general--. Faltó, y falta tiempo. Sin dejar de recordar que otra versión argentina, con Messi en cancha y todo, cuando decidió jugar el golpe por golpe pareció mero sparring. El DT abordó el dilema: no creerse más de lo que se es.

En la edición especial que la revista El Gráfico publicó para homenajear a quienes devolvieron al fútbol nacional al primer plano, se destaca una frase de la crónica central: “Hay que recordar de dónde venimos para asimilar dónde estamos.” Claro que dolió, duele y dolerá el fantástico gol de Mario Götze que nos relegó a la plata. Pero conviene no olvidarse que hasta no hace mucho Bolivia nos había arrancado, de suelo nuestro, dos empates consecutivos o que se perdió contra Venezuela por primera vez en más de cien años de vida. Que se ha tratado, se insiste, del mejor campeonato en casi 30 años. Que las novedades de este deporte se han convertido en casi científicas.

Argentina encontró cómo. Y por eso resurgió. Partirá desde un sitio envidiable para iniciar la necesaria e impostergable renovación que se impone para volver a naturalizar estos rendimientos.

La evaluación popular de este trayecto augura acompañamiento. Sólo resta decidirse.

jueves, 17 de julio de 2014

"¡Blancos de mierda, seguro que tienen trabajo!"

El domingo último, luego de la final del Mundial, y de que unos pocos imbéciles empañaran el festejo popular en el Obelisco, Facebook y Twitter se llenaron con mensajes de una multitud que, con pretensiones sociológicas --aunque, claro, sin molestarse para ello en formarse debidamente en Sociología--, nos explicaba la indiscutible y evidente basura que somos los argentinos (en especial, determinado sector de nuestra ciudadanía: beneficiarios de asistencia estatal y negros, generalmente "de mierda"), incapaces de celebrar nada sin convertirlo en pura barbarie.

Ese extraño desprecio (tan violento como el de quienes vandalizaron el centro porteño) por lo propio, el inexplicable amor y anhelo por lo extranjero, organizaban reflexiones (por así decirles) que, en realidad, no deberían sorprender en un país cuyo periodista de mayor audiencia anda por la vida afirmando, lo más campante, que este país "es una mierda".

Ocurrió, para desgracia de la intelectualidad xenófila, que, apenas unas horas después, episodios similares, pero peores, se repitieron durante la recepción que Alemania dio a sus campeones. Que incluso le costaron la vida a una persona. Y no se trata, acá, de conformarse con que 'mal de muchos, consuelo de tontos'. Nada de eso. Sino de dejar en claro que el fundamento de la violencia nunca, ni ahora tampoco, se puede rastrear en la nacionalidad. Así como tampoco en la pertenencia social de alguien: en Alemania el nivel de vida es altísimo, y sin embargo sucedió quilombo lo mismo. Y, por supuesto, mucho menos interesa la filiación ideológica de un gobierno determinado.

Situaciones casi calcadas tuvieron lugar en comunidades y estructuras socioeconómicas y políticas diametralmente opuestas. ¿Entonces?

Por desgracia, hasta el momento, ninguno de los sabios que el domingo a la noche dictaban clases de ética y moral por las redes sociales (y también, desde luego, en los medios de comunicación) han considerado necesario ilustrarnos sobre las miserias de la sociedad alemana. Ni hay que tener esperanzas en que lo hagan, porque en verdad no les interesaba nada lo que estaba ocurriendo en la capital argentina, sino, como siempre, tener oportunidad para insultar políticamente.

Las cosas por su nombre. Que somos pocos, y nos conocemos todos bastante.