domingo, 30 de junio de 2013

Los mensajes que cuenta una escenografía

La irrupción de Massa, dijimos, reconfigura el piso de la discusión política nacional

En efecto, una vez que las voces más encumbradas del Frente Renovador (FR) expresaron su acuerdo respecto de expedientes fundamentales del programa de gobierno kirchnerista, la cuestión cambia de rango, y de modo interesante.

Para el Frente para la Victoria, en adelante, el dilema transitará en demostrar por qué es el más indicado para sostener y acelerar rumbos que algunos dicen compartir. Al mismo tiempo, se terminan las dudas sobre la continuidad de políticas como la AUH o el desendeudamiento, tanto como pavadas del tipo de “la CONADEP de la corrupción”, la dictadura y el fin de la propiedad privada en Argentina.

A algo de todo esto parece haber atendido la presidenta CFK, según se desprende de sus palabras durante el acto de presentación de las candidaturas del Frente para la Victoria (FpV). La escenografía se armó en función del destaque de la característica principal que venimos señalando del FpV: su despliegue nacional, amplísimo, ya consolidado, a diferencia de la totalidad de sus competidores. Incluido, claro, Massa. Acompañaron casi todos los gobernadores del peronismo. 

Nosotros podemos hacerlo mejor porque esto requiere de un proyecto verdaderamente nacional y somos los únicos que lo tenemos, podría ser el mensaje. El detalle que acompaña esa línea de comportamiento es que implicará la necesidad de abrir el juego mucho más al resto de las expresiones encuadradas en la conducción de CFK a lo largo y a lo ancho del territorio.

Se trata, en definitiva, de cómo encauzar la totalidad de las fuerzas disponibles en función de la disputa más trascendental de las que se avecinan en las urnas para hacer el desnivel. 


(Este fragmento es revelador como sustento de la tesis aquí sostenida)

sábado, 29 de junio de 2013

Kirchnerismo, massismo: la discusión central de la hora

Cristina Fernández comenzó a ganar las elecciones presidenciales de 2011 a partir del mismo momento en que sus opositores creyeron haber triunfado en las legislativas de 2009. Ese dato sirve para explorar el análisis de los últimos movimientos en el tablero político.

En efecto, no sólo no advirtieron, los distintos trozos del antikirchnerismo, lo extraordinario de las notas distintivas que colorearon los comicios en que quitaron la mayoría parlamentaria al Frente para la Victoria (a la salida del conflicto entre oficialismo y patronales agrarias, en el inicio del choque del gobierno nacional con la prensa comercial dominante, y con el impacto de la crisis económica global pegando de lleno: con 1% de destrucción de empleo y caída de 3% de PBI); además, para que exista un derrotado es necesario que haya a su vez un vencedor, y en aquel entonces fue imposible determinarlo.

Cuando el doctor Alfonsín perdió las legislativas de 1987 fue a manos de la renovación peronista, y nadie dudaba de ello. Al doctor Menem le pasó lo propio en 1997, ante la Alianza; y el doctor De La Rúa en 2001 cayó frente al que se vayan todos que estalló unas semanas después de las elecciones en Plaza de Mayo y en todo el país. Bien, ¿y en 2009?

Triunfó Macrì en Ciudad de Buenos Aires, De Narváez por muy poquito en la provincia de Buenos Aires, Luis Juez y la UCR en Córdoba --el primero en senadores, los segundos en diputados-- y hubo casi un empate técnico entre Reutemann y el Partido Socialista. En definitiva, nadie. Y así y todo, el kirchnerismo resultó la fuerza que mayor cantidad de adhesiones recogió a nivel nacional. En 2009 tanto como en 2011, y ahora no será la excepción, como venimos sosteniendo aquí, el drama resultó el mismo: la ausencia de fuerzas nacionales competitivas alternativas a la del oficialismo.

Hoy Reutemann es prácticamente un ex político, Macrì, Juez y De Narváez van camino a sumarse a esa categoría, Binner comienza a experimentar el mismo dilema que aqueja a los Rodríguez Saá y a De La Sota --no poder ser vencido en su propia provincia, pero tampoco trascender esas fronteras-- y los radicales, que hace dos años ya habían perdido su carácter de partido nacional para pasar a ser una federación de gobernadores, han descendido aún más en su rango, por cuanto ahora agrupan sólo algunas intendencias importantes.

Para peor, aquello, la fragmentación de triunfos en mosaico a lo largo y a lo ancho del territorio, fue saludado desde las interpretaciones de la prensa comercial dominante. “Qué bueno que no ganó nadie, todos tienen poquito poder”, se celebró, de manera cínica, perversa, estúpida. El mensaje era obvio: qué bueno que nadie va a ser capaz de efectuar modificaciones sobre las estructuras del poder real, habladas por la crema del periodismo opositor. En efecto, así fue: entre 2009 y 2011 el Congreso nacional no logró sancionar una sola ley. El estado ideal de cosas, la parálisis legislativa de las operaciones del poder institucional sobre el statu quo, el empate conservador.

Ahora bien, eso, que sirvió en una renovación parlamentaria, se reveló incapaz a la hora de la cita presidencial. Y como decíamos hace días, el buen diagnóstico es un insumo esencial a la hora de la práctica política. La suposición respecto de un clima social predominantemente antikirchnerista organizó las estrategias de la última elección general, y se convirtió en el requisito de cualquiera que desease aceptación como integrante del pelotón opositor.

La desigual pelea entre la única fuerza política nacional y sus rivales invertebrados tuvo como corolario lógico inevitable los 37 puntos que separaron a la presidenta CFK de su más inmediato vencido.

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Entonces, ¿qué supone la aparición del intendente de Tigre Sergio Massa y de su Frente Renovador (FR) en la escena grande, a partir de lo estudiado?

Los integrantes del nuevo armado hacen esfuerzos por aparecer como alternativa y no como oposición al Frente para la Victoria. Han existido pronunciamientos a favor de la Asignación Universal por Hijo, del programa de desendeudamiento, de la política de DDHH y de la ley audiovisual. La presencia del intendente de Almirante Brown, Darío Giustozzi, como elemento privilegiado del frente es un indicador en ese sentido, por su muy reciente pertenencia kirchnerista. El límite, dicen, es la re reelección, que nunca ha sido un programa político concreto por fuera de la histeria del Partido Clarín. O el pacto con Irán, que incluso CFK admite que no le cambia la vida a nadie

Sostuvimos, la primera vez que nos referimos a este asunto, que la percepción del establishment es que el FR no es tropa propia, y que por tanto habrá intentos de operación al interior de la novedad. Y así fue: durante la primera semana posterior al anuncio de las candidaturas, cuando se confirmó la candidatura de Massa, han aflorado las presiones a por “manifestaciones concretas”, léase más definidamente opositoras, del jefe comunal de Tigre respecto del kirchnerismo.

Y en menor medida, versiones sobre la posibilidad, a futuro, de un aprovechamiento de esta nueva estructura por parte del intendente porteño Maurizio Macrì, cuya impotencia política es la nota distintiva de la hora, habida cuenta que ha sido incapaz de presentarse en varios distritos. ¿Y por qué Massa, de resultar vencedor, debería compartirlo con quien no es capaz de hacer pie más allá de la General Paz?  

El massismo ha decidido incorporar al kirchnerismo, su significancia histórica, como parte de su propuesta. Dicho con crudeza: supone, en caso de derrota del oficialismo, que no habrá deskirchnerización como a partir de 1955 se intentó la desperonización de Argentina a partir del derrocamiento del general Perón, y que es el programa que intenta imponer el Grupo Clarín como condición sine qua non para ser admitido como opositor. Y de otro modo: ofrece un piso distinto de discusión política si se consolida como la opción más fuerte a la del gobierno nacional. Esto es, garantiza la salida fronteras afuera de la disponibilidad electoral de determinadas cuestiones que estuvieron en cuestión durante los últimos años.

Hay expedientes cuya continuidad en el tiempo dejarán de formar parte de la incógnita, y no es cierto que eso ya estuviera claro: abundan expresiones del PRO en contra de la AUH, por caso. Ése es el dato saliente de la aparición del FR, y que genera la incomodidad del resto de las oposiciones para con la novedad. Pero es una necesidad del massismo si, a futuro, quiere pasar de pantalla hacia la competencia nacional, en tanto requerirá de acordar siquiera mínimamente con el kirchnerismo, en tanto único dispositivo de poder consolidado de modo acabado. Contestaron a la jefa del Estado sobre la expresión fin de ciclo, en definitiva; lo que ha sido explícito en boca de Giustozzi.

Para el kirchnerismo, entonces, se tratará, como dijéramos hace tiempo, de convencer acerca de la necesidad de sostener los niveles de conflictividad y tensión con el poder real como clave para la expansión de conquistas como las que ahora encuentra que algunos comparten.

miércoles, 26 de junio de 2013

Las desventuras de Hugo Moyano, un camión a la deriva

Vicepresidencia de la Nación, vicegobernación de la provincia de Buenos Aires y 33% de todas las listas de legisladores a nivel nacional, provincial y municipal. Ése fue el pliego de condiciones que le valió a Hugo Moyano la merecida patada que le encajó la presidenta CFK en el traste durante la previa de la campaña 2011.

Descontento, Moyano mutó a opositor. Bravuconeó, hizo paros y movilizaciones, recordó de repente que los salarios obreros pagan impuesto a las ganancias.

Mintió, para disimular lo evidente, que el gobierno nacional era quien había cambiado respecto del programa de reivindicaciones del segmento obrero que representa. Se le olvidó explicar a cambió de qué resignó el proyecto de ley de reparto de renta empresaria entre los trabajadores durante las exequias de Néstor Kirchner.

Anunció, luego, que lo suyo, en adelante, sería apostar a por un salto hacia la política, y que entonces los trabajadores “repensarían su voto”. Dicho con sencillez: se plantó en la carrera electoral para este año mucho antes que la mayoría. En el lapso que va desde el quiebre hasta hoy, en cada nueva amenaza quedó claro que su capacidad de convocatoria descendía a rango de testimonialidad raquítica, sobre todo durante el acto al que convocó en memoria del crack de 2001 el último 20 de diciembre, en un intento patético por homologar aquella situación con la actual.

Finalmente, irá a 2013 de la mano de Francisco De Narváez. Poco interesa, a esta hora, señalar las contradicciones que ello supone, por el pasado y el presente de cada uno de los contratantes; lo importante es el rol que le cabe a Moyano en esa alianza: aportar a la fiscalización de las urnas el día de la votación. Hasta esa insignificancia se derrumbó luego de aventurarse la réplica argentina del ex presidente de Brasil, Lula Da Silva, dirigente sindical de nacimiento. No en vano alguna vez dijimos que su nueva apuesta conducía a los trabajadores sindicalizados a quedarse sin política; y ahí está: ahora vigilarán mesas electorales. 

Es notorio que Moyano se sobreestimó a sí mismo en exceso. Y que Cristina Fernández no estaba tan equivocada cuando lo apartó de las decisiones por poco dúctil fuera del territorio gremial. Una pena, más que nada por gente valiosa que aún hay a su lado, y que se pierde en el laberinto de la conducción errática del ex secretario general de la CGT.

El buen diagnóstico, en definitiva, es un insumo esencial a la hora de la práctica política.

martes, 25 de junio de 2013

El callejón sin salida de Daniel Scioli

Néstor Sbariggi, conocedor como pocos de las internas del pejota bonaerense, ha sentenciado ya hace largo rato que el sciolismo no existe más que como categoría mediática. Pero con escaso anclaje en la realidad concreta del conurbano provincial, donde se cocina el caldo más jugoso de la política argentina. El propio Scioli, conviene recordarlo, admitió esto ante su escasa tropa cuando se conocieron las listas de 2011, según recuerdan estas charlas de quincho de Ámbito Financiero.

La nota de Joaquín Morales Solá del domingo en La Nación comentando las candidaturas conocidas el día anterior, en la que faltó poco para que lo insulte por no jugar este año, dan la pauta de lo que eludió en verdad Scioli: la conducción del proyecto antikirchnerista post-2015, cuya postulación hipotéticamente taquillera podía coronar.

Como dijéramos aquí, por fuera del FpV no existen fuerzas nacionales competitivas desde el estallido de 2001. El PJ no kirchnerista es lo que está más cerca, pero le falta aún un primus inter pares a efectos de organizar ese mosaico de cacicazgos localistas. Y así y todo, igual resultaría un salto hacia territorio muy flojo. Demasiado poco para la tarea de hacer tabla rasa con todo lo actuado por el kirchnerismo desde 2003 que pretende el poder real, frente a la inevitable convulsión social que ello supondría.

El gobernador quedó, así, en la encrucijada de tener que optar entre un programa impracticable por ausencia de apoyaturas sociales que lo sustenten y una fuerza consolidada que no acepta ser heredada por él hasta tanto no demuestre compromiso con el avance del proyecto inaugurado en 2003.

Su exclusión, así, estaba en la lógica más sencilla y evidente; descontado, además, ya explicamos, que su intención de voto sea superior a la de la presidenta de la Nación. Salvo, como mucho, que CFK de veras esté pensando en Scioli como sucesor, y haya por tanto querido excluirlo del desgaste de esta liza para preservarlo a tal efecto. No pareciera.

Al no jugar en la provincia que alberga 4 de cada 10 votos nacionales, ¡y que él mismo está gobernando en la actualidad! (¿la gobierna realmente? Para pensarlo...), como Macrì, de repente, y cuando todo indicaba lo contrario, su futuro ha ingresado a zona de incógnita.

lunes, 24 de junio de 2013

De 2013 a 2015

Finalmente, se cerraron las listas; y entre confirmaciones y sorpresas, bien puede decirse que se ha constatado, a nuestro entender, el diagnóstico que arriesgábamos en nuestro último post acerca de las implicancias de este capítulo de la historia política nacional como predecesor del que ha de escribirse en 2015. Que en esos términos se computa el juego entre nosotros.

La deficiente lectura que respecto de los resultados de 2009 hicieron las distintas oposiciones ofreció una colaboración inestimable para que el kirchnerismo pudiese elaborar el 54% de 2011. Ninguna de las referencias antikirchneristas quiso advertir que las últimas legislativas de medio término habían tenido lugar en medio de un clima absolutamente extraordinario, por lo negativo del cuadro de situación: a la salida del conflicto entre oficialismo y patronales agrarias, y con el impacto de la crisis económica global pegando de lleno: con 1% de destrucción de empleo y caída de 3% de PBI.

En ese contexto, sólo restaba colocarle el nombre propio a un resultado determinado por fuera y previamente a la dinámica de la competencia entre los contendientes: De Narváez contó con billetera para comprar ese boleto, y santas pascuas.

De cara al agosto/octubre venidero, las cosas, parece, serán diferentes: habrá un clima económico entre bastante mejor que el de la derrota kirchnerista de 2009 y peor que el de la reelección de la presidenta CFK en 2011, graficado en la preocupación de Clarín y Ernesto Sanz por el retorno de rendimientos chinos en el ritmo de crecimiento; con la Asignación Universal por Hijo, que se reveló determinante en los resultados electorales hace dos años, funcionando a valores máximos desde su creación; y el plan PROCREAR, que debería irle en zaga, pero como toda una incógnita aún.

Y todo eso en medio de la emergencia del fenómeno de amplísimas franjas de ciudadanos disconformes con el rumbo del país que salieron a escena a tomar por sí mismos el toro por las astas en 2012 como único dato social novedoso, que sin embargo ha merecido escasísima receptividad entre los futuros participantes electorales.

Este marco novedoso impone prudencia a la hora de los pronósticos, sobre todo cuando apenas se rompe el cascaron con la presentación de las candidaturas. Las renovaciones parciales de mitad de mandato siempre arrojan guarismos menores a los de las elecciones generales, y el oficialismo nacional deberá computar ese detalle en la coctelera para no entrar en reyertas inconducentes en medio de la desgastante guerra de guerrillas que le es propuesta desde la prensa comercial dominante como expresión del establishment en pugna con el programa del gobierno de CFK.

Salvo que la definición de las candidaturas nacionales ha elaborado el aparente fin de las carreras presidenciales de Maurizio Macrì, Francisco De Narváez y Daniel Scioli, aunque tampoco nadie muere en las vísperas --véase que Lilita Carrió parece renacer a la lucha después de haber hecho en 2011 la peor elección de su vida, bien que apenas como diputada nacional--, sobre el resto, todo, es demasiado poco lo que existe como herramienta ya no con miras al futuro, siquiera para efectuar análisis sobre el presente.

Sergio Massa es seguramente el elemento más destacado del asunto, pero identificar sus significados para el escenario político nacional requiere que su rodaje como candidato sea puesto a prueba en medio de las discusiones grandes que hasta hoy ha sabido eludir, comportamiento que --por lo visto de sus primeras manifestaciones post confirmación de su lanzamiento-- intentará sostener. Con lo que por el momento puede presumirse que querrá equilibrar lo que, se dice, es el plexo de su voto: oscila entre oficialistas y opositores, con predominancia al interior de quienes no tienen pertenencia ninguna.

De todos modos, el peso de tipos como el intendente kirchnerista de Almirante Brown Darío Giustozzi en su armado, la presencia de Felipe Solá y declaraciones como algunas que hizo el intendente de Olavarría José Eseverri hacen presumir que el massismo no se propone dar vuelta por completo la página kirchnerista si le tocara una sucesión, más bien a buscar el sostenimiento de los acápites sociales de la trama desandando un poco la lógica de conflicto. A propósito de ello, ya nosotros nos preguntamos acerca de la posibilidad de que éso sea un programa posible practicable.

Al mismo tiempo, el establishment mediático parece advertir que Massa no es tropa propia y ha iniciado intentos vergonzosos de operación y condicionamiento sobre la participación del intendente de Tigre, que llegaron al descaro de una columna que firmó Alfredo Leuco sugiriendo que la prenda de acuerdo que sustentaría una hipotética paz entre Cristina Fernández y su ex jefe de gabinete es la promesa de impunidad judicial que el último habría asegurado a su antigua jefa para después del recambio presidencial de 2015, al mejor estilo Elisa Carrió. Por supuesto, sin prueba alguna.

Son las primeras balas que pican cerca del campamento del Frente Renovador Peronista, que ponen en cuestión su programa de prescindencia respecto de la dicotomía que organiza la lógica política argentina de la hora.

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De todas maneras, una evidencia recorre la geografía nacional con dramatismo: el propio Massa no supera todavía las fronteras de la provincia de Buenos Aires, los dispositivos de la UCR/FAP/PSur que en unos lados son alianza en otro son disputa, los espacios de centroizquierda se han fragmentado aún más de lo que lo estaban, el PJ no kirchnerista es una federación de cacicazgos provinciales sin referencia aglutinante que organice, articule y mande con reconocimiento de sus pares. Y en éso andan todos. 

Así las cosas, la pregunta que debiera vertebrar el futuro de la disputa política surge evidente a partir de la verificación de que el gobierno que asuma en 2015, por lo que hasta ahora tenemos entre manos, será uno institucionalmente más débil. Aún que el del período kirchnerista 2009/2011, el del lapso posterior a su peor derrota histórica. Y en ese entendimiento, las dudas se trasladan hacia la salud de que gozarán, a posteriori de la renovación del Poder Ejecutivo, las operaciones de poder sobre la escena del statu quo real.

Con CFK, único ejemplar del sistema político doméstico con capacidad y voluntad de sostener el curso de acción sobre la necesidad de modificar --siquiera tantito-- las relaciones sociales de poder, inhabilitada de continuar una vez concluido su mandato actual, y su colectivo como único de carácter nacional pero incapaz hasta ahora de trascender a la suerte de su conductora en las urnas, el vacío se hace más pronunciado.

Ese silencio es el interrogante que más fuerte retumba luego del anuncio de la oferta electoral venidera. Y reclama ser respondido. 

sábado, 22 de junio de 2013

Las explicaciones sobre un llanto (o relato descarnado de un hincha de Independiente acerca del significado del descenso)

Por ahí andábamos, aquella tarde,
Nico, Emi y yo.
Faltan minutos, apenas, quizás segundos, para que termine el partido. San Lorenzo nos está derrotando 1 a 0, y con eso, sumado a los respectivos triunfos de San Martín de San Juan y Argentinos Juniors --nuestros rivales en la lucha por el descenso-- a la misma hora, la caída hacia el Nacional ‘B’ es ya una sentencia de realidad. Estoy resignado. Derrotado. Me ayuda haber asumido la derrota hace mucho tiempo, aún en medio de la breve ilusión que encendió la llegada de Miguel Brindisi tras el frustrado tercer ciclo de Tolo Gallego.

Reviso entre mis chats de Facebook que a una compañera de Facultad, hincha fanática de Racing Club ella, le dije, el 10 de mayo último, antes del empate contra Lanus, que yo no creía en la salvación ni aún después de dos victorias consecutivas frente al Bicho de Paternal, cuyo bajón aparecía como ineluctable a nuestro favor, y Tigre. Así que fuimos al Libertadores de América, el 15 de junio del año con número maldito, al simple efecto de hacer el acto de presencia que correspondía en la hora. No por aquello del aguante en las malas. Porque sí, y ya.

Me encuentro, entonces, cantando la más bonita de las canciones que componen el repertorio actual de la hinchada: Señores, yo soy de Independiente. / Somos del orgullo nacional. / Ahora, que estamos en la mala… ¡NUNCA! te vamos a abandonar. / Porque el Rojo es pasión, / y mi viejo me enseñó / a quererte de la cuna hasta el cajón. / Nadie lo puede entender, / que copamos adonde vas. / Esta hinchada es diferente a los demás.

Creo que ésa es, e intentaré explicarlo en lo que sigue, la síntesis perfecta de lo que nos pasó en los últimos años. Leo, perdido por entre los blogs como usualmente me sucede, que alguien dice:

“La hinchada de Independiente siempre fue acusada de amarga y de no asistir a los partidos cuando el equipo no peleaba campeonatos. El mismo concepto se aplicó a River. En los dos casos, la actitud apática del hincha es entendible: el aliento nace cuando se intenta suplir desde afuera lo que no pueden hacer los jugadores adentro de la cancha y, en sus épocas de oro, River e Independiente casi nunca necesitaron de estrategias ajenas al fútbol para ganar un partido. Para los hinchas de River e Independiente nada que miles puedan gritar desde afuera puede ser más efectivo que la triple G: ganar, golear y gustar. No es casual que recién en los últimos años River se haya convertido en el club que lleva más gente (sólo hace falta ver las recaudaciones): esta devoción coincide con los peores años de la historia del club.” 

Termina el partido. Perdimos. Aunque si hubiésemos ganado tampoco habría servido de nada. Necesitábamos, lo dicho, además del triunfo, derrotas coincidentes de Argentinos y San Juan. No salió ni una, pero ni siquiera la de despedirse con un triunfo en un clásico.

Me veo en ese momento y recuerdo que, hasta el pitido final del árbitro, nada me importa demasiado ya. Me doy vuelta y los veo a Nico, mi amigo del alma, y Emiliano, mi hermano menor. Ambos mudos. No lloran pero están a punto de. Moquean. Se muerden los labios. Un nudo tamaño marinero les debe estar atravesando la garganta en ese instante. Yo estaba unos escalones más abajo, había visto el partido agarrado de mi para-avalanchas favorito. Subí a abrazarlos: así debía ser, soy el mayor. Me coloco en medio de los dos y sigo cantando.

De repente, me dio por prestar atención a mi alrededor.

Los ancianos que deben haber presenciado las siete Libertadores, sus hijos criados según la filosofía del paladar negro. Muchos adultos lagrimeando, demasiados. Entre ellos, un flaco que fue a la cancha con un brazo colgando, enyesado. Tiene anteojos de sol y sin embargo la irritación de los ojos por el llanto, cuyas gotas le recorren la cara, se le nota lo mismo: baja un par de escalones para encontrarse con alguien que debe ser su padre --o no, tanto da, es mayor que él-- en un abrazo. Y sobre todo, dos nenes, que deben tener no más de 10 y 5 años cada uno: el mayor es un mar desconsuelo; su hermanito mira para todos lados, no entiende nada, pero, cuando ve que su papá también sufre, no le queda más que imitarlos. Aunque, insisto, seguro no sabe bien por qué.

(Después los fui a abrazar a esos dos pibitos, aunque yo tampoco estaba para animar a nadie, entre los dos quiebres que tuve en la tarde. Cuando me derrumbé por segunda vez, el padre de ellos dos me vino a querer levantar a mí. Al menos nos tuvimos unos a otros entre todos esa tarde…)

Luego de recorrer todo ese cuadro atentamente, miré al cielo, se me nublaron los ojos, se me ahogó la garganta y… ¡pum! Rompí yo también. No pude seguir cantando más. La angustia, finalmente, me había perforado.

Muchas veces la gente que no es del fútbol ha intentado responderse por qué los fanáticos lloramos por las loterías que son los resultados en este deporte. Yo también quiero intentar pensar lo mismo pero desde una perspectiva distinta al de esa masa pretendidamente bien pensante. Y recordando tantas cosas vividas como hincha, por supuesto que no sólo de las buenas, y ayudado del párrafo citado arriba sobre las lógicas de conducta de nuestra parcialidad en tiempos pasados, la explicación estuvo al alcance de la mano.

Yo fui por primera vez a la cancha el domingo 17 de abril de 1994, cuarta fecha del torneo Clausura de aquel año, que Independiente terminaría ganando, empate a cero contra Belgrano de Córdoba como locales, en la vieja Doble Visera de cemento. Casualmente, dirigidos, como ahora que bajamos al abismo, por Brindisi. Independiente jugó, aquella tarde, tan mal, tan horriblemente, que me tocó ser testigo de que el equipo, pese a que se trataba de uno que peleaba la punta --y que, al fin y al cabo, venía de campañas razonablemente buenas aún con el reciente retiro de Bochini a cuestas--, fuese despedido por un concierto de puteadas tal que habría hecho sonrojar hasta a Jacobo Winograd y Silvia Suller… y sumados.

Pude presenciar muchas menos glorias que quienes me hicieron hinchas de Independiente (mi viejo, principalmente; pero también mi abuelo y mi tío), desde luego. Más bien soy contemporáneo de la decadencia del post bochinato. Pero toda la historia de glorias que sustentaron nuestra grandeza, sin embargo, la tuve, justamente por ser parte de una familia muy arraigada al infierno de Avellaneda, siempre demasiado cerca como para que no me resultara guía de comportamiento. Asistí, por ejemplo, a murmullos contra el equipo campeón de Gallego en 2002 el día que goleó 6 a 2 a Chacarita por la octava fecha de aquel torneo: porque hizo 5 de esos 6 tantos en el primer tiempo y el segundo quedó, pues, como un relleno en extremo aburrido, insoportable.

Desplomado sobre un escalón del estadio que aún no han terminado de construir, en medio del peor llanto que me ha atacado por lo peor que me pasó en la vida --yo no tengo la culpa de que sea ésta mi pérdida más grande, afortunadamente no he tenido otras todavía--, comprendo el sentido de esa letra que digo que es la más linda de todas las actuales: nosotros, los hinchas; el famoso aguante, que nos era tan ajeno y con orgullo; el desinterés por el rumbo y los resultados, finalmente, se hicieron espacio, cuando siempre habíamos intentado que acá todo fuese distinto. 

Tantos títulos, glorias, jugadores, partidos memorables, jugadas inolvidables, golazos, habían quedado atrás. Hasta aquello del primer estadio de cemento de Sudamérica hoy se ha convertido en una caricatura. Y por no entrar a revisar en qué queda de la calidad y el renombre que como institución supimos ostentar, por fuera de lo estrictamente futbolístico. Independiente acababa de descender, y nada de todo eso ya nos quedaba para aferrarnos en nuestra propia defensa en la hora más terrible. Ya no tenemos ni el listón de ser uno de los equipos que nunca descendieron de categoría. En definitiva, no nos quedó ninguna de todas las muchas cosas que teníamos. Apenas que la caída no fue epilogada por quilombos, de lo que desesperadamente intentamos cerciorarnos cuando nos subimos al auto para volver --vean a lo poco que nos aferramos, lo para abajo que terminamos nivelando--, y que eso que llamaron dignidad fuera destacado por unanimidad mediáticamente.

No más que nosotros mismos, ahí, a pie firme, en medio de la agonía cruel, absurda, tremenda, indecible de lo que fuera un club de primer nivel. De repente, nos vimos con las manos vacías.

Lo hemos perdido todo. Y por eso lloramos.    

miércoles, 19 de junio de 2013

Macrì, Walsh y la Historia

El jefe del desgobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Maurizio Macrì (procesado en triple instancia por los tribunales federales, y próximo al juicio oral en el caso que se le sigue por práctica de escuchas ilegales a través del aparato del Estado), quiere eliminar la materia Historia por completo del quinto año de las escuelas secundarias porteñas, y su obligatoriedad del cuarto.

¿Por qué?

Contesta a esa pregunta el mejor periodista argentino de todos los tiempos, Rodolfo Walsh, con la siguiente frase de su autoría, que pronunciara en el año 1969: "Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina; no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada, cuyos dueños son los de todas las otras cosas."

Grandeza se le llama a ser actual aún con el paso de décadas.

martes, 18 de junio de 2013

Palpitando los cierres

2013 anticipa los dramas del post-2015.

Cristina Fernández no puede ser vencida en las urnas por ningún dirigente del arco político nacional. Pero a la vez, el kirchnerismo raramente logra imponerse en las más importantes de las elecciones locales; y la presidenta cesa dentro de dos años, irremediablemente.

El crack político de 2001 legó una única estructura nacional real que es a su vez adversada por varios liderazgos provinciales incapaces de trascender.

La curiosidad sobre la cual circula el trámite es la de espacios estancos, y recíprocamente incapaces de penetrarse. Ello conlleva el riesgo de que 2015 elabore un gobierno nacional con poca fuerza institucional, sobre todo parlamentaria; que, necesitado de negociar en demasía para poder funcionar, suponga un freno en seco de lo que Omix llama operaciones de poder sobre la escena del statu quo real.

¿Cómo se construye una sucesión poderosa en estos términos?

Sobre las dudas aquí planteadas se resolverán las listas de candidatos legislativos el próximo 22 de junio.

sábado, 15 de junio de 2013

Las profundas raíces de una tragedia

Alguien dice: “El desierto opositor te lleva a enojarte mucho más con la única fuerza política que puede verdaderamente hacer algo: el kirchnerismo.” Tiene razón, es así. Otro hace una autocrítica muy completa y cierra de modo contundente: “Si tenés las convicciones bien puestas, te hacés cargo.” Bien. Ése es el camino.

La audacia que en incontables ocasiones le ha sobrado al gobierno nacional, por ejemplo para reivindicar los derechos humanos como política de Estado y afrontar el drama de la deuda externa, en cambio le ha faltado en materia de, por ejemplo, transportes e infraestructura.

Y es un problema eso, porque para salir del atolladero va a hacer falta, justamente, audacia, valga la reiteración, pues es demasiado complejo el descalabro del sistema de transportes, el ferroviario en este caso, así como lo es también el de las inundaciones extraordinarias que nos tocó sufrir hace un par de meses, como para pretender abordarlos con otra cosa que una trocha fina. Reclaman, todos ellos, y a gritos, una reconfiguración modélica que conmueva estructuras, sin lo cual será estéril cualquier intervención concreta que específicamente se quiera operar sobre cada uno de los espacios en que se está en default en particular.

Dicho sencillo: no existe, creemos, una política ferroviaria, así como tampoco --por caso-- una de infraestructura, sino como expresiones de un trazo proyectivo del cual no son --ni deben ser-- más que partes de una totalidad más amplia, cada cual en el ámbito en que les toca según el caso.

Acá nos está haciendo falta --lo decimos hace mucho, lo dijimos con las inundaciones, lo reiteramos ahora-- una revolución. Pero no en el sentido guevarista del término, que no le falte el aire a nadie. De federalismo, en este caso. Queremos decir: una vuelta de campana, y abrupta. Porque allí, en la tercera de las formas en que se organiza nuestro país según dispone la Constitución Nacional, se puede encontrar la semilla de todos los dilemas que derivan en tragedia; dicho más sencillo: de la locura que implica el estado del área metropolitana de Buenos Aires. Es una idea, apenas. Como para empezar con y por algo.

Comprar mejores frenos, sistemas de señales más avanzados, hacer obras de desagües para el caso de los temporales, los benditos controles: nada va a alcanzar si una zona adolece de una superpoblación del tipo que existe entre GBA y CABA. Supera cualquier previsión posible imaginable.

Se insiste: es muy profundo el asunto. Quizás no se trate de federalismo, o incumba dimensiones aún superiores a ello. Pero no suena plausible que se trate apenas de dejar caer mayor cantidad de billetes sobre un tren. Enfoque, ése, que, preocupantemente, deslizó la presidenta CFK cuando durante la apertura de las sesiones legislativas ordinarias del año 2012 intentó vincular los dineros que debieron disponerse para cubrir las obligaciones de pago internacionales --en aplaudible construcción de soberanía decisoria en el plano económico-- con los que faltaron, explicó, para inversión ferroviaria. No parece ser tan sencillo como la readecuación de lo que dicho así suenan como operaciones contables.

A grandes problemas le urgen idéntico tipo de soluciones: hace falta reformular los términos del esquema federal. Eso va a requerir de mucho más que un ministerio de transporte y mayor inversión, que por supuesto también hará falta: pero mayor cantidad de líquido, si es drenada a través de canales igual de viciados que lo están ahora, será más tarde, pero acabará estallando, ineluctablemente; de una forma u otra.

No vale la pena insistir en el aprovechamiento miserable que hacen de esto quienes ya se sabe: es conocido, era esperable. Que se queden hablando solos. Tampoco en subrayar que la destrucción del sistema ferroviario lleva seis décadas, es muy previa al kirchnerismo: gobernar es así, y conlleva sinsabores y la obligación de comérsela cuando corresponde. Son las reglas de juego, hay que bancársela. Las cuentas las paga siempre el que está atendiendo el mostrador a la hora de la desgracia, a lo que valga recordar que nadie lo obliga; se sabe, y ya está. Menos en que es una locura que un transporte de recorrido local sea gestionado por un gobierno nacional.

Si no lo hace el kirchnerismo no lo va a hacer nadie. Tiene que liderar una acción de magnitudes enormes, que lo trascienda y exceda. Es cierto que se cuenta con una arco político que, mayormente, no da la talla. Consecuencias de gobernar sin tener en claro el sujeto social de representatividad. No debe escaparsele a nadie que solamente con la acción de un gobierno nacional, sea el de Cristina Fernández o cualquier otro que hipotéticamente pueda venir, no va a alcanzar. Pero es a la actual jefa del Estado, en función de su propia historia y de las características del marco que hoy protagoniza, a quien corresponde dar el puntapié inicial.

Habrá que pujar para que los topes que organizan el estatuto de posibilidades de la acción de la clase dirigente argentina se amplíe, incorporando el bienestar social ciudadano como eje de funcionamiento, desplazando del altar en que se encuentra al lucro privado, que en lo relativo a geografía supuso la actual centralización productiva. “Las tragedias son consecuencia de la contemplación de no otra cosa que la expansión sin límites de los negocios. Y frente a eso, el impacto social colateral no goza de rango alguno.”, dijimos a propósito de las inundaciones de principios de abril en La Plata y Ciudad de Buenos Aires. Y no encontramos forma de no repetirnos a la hora del presente.

Mientras tanto, habrá que esperar para saber más y mejor qué pasó realmente el jueves. Pero aún cuando es probable que esta vez sí se haya tratado de un accidente, hay tarea pendiente. Terminar de matar lo viejo y hacer nacer, de una vez por todas, lo nuevo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Cierre de inscripción de alianzas electorales: un chiste

Roberto Lavagna fue candidato del PRO a senador nacional por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, dejó de serlo y pudo retornar al lugar que nunca en realidad había formalizado. Y al final no. Y allí, cuando era necesario buscar un reemplazo, pudo ser Martín Lousteau. Entre que comenzó a escribirse este texto y su publicación, fue, finalmente (lo de Lousteau al PRO), no. Maurizio Macrì y Francisco De Narváez amagaron la reconstrucción del frente político que condujeran en el año 2009, sólo que sin Felipe Solá. Duró poco más de cuarenta y ocho horas. De La Sota hasta viajó a la Capital para ver si lograba destrabar el nudo del diferendo. Y al final parecería que Lavagna tampoco será nada.

Mientras tanto, Moyano aguarda, a ver qué migaja le tiran: tanta bravuconada para tan poco. No parece haber hecho negocio yendo al antikirchnerismo: “es tiempo de pasar a la política”, dijo, pero nadie le ha llevado mucho el apunte.

La Unión Cívica Radical primero rechazó y finalmente formalizó una alianza con el Frente Amplio Progresista. Aunque no en todas las provincias. Pino Solanas explicita que su acuerdo porteño con Prat Gay, Donda y los radicales, al que se negara durante largo rato, y que se suma a otro que hace unos meses elaboró con Elisa Carrió --también tras años de tirarse mugre recíprocamente a través de los medios de comunicación--, no irá más allá de octubre; es decir, no tiene otro horizonte que el de enfrentar al kirchnerismo en las urnas: ahora junta firmas porque no llega con los avales para postularse, luego de la estampida que produjo en su espacio su acuerdo "de centroizquierda". En el interín, Dante Caputo fue candidato. Durante un ratito. Pero no por la UCR, de la que fue canciller y a la que ahora repudia, tanto como para abandonar la postulación debido a la decisión del FAP de arreglar con el partido ¿de Yrigoyen?

Confluirán, finalmente, en esta alianza, Julio Cobos, como primer candidato a diputado nacional por Mendoza, y Martín Lousteau en el mismo puesto para la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Es decir, el ex vicepresidente de la presidenta CFK, con cuyo voto se definió la caída del proyecto de ley de retenciones móviles sobre la exportación sojera en el Senado, y el primer ministro de Economía de la actual jefa de Estado en su primer gobierno, autor intelectual de la iniciativa que en 2008 dividiera aguas entre, por ejemplo, Humberto Tumini y Ricardo Gil Lavedra. Que ahora son aliados.

Postales, algunas apenas, podríamos mencionar mil otras, de lo que Alejandro Horowicz viene denominando desde sus columnas en Tiempo Argentino como “crisis política nacional”, expediente al que desde aquí también hemos venido haciendo referencia en los últimos tiempos: no hay, por fuera del espacio conducido por la jefa del Estado, nomenclatura partidaria que se sostenga intacta durante dos elecciones consecutivas. Y eso sin entrar a considerar los déficits de los armados en términos de alcance distrital: es rutina que lo que en una provincia está unido en otra(s) es confrontación.

En medio de toda esta ebullición, que a poco de rasgar un tantito la humareda mediática de que está cubierta se revela --por ser suaves-- conceptualmente raquítica, Sergio Massa tal vez vaya a ser candidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires en las próximas legislativas. O no. Depende. Quizás auspicie un frente electoral pero sin ser él mismo candidato directamente. O no. Depende. Sobre el cierre del plazo para la conformación de alianzas electorales, todo el peronismo no kirchnerista anda revoloteando alrededor de Massa, viendo qué hace. Y Massa no le contesta nada concreto a ninguno. Divino. No es santo de la devoción de este espacio, el intendente de Tigre, pero no deja de resultar divertidísimo como juega con la desesperación del resto. Tranquilo, al trotecito. Dejando expuestos, a todos ésos que dan vueltas por el Delta a estas horas, en lo enorme que les queda la política.

La oposición ofrece, se nota, sólidas garantías de gobernabilidad. Imagínelos, señora, discutiendo la deuda externa. Fuertes en la defensa de la posición nacional. O no. Depende.

Hay que adolecer de un muy profundo extrañamiento respecto de la realidad como para sostener con pretensión de seriedad que el estado de situación del país hace de imperiosa necesidad votar contra el kirchnerismo cayendo en manos del cuadro aquí comentado.

sábado, 8 de junio de 2013

Ley de fertilización asistida y "fin de ciclo": recuerdos del futuro

El miércoles de la última semana se votó en el Congreso nacional la ley de fertilización asistida. La única fuerza política que se pronunció en contra del proyecto fue el PRO, la favorita del Partido Clarín.

La gramática a que acude el espacio vecinal que conduce el jefe de gobierno porteño Maurizio Macrì para sustentar su decisión es en extremo sencilla: sólo cabe que el Estado regule allí donde no se vean comprometidas la rentabilidad empresarial y la libertad de comercio; de lo contrario, debe abstenerse. Y las empresas de medicina prepaga no avalan la norma sancionada. De lo que se sigue que los derechos ciudadanos quedan sujetos a la capacidad que tengan o no las personas de adquirirlos según la dinámica oferta/demanda.

Ésa fue la epistemología que organizó el comportamiento de la política indistintamente y sin solución de continuidad entre el 10 de diciembre de 1983 y el 25 de mayo de 2003: el Estado como mera instancia de convalidación institucional de las decisiones del sector privado de la economía. El programa del PRO, entonces, es sencillo: devolver las cosas al instante anterior al estallido de 2001.

Cuando menos, habrá que agradecerles la sinceridad: el resto del arco parlamentario nacional se ha dedicado a ejecutar, aunque de manera vergonzante, conductas similares en situaciones por lejos más comprometidas y determinantes que la que incumbió los caprichos de las prepagas.

Una síntesis perfecta del significado de la expresión “fin de ciclo”, sobre lo cual indagó la presidenta CFK durante el festejo por los diez años del kirchnerismo en el poder.

Por fin alguien se decidió a contestarle. Enhorabuena. Más vale siempre decir lo que se piensa ante todo.

viernes, 7 de junio de 2013

Las escaramuzas del debate sucesorio II

"Los debates sobre la sucesión en 2015 asumirían otro color", escribía Horacio Verbitsky en su columna habitual de Página/12 el 23 de enero de 2011 acerca de la decisión de la presidenta CFK de habilitar a Martín Sabbatella a que la acompañase como candidato a gobernador bonaerense con una boleta de adhesión a aquella a través de la cual buscaría (Cristina) su reelección. Eso generaba malestares en Daniel Scioli, en razón de la ventaja que la maniobra podía acarrear a favor de la Presidenta en la comparativa de sufragios y lo que ello supondría de cara al momento en que debiera discutirse la continuidad del peronismo en el poder.

Una semana después de las generales de octubre, el mismo Perro ofreció cifras contundentes: "En la provincia de Buenos Aires, CFK obtuvo el 56,28 por ciento de los votos válidos emitidos para la presidencia y Scioli el 55,06 por ciento para la gobernación. La distancia real es aún mayor, ya que para gobernador hubo 1,1 millón votos en blanco y para presidente apenas 299.000. Cristina fue votada por 4.704.016 bonaerenses, esto es 538.467 más que Scioli, y 48.502 más que la suma de Scioli (4.165.549) y Martín Sabbatella (489.965). Sobre el total de los votos emitidos la diferencia entre la presidente y el gobernador alcanza al 6,17 por ciento."

La conclusión era premonitoria: "Minimizar su importancia es una clara toma de posición política. Destacarla, también."

En efecto, los análisis que la prensa comercial dominante elabora por estas horas sobre los diferendos entre la presidenta de la Nación y el gobernador de la provincia de Buenos Aires insisten y coinciden en el mismo error: Scioli aportó sus votos al triunfo de Cristina, ella le debe sus dos mandatos y quiere que ahora le entregue apoyo de nuevo para las elecciones legislativas de 2013; él se niega porque siente que es hora de dar su propio salto grande --y no la quiere triunfante y con reforma constitucional habilitante de un tercer período a mano--; y, por tanto, ella embiste contra su gestión provincial y su imagen alta a través de retos públicos como el de Lomas de Zamora.

Para decir cosas como las del párrafo anterior, que también se pueden leer de --si bien pocas-- plumas oficialistas, hace falta, ante todo, dejar de lado la fría realidad de los números, que indican que Scioli siempre tiene mayor popularidad que la Presidenta … hasta que se abren las urnas, pues Cristina también lo había superado en 2007. Y, encima, habría que tragarse que en un cuerpo largo de boletas es la del medio la que tracciona a las que ocupan los extremos, o que alguna persona reflexione "como quiero a Scioli de gobernador, me trago a CFK de presidenta", y no al revés. Disparates que encajan a la voluntad editorial de la columna de La Nación que homologó al kirchnerismo con el nacionalsocialismo, apenas.

Por nuestra parte, no creemos que ninguno de los dos arrastra a favor del otro; pero, en cualquier caso, de ocurrir tal cosa, sería la lista presidencial la que beneficiaría a la local, y no viceversa. No es lo importante, de todos modos.

El expediente principal de la disputa abierta entre la jefa del Estado nacional y el de la provincia más grande del país no es, además, 2013, sino 2015. Scioli anhela ser ungido por Cristina como sucesor en la comandancia del espacio kirchnerista de cara a las próximas presidenciales. No se le escapa al gobernador --ningún tonto-- que el colectivo que guía la Presidenta es el único consolidado de la política argentina desde el estallido partidario de 2001, tanto que ningún otro excepto el del Frente para la Victoria logra presentarse a dos elecciones consecutivas bajo el mismo marco de construcción, con la salvedad del PRO en CABA.

El FpV es un armado amplísimo y potente electoralmente, pero así también es de heterogéneo y complejo a su interior, por ende contradictorio. Ese entramado de diagonales se sintetiza en la conducción de Cristina Fernández; y, por el momento, en ningún otro elemento. Es presumible que ese déficit podría saldarse mediante el favor que la voluntad de la propia jefatura pudiera eventualmente otorgar a alguno de sus hoy subalternos. Dicho sencillo: Scioli no es capaz, a la fecha, de articular el kirchnerismo; quizá mañana, pero si y sólo si CFK lo consintiera. Y aún eso deberá revalidarse en el cotidiano, inmediatamente a partir del día siguiente a la hipotética sucesión.

Los sectores más dinámicos del kirchnerismo no se identifican con la lógica política del ex vicepresidente de Néstor Kirchner, afín a intentar un entendimiento con sectores con los que el partido de gobierno mantiene litigios abiertos innegociables. Eso suma a las dificultades que lo impugnan como recambio en la cúspide, ya apuntadas. En palabras de Martín Rodríguez, Scioli aspira a la fantasía de la "representación totalizadora y sin conflicto social", con la que no hace falta abundar en que no acuerda Unidos y Organizados.

CFK exige de Scioli una subordinación no personal sino programática, el compromiso de fidelidad con el actual marco de alianzas y gobernabilidad.

Llamando la atención, también, en que ésa es la única forma de sostener la dinámica que DOS desea heredar, de lo que no quedan dudas, pues si tuviera una fortaleza semejante a la que le atribuyen quienes lo tientan a virar hacia la oposición no se explica por qué no lo hace de una buena vez frente a tanto supuesto maltrato; la respuesta es sencilla: no quiere. Y así, reconoce dudas sobre su popularidad por fuera del kirchnerismo, con el antecedente muy cercano del paso a la intrascendencia de Moyano desde que se creyó capaz de independizarse de la primera mandataria cuya reelección pidiera en nombre del descanso en paz de Perón, Evita y Néstor Kirchner.

En definitiva, el ex navegante a motor se encuentra frente al dilema de optar entre una fuerza política que le exige --para responderle-- definiciones que (todavía) no se anima a entregar, y un programa que no ofrece alternativas confiables de sostenimiento social. No está en duda la lealtad de Scioli en términos personales en esta historia, verificada hasta en los cables de Wikileaks; se trata de cuestiones que trascienden lo individual, ya descartado por nosotros como variable determinante a la hora del análisis político.

Lo presumible, así las cosas, es que Scioli apueste a que siga pasando el tiempo y que las cosas simplemente decanten a su gusto, con mínimos gestos fotográficos de desmarque buscando algún margen, como hasta ahora ha hecho. No es, eso, nunca, lo recomendable en estos asuntos. Tampoco Cristina parece sentirse compelida a allanarse a un acuerdo con él como no fuera uno que contemple su exclusiva voluntad programática, con lo que tienen pasto quienes la acusan de émulo hitleriano cual si fuera razonable exigirle resignación aún cuando no le urge.

Será entonces cuestión de proporciones en un tira y afloje de resultado incierto, al menos a corto plazo.

lunes, 3 de junio de 2013

Las escaramuzas del debate sucesorio

Por la noche del día en que, con nuestro último post, decíamos que lo más relevante del discurso de la presidenta CFK durante el acto del 25 de mayo último fue el desafío que planteó al resto del sistema político respecto del programa de gobierno en curso, la misma jefa del Estado extendió ese litigio al territorio que conduce. Mechado con una serie de reproches enérgicos al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Cristina invitó a la concurrencia a preguntarse cómo creían que podría actuar frente a las presiones que en desarrollo de la tarea presidencial son moneda corriente, por caso las de los organismos internacionales de crédito, aquellos que no son capaces de decir esta boca es mía cuando se los cachetea a insulto limpio desde el periodismo opositor.

Comentábamos el 23 de mayo pasado que lo interesante a la hora de discutir sobre los beneficios sociales que en términos concretos había reconocido el kirchnerismo a amplios sectores de entre los más sufridos de la población, más que la enumeración de tales en sí misma o el trazo ideológico que dibujan, es la indagatoria respecto del marco de discusión de intereses que se configuró a partir de la inauguración del actual ciclo histórico y la posición que el Estado decidió asumir en ese conflicto desde 2003, a diferencia de la convalidación institucional de negocios privados como eje que había sido regla hasta entonces y desde recuperada la democracia.

Concluíamos que sólo quien deseara y fuese capaz de sostener el grado de tensión conflictiva que actualmente existe entre Estado y ciertos sectores del establishment tendría éxito en la tarea de conservar y ampliar las mejores novedades de la década.

Y en ocasión de analizar la masiva manifestación que en homenaje a la asunción de Néstor Kirchner se congregó en Plaza de Mayo hace diez días, agregábamos que la Presidenta acertaba en llamar la atención acerca del significado de la expresión fin de ciclo a que acude el bloque opositor a la hora de comentar lo que suponen será el fin del kirchnerismo en el ejercicio del gobierno nacional, tantas veces anunciado desde 2008 y siempre postergado para mejores ocasiones; no habiendo superado nunca, en definitiva, el rango de hipótesis.

Articulando ambas premisas, la tesis que intentamos es que la elusión opositora al debate propuesto por el oficialismo obedece a la imposibilidad de asumir electoralmente el programa que le piden expresar sus apoyaturas reales, el establishment que entiende amenazados sus privilegios con el kirchnerismo, al que por ello rechaza. CFK interroga al interior de su tropa quién estará dispuesto a asumir la epistemología fundada por Kirchner. En el caso que debiera el FpV armar una opción a la actual primera mandataria, y eso es lo que acá siempre hemos sostenido que se intentará para 2015 y no una segunda reelección, conviene identificar, antes que cualquier otra cosa, cuál dirigente coincidirá en sostener el actual cuadro de situación de la gobernabilidad.

Cuando a principios de 2011 la continuidad de Cristina era aún incógnita y Daniel Scioli frecuentó a los elementos más dinámicos del armado oficialista, depositario --según palabras de la conducción-- de ejecutar la trascendencia, dijimos, en sintonía con lo que ahora asume explícitamente la Presidenta como táctica, que lo fundamental, de cara a tales trámites, “no pasa por si apoyar o no a Scioli (…) sino por tener la capacidad de construir una línea interna capaz de condicionarlo, si es que se considera que, una vez en el gobierno puede llegar a poner luz de giro a la derecha (…) que ese apoyo se otorgue, y se mantenga, si, y solo si, Scioli hace kirchnerismo del más puro, o sea, que negocie en condiciones desfavorables.”

Es decir, construir el marco de fuerzas que habilite que un recambio de nombres no sea traumático, y siempre se ha dicho en este blog que las características personales de los dirigentes nunca son lo esencial a la hora del análisis político, en el que juegan una cantidad de variables largamente superior a la que puede domesticar cualquier individuo. En eso se está mientras a propósito de los más diversos expedientes que circulan alrededor de la trama del Estado todo el tiempo vuelven a surgir rebrotes de lo que fueran los acuerdos de tiempos pasados, repudiados ya desde el discurso de asunción de NK el 25 de mayo de 2003. En ocasión de los cambios de gabinete que decidió la presidenta CFK, esta vez.

La crítica a Cristina porque elige dirigentes de su partido para integrar el gabinete es lo más desopilante que se puede leer y oír. ¿Dónde debería ir a buscar ministros, pues? Resabios de las épocas en que los ministros tenían la potestad de mando por sobre el presidente, en tanto eran representantes del poder real. Y entonces el ministro de Economía era designado por los bancos; el secretario de Industria, por la UIA; el de Agricultura, por la Sociedad Rural Argentina; el ministro de Educación, por la Iglesia Católica; el de Justicia, por el Colegio Público de Abogados; y así, sucesivamente, cuestión que gobernaba cualquiera menos quien era designado a tales fines por las urnas.

Todo eso al tiempo que se quiere aleccionar sobre democracia y república. En fin.

¿A partir de qué momento y por culpa de quién el debate político se primarizó tanto que resulta que ahora hace falta que un presidente deba explicar por qué elige a dirigentes de su propio espacio para integrar su gabinete de ministros? A veces todo deviene un delirio ridículo.

Los ministros son secretarios del Poder Ejecutivo, por lo que no les cabe decidir sino asesorar. No porque lo diga este teclado, claro, así lo dispone la Constitución Nacional, increíble tener que aclararlo. Sin embargo ha sido una constante durante estos últimos tiempos tener que asistir a quejas por la imposibilidad de los ministros de ser ellos quienes definen las políticas de gobierno, o bien por la obediencia que dispensaron siempre los auxiliares a la conducción en el kirchnerismo, cual si debieran en verdad hacer lo opuesto, en función de aquello de que "cuanto peor, mejor" respecto de la marcha de la gobernanza.

Lo que se expresa, con todos esos berrinches, es el malestar del bloque de clases dominantes por su imposibilidad de operar en la interna del gobierno nacional construyendo las decisiones de Estado en la actualidad. Un comportamiento que pide Cristina sostener a posteriori de su salida del gobierno nacional. Y que Segundas Lecturas entiende como requisito esencial para la profundización del programa de gobierno actual y como receta adecuada para edificar un reemplazo pacífico.

En definitiva, terminará resultando, si se lee la cuestión con apenas un cachito de honestidad intelectual, que el oficialismo es, además de la única garantía para el bienestar de los sectores populares, también la mejor fórmula para la plena vigencia de la institucionalidad republicana.

Al fin que ambas están vinculadas, sólo que por distintas razones a las que dominantemente se invocan.