jueves, 6 de febrero de 2014

Sobre los cambios en Fútbol Para Todos

La única de las impugnaciones a los cambios que se vienen en Fútbol Para Todos que se puede atender es que Marcelo Tinelli, a la vez que vicepresidente de San Lorenzo de Almagro, vaya a participar de la producción técnica de las televisaciones. 
A primera vista, no queda bien, porque estaría, como vulgarmente se dice, a ambos lados del mostrador.
Luego, que una empresa privada participe de la realización, si ello no va a significar que dejen de verse los diez partidos de la fecha por TV abierta, interesa poco y nada. Y más de lo segundo que de lo primero.
La esencia (que los partidos de fútbol estén al alcance de cualquier pantalla hogareña) importa por sobre lo instrumental (que la transmisión sea producida por fulano o mengano). 
Es la diferencia entre estrategia (dónde se quiere ir) y táctica (qué camino se toma para llegar).

Ahora bien: de todos modos, ya el FPT tiene antecedentes de peso, y unos cuantos, a favor de su pureza y cristalinidad, por pegajosos que suenen estos vocablos.
Veamos: el programa está a cargo, en el organigrama de gobierno, directamente de la Jefatura de Gabinete de Ministros. Que hoy ocupa Jorge Capitanich. Pero que cuando comenzó el asunto era conducida por Aníbal Fernández, quien, como se sabe --y al que no lo sepa, le comentamos--, era, al tiempo que ministro coordinador, presidente de Quilmes Athletic Club cuando se firmó el contrato entre Estado y AFA. No obstante ello, Quilmes descendió de categoría a mediados de 2011. Con Aníbal Fernández a cargo de FPT y todo.

Además, en la era de la televisación estatal han descendido por primera vez en la era profesional dos de los clubes más grandes del país: River e Independiente (equipo del que es simpatizante el presidente de AFA, Julio Humberto Grondona). Y si queremos estirar el razonamiento, también en 2011 se fue al Nacional 'B' Gimnasia y Esgrima de La Plata, team del que es hincha la presidenta de la Nación, CFK; cuya madre, encima, es una referencia de peso en la institución de la capital bonaerense.

Es decir, no hay pruebas relevantes de favoritismos a favor de nadie (tampoco le ha ido bien, en casi cinco años de FPT, a Racing Club, del que es fanático el hijo de la Presidenta, Máximo Kirchner, tal como lo era su padre, Néstor Kirchner). Más aún, Boca Juniors, presidido por el delfín de uno de los más relevantes opositores al gobierno nacional, el intendente porteño Maurizio Macrì, marcha tranquilo escapando de las penurias ya mencionadas que sufren --o sufrieron-- otros grandes. 
Incluso les ha ido bien, si se quiere ser gracioso, a equipos de los que son hinchas rivales políticos: Banfield (Eduardo Duhalde) y Argentinos Juniors (Alberto Fernández) fueron campeones, y Tigre (Sergio Massa) llegó a jugar copas internacionales.

Por lo tanto, corresponde esperar en ese sentido, y poner a prueba ciertos conceptos que a veces pueden no ser más que meros prejuicios que carecen de una mínima constatación en la realidad.

Luego, si esta alternativa permite mejorar el producto sin que se distorsione su objetivo, no hay por qué negarse obcecadamente a ello sólo en nombre de una pretendida coherencia que, aún de ser cierta, no da de comer a nadie.

A los hechos, pues; no a las palabras.

martes, 4 de febrero de 2014

La autonomía porteña como metáfora de la imposibilidad de trascendencia del PRO

La excelente experiencia del Metrobús y la burrada gigantesca que se mandaron con las vacantes en las escuelas del distrito, confirman, a la vez, una teoría que aquí venimos maquinando desde hace tiempo acerca del funcionamiento del gobierno de Maurizio Macrì en la Ciudad de Buenos Aires, y también respecto de la naturaleza político/jurídica de la capital del país como hija que es --en sus actuales contornos-- de la reforma constitucional de 1994.

El problema es que no se sabe si CABA es municipio o provincia. O qué cuernos es.

En realidad, no es ni una cosa ni la otra. Es una ciudad autónoma. Pero muy pocos son los que pueden explicar qué quiere decir eso sin chamuyar.

Entonces: cuando Macrì tiene que funcionar como intendente (Metrobús), lo hace, y lo decimos en serio, bastante bien. A un nivel razonablemente satisfactorio. En cambio, a la hora de las tareas propias de un gobernador (gestión educativa), patina de las formas más torpes, inverosímiles, exasperantes que se puedan concebir. Esto último, en buena medida, porque administrar provincialmente requiere de un nivel de integración regional que se ve dificultado por las pretensiones, ya no autonomistas, sino directamente separatistas del universo porteño; fundamentalmente, de su ciudadanía.

El destino de Macrì, así, está directamente relacionado con las pulsiones de encierro del distrito que conduce: muy difícilmente, pues, algún día logre trascender la frontera de Avenida General Paz.

lunes, 3 de febrero de 2014

La derrota más dura en una década de gobierno (no da, esta vez, para originalidades literarias)

El gobierno nacional sufrió, con la devaluación que finalmente se vio obligado a dejar correr a mediados de enero, una derrota mucho más dura que la electoral del año pasado.

Los ajustes son un paisaje habitual de la economía en la historia de la humanidad. La política puede (o no. O debe. O no) intervenir sobre ellos: postergándolos, dosificándolos, selectivizando pagadores (del ajuste, cuenta que “los mercados” suelen depositar exclusivamente en los sectores no propietarios). El kirchnerismo, expuesto a vaivenes que la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, denominó como guerra cambiaria, intentó siempre morigerar los efectos “naturales de mercado” en cuanto a las tensiones cambiarias: de las revaluaciones, cuando las hubo; de las devaluaciones, que ahora están sobreviniendo no sólo en Argentina, más allá de especificidades locales… hasta que no dio más el cuero.

Las restricciones por cantidad, mal llamadas cepo, tenían por objetivo evitar que, llegando como ahora, por precio, cargasen exclusivamente los deciles más necesitados de la sociedad con el costo del tiempo que requerían (y requieren) la corrección de las inconsistencias que el programa económico ya exhibía cuando la presidenta CFK fue reelecta en octubre de 2011. Y que desde aquí jamás fueron negadas. Variables agotadas, por y con éxito, pero cuyo virtuosismo, en términos de resultados, sencillamente, estaba, está, exhausto. Por caso, tema trillado, los subsidios. Cristina Fernández se hizo del capital político necesario para ir a por las cosas cuando revalidó su cargo. Lo anunció con aquel discurso en la UIA en que prometió sintonía fina.

Pero la tarea ni siquiera llegó a iniciarse, no en exclusiva por culpas gubernamentales. Los demás jugadores del tablero alguna vez deberán asumir culpas, cierto que menores.  

El combate de legitimidad que afronta el gobierno nacional, contra lo que podía suponerse, creció desde entonces. En dirección a que no hubiese las modificaciones comentadas, y por ende liquidar un programa que ni con concesiones traga el establishment, pues cuesta encontrar a alguien que haya perdido algo desde 2003, bien que puede haber quienes no obtuvieron todo lo dignamente deseable. Y eso sumado a la urgencia, ausente en los dos mandatos previos, de decisiones trascendentales, alimentó un círculo vicioso en el que el oficialismo dejó correr demasiado el reloj para actuar. Quizás para evitar costos que, finalmente, se terminan pagando igual, pero peor, porque se perdió control de muchas variables. Y más preocupante: de sus ritmos.

Pareciera ahora que se ha cedido a las presiones devaluatorias a cambio de tiempo, espacio y, fundamentalmente, aire para trabajar con mayor profundidad sobre baches que ya se han hecho grietas. La disyuntiva mutó conforme el quietismo, con el paso de los meses, erosionó los márgenes. Y lo que antes se pudo ir deteniendo a partir del espesor de las reservas que el kirchnerismo amarrocó --contra la opinión de quienes jamás aportaron un centavo al Banco Central, ni mucho menos al desendeudamiento nacional--, conforme ellas fueron evaporándose, la hicieron la alternativa menos nociva frente a la cercana emergencia en las arcas del Central.

Todo será inútil si no se abandona cierta propensión al piloto automático que se verifica, al revés de lo previsto, desde iniciado el segundo período de la Presidenta.

Néstor Kirchner estuvo acostumbrado a lidiar con desafíos desestabilizadores como los que actualmente afronta CFK, pero posado sobre la tranquilidad de una macroeconomía robusta. Así hizo morder polvo a unos cuantos durante la rebelión de las patronales agrarias, tirando para abajo el precio del dólar de modo agresivo, con lo que castigó la instrumentación desestabilizadora que se pretendió con la corrida de entonces. Por eso llama la atención que algunos compañeros de ruta (o que lo eran hasta no hace tanto) expresen una nostalgia ¿nestorista? casi negadora de las influencias del establishment, cuando nunca la disputa por detrás de los tecnicismos dejó de ser la del control de la gobernabilidad económica.

Es cierto que, según una excelsa definición que se pudo leer por estos días, una macroeconomía eficazmente regulada es lo que va a repeler esos movimientos. Y que, en tal sentido, el terreno perdió la firmeza de hace pocos años. Lo que asombra es que, de pronto, parezca que no existen ya fuerzas que operan tras bambalinas en función de la reversión de los cursos que define la institucionalidad democráticamente designada. Cual si reconocer los errores (inflación, retraso cambiario) debiera necesariamente derivar en el desconocimiento de factores que, es evidente a todas luces, pulsearon con el kirchnerismo hasta torcerle el brazo. Eso pasó.

El gobierno nacional deberá responder por esa derrota, porque es su compromiso representativo el combate por el dominio de las capacidades estatales. Y está claro que no dio todo lo que podía en dicho trámite. Hubo enamoramiento de herramientas útiles antaño, tal vez el peor de los pecados a la hora de la gestión, perdiendo su lugar de prioridad los sujetos sociales, que son la sabia de cualquier proyecto político que se precie de tal. En espejo, casi, con el albertofernandismo, que quiere hacer creer que el kirchnerismo significaba superávits gemelos, tipo de cambio competitivo y acumulación de reservas, y no pelea contra la pobreza, el desempleo, la indigencia y la desigualdad.   

No obstante todo, se insiste, sigue habiendo tareas pendientes. Y sobrando tela para lidiar con ellas.

Pero no será sencillo si el consenso social respecto de la cuestión que discurre paralelamente a todos estos asuntos no se nutre de una razón clara: se trata, en última instancia, siempre de poder y política, no de técnica abstracta.

Mientras se escribía este post, el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, anunció que se levantaba el paro que chóferes de micros de media y larga distancia anunciaban para la madrugada del 1º de febrero. Es una gran noticia que, en medio de la ebullición que provocaron las últimas medidas económicas, el gobierno nacional haya logrado intervenir políticamente para que se desactive una huelga como la que anunciaba la UTA. Cuando hay una devalueta de dimensiones, y vaya que aquí se asiste a una de ellas, los actores sociales empiezan a desordenarse y reclamar, a veces sin ni mínima dosis de racionalidad. A uno y otro lados del mostrador.

Que se conserve capacidad de disciplinamiento (sentar a tipos en una mesa y hacerlos arreglar) es alentador para las vueltas de tuerca que, ineludible y necesariamente, se vienen.