domingo, 31 de marzo de 2013

Lanata (más que nunca) sin filtro


Finalmente, el operador político principal del Partido Clarín, Jorge Lanata, decidió blanquearse y asumir explícitamente el rol que ya ocupaba en el debate público nacional. Por medio del editorial de apertura de la emisión de su programa de radio del pasado día lunes 25 de marzo, pidió a su audiencia “cambiar” al gobierno nacional, porque "no podemos seguir así, este país tiene que cambiar. Este país tiene que recuperarse."

Casi inmediatamente, sintió la necesidad de aclarar que con sus palabras no estaba llamando “ni a un golpe, ni a una rebelión, ni nada". Y cerró prometiendo “hacer todo lo posible para que pierdan ese inmenso poder que nos está haciendo mierda, y les pido a ustedes que hagan lo posible también. Tenemos que sacar a esta gente votando a otra gente. Pero esta historia no da para más." Los términos utilizados son inequívocos.

Hay algo curioso, sin embargo, en el llamado a votar contra el kirchnerismo que hizo Lanata a caballo de una legitimidad desconocida. Elaboró el mensaje a partir de una pregunta que supuestamente le habría hecho un hombre hace unos día a la salida de la radio del Grupo Clarín, Mitre, donde presta servicios. Incomprobable, pero le sirvió como disparador. La frase de cabecera de Lanata para el año pasado en su programa de TV fue "hay que perder el miedo" --que vaya uno a saber quién tenía o tiene--, y su imaginario interlocutor quería saber cuál será la de este año.

Entonces, la sentencia que elige Lanata es "este año tenemos que cambiar". Pero resulta ser que la convocatoria es para el año 2013. Se trataría de "sacar al gobierno en las urnas" en 2013, pues. Pero lo cierto es que en 2013... no se vota presidente de la Nación, sino que habrá apenas una renovación legislativa.

¿Cómo se lograría, entonces, sacar al kirchnerismo en 2013, que es para cuando difunde Lanata su nueva prédica, si en 2013 no se vota jefe de Estado? ¿Acto fallido, acaso?

Otro dato sobresaliente del llamamiento del infotainer de Canal 13 es que La Nación y Clarín no levantaron sus dichos: ni en sus portales web ni en sus ediciones de papel, lo que no deja de sorprender, toda vez que cualquier comentario que sobre cualquier tema haga Lanata --capaz de opinar acerca del sistema de elección del presidente de AFA, a pesar de que él mismo reconoce no saber nada de fútbol-- rebota y se multiplica inmediatamente a través de sus inmensas redes de difusión comunicacional.

Es verdad, semejante giro de la principal estrella de su plantel coloca a las conducciones del duopolio en un aprieto, toda vez que reduce a cenizas la pretendida neutralidad respecto de la competencia política sobre la que mienten cabalgar, fuente de la que también bebió el fundador de Página/12 hasta que decidió sincerar lo que hace rato es una obviedad para cualquier observador que conserve una dosis mínima de honestidad intelectual. Y el apresuramiento que evidenció Lanata en cuanto a los plazos institucionales supone un apuro aún mayor cuando la necesidad de desmentir maniobras golpistas acose.

Lo cierto es que al cabo de las primeras cuarenta y ocho horas de los dichos, una búsqueda simple en Google (‘Jorge Lanata + tenemos que cambiar’) arrojaba que el rebote de la noticia no iba más allá de sitios marginales (MDZOl, Opi Santa Cruz, Contexto --de Tucumán--). Y al cierre de este post, durante el día domingo posterior al programa a que hacemos referencia, aún no se pudo encontrar una sola línea en las publicaciones principales del consorcio de accionistas privados de Papel Prensa.

La deriva en que ha degenerado el comportamiento de ciertos sectores sociales a partir de la renuncia de la oposición partidaria formal al cumplimiento de su rol constitucional de representación, lo que equivale a que las conductas no se enmarcan en códigos estatuidos, encuentra eco en expresiones antipolíticas como las de Jorge Lanata, quien indudablemente se convirtió en bandera mayoritaria de los sectores que se expresaron en los cacerolazos opositores de 2012. Es decir, existe un segmento electoral disponible a la espera de una conducción política que lo sintetice

También el año pasado, la nueva editorial de Luis Majul publicó, con la firma de su dueño, una biografía, aunque bastante precaria, absolutamente apologética del conductor de PPT, casi en línea con la maniobra de autopostulación que emprendió Jorge Bergoglio cuando comenzó a comentarse que Joseph Ratzinger podía llegar a renunciar a su papado y el ahora obispo de Roma sacó, casi en simultáneo, una autobiografía muy elogiosa de sí mismo. Allí Lanata --claro que sin una pizca del talento político de Francisco-- confesó al conductor de La Cornisa que aceptaría una candidatura “en condiciones extraordinarias: por ejemplo, si la Argentina estuviera en peligro de ingresar en una crisis parecida a la de 2001”.

No es un misterio para nadie que siga con un cachito de atención las coberturas mediáticas principales que la pretensión de construir en estos días un clima tipo final del mandato de De La Rúa es permanente.

Y que en los últimos tiempos ha cobrado especial virulencia contra elementos característicos significativos del elenco oficialista, en especial con los ataques delatorios contra La Cámpora, acusada de cuanto una mente perversa sea capaz de pergeñar, en el último de los casos de portación ilegal de armas a través de manejos oscuros del RENAR, a cuya conducción ha llegado la militancia juvenil kirchnerista, especie surgida de la pluma del propio Lanata a partir de las versiones del rigor documental que suponen desquiciados de la talla de Raúl Castels y Elisa Carrió.

Pero el raid se ha extendido bastante, con especial intensidad desde el masivo 8N, y toca extremos preocupantes como la tergiversación de unas declaraciones de Estela de Carlotto sobre las prácticas de las organizaciones revolucionarias actuantes durante los ’70 --expediente, este último, que ha recobrado especial relevancia en estas semanas, con la evidente pretensión de transpolar aquella situación a la actual--.

Todo modo, el activismo pendenciero de Clarín está funcionando a todo vapor. Sabiendo que le corre tiempo de descuento, con lo que más tarde o más temprano deberá adecuarse al Estado de Derecho en lo que hace a la ley de medios, apela a cuanto puede para intentar un reemplazo gubernamental que lo exima del sometimiento a regla que le corresponde como a cualquier hijo de vecino. Están en la elaboración del contexto que justifique la más disparatada forma de reacción: desde la insistencia con el miedo a la censura de la prensa libre hasta la inminencia de un apocalipsis socioeconómico, pasando por las pulsiones nazifascistas del kirchnerismo, todo, por supuesto, en carácter de hipótesis.

Aún descartada la coordinación de movimientos a la hora de su más reciente invectiva, Lanata sabe que cuenta con terreno fértil para operar. En cualquier caso, ha decidido descorrer el velo detrás del cual escondía sus evidentes intervenciones. Está subido al ring y con los pantaloncitos cortos ya puestos.

Y ya se sabe, el ridículo es un viaje apenas de ida.

miércoles, 27 de marzo de 2013

La crisis política de Clarín en torno a la democratización de la Justicia


Cuando Clarín elige el Poder Judicial como terreno esencial para el desarrollo de su respuesta a la interpelación que le es propuesta desde hace algunos años por el gobierno nacional, actúa con una racionalidad instrumental impecable.

Veamos. Hay un elemento que llamativamente se soslaya a la hora de la historización del diferendo entre el kirchnerismo y el Grupo Clarín. El circuito conducido por Héctor Magnetto se convirtió en actor político/económico de relevancia central en la vida institucional del país a partir de una práctica que hasta cierto punto se demostró implacable: Clarín presionaba a un gobierno constitucional para obtener un beneficio comercial bajo la amenaza de que, de no acceder aquél a la solicitud/exigencia, procedería en términos vengativos sobre la marcha de ese gobierno.

A caballo de dicha tesitura, Clarín, en línea con la operativa política de la totalidad del resto del bloque de clases dominantes, inventó que su propio éxito era a la vez el del país todo.

Ahora bien, cuando a partir de 2008, por las razones que fueren, el kirchnerismo decide quebrar el pacto de subordinación, que en el caso específico de Clarín sostuvo en línea con sus antecesores durante 5 años, del mismo modo que se comportó con el resto del arco de beneficiarios del programa de Estado 1975/2001 (quebrando la mera inclinación gubernativa servil de otrora), Clarín se enfrenta a una situación inédita: concretar las advertencias en los hechos.

Nunca, se insiste, hasta la ruptura con el kirchnerismo en el despertar del primer mandato de la presidenta CFK, Clarín había enfrentado semejante dilema --esto es, hacer realidad que equis cantidad de tapas del diario derrumban una presidencia--, que supone un giro situacional copernicano, en tanto implica la necesidad de readecuar su lógica operativa: cómo reconfigurar su táctica fachada, el periodismo, que en relación a su esquema de negocios observado en su completa dimensión es sólo un elemento más, aunque de rol principal, en función de su estrategia general, la política y comercial.

Sin que quede en evidencia su salida fronteras afuera de la ciudadela de la neutralidad, imparcialidad, independencia, objetividad, asepsia; en fin, de las pulsiones a que las referencias dominantes del oficio periodístico intentan hacer creer que debe aspirar esencialmente su práctica. Ése es su desafío; no menor, habida cuenta, se reitera, de lo novedoso del asunto.

La torpeza, entonces, de Clarín para conducirse según los nuevos términos del litigio --donde ya más de mil portadas, pese a la creencia de otrora, no han podido con Cristina Fernández--, se suma a la falta de comprensión por parte del gobierno nacional, por lo menos hasta inicios del presente año, del enfoque en que se refugió el multimedios para resistir la aplicación de la ley de servicios de comunicación audiovisual; es decir, para continuar a salvo en su insubordinación respecto del Estado de Derecho.

Esa ecuación ha dado como resultado el actual estado de insoportable indefinición situacional, de un trámite crecientemente empiojado en Tribunales.

No hace falta ser un experto en la materia para conocer que la enorme mayoría de los jueces actualmente en funciones se han formado durante el período de gobierno de la dictadura burguesa terrorista, o bien de la democracia de la derrota, que para el caso de la pertenencia sistémica ideológica conforman un mismo pack, al interior del cual no existen fisuras significativas a propósito de temáticas fundamentales, por caso el rol del Estado en materia de libertad comercial.

Y resulta ser que el sentido común dominante entiende acerca de la función judicial que debe reposar sobre valores idénticos a los referenciados ut supra para el periodismo, y no como lo que son: productos de una correlación de fuerzas concreta durante un período histórico determinado.

El teórico del Derecho Luigi Ferrajoli destruyó la zoncera con contundencia: “Los juristas --sostiene Ferrajjoli-- no se limitan a describir su objeto de estudio, sino que contribuyen también a crearlo, a definirlo, a expandirlo o a restringirlo dependiendo de sus inclinaciones ideológicas e incluso de sus afinidades políticas. (…) Si esto es así, caerían de una vez y para siempre los mitos construidos alrededor de la tarea puramente ‘científica’ de los juristas, que presentan el trabajo de los teóricos como políticamente neutral.”

Así las cosas, no resulta imprescindible para Clarín, cuya mayor relevancia política fue construida en paralelo con el ciclo histórico de apogeo del neoliberalismo en Argentina, comprar las voluntades de los funcionarios judiciales que sostienen su statu quo actual, o de reincidir en la amenaza contra ellos, aunque de hecho una y otra cosa siguen ocurriendo: se trata de coincidencias filosóficas estructurales profundas entre las partes respecto de lo que deben ser el Estado y la política.

Lo que fue mientras Clarín recogió de aquello su otrora condición de prepotencia: la institucionalización del estado de cosas que surgen de la dinámica natural del mercado por parte de las instituciones republicanas, en vez de su interpelación, que es lo que correspondería si se coincide en que la democracia aspira al bienestar general, según reza el Preámbulo de la Constitución Nacional. Entonces, si el gobierno nacional aspira a equilibrar fuerzas en el único segmento institucional desvinculado de la soberanía popular, quizás se de vuelta la página en esta historia. 

Y más allá de las particularidades específicas de la causa Clarín, también en relación a lo que como epistemología política implica en cuanto a disputa de intereses materiales.

domingo, 24 de marzo de 2013

Las profundidades del 24 de marzo de 1976 y la muerte de Martínez de Hoz


Por distintos motivos, las últimas recordaciones del 24 de marzo de 1976 han sido especiales. Este año llega muy cerca del fallecimiento de José Alfredo Martínez de Hoz, símbolo máximo de las implicancias civiles en el Proceso de Reorganización Nacional, ocurrido apenas 8 días antes del 37º aniversario del inicio del gobierno de facto de Jorge Rafael Videla.

¿Cómo escribir sobre la dictadura burguesa terrorista abarcando acabadamente el recorrido que desembocó en el último golpe de Estado de la historia argentina?

Nuestros historiadores suelen atarse en demasía a criterios institucionales formales para designar ciclos históricos y políticos; esto es, el inicio o el fin de tal o cual gobierno. Si bien, desde luego, tales son elementos importantes a la hora de la clasificación categorial, pueden, sin embargo, llevar a equívocos importantes si no son debidamente cruzados con diversos auxilios de otro tipo.

Por caso, mal puede hablarse del peronismo si uno apenas considera lo acontecido a partir de la revolución del 4 de junio de 1943, o bien del 17 de octubre de 1945. Mejor se entenderá el asunto si uno rastrea las novedades producidas por el yrigoyenismo durante su tránsito desde el espacio revolucionario abstencionista que representó entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX hasta su integración al arco parlamentario en virtud de la ley Saénz Peña de 1914; y la primera construcción orgánica de herramientas de intervención estatal en la economía diseñada por el doctor Federico Pinedo durante el gobierno del general Agustín P. Justo.

Y conste que, arbitrariamente, elegimos en este tramo atender exclusivamente a los sucesos locales que circundaron el surgimiento del movimiento que conduciría el general Perón, dejando de lado lo aportado por el escenario mundial de entonces.

Del mismo modo, pretender la condensación absoluta de la totalidad de los golpes de Estado de nuestra historia en la fórmula de Partido Militar devendría en el error de englobar, sin matices --y he allí el equívoco--, en un mismo espacio al general Alejandro Agustín Lanusse con los integrantes de las distintas juntas militares que condujeron el gobierno del Proceso.

Con ello, quedarían asociados el presidente de facto durante cuyo mandato se esbozaran las primeras líneas del plan Gelbard, que acabaría siendo el programa del gobierno del doctor Héctor J. Cámpora, del interinato presidencial de Raúl Lastiri, del tercer período de Juan D. Perón y de la primera mitad del tramo de María Estela Martínez; junto a sus camaradas de armas que vinieron a completar la demolición de esa última versión del modelo de sustitución de importaciones iniciada, todavía con Isabelita en la presidencia, a partir de la designación del ingeniero Celestino Rodrigo en el Ministerio de Economía.

Es mejor consejera para la confección de definiciones la observación respecto de la composición social de intereses representados que la consideración de los plazos constitucionales.

A caballo de dicha epistemología, por caso, es fácil rebatir la asimilación que se pretende entre fascismo y nazismo, por un lado, y peronismo, por el otro: los primeros fueron fenómenos de clases medias sustentadas por las burguesías nacionales de sus respectivos países, que, al no tener representación política electoral, pues a diferencia de las burguesías revolucionarias francesa e inglesa pactaron con la vieja clase dirigente y no se apoderaron de los canales políticos/institucionales, desdibujaron los contornos del republicanismo liberal. Nada de eso pasó con el peronismo, un instrumento de clases bajas combatido por la burguesía argentina que jamás abandonó el esquema constitucional liberal.

Y nos acercamos, de ese modo, a nuestro propósito: la comprensión de las profundas y complejas significaciones de la interrupción del orden constitucional sucedido hace hoy exactos 37 años a partir de la figura de José Alfredo Martínez de Hoz.

Se reitera, entonces: el peronismo constituyó tanto otro capítulo del ciclo de industrialización nacional que comenzara con el plan Pinedo, aunque con distintas características operativas --así como sería diferente a los dos también la versión desarrollista del dúo Arturo Frondizi/Rogelio Frigerio--, como el ingreso de los sectores desposeídos a la ciudadanía a través de la resolución de la cuestión social argentina que se generara como consecuencia del modelo agroexportador, cuyo drama consta en el informe encargado por el general Julio A. Roca al doctor Bialet Massé durante su segundo gobierno.

En derredor del expediente social circuló la falla política argentina desde que Perón fuera derrocado de la presidencia el 16 de septiembre de 1955. Se inició entonces un ciclo de 18 años de inestabilidad institucional al que se caracterizó como el del empate hegemónico entre una clase dominante que era incapaz de imponerse electoralmente tanto como de revertir las transformaciones producidas y aceleradas por el peronismo, y una amplia masa de sectores populares despojada de herramientas materiales de intervención e impedida de expresarse en las urnas.

En el año 1971 se plantea la opción del acuerdo entre un sector del bloque de clases dominantes y el movimiento obrero organizado en la CGT, que fue inicialmente rechazado por las estructuras políticas mayoritarias del empresariado --porque era, decían, "socializante y estatizante"-- y también por el espectro social peronista, que no aceptaba conciliar por debajo del levantamiento de la prohibición electoral --dispuesta desde el inicio de la Revolución Fusiladora y nunca levantada hasta 1973-- y el retorno de Perón al país.

Concretado que fuera esto último, y luego de la victoria de Cámpora en las elecciones presidenciales, se acercaron posiciones entre los antes refractarios y se decidió la puesta en marcha del programa del ministro de Economía de los gobiernos del tercer peronismo, José Ber Gelbard; el acuerdo CGT/CGE, que se proponía definir la conversión de la economía nacional a un sistema con eje en la industrialización.

La dinámica confrontativa en que derivaron los contratantes desde el fallecimiento del general Perón en 1974, entre sí y al interior de sus propias organizaciones, definió el fracaso del plan Gelbard, y abrió espacio para que en el bloque de clases dominantes ganaran posiciones los sectores que postulaban la necesidad de clausurar lo inaugurado por Federico Pinedo en la década del '30; "el desarrollismo fracasó", decía el referente de la línea, José Alfredo Martínez de Hoz, desde ACIEL, único segmento industrial que no se sumó al Pacto Social gelbardiano y que capitanearía APEGE, la reconfiguración de las clases propietarias que edificó las condiciones necesarias para el clima de golpe con el lock out del verano de 1976.

El bloque social que impulsó, impuso y sostuvo al gobierno del general Videla fue también el que participó en rol protagónico de la elaboración del plan del ingeniero Celestino Rodrigo (el famoso Rodrigazo), ministro de Economía de Isabel Perón durante un par de meses en 1975 --tras el despido de Gelbard--, de corte sustancialmente idéntico --e iguales beneficiarios-- a los programas económicos gobernantes hasta 2001: Martínez de Hoz, Primavera, Austral, Cavallo I y II, Blindaje, López Murphy y demás.

Los días 7 y 8 de julio de 1975 se produjo un paro general contra las consecuencias del Rodrigazo, presionado desde las bases obreras y al que la conducción de la CGT de entonces debió adherir forzosamente una vez demostrada la irreversibilidad y magnitud de dicho movimiento, que ponía en cuestión su liderazgo sectorial, aunque aclararon que no lo dirigían contra Isabel sino sólo contra el ministro de Economía y su par de Desarrollo Social y protector, José López Rega. Fue el desencadenante de la toma de conciencia de la necesidad del genocidio para hacer posible el desarrollo del proyecto económico finalmente anunciado el 2 de abril de 1976.

Es conocido que ante la advertencia del entonces referente cegetista Herminio Iglesias respecto de la inminencia de un golpe, la presidenta Isabelita contestó que no había de que preocuparse, pues, según entendía, “ya les hemos dado todo lo que quieren”. Lo que habla a las claras de las continuidades esenciales que acá pretendemos establecer.

El Cordobazo ya había significado un cimbronazo importante en el bloque de clases dominantes respecto de la capacidad reivindicatoria de la sociedad, tanto que hizo reconsiderar a ciertos sectores de la Iglesia Católica sus posturas respecto de la revisión crítica al apoyo que habían dado al antiperonismo, que la alejaban de los sectores oprimidos de la ciudadanía, y su participación en el proceso histórico de resistencia a la dictadura gorila y promoción del retorno al país del general Perón.

Por razones ajenas a los paupérrimos resultados que arrojaba el plan Martínez de Hoz ya para el año 1983, la vía militar cedió lugar a la democracia de la derrota: hasta diciembre de 2001 hubo, sí, gobiernos elegidos democráticamente, pero no fue sino hasta la consagración de Néstor Kirchner que la ciudadanía votó, además de gobierno, programa --y en realidad debería decirse que ello sucedió con mayor claridad cuando la primera victoria de Cristina Fernández, en el año 2007--.

La trama de intereses vertebrada en siete de años de dictadura condicionó de tal forma al Estado que ninguno de los presidentes que se turnaron en el poder hasta 2003, Alfonsín, Menem y De La Rúa, alteraron el curso dibujado por Martínez de Hoz siquiera en lo más mínimo. No casualmente varios actores del elenco dictatorial desfilaron por los gabinetes de la democracia de la derrota, indistinta e independientemente del color político del partido de gobierno de turno, durante casi 20 años.

Todo lo cual fue graficado a las claras en la columna de José Claudio Escribano con que La Nación editorializó la victoria presidencial de Kirchner en 2003, a través de la cual respondió a la negativa del entonces candidato a someterse al pliego de condiciones que, en tanto representación del establishment, Escribano, director del diario, pretendió imponerle días antes de conocerse el retiro de Carlos Menem de la segunda vuelta electoral a la que debía someterse frente al santacruceño, lo que definió la contienda.

La decisión de detener la investigación judicial que desembocó en el juicio a las juntas militares en el día 24 de marzo de 1976 obedeció a la necesidad --e imposibilidad, dada la correlación de fuerzas señalada-- de ocultar el devenir histórico previo al desplazamiento del gobierno de Isabel Perón, recorrido en este post, que implica un entramado sinuoso de sucesos que resultan imposibles de ser metabolizados por medio de la linealidad de la teoría de los dos demonios, todavía incapaz de explicar la amplitud del espectro represivo, que excedió y en mucho a los integrantes de las organizaciones revolucionarias que caracterizaron el retorno del peronismo al poder en 1973.

Quien quiera oír que oiga. Por las 30 mil almas caídas durante el Proceso, y por otras tantas que murieron a manos de la miserabilización planificada como política de Estado en dicho período, impecable y premonitoriamente advertida por Rodolfo Walsh en la carta abierta a la Junta que le costó la vida, y que sintetiza a la perfección el ciclo histórico que se inició en 1975 y se extendió hasta el 20 de diciembre de 2001, cuando estalló por, sencillamente, imposibilidad material de prolongación.

Y por que Martínez de Hoz nunca descanse en paz.

viernes, 22 de marzo de 2013

¿Ella o Francisco?


Una gran cuestión de la política local por estas horas, créase o no, pasa por el interrogante respecto de la medida en que el papa Francisco podrá intervenir, en el supuesto caso que decidiera hacerlo, en el devenir de la competencia institucional interna. Más allá de que el sólo planteo de algo semejante revela por parte de quienes lo exponen --a contrario sensu de lo que pregonan-- escaso o nulo apego al Estado de Derecho, el asunto ofrece aristas interesantes.

La discusión en Argentina discurre entre lo que se denomina primera minoría, el kirchnerismo, sólida, compacta, decidida y con capacidad de acción, por un lado; y por el otro una masa inorgánica, invertebrada y por tanto estéril a la hora del debate por las decisiones de gobierno.

El dato por lejos más relevante de este escenario es que si los primeros no otorgan su concurso a la reformulación del actual contrato electoral, el sistema es incapaz de rodar.

Ese pliegue es un dato no menor, incluye a su interior las dudas en torno a un hipotético escenario poskirchnerista. Esto ya fue advertido por la que quizás sea la cabeza más lúcida de la oposición, Carlos Pagni, quien en su momento llamó la atención sobre el, por ponerlo así, peso relativo del piso de 35% oficialista (2009) si resultara quedar huérfano de representación cuando muchos exigían la salida de los Kirchner de la escena pública.

No casualmente el principal expediente opositor circula alrededor de escritorios del armado del Frente para la Victoria. No se trata de la mera necesidad de quebrar una ecuación matemática, por cierto: se requiere de algún acuerdo con al menos parte de esa fracción si se pretende alterar el rumbo actual en un sentido tal que dicho segmento, insístase que con capacidad de decisiva al menos de veto, no está dispuesto a convalidar. No a la vista hoy, al menos.

Por la contraria, lo certero de la tesis del operador de La Nación puede comprobarse en el derrotero de quienes se ubican en la vereda de enfrente al gobierno nacional.

Ante una oposición que festejó que la excluyesen del famoso 8N (“¡qué bueno que no hay política metida en esto!”, dijeron al respecto) y se coloca por fuera de la disputa representativa por voluntad propia (‘ella o vos’, dice un dirigente, sin aclarar de qué juega él en ese baile), que es lo más grave, pues renuncian al rol que constitucionalmente tienen asignado, no sorprenden las reacciones caceroleras para con el periodismo que no le hace el coro, la deriva del sindicalismo desde hace poco opositor o un ataque patotero como el que sufrió Axel Kicillof.

Se trata de la salida fronteras afuera del pacto de convivencia social.

En este último sentido, entonces sí, no resulta inesperado que se intente capitalizar en clave doméstica la coronación de Jorge Bergoglio, cuya pertenencia opositora durante su desempeño en la iglesia argentina no fue un misterio para nadie. Ahora bien: ¿qué se supone que debería o que podrá hacer para auxiliar a la derrota del oficialismo, y cómo? ¿Cómo lograría que el voto opositor disperso se uniera en derredor de un trazo proyectivo común que lo sintetice?

Las preguntas sin respuestas evocan la magnitud del dilema que tienen ante sí los restos de lo que fuera el Grupo A, al tiempo que reproduce, renueva la ausencia de voluntad de la dirigencia local para actuar en función de producir de algún hecho que pueda alterar el curso histórico.

Incluso ahora, con el advenimiento del nuevo obispo de Roma, se han sentado a esperar que llueva. Excepción hecha, claro está, y como de costumbre, de los cuadros mediáticos, que organizan el antagonismo real en Argentina, en reemplazo de la incapacidad del resto del arco parlamentario, y que por estas horas editorializan cualquier mínimo gesto del Papa como si se tratasen, cada uno de ellos, de ejercicios de antikirchnerismo militante. Entretanto, la presidenta CFK --igual que el resto de los presidentes de la región--, sin perder tiempo, ya ha iniciado el tirado de líneas de entendimiento con Francisco.

Al mismo tiempo, el episodio expone la falsedad de algunos de los términos sobre los que cabalga la marcha de nuestro sistema político/partidario. Porque no se entiende a cuento de qué estaría haciendo falta la mano nada menos que de un papa para competir contra un gobierno cuyo futuro, nos cuentan, hace rato ingresó en zona de jaque mate.

Muy por el contrario, lo que se observa con nitidez, y sin necesidad de efectuar demasiado esfuerzo, es la primacía del liderazgo de la Presidenta al interior del peronismo, siendo que es la única dirigente del movimiento capaz de convocar fuerzas con poder institucional y territorial concreto, como lo demuestran las cumbres de gobernadores e intendentes que le vienen renovando adhesión seguido en los últimos meses.

Así las cosas, no es de extrañar que el gobernador bonaerense, Daniel Scioli, no quiebre sus actuales pertenencias. Hacerlo implicaría saltar hacia un vacío de ecos constatado por la totalidad de los datos computados en este texto. De La Sota es un caso aparte: está habilitado constitucionalmente a una reelección que le permita aguantar en su provincia.

Y eso que acá se ha elegido dejar de lado que Francisco tendrá, en el Vaticano, cosas bastante más embrolladas de qué ocuparse que la esterilidad del archipiélago antikirchnerista. En cualquier caso, la historia de la política universal no enseña mucho sobre milagros; sí de construcciones metódicas, pacientes, trabajosas. En definitiva, de voluntad.

Y ése es un vacío que todavía no encuentra, ni parece que vaya a encontrar en lo cercano, respuestas.  

miércoles, 20 de marzo de 2013

Pensar distinto


De repente, entre la innumerable cantidad de expedientes que echó a rodar la designación de Jorge Bergoglio como nuevo obispo de Roma, ingresó en zona de crisis el relato que describe al kirchnerismo como una especie de secta homogénea y lineal al interior de la cual nadie está autorizado a contradecir el dictat del liderazgo personalista, que en este caso vendrían a ser lo que llaman los caprichos de la presidenta CFK. Y sin embargo, se han encontrado con que 'el' oficialismo, así considerado, no reaccionó de 'una' forma.

Amplísimo en sus dimensiones como es, por definición también implica un fenómeno complejo que contiene diagonales y contradicciones; sintetizadas, sí, por el liderazgo de Cristina Fernández, pero no a propósito de todo asunto de la agenda pública. Desde la Presidenta hasta Horacio Verbitsky, pasando por Gabriel Mariotto, Daniel Scioli, Guillermo Moreno, Estela de Carlotto --esta vez mucho más dura que Hebe de Bonafini-- y Carta Abierta, resulta imposible condensar en una fórmula única la línea política del oficialismo a este respecto.

No fue posible conciliar una misma posición frente a la designación de Francisco ni al interior de La Cámpora tan siquiera, incluso dentro de la conducción nacional colegiada que la guía.   

Por fuera, claro está, en razón de las obligaciones que le incumben como jefa del Estado argentino, a Cristina le resultó bastante simple saltar por encima de las divergencias que naturalmente se desarrollan puertas adentro de la fuerza que conduce y construir una posición de poder. A la oposición partidaria, entretanto, se le escurrió otro Mesías como agua entre los dedos a partir de su enésima siesta --que le llaman otorgar reportajes a la prensa, en lo único que les va la vida mientras CFK no frena su ritmo, capitalizando también esto--.

La política es, si se quiere tener capacidad real de intervención a partir de ella, así, y va de suyo que nadie está obligado a admitir las lógicas en que dicha práctica se sostiene. La ideología es parte de esto, quizá la fundamental, pero no la exclusiva. Supone topes que la mayoría de las veces es necesario matizar, sobre todo cuando a una situación determinada la interpelan responsabilidades institucionales, como es el caso.   

Enhorabuena, entonces, que el kirchnerismo alimente con discusión interna su vitalidad. Ese clima revulsivo es el combustible que requieren los censores de la producción de novedades.

Por fuera de las lunáticas aspiraciones de Joaquín Morales Solá, quien en una columna de quince párrafos que La Nación publicó el último martes bajo su firma solicitó dos veces a la Presidenta que ejerciera la censura sobre quienes repudiaron a la figura de Jorge Bergoglio, la primera que no ha entendido como nocivo el litigio abierto dentro del FpV a propósito del nuevo papa es la propia Cristina Fernández. Lo contrario hablaría muy mal de ella: acerca de sus calidades republicanas tanto como de sus habilidades como conductora política. Y pone en claro dónde es que en verdad se alojan las pulsiones autoritarias y restrictivas del la libertad de pensamiento, lejos de las ficciones del Partido Clarín.

Por supuesto, las miras estuvieron apuntadas sobre todo contra Horacio Verbitsky, lo que no debería sorprender, no sólo desde que se conoce que ése es el destino que espera a cualquiera que funcione a contramano del discurso hegemónico del Partido Clarín y asociados. Cuando se cabalga sobre premisas falsas, no sólo los razonamientos resultarán equivocados: también provocarán sorpresa o estupor cuestiones que deberían resultar absolutamente normales.

Si Cristina, pues, actúa distinto de Verbitsky, ello no se debe más que a que se trata de dos personas distintas: no sólo una católica practicante pero que respeta y quiere hacer respetar el laicismo estatal y un judío no sólo laico, sino que probablemente también ateo, que es lo menos rico, en este caso. Sobre todo, ocurre que una es funcionaria de gobierno, presidenta de la Nación para más, y el otro un periodista. Alguien que haya comprado el cuento del ministro sin cartera dibujado por imbéciles a los que últimamente les da por posar en producciones fotográficas pretendiendo impostar rostro sexy, fácil es advertirlo, estará desorientado por estas horas.

Quien, en cambio, haya prestado atención al recorrido de la tensión entre política y medios durante los últimos años en que ésta se profundizó, lo toma como algo más: Verbitsky ha lanzado invectivas contra los gobernadores Carlos Soria, José Manuel De La Sota y Daniel Scioli, con la totalidad de los cuales CFK ha tenido o aún tiene acuerdos electorales; también denunció a funcionarios nacionales en torno a asuntos como el manejo de la limpieza del Riachuelo, el dictado de cursos de capacitación en el Ministerio de Defensa por parte de expertos en seguridad interior enviados desde EEUU y el episodio de la Fragata Libertad.

Sin que nada de ello tenga por qué impedir que declare y sostenga su apoyo al actual partido de gobierno.

Pero, fundamentalmente, interesa a propósito del presente hacer hincapié en cuanto hace a la postura asumida por Perro en relación a decisiones tácticas de la conducción del FpV frente a instancias electorales. En su caso en específico, así como ejemplo de administración del resto de las disidencias que se registraron entre distintos integrantes del oficialismo en diferentes oportunidades.

En estos negocios se impone la necesidad de atender, ante todo, al marco general de relación de fuerzas. Lo cual impone pliegues sinuosos. La capacidad para sostenerse en rumbo a través de ellos, de operar la realidad en función del fortalecimiento de las posibilidades propias de definir un escenario determinado, diferencia a un dirigente, que debe lidiar en medio de tales complicaciones por fuera de sus meros deseos, de quien apenas tiene la obligación de informar o el berretín de opinar, sin las urgencias que supone la toma de decisiones de Estado.

En las medidas del escritorio que se ocupa se puede encontrar también la respuesta sobre la libertad de movimiento con que se cuenta para operar.

martes, 19 de marzo de 2013

Habemus dilemma


Alejandro Horowicz sintetizó de forma bastante acabada, en Tiempo Argentino, el drama que sacude lo más profundo de las estructuras del catolicismo institucionalizado: la crisis socioeconómica y política de Europa circula por el mismo carril que la que corroe al Vaticano, los episodios de pedofilia que recorren el mundo en cantidades industriales corporativamente encubiertos, entre otros. Que el banco vaticano no supere los estándares internacionales normativos en materia de lavado de dinero habla por sí sólo.

Quien escribe conoce nada de política eclesiástica, apenas intenta razonar con algo de, por así decirlo, conocimiento de lo que es la lógica de una organización, cualquiera ella sea. Y hay un dato clave: la conformación de cardenales que lo ungió fue elaborada por Juan Pablo II y por Benedicto XVI.

Es decir, durante el proceso de corrupción que consta, no en las notas de Horacio Verbitsky en Página/12, sino en el informe que encargó el papa saliente a varios de sus subalternos.

Habida cuenta de lo hasta aquí expuesto, discutir el pasado de Bergoglio, tanto el elogioso como el condenatorio, aporta poco y nada, y más de lo segundo que de lo primero. Y es que aún teniendo por cierta su inocencia respecto de todo cuanto se lo acusa en referencia al período de gobierno del Proceso de Reorganización Nacional tanto como de su militancia pastoral, sobre la que han dado fe incluso referentes --y no menores, por cierto-- del oficialismo, suponer que sólo a caballo de su ética individual podrá interpelar una estructura que luce putrefacta por donde se la mire, es bastante ilusorio.

Si la banca vaticana está atravesada por una densidad de sombras como la que actualmente la tiene en jaque, no hace falta haberse atosigado de encíclicas para entender que la trama de limitantes que regirá el estatuto de posibilidades de Francisco lo excede en forma determinante como para soñar con que logre alterar un curso guiado por fuera de sus potestades decisorias.

Es muy legítimo, entonces --aunque remita a un imposible, como bien explicó Hernán Brienza en una columna muy sólida que firmó al día siguiente de la elección de Bergoglio--, reclamar que su lugar lo hubieran ocupado modernos émulos de Camilo Torres o Carlos Mugica. Pero en ese caso, no debe perderse de vista, estaríamos saltando fronteras afuera del campo de la política, olvidando matizar los topes que dibuja la ideología.

Y no se debe renunciar a la posibilidad de intervenir en los procesos históricos sino intentar recoger frutos de ellos en la medida de lo que ofrezca el menú de opciones de lo real, entendiendo por esto último que deben computarse en la coctelera aún los ingredientes ajenos a la voluntad y las preferencias personales, cuando la correlación de fuerzas así lo indica.

En última instancia, y aún aceptando que Bergoglio sea lo menos malo que podía emanar del cónclave, nada obliga a que uno participe de la institucionalidad cristiana. Más aún: no somos pocos los que deberíamos sentirnos expulsados de ella en nuestro país por el nuevo sumo pontífice, desde 2010, por habernos pronunciado a favor de la extensión del derecho al matrimonio para personas del mismo sexo, bajo el cargo de formar parte de una supuesta maquinación que opera en función de la destrucción del plan de Dios.

Así y todo, conviene no eludir que la Iglesia Católica, y en Argentina muy especialmente, es un factor de relevancia en el juego político. En criollo: habrá que buscarle la vuelta al nuevo escenario. Quedarse en el berrinche ya no aportará. Y en ese entendimiento, las primeras reacciones de la presidenta CFK son alentadoras, en tanto eligió no embestir de frente contra lo que en verdad no lo requiere, por el momento cuando menos. Lo que coincide al mismo tiempo con la importante dosis de legítima alegría ciudadana que se registró a partir del acontecimiento.

La pertenencia sistémica de Bergoglio, además, no hace falta rastrearla en los crímenes de la última dictadura militar: en junio del año 2010 fue la estrella principal de la presentación en sociedad de un bosquejo de programa de gobierno que aspiraba a pensar lo que entonces nadie dudaba que sería el poskirchnerismo --no había fallecido Néstor Kirchner todavía--, escrito por el reparto estable de la democracia de la derrota que recorrió de forma indistinta los elencos ministeriales de Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando De La Rúa y Eduardo Duhalde.

El documento era, aparte de la promoción de un retorno liso y llano a la melodía que sonara en nuestra patria sin solución de continuidad entre junio de 1975 y diciembre de 2001, un adefesio jurídico que se auto instituía de carácter supralegal, “sólo modificable o derogable al cabo de diez años”, generador de “derechos, deberes, obligaciones y responsabilidades de carácter absoluto, irretractable e irrenunciable”, sobre el que nadie excepto la Corte Suprema de Justicia podría intervenir, y “sólo en caso de ilegalidad absoluta y manifiesta, pero no por su oportunidad, mérito y conveniencia”.

En el blog de Gerardo Fernández se pudo leer que la elección de Bergoglio responde a la decisión de la Iglesia de intervenir en los recorridos de los gobiernos posneoliberales de la región sudamericana, muchos de ellos inscriptos en una fuerte práctica católica militante.

Quizás no sea tan absoluta la centralidad que otorgan a nuestra región, y haya que problematizar ese razonamiento: pero no sería sensato tampoco descartar de plano que la Iglesia va a intentar operar sobre procesos que no se resignan a que para la pobreza haya apenas la promesa de redención en la eterna posteridad celestial; es decir, funcionan con una lógica diametralmente opuesta a la epistemología histórica del catolicismo en la materia, con riesgos de disputarle adhesiones. Nadie que siga con un cachito de atención la cuestión podrá negar con honestidad el esmero que han dedicado al denuesto de figuras como la del comandante Hugo Chávez desde la vieja Europa.

Que se entienda: intentamos aventurar que la Iglesia pueda planificar una fuga hacia delante explorando nuevos andariveles de vinculación, no conspiraciones.

La imagen de Bergoglio, así las cosas, es la una renovación, de cara lavada, conocimiento del paño y muñeca para la rosca. Ofrece la distracción de la novedad que representa el primer papa no europeo, de gestos ciertamente novedosos para lo acostumbrado --aunque no resuelven lo básico del asunto-- y con renovada autoridad para interpelar a experiencias que le pegan en los tobillos a bases lógicas de sustentación conceptual católica de importancia crítica para la institución.

Es decir: el elemento de una novedad respecto de la cual se pueda hablar como tal mientras se elude indefinidamente el abordaje de lo esencial. Pero que abre, al mismo tiempo, un atajo posible para rearmar un diferendo programático.

Ahora bien, y a propósito de algunas cuestiones que se han podido oír y leer en las últimas horas por estas latitudes, el episodio no constituirá un punto de posible recomposición opositora si ésta no se decide a mover un dedo en orden a la capitalización del mismo en algún sentido; si insiste en eludir el rol que le compete en la película del devenir histórico y político nacional y continua a la espera, nunca mejor dicho, de un milagro que compense su irrelevancia e ineptitud.

De cualquier manera, la pregunta central principal por el litigio que implica el episodio para Argentina tiene su respuesta al alcance de la mano.

sábado, 16 de marzo de 2013

Aquí, allá y en todas partes


El fallecimiento del comandante Hugo Chávez puso en el centro de la escena varias de las cuestiones que hacen al punto central del debate político argentino y sudamericano. Desde su irrupción, Chávez, tanto como los Kirchner en Argentina (o como Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y el PT en Brasil), fue en Venezuela el eje organizador alrededor del cual gira la construcción del posicionamiento ideológico de la sociedad.

La gigantesca movilización que lo despidió durante más de una semana revela, también, como varios otros episodios que tuvieron lugar en la región durante la casi última década y media, que la sustentabilidad de los actuales proyectos gobernantes radica en la capacidad de convocatoria y movilización de quienes los conducen.

Chávez asomó a las grandes ligas de la política venezolana como ruptura de la unidimensionalidad que había impuesto el llamado Pacto de Punto Fijo, el estatuto programático inconmovible, común a todas las formaciones partidarias, que sustentó la traza del liberalismo venezolano durante 40 años (1958/1998), y que terminó volando por los aires.

Asimismo conocimos en Argentina la invariabilidad a que fuera sometida nuestra democracia en el ciclo histórico que fuera desde la llegada del ingeniero Celestino Rodrigo al Ministerio de Economía, durante la presidencia de María Estela Martínez de Perón, hasta que finalizó el gobierno del doctor Fernando De La Rúa por su impotencia para hacer frente a una reacción popular de dimensiones similares a lo que fuera el Caracazo venezolano de 1989.

Al cabo de 14 años de gobierno, a nuestro criterio con éxito sin precedentes, lo que se observa en Venezuela es la obstinada pertinacia de la oposición al chavismo en no incorporar a sus respectivos bagajes lo operado por el posneolineralismo.

En esos términos, la oferta que defienden es el recetario clásico de lo que fuera el marco consentido que se quebró a partir de los sucesos que tuvieron lugar durante el lapso de casi diez años que transcurrieron entre el Caracazo y el primer triunfo presidencial de Chávez. Más allá o más acá de la asombrosa incapacidad retórica e intelectual de que hace gala Henrique Capriles, el mascarón de proa del armado opositor, golpista en 2002 y exponente de baja intensidad conceptual y significancia en general, bien a la medida de quien pedalea sobre un programa cuyos lineamientos están por fuera de su capacidad decisoria.

En resumidas cuentas, la única posibilidad ciudadana de disponer decisiones de gobierno y no apenas sus conductores pasa, en Venezuela, por la revolución bolivariana. El cuadro de situación se replica transversalmente a lo largo de toda América del Sur, las líneas de fuerza que guían los comportamientos recorren el territorio subcontinental desatendiendo fronteras geográficas.

Así las cosas, en Argentina el opositor que en las últimas elecciones presidenciales escoltara, a casi 40 puntos de distancia, a Cristina Fernández, el doctor Hermes Binner, sostuvo que de haber tenido oportunidad de sufragar en Venezuela lo habría hecho por Capriles. También en nuestro país la disyuntiva política principal discurre alrededor de la determinación de retroceder, o no, a las lógicas de gobierno vigentes hasta 2001.

La pertenencia sistémica de Binner, que su declaración apenas confirmó, no debería sorprender. Así lo percibió su base electoral en 2011, por eso fue ejemplo de lo que se conoce como ‘voto cruzado’, en su caso --que por entonces alarmó a desprevenidos-- en tándem con el diputado PRO Federico Pinedo --hombre de derechas si los habrá en el arco parlamentario nacional--, en el escrutinio de la Ciudad de Buenos Aires, al tiempo que fue el receptor de la fuga masiva de votos que emigraron del duhaldismo entre las PASO y los comicios generales.

Por lo demás, quienes al interior del FAP discutieron la declaración del pésimo ex gobernador santafesino no salen mejor parados cuando ponderan a Chávez al mismo tiempo que denigran a la presidenta a la que el jefe de la revolución bolivariana no se cansaba de elogiar en vida.

El reclamo hereditario que ensayan desde su pretendida autenticidad chavista en detrimento de la supuesta impostura oficial, luce lunáticamente desubicado, no sólo desde que carecen de uno de los principales insumos que alimentan al socialismo del siglo XXI: el sello de calidad que otorgan las urnas; sino y sobre todo porque el derrotero que han recorrido frente a cada capítulo abierto por la experiencia que conduce Argentina desde 2003 los situó invariablemente en la vereda de enfrente a la que ocupara el coronel de paracaidistas.

La nueva epistemología de Estado construida por los gobiernos posneoliberales de la región a partir del sencillo expediente de la reconfiguración de los términos en que se organiza el reparto de la renta nacional en cada uno de esos países --con las derivaciones que en un sinnúmero de sentidos ello supone--, tanto como --esto no en todos los casos-- del edificio institucional de aparatos que eran incapaces de interpelar a las sociedades de fines del siglo XX y principios del siglo XXI, ha abierto una grieta gigantesca entre las matrices beneficiarias del statu quo anterior y las fuerzas que pretenden nacer a lo nuevo.

Lo seguro es que nada de esto responde a caprichos personales de caudillajes que se pretenden fundacionales. Era un clima de época histórico que demandaba ser atendido, algunos simplemente prefirieron comprender que no se trataba de un turno constitucional más. Y si las impugnaciones circulan en torno de quienes atendieron a ese llamado es sólo en función de ocultar las líneas principales subyacentes del diferendo que motivó la nueva era.

Aquí tanto como en Venezuela, más allá de las especificidades propias de cada proceso, el litigio abierto contiene en su interior la pregunta de la opción por el retorno al pasado conocido o la conservación del presente que se ha revelado, bien que no perfecto --más vale--, superador. La partida de Chávez sólo lo ha refrescado. El resto es decorado mediático de ocasión.

Será cuestión de discernir correctamente la contradicción esencial para poder vertebrar la respuesta con éxito.

martes, 12 de marzo de 2013

La cuestión del liderazgo regional


Alfredo Leuco se preguntó, en una columna que le encargaron esta semana para Radio Continental, si el lugar de líder político de la región sudamericana que, según mintió, ocupaba Chávez, pasaría, ahora que falleció el comandante de paracaidistas, a ocuparlo la presidenta argentina Cristina Fernández.

Semejante pavada sólo puede surgir de una pluma rentada que escribe a la carta sin razonar sino con el objetivo predefinido del daño. Así trabaja Leuco, y no sólo él; pero el suyo es el caso más paradigmático, diríase. (Fue capaz de decir, en 2011, que Ernesto Sanz era presidenciable, calculen ustedes: sólo que te paguen.)

Venezuela nunca condujo la región, más allá de la retórica de Chávez, ni podría hacerlo, habida cuenta de lo insuficiente de su peso económico y geoestratégico; y es, sí, Argentina --los que respetamos las instituciones en serio, Leuco, hablamos de países, no de personas-- quien ocupa ese sitio, pero no desde ahora, sino desde que en 2002/3, entre las llegadas al poder de Lula y Kirchner, se definió la aceleración del proceso de integración sudamericana.

No se trata de preferencias personales, que las hay por supuesto; es matemática pura y dura: la cabecera subcontinental debería corresponder a Brasil, por obvias razones: su PBI supera en 4 veces el argentino (segunda economía sudamericana), en 6 veces el venezolano (tercera) y en 80 veces el boliviano (última, el país más pobre de Unasur).

Pero Brasil, justamente debido a semejantes disparidades, nunca va a poder ejercer el rol que merece según los números, que menos que pocas veces definen la marcha de la política. La desconfianza de sus vecinos hacia un país de dimensiones imperiales, que tiene pasado de tal y al que cuya historia, caracteres e idiosincrasia lo separan del pasado común tan evidente que comparten las restantes nueve repúblicas sudamericanas, es bastante entendible.

Por otro lado, Brasil, entre las diez economías más grandes del mundo, siempre quiso jugar en otras ligas y desatendió por ello su propio espacio de pertenencia, entendiendo que está para dimensiones superiores --rigurosa realidad-- y que no tenía afinidades de ningún tipo allí. Cuando, a partir de Lula, comprendieron que no podrían proyectarse globalmente si antes no cooperaban en ordenar su propio espacio, la cuestión cambió de rango.

Los términos de esa ecuación definieron que Brasil impulsara a Argentina en su reemplazo como eje organizador subcontinental: sencillamente, porque es el punto medio, nuestra nación, entre Brasil y el resto de los vecinos: ostenta el grado superior de desarrollo de Sudamérica sin tener en cuenta al país gobernado actualmente por Dilma Rousseff, pero en una diferencia no desproporcionada ni generadora de asimetrías desequilibrantes.

No por nada el primer secretario general de Unasur fue, por impulso de Lula principalmente, Néstor Kirchner, y cualquier situación complicada --los varios golpes que se intentaron contra presidentes populistas sudamericanos durante la última década-- se tramita generalmente en sede argentina.

Es cuestión de analizar los datos con apenas algo de racionalidad, aún sin necesidad de caer en la pretensa --e inexistente e imposible—objetividad (o neutralidad o imparcialidad). Pero, claro, para Leuco y compañía, tanto como para quienes se forman con sus enseñanzas --mejor dicho: se deforman con ellas--, siempre será más fácil hablar de corrupción y autoritarismo. Es mucho menos trabajo para el cerebro.

Fíjense, si no: ¿cuántos renglones ocupa decir "son todos chorros" o "son una dictadura", cosas por el estilo; y cuántos, en el otro andarivel, todo este razonamiento?

martes, 5 de marzo de 2013

Chávez hacia la eternidad


Ellos van a descorchar champagne para celebrar, nosotros vamos a ahogar penas en vino tinto. Quiénes y cómo te lloran te define y hace la diferencia.

"Murió Chávez", dicen. Ni en este momento son capaces de dejar de mentir. Si creen que falleció, están del tomate: acaba de nacer algo gigantesco. No tienen idea la que se les viene. Deberían temblar. En serio.

Dios necesita a los mejores a su lado ahora. Para que lo asesoren, a ver si logra hacer el milagro que necesitan Europa y EEUU para zafar de la crisis gigantesca que los tiene en jaque. Tendremos que hacernos fuertes, ser solidarios y aceptar, aún en el dolor inmenso que implican tamañas pérdidas, el sacrificio; para que quienes viven en esas latitudes no tengan que sufrir nunca lo que sus líderes siempre nos hicieron sufrir a los pueblos de América.

Tan parecido a lo que viviéramos nosotros hasta 2003, cuando llegó Néstor Kirchner; y Venezuela hasta 1998, cuando emergió el comandante Chávez. Y nos sacaron. Por eso lloramos. Chávez vive en cada beneficiario de cada misión, como acá vive Néstor en cada pibe que cobra la asignación. Por eso somos capaces de escribir en honor a sus memorias. Y porque estamos obligados a hacer y seguir. A hacer para seguir.

Ya no queda ninguno de los que integraron la dupla que le frenó el carro al imperialismo yanqui en 2005, en Mar Del Plata; el no al ALCA. Ya no están ni Néstor ni Hugo.

Cuando murió Néstor, hace poquito más de dos años, Hugo decía: "José Martí..., ese grande de nuestra América, le cantaba a un gran venezolano, muerto por allá, por aquellos años, 1881. José Martí vivía en Caracas, y le escribió a Cecilio Acosta una elegía a su muerte. Y le dice, al final: '¡Ha muerto un justo! Cecilio Acosta ha muerto. Llorarlo sería poco, sigamos su ejemplo'. Yo hoy parafraseo a José Martí, y desde mi corazón adolorido, desde el llanto contenido lo digo: ha muerto un justo, ha muerto un valiente, ha muerto uno de los más grandes de nosotros. Llorarlo sería poco. Sigamos su ejemplo, y hagamos realidad el sueño de esta gran patria unida y libre. ¡Que viva Argentina... y que viva Kirchner para siempre!"

Yo hoy quiero imitar ese gesto, con la irrespetuosidad que ello implica frente a la mención de gigantes como Martí, Cecilio Acosta, Chávez y Kirchner, y como argentino agradecido que soy a quien fuera --y perdón por las mayúsculas-- EL ÚNICO que nos dio una mano allá por 2002, 2003, cuando estábamos al borde del abismo, también digo, desde mi corazón adolorido, desde el llanto contenido: ha muerto un justo, ha muerto un valiente, ha muerto uno de los más grandes de nosotros. Llorarlo sería poco. Sigamos su ejemplo, y consolidemos esto que gracias a Kirchner y Chávez es realidad: el sueño de esta gran patria unida y libre. ¡Que viva Venezuela... y que viva Chávez para siempre!

Y que disculpe la memoria del comandante Chávez a aquellos argentinos que no saben valorar ni en esta hora que fue en gran medida gracias a él que no caímos definitivamente en el abismo: llevan alrededor de 200 años de no entender nada, ¿por qué iba a ser diferente ahora?

Tres días de duelo nacional en Argentina a partir de mañana. Enorme. Propio de una presidenta que, igual que quien hoy pasa a la inmortalidad, y por suerte, entiende el espacio sudamericano como uno sólo; un único país. La patria grande que soñaron San Martín y Bolívar. Lamento importunarlos con este lenguaje que a ustedes les parece tan prehistórico: así me enseñó el que hoy pasa a la eternidad. Pasa a la eternidad, entre otras cosas, porque algunos insignificantes como yo ya hemos sido sembrados, se nota en la verba.

Néstor Kirchner y Hugo Chávez ya fueron a reunirse con San Martín y Bolívar: les van a dar la nota del examen que rindieron en vida: la construcción de la patria grande. Por supuesto, aprobaron con honores.






¿Será justicia?


La crítica a los integrantes del Poder Judicial, y al sistema todo que encabeza, es un berretín que ha recorrido con asiduidad lo que se conoce como gente de a pie. Ello no obstante, las correntadas que han ingresado por la puerta que acaba de abrirse en derredor de la denominada democratización de la Justicia sirven para poner en crisis aquello de que es el kirchnerismo quien discute meros chiquitaje de coyuntura y pasado, con desprecio por el porvenir.

Sea cual fuere la letra chica de cada una de las iniciativas arriesgadas por la presidenta CFK sobre este asunto durante su discurso de apertura de las sesiones legislativas ordinarias 2013, no hay modo material de acabar con ello para antes de 2015, ni cerca. Así y todo, y cuando aún se desconocen los hipotéticos proyectos en detalle, ya se han podido leer toneladas de notas editoriales en rechazo de lo que a esta hora no son más que anuncios generales, con lo que se comprueba una vez más que la medida de todo análisis opositor respecto de cualquier asunto de la agenda pública que sea pasa por la adhesión, o no, del gobierno nacional a ella.

Podría decirse, la habitual e hipócritamente denostada politización de los asuntos de Estado.

Lo innegable es que las críticas oídas hasta acá adolecen de la desorientación rabiosa del que se sabe impotente, sin capacidad de argumentación para replicar, y en la única necesidad --y posibilidad, también-- de descalificar al que señala como su oponente, encima a propósito de intereses ajenos a los tópicos que se suceden continuamente en el escenario político.

Joaquín Morales Solá, por caso, dijo que por poner en discusión al Poder Judicial vamos a morir todos. Incluso los kirchneristas. Textual. Asombroso porque surge de la pluma de quien revista en formaciones que se la pasan actuando querer un descenso en los decibeles del juego político. Pero muy propio de quienes no tienen con el afuera mayor contacto que lo alto del balcón de un edificio de lujo; lo que no es exclusivo del citado operador, más vale.

En definitiva, de cualquier cosa puede hablarse menos maquinaciones repentinas, caprichosas y/o convenencieras de un liderazgo autócrata. Quien haya leído siquiera por arriba algo de Filosofía del Derecho mal podrá negar, como no sea a base de mala fe --que abunda, por cierto--, que las doctrinas mayoritarias en la materia siempre han explorado el dilema de la representatividad de la judicatura. Esto es, cómo involucrar a la soberanía popular en la consagración de funcionarios que deciden sobre los más variados aspectos de la vida ciudadana, lo que hace aceptable el contrato.

Nosotros nos hemos pronunciado de sobra en Segundas Lecturas contra el Consejo de la Magistratura: órgano nefasto por donde se lo mire, según nuestro criterio. Pero habida cuenta que la alternativa de una reforma constitucional que nos devuelva al anterior sistema de designación de magistrados --el que rige actualmente en EEUU, por ejemplo-- no está en el menú de opciones, la variante construida por Cristina luce como una sana a la vez que ingeniosa fórmula de conciliación entre objetivos y disponibilidades.

Del mismo modo, la mención de las ventajas que traería la suma de multidisciplinariedad al sistema implicaría un salto cualitativo gigantesco.

No casualmente ha participado de las jornadas de debate entre disidentes del establishment judicial la doctora Alicia Ruiz, bajo cuya tutela este comentarista ha cursado la asignatura Filosofía del Derecho en la UBA; y que, además de integrar el Tribunal Superior de Justicia porteño, milita en la escuela de las Teorías Críticas del Derecho (TCD), que se proponen como ruptura --en forma de especie de tercera vía-- del par binario iusnaturalismo/positivismo, y rastrean la racionalidad del Derecho a partir de su consideración, más allá de los elementos específicamente jurídicos que lo componen, articulada con otra cantidad de vectores con los que interactúa en tanto parte de la vida social.

No es un misterio para nadie: pretender que el Derecho se basta a sí mismo para regular la vida humana entera es ya a esta altura un disparate de dimensiones considerables.

En palabras del referente de las TCD, Carlos María Cárcova, esta nueva epistemología representa “un rechazo al reduccionismo y procuran una rearticulación entre el campo de la facticidad y el campo de la validez que durante muchas décadas se entendieron como inconmensurables, a partir de la férrea distinción establecida, fundamentalmente, en la obra de Hans Kelsen, entre el mundo del ser y el mundo del deber ser”.

Y agrega: “(…) resulta imposible entender el papel y las funciones del Derecho en la sociedad compleja del siglo XXI sin entender correlativamente el movimiento general de la sociedad que ese derecho rige y al mismo tiempo expresa (…) rompiendo con la tradición epistemológica que homologa las ciencias naturales con las ciencias sociales, procura relevar las dimensiones generalmente ocultadas del derecho en su intercepción con otras dimensiones de la socialidad: la economía, la política, la ideología, el poder; capaz de dar cuenta del fenómeno jurídico en su especificidad y en sus múltiples enlaces con otros discursos sociales y con otros saberes”.

Pavada de bagaje para el cascarón que comienza a resquebrajarse.

La descalificación del colectivo que debatió en la Biblioteca Nacional, referido como racimo de mercenarios, o --en el caso de los insultadores más hábiles-- idiotas útiles, incapaces en su imbecilidad de advertir que se aprovechan de sus noblezas, opera en lógica similar a la antes desplegada contra las agrupaciones que promovieron la nueva ley de medios y/o los organismos de DDHH. En todos los casos, ejemplares que anteceden y exceden al kirchnerismo, que sólo se nutre de sus iniciativas para la acción política, sencillamente porque ése, y ningún otro, es el ABC de la representación institucional. Y sobre esto último no queremos insistir.

Ante todo, se tratará de que cada uno decida si acepta el desafío de poner en cuestión lo conocido, o no. Lo que dará cuenta de una actitud, no ante el Derecho, la Justicia, ni la política; más bien, ante la vida, la ciudadana sobre todo, en sí misma.