lunes, 28 de enero de 2013

Lo que está en juego en una fractura social III y aclaración final


A partir de un post reciente de Segundas Lecturas, que reprodujimos en Artepolítica, se desató una discusión, que lejos de aclararse como pretendimos se enredó aún más en una segunda versión del mismo, a partir de la mala interpretación que efectuaron algunos comentaristas de la tesis central de los mismos.

Básicamente, han querido entender quienes mostraron su desacuerdo de manera respetuosa y aquellos que no también, que a partir de dichos escritos pretendemos efectuar una especie de persecución de tipo ideológica respecto de quienes sostienen posiciones divergentes de las nuestras sobre política, principalmente económica, a través de la persecución penal, en lo que resultaría una malversación de la lucha por el enjuiciamiento de los delitos de lesa humanidad cometidos en forma masiva y sistemática durante la última dictadura militar.

Nada más lejos, pero vale la pena aclararlo nuevamente, habida cuenta que parecería ser que no hemos logrado hacernos entender todavía.

Ante todo, la primaria intención que tuvimos fue la de establecer lo que a nuestro juicio fue el ciclo político anterior al kirchnerismo prescindiendo de la rigidez de los términos señalados por los plazos institucionales. Así las cosas, sostuvimos que el programa procesista comenzó antes del 24 de marzo de 1976, fecha del golpe, y se mantuvo inalterado en su esencia hasta mucho después del día en que el último dictador, general Reynaldo Bignone, entregó el bastón de mando al primer presidente de la democracia recuperada, el doctor Raúl Alfonsín; en realidad, se extendió, a nuestro criterio --siguiendo acá a Alejandro Horowicz, mal que a muchos les pese esta cita--, hasta la salida del gobierno de Fernando De La Rúa.

El bloque social que impulso, impuso y sostuvo al gobierno del general Videla fue también el que participó en rol protagónico de la elaboración del plan del ingeniero Celestino Rodrigo, ministro de Economía de Isabel Perón durante un par de meses de 1975, de corte sustancialmente similar --e idénticos beneficiarios-- a los programas posteriores, Martínez de Hoz, Primavera, Austral, Cavallo I y II, Blindaje y demás.

Es conocido que ante la advertencia del entonces referente cegetista Herminio Iglesias respecto de la inminencia de un golpe, la presidenta Isabelita contestó que no había de que preocuparse, pues, según entendía, “ya les hemos dado todo lo que quieren”. La caracterización que el propio Martínez de Hoz hizo del plan económico menemista exime de mayores comentarios, valoraciones que en absoluto discutían los partidos opositores en la campaña presidencial de 1995 --revísese, a propósito de esto, valga la insistencia, la plataforma del Frepaso o las opiniones del radicalismo sobre el proceso privatizador-- y a caballo de cuya defensa triunfó la Alianza en 1999 e incorporó en dicho tramo el retorno de Cavallo a Economía a principios de 2001.  

Agregábamos luego que en nuestro entendimiento el método asesino escogido por el gobierno del Proceso para operar respondía a la resistencia que contra el despojo que anunciaba el plan Rodrigo “habría opuesto una sociedad acostumbrada entonces a dar pelea por lo suyo, como se había demostrado desde que el general Perón fuera desalojado de la presidencia en 1955”.

En efecto, los días 7 y 8 de julio de 1975 se produjo un paro general contra las consecuencias del Rodrigazo, impulsado desde las bases y al que la conducción de la CGT de entonces debió adherir forzosamente una vez demostrada la irreversibilidad y magnitud de dicho movimiento, que ponía en cuestión su liderazgo sectorial, aunque aclararon que no lo dirigían contra Isabel sino sólo contra su ministro de Economía y su par de Desarrollo Social y protector, José López Rega. Fue el desencadenante de la toma de conciencia de la necesidad del genocidio.

El Cordobazo ya había significado un cimbronazo importante en el bloque de clases dominantes respecto de la capacidad reivindicatoria de la sociedad, tanto que hizo reconsiderar a ciertos sectores de la Iglesia Católica sus posturas respecto de la revisión al apoyo que habían dado al antiperonismo, que la alejaban de los sectores oprimidos de la ciudadanía, y su participación en el proceso histórico de resistencia a la dictadura gorila y promoción del retorno al país del general Perón.

Si merecen prisión o no aquellos a quienes señalamos como beneficiarios de una política que implosionó a fines de 2001 por la esencialidad misma de su diseño, se determinará en cada caso, según lo indiquen los términos del debido proceso judicial, en caso que correspondiere incoarlos. Existen casos alevosos y evidentes de participación personal de distintos empresarios en cuanto al señalamiento y entrega de personas que engrosan las listas de detenidos/desaparecidos: la mayoría de ellos, se sabe, eran delegados sindicales de base --los que militan dentro de los establecimientos laborales--. Pero en cualquier caso, es cierto que en modo alguno puede derivarse de ello una regla general, ni nosotros pretendemos que así sea. 

Hablamos de "la interpelación del elemento dictatorial en su completa dimensión", que según creemos requiere de "la comprensión del proceso histórico en forma unificada, como bloque compacto en cuyo diseño no hubo 'complicidad civil' sino autoría directa, y que la clave en la construcción de una nueva sociedad está no sólo en desentrañar esas responsabilidad en tribunales: también en el desarme lo operado en lo material por aquella operación". Resulta complicado, a partir de esa descripción, atribuirnos intenciones de delación más allá de la voluntad de algunos de tergiversar cualquier discusión siempre.

Muy distinto es que de la verdad establecida en los expedientes judiciales uno pueda después tomar elementos que aporten a la elaboración analítica del período histórico, como hicimos al mencionar el fallo firmado por la Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo en marzo de 2012, en los autos “Ingegnieros, María Gimena c/ Techint SA”, en el que además se estipularon reparaciones económicas y no condenas penales a partir de que la conclusión a que en dichas actuaciones se arribó es que hubo una relación de medios a fin entre el genocidio, los beneficios operados por el proyecto económico enunciado el 2 de abril de 1976 y la imposibilidad de dejarlos (a los beneficios) inmunes en esos términos.

En nuestro post del 7 de enero pasado, cerrábamos diciendo “Quebrar los topes que impone el marco de un escenario que a la fuerza es conservador a partir de lo que significó a su estructura el programa del período 1976/2001, la democracia de la derrota que hace de cada mínima salida de (aquel) libreto una conmoción inmensa, con las proyecciones institucionales correspondientes, es la clave para el kirchnerismo en 2013.”

Solicitamos allí vertebrar una nueva programática, sustentada en lógicas exactamente antitéticas con la del ciclo político 1975/2001 reprochada en esta serie, ya no como crítica de aquello sino como formulación de una nueva tesis completa en su reemplazo, siendo que desde el 25 de mayo de 2003 se ha producido, sí, la disrupción que detuvo la repetición ineluctable que se vivió durante más de un cuarto de siglo. Y que ello ha desatado, en consecuencia, una fractura a partir de lecturas irreconciliables que existen sobre aquel drama, cuestión que, en tanto conlleva la discusión de fortísimos intereses contrapuestos a propósito de la salida de un precipicio histórico, no tramita, por cierto y lógicamente, con dulzura.

Intentamos, con eso último y con todo esto, decir que se hace necesario llenar de contenido el clivaje que a nuestro criterio funciona como eje de división organizacional de la disputa política en Argentina, la posición respecto del Proceso de Reorganización Nacional como contradicción esencial de nuestra sociedad, pero no, se reitera, respecto de las implicancias penales que de aquello surjan, sino del sentido que estableció políticamente para Argentina, y de la posibilidad de su pueblo de reconstituirse sobre nuevas bases, reparadoras de las que determinaron la peor crisis de su historia en todos los planos que se consideren.

Habida cuenta de lo acá expuesto, quien quiera embarrar la cancha que divague en paz por la suya, pero no cuenta con este teclado para una polémica inconducente, porque no es la que nos ha interesado instar.     

viernes, 25 de enero de 2013

La bajeza del diario El País, el recuerdo de José Luis Cabezas y la discusión sobre el rol del periodismo en la actualidad


Vaya uno a saber cómo, los periodistas de las empresas de comunicación dominantes del mercado mediático nacional han logrado ponerse en víctimas de la situación que generó el diario El País de España a partir de la publicación nauseabunda y miserable de la foto falsa del comandante Chávez en supuesta condición de moribundo.

En realidad, deberían hacer mea culpa --hablamos de quienes militan en Clarín, La Nación o Perfil--, habida cuenta que estos a quienes hacemos aquí referencia forman parte de idéntico circuito ideológico, político, social y económico: de hecho, suelen hacer uso y abuso de los ataques que dirige habitualmente el diario El País al actual gobierno nacional para sus propios intereses.

No obstante, en lo que se ha podido leer sobre este episodio en la prensa comercial (el operador de Clarín Jorge Lanata, por ejemplo, hoy justifica a El País; Pablo Sirven, de La Nación, también) el eje, lejos del mea culpa respecto de las lógicas que sustentan a la actividad profesional en los segmentos integrados con rubros ajenos a lo estrictamente periodístico --es decir, de las propias--, ha sido el hipotético aprovechamiento que de esto podría hacer la presidenta CFK, enemiga --siempre en el plano de la teoría-- de la llamada prensa libre.

Cosas del destino, hoy se cumple un nuevo aniversario, el decimosexto en este caso, del asesinato de José Luis Cabezas durante menemismo.

El año pasado cerramos nuestra columna memoratoria del día del periodista en Segundas Lecturas con una frase que nos resulta imposible no repetir hoy: "Tomar nota de cómo ejercieron (el periodismo) y cómo (y por qué) terminaron Mariano Moreno, Manuel Dorrego y Rodolfo Walsh, debería mover al pudor a los que baten el parche con las supuestas dificultades que, dicen, los acosarían por estos días."

Bien podrían ser reemplazados, en este caso, los apellidos Moreno, Dorrego y Walsh por el de Cabezas. Lo central permanece inmutable: no está en discusión la libertad de expresión en Argentina, que por el contrario está en su máximo apogeo histórico de despliegue.

En aquel post que ut supra evocábamos, decíamos que la tan agitada objetividad periodística era, sencillamente, una imposibilidad material, habida cuenta de la complejidad de intereses entre cuyos pliegues se desarrolla la actividad en la actualidad, que determinan, compactan la paleta de posibilidades editoriales.

En Argentina, entonces, y también en Venezuela, lo que han sido interpelados, impugnados son, sí, los basamentos materiales a través de los cuales circula el mensaje que hace de soporte ideológico de las lógicas comerciales que fundaron el orden en cuestión.

Si, como reclaman habitualmente en sus habituales y soporíferas rondas mediáticas victimistas, los periodistas que laboran en dichas empresas quieren ser separados de las discusiones de intereses de sus patronales, bien podrían comenzar por no justificar podredumbres como la que hizo El País con Chávez.

De otro modo, no hay lugar al berrinche ante el señalamiento por carroña editorial, a esta altura más que justificado. Sobre todo, cuando hemos hecho referencia a la memoria, bastante cercana por cierto, de un tipo que de veras la pasó mal por ejercer el periodismo.

Desde 2003 no ha sucedido nada ni siquiera parecido a aquello. Desde luego que es lo que corresponde, pero se hace imposible no ponerlo de relieve cuando a todas horas asistimos a discursos que, en el colmo de la exageración y la deformidad, equiparan términos entre la discusión de crónicas y líneas de opinión que hoy practica con habitualidad el partido de gobierno con presunta cercanía con aquellos sucesos.

La demonización del presidente de la República Bolivariana responde al desbaratamiento operado por el mandatario de los negocios petroleros, intereses en cuyo desarrollo está implicado el colonialismo sui generis que practicara España en el continente durante los años noventa, del que Argentina puede dar cátedra, y que expresa claramente el diario El País en su diatriba constante "contra el populismo". 

Cuando se barre y despeja un poco la polvareda que cubre a toda esta temática, surgen claras las verdaderas motivaciones de los ataques, que en realidad parten desde la prensa acá problematizada contra los gobiernos democráticos y no viceversa, de lo que el episodio Chávez es sólo un ejemplo más.

(Al que podríamos sumar en nuestro país la amenaza que dirigió La Nación contra Néstor Kirchner a quien antes que asumiera instaron a cumplir el programa de gobierno del diario --ajeno a la plataforma consagrada democráticamente-- si no quería que su mandato durase apenas un año.)

Y deja en ridículo a todos aquellos que arrojan bombas de humo para eludir la autocrítica, que cada día se hace más necesaria en aquellos que quieren evitar el naufragio del oficio.

domingo, 20 de enero de 2013

Lo que está en juego en una fractura social II

A partir de nuestro post del pasado día 16 de enero, en Artepolítica se desató un intercambio en el que cobró especial relevancia la cuestión histórica en torno al surgimiento del kirchnerismo a la salida de la mega crisis de 2001/2002.

Entre lo más relevante que se dijo allí y que se pretende recoger como disparador del presente, estuvieron el episodio del pliego de condiciones que José Claudio Escribano dirigió a Néstor Kirchner a través de la tapa de La Nación, y que antes fuera elevado en persona por el propio directivo del matutino fundado por Bartolomé Mitre al entonces presidente recién electo; y la puesta en duda de las implicancias que tiene el reimpulso del establecimiento de memoria, verdad y justicia en nuestra sociedad sobre de lo acontecido durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional en la crispación.

Ahora que ha corrido mucha bajo el puente desde 2003 en el recorrido judicial a propósito de los delitos de lesa humanidad, tanto que hasta el mismísimo presidente de la Corte Suprema de Justicia ha sostenido la imposibilidad de vuelta atrás a dichos respectos, cuesta dimensionar la magnitud de lo que se jugaba en la materia a la salida del interinato presidencial de Eduardo Duhalde.

El Congreso argentino había ya derogado las leyes de obediencia debida y de punto final, pero no había dispuesto la nulidad de las mismas, con lo que conservaron vigencia los efectos de lo actuado desde sancionadas en 1987. Mientras tanto, tribunales españoles habían comenzado a juzgar a militares argentinos a partir de la reformulación de la doctrina de jurisdicción universal, por la cual cualquier país tiene el derecho y el deber de juzgar a los responsables, si su propio país no lo hace en caso de delitos que afectan a toda la humanidad.

A consecuencia de todo ello, en marzo de 2001, a instancias de Abuelas de Plaza de Mayo y del CELS, el juez federal Gabriel Cavallo dictó, en la causa Simón, la nulidad e inconstitucionalidad de las leyes de obediencia debida y de punto final. Cerca de esa fecha, la Corte Interamericana de DDHH resolvió el caso Barrios Altos en línea con lo dispuesto por Cavallo: las violaciones a los derechos humanos no pueden ser amnistiadas ni su persecución penal cesa por el mero paso del tiempo.

El recorrido recursivo de la sentencia de Cavallo, naturalmente, desembocaría en la Corte Suprema de Justicia, entonces todavía conformada por la célebre ‘mayoría automática’ construida por el menemismo. Conviene recordar la segunda de las exigencias de Escribano a Kirchner: “No queremos que haya más revisiones sobre la lucha contra la subversión. Está a punto de salir un fallo de la Corte Suprema de Justicia en ese sentido. Nos parece importante que el fallo salga y que el tema no vuelva a tratarse políticamente. Creemos necesaria una reivindicación del desempeño de las Fuerzas Armadas en el contexto histórico en el que les tocó actuar”.

El incumplimiento de las solicitudes que Escribano efectuaba en nombre de una compleja trama de intereses sectoriales, recordemos, derivaría, especie que el periodista puso en boca de “hombres que se hallaban reunidos en el Consejo de las Américas un día después de la primera vuelta electoral (de 2003)”, en que el nuevo gobierno argentino durara apenas un año.

Ello, explicaba Escribano, dado que la gobernabilidad no estaba comprometida por culpa de la renuncia de Menem al balotaje, sino porque Kirchner, en su discurso posterior a conocida la retirada del actual senador riojano, “ahondó los odios y las diferencias con Menem y hasta se permitió la temeridad de sembrar dudas sobre cuál será el tono de su relación con el empresariado y con las Fuerzas Armadas” y “olvidó que en ese momento dejaba de ser el candidato que había competido por largos meses por la Presidencia de la Nación y se convertía en el presidente electo de la Argentina”.

No se trataba, por cierto, de un gesto de caridad humana del periodista de La Nación para con las FFAA. El punto central aquí radica en dilucidar los hilos que anudan la suerte del ejército y la del establishment en torno a la discusión sobre aquel pasado.

Sostiene Alejandro Hororwicz que lo acontecido a partir del 24 de marzo de 1976 “No se trata de un movimiento de autonomía militar sino de una decisión orgánica del bloque de clases dominantes. (…) un cambio de programa del partido del estado. El abandono de las distintas variantes del Plan Pinedo (programa de sustitución de importaciones), por uno que sólo atiende a las “ventajas relativas” de la producción nacional. (…) el Rodrigazo anticipa la reprimarización de la actividad económica, a resultar de un claro balance político del mundo empresarial: ‘el desarrollismo fracasó’, sobre todo porque impulsa la lucha de clases y permite la articulación de un frente plebeyo orientado por corrientes socialistas variopintas.”

“(…) Las cámaras empresariales, a través de la APG, elaboraron sin disimulo alguno el programa del ingeniero Celestino Rodrigo, bajo la conducción intelectual y política de José Alfredo Martínez de Hoz. El denominado programa del 2 de abril se confeccionó en la primera mitad de 1975 y se aplicó con la diferencia de circunstancias históricas hasta el estallido de diciembre del 2001. Siempre se analiza el papel que ejerció la sociedad argentina en esos años oscuros y que pedía acabar con los grupos terroristas. La lectura alfonsinista, que plantea el enfrentamiento entre los dos demonios, construye un escenario donde una mayoría aterrorizada queda en manos de una minoría militar aterrante, y por lo tanto exculpa a la sociedad argentina, al bloque de clases dominantes, de lo acontecido.“

(Digresión: Horowicz desmiente discute esto en su último libro, Historia de las dictaduras argentinas, a través del examen de alrededor de mil cartas de lectores dirigidas al diario La Prensa, por medio de las que pretende demostrar la plena noción por parte de la ciudadanía de lo que acontecía con la represión ilegal.)

“(…) Desde el momento en que se aceptan como legales las órdenes impartidas por María Estela Martínez de Perón e Italo Luder, para ‘aniquilar’ al enemigo, queda en claro que se proponen construir una ficción histórica eficaz: de un lado de 1976 el ‘terrorismo de Estado’ y del otro la ‘democracia’. Olvidando prudentemente que la Constitución Nacional impide la intervención militar a una provincia sin ley del Congreso. (…) avalan las decisiones ilegales del gobierno legal, porque reconocen en su toma la voluntad política del bloque de clases dominantes, es decir, de sus beneficiarios inequívocos. Y no lo hacen en un episodio aislado, sino durante todo el ciclo histórico. Por eso, para que no quede la menor duda, protegen a los represores hasta el estallido de 2001. (…)”    

“(…) Ese comportamiento político se mantuvo inalterado (leyes de obediencia debida y punto final, indultos) y recién con su anulación, a pedido del Congreso por decisión de la Corte Suprema de Justicia durante el gobierno de Néstor Kirchner, se restableció la relación entre los delitos y las penas, entre las palabras y las cosas, entre la ley y la política. El programa del partido del Estado entre 1983 y el 2001 se redujo a pagar la deuda externa. El menemismo, que no es otra cosa que la continuación del alfonsinismo con otros instrumentos (la convertibilidad), se constituyó con el respaldo de la UCR. Recuerden, Menem asume seis meses antes y sus diputados lo harán seis meses más tarde, de modo que durante ese lapso cogobernaron sin problema alguno.”

De lo dicho por Horowicz puede extraerse como conclusión el carácter instrumental de la represión ilegal del terrorismo de Estado. Es decir, la necesidad de operar en tal sentido a los fines de establecer un programa económico contra cuyas consecuencias --que premonitoriamente denunciara Rodolfo Walsh en su carta abierta a la Junta-- habría opuesto resistencia una sociedad acostumbrada entonces a dar pelea por lo suyo, como se había demostrado desde que el general Perón fuera desalojado de la presidencia en 1955.

La Nación integra el bloque de beneficiarios del programa que estallara en 2001, huelga aclararlo, y también el Grupo Clarín, en negocios que van más allá de lo meramente periodístico: recuérdese, por caso, que son socios en Expoagro, la exposición agraria donde, como cuenta Horacio Verbitsky, “cada año se cierran negocios por más de 300 millones de dólares”; además de que comparten con otro importante entramado de empresas la Asociación de Empresarios Argentinos, AEA, desde la que habitualmente llueve de todo menos elogios para el actual gobierno nacional, bloque que creció exponencialmente a partir del programa Martínez de Hoz.

No cuesta tanto comprender, así las cosas, qué tienen para perder determinados actores en la disputa por un reemplazo de programa, en el que los núcleos centrales dejen de ser los que fueron hasta estas épocas, con nefastas consecuencias para la mayoría de la población argentina. Y, por ende, las rispideces que ello genera a nivel cúpulas.

Entre 1983 y 2001, entonces, hubo un programa único posible, definido por lo operado en nuestra sociedad en el lapso 1976/1983. Al interior de ese ciclo histórico, los deslizamientos y recambios actorales fueron suaves, amistosos, cual lo prueban la convivencia radical-menemista en 1989, la presencia de Domingo Cavallo u otros como Jorge Vanossi y José Horacio Jaunarena en gabinetes de distinto color partidario, la reivindicación de “la estabilidad” en la plataforma del Frepaso de 1995, la definición “un peso, un dólar” de De La Rúa, o las declaraciones de la UCR sobre las privatizaciones: procesos de los que repugnaron formas y no fondo, y cuya vigencia prometían sostener si llegaban a ser gobierno en 1995, en aras de la consagración de la seguridad jurídica como valor social máximo.

El de la última dictadura fue, en efecto, un proyecto de país acabado y de largo alcance. Volviendo a Horowciz: “La novedad es la recuperación de la relación entre los delitos y las penas. Acá se confunde esto con política de derechos humanos. (…) es mucho más que eso. (…) el restablecimiento de un estado de derecho. Argentina, hasta 2001, no tenía estado de derecho, sino estado de excepción. Si alguien violaba con las charreteras puestas lo hacía como una causa patriótica, no como un delito. La presuposición de todo orden jurídico posible es la igualdad ante la ley. Cuando uno rompe esta regla, rompe el orden jurídico. Lo que se hizo aquí es restablecer la igualdad ante la ley.”

La Cámara Nacional de Apelaciones del Trabajo dictó, en marzo de 2012, en los autos “Ingegnieros, María Gimena c/ Techint SA”, un fallo histórico por el cual dispuso la imprescriptibilidad de la acción de responsabilidad patrimonial contra la empresa. Dijo: “Los delitos de lesa humanidad tuvieron por objeto directo la implantación del plan económico anunciado el 2 de abril de 1976. La utilización de la prescripción por parte de las sociedades que resulten cómplices del delito de genocidio en acciones resarcitorias como la presente importa reconocer el provecho tenido en mira para actuar en complicidad con la dictadura genocida por parte de las organizaciones empresarias. (…) la mayoría absoluta de los detenidos-desaparecidos del período eran trabajadores con inserción sindical. De nada valdría condenar a los ejecutores si los beneficiarios de las políticas de genocidio no debieran responder por las consecuencias civiles de sus actos.”

En línea con esto puede señalarse también el procesamiento de Carlos Pedro Blaquier por los tribunales federales, acusado por comisión de delitos de lesa humanidad.. Ledesma se dedicó, durante la última dictadura militar, a entregar personas que, a la postre, engrosarían la lista de detenidos-desaparecidos; pero, además, y fundamentalmente, fue parte del entramado empresarial que ideó, impulsó y sustentó al gobierno del Proceso. Y por supuesto, la enorme cantidad de documentación que certifica la complicidad eclesiástica con todo lo actuado.

Se trata de la interpelación del elemento dictatorial en su completa dimensión, que abarca mucho más que las responsabilidades meramente de los que entonces ocuparan cargos en el Estado, sino de la comprensión del proceso histórico en forma unificada, como bloque compacto en cuyo diseño no hubo “complicidad civil” sino autoría directa, y que la clave en la construcción de una nueva sociedad está no sólo en desentrañar esas responsabilidad en tribunales: también en el desarme lo operado en lo material por aquella operación.

De las reacciones de los beneficiarios enunciados a lo largo de este texto contra la política del kirchnerismo queda claro cuán interpelado ha sido, y en qué magnitud, el programa ‘dictatorial’. Y las conmociones que implica eso para una sociedad que se había acostumbrado a la quietud de una política en la que, en verdad, nada se discutía, en una linealidad proyectiva histórica inmutable que derivó en la peor crisis de la historia nacional. Es decir, si acaso se considera que hoy hay pelea, es porque ahora, al revés que antes, se discute algo: cambiar de gobierno hoy es cambiar de política. No fue así hasta 2003, cualquier candidato daba lo mismo.

Y nos reiteramos en aquel cierre: es el precio que cuesta la construcción de una democracia con contenido y espesor. Y vale la pena pagarlo.  

jueves, 17 de enero de 2013

Las opiniones políticas de Maradona, Lanata y la coherencia


Se escuchó por estas horas decir a Jorge Lanata, a propósito de las últimas declaraciones de apoyo a la gestión del gobierno nacional, y de la persona de la presidenta CFK en particular, efectuadas por Diego Armando Maradona, algo así como que son palabras que hay que tomar como de quién vienen, en el sentido de menospreciar la opinión del ex capitán de la Selección Nacional Argentina de fútbol.

En efecto, Maradona no se ha destacado jamás por ser precisamente un ejemplo de coherencia, menos aún en términos ideológicos; lo suyo es otra cosa. Véase, por caso, que recientemente ha salido a la luz un video que puede encontrarse en You Tube en el que se lo ve, de muy joven, confesarse hincha de Independiente, cuando por lo general se lo había tenido por manifiesto bostero de cuna. 

(Cosas que pasan, pero el personaje que interpretó Guillermo Francella en el film El secreto de sus ojos fue muy claro y convincente: quien haya visto esa película sabrá entender a que se refiere este comentarista. Volvamos.)

Ahora bien, para desgracia del humorista fundador de Página/12 y --según él mismo dice-- factótum de la carrera de alrededor del 90 por ciento del plantel periodístico nacional, sus declaraciones acerca de esta última consideración política que --con el mismo derecho e igual falta de sustancia que Darín-- realizara Diego se han topado con el archivo del autor de estas líneas. Que entre no muchas cosas cuenta con la edición papel de la revista Veintidós, de la cual Lanata era director y propietario, del día lunes 24 de octubre de 1999, el día posterior a la elección que consagrara a Fernando De La Rúa presidente de la Nación.

(Digresión: Veintidós, como de costumbre en la trayectoria de Lanata, fue un proyecto editorial que naufragó a principios de siglo y tuvo en vilo la suerte laboral del staff que lo integraba a esa fecha.)

Entre las notas que contiene aquella edición de Veintidós, se encuentra, a doble página, en las números 26 y  27, una firmada por Andrea Rodríguez, titulada Siempre a mil, y que resulta ser la crónica del día de votación de Diego Maradona e incluye una carta abierta de puño y letra del propio ex mediocampista ofensivo dirigida --a la hora en que fuera redactada-- al que resultara a fin de cuentas ser el presidente electo aquella jornada: No nos roben más, destaca la gráfica de aquella nota sobre el mensaje que firmara esa tarde Maradona, bien a tono con la línea editorial de lo que era Veintidós y de la trayectoria toda de Lanata, siempre tan distraído con cualquier corrupción que no sea la mal llamada pública. 

Es decir: el mismo que fuera director de una publicación gráfica en 1999, y que consideró en ese momento que alguien como Maradona merecía una nota a doble página analizando una elección presidencial, es el que ahora desde la altura de un púlpito antojadizo se permite desmerecer el mismo ejercicio, del mismo personaje, respecto de otro personaje de nuestra historia.

En definitiva, porque lo que interesa no es Diego ni lo que dice a estos respectos, sino quien se beneficia con sus dichos. Y la conveniencia es prima hermana de la contradicción. Cuando Maradona gritó como un gol el no positivo de Cobos a Clarín no le pareció impugnable que se tratara de quien pocos meses antes había confesado en el programa televisivo de Jorge Guinzburg que votaría por la entonces senadora Fernández de Kirchner.

Admirable, y a tono con la sinuosidad intelectual del que se pretende denostar, justamente, por adolecer de ese defecto. Más adelante, en esa misma edición, en otra doble página, éstas las números 96 y 97, se ofrece una especie de show de fotos, en una de las cuales se puede observar a Diego, el mismo que firmara en clave de ruego “no nos roben más”, siguiendo el desarrollo del cierre del acto eleccionario en la intimidad de Olivos en compañía de… Carlos Menem (y Zulemita). 

Dicho con sencillez: por supuesto, nadie puede computar como relevante en la coctelera del debate político nacional el ingrediente de la opinión maradoniana. Pero quien esto firma lo dice desde la tranquilidad de no haberlo citado como soporte argumentativo jamás. 

Quizás porque sea importante, para hablar de coherencia, antes practicarla.  

miércoles, 16 de enero de 2013

Lo que está en juego en una fractura social


Se ha convertido en un tópico muy visitado, y más aún desde el affaire Ricardo Darín, el de la llamada fractura que atravesaría a la sociedad argentina a partir de lo operado en ella por la experiencia de casi diez años de kirchnerismo. En realidad, se puede decir que existe --esta discusión-- ya desde el llamado “conflicto del campo”, y se ha vuelto recurrente desde la reelección de la presidenta CFK. Incluso lo hemos abordado aquí y ha sido parte de un programa especial de Jorge Lanata con evidentes intenciones de construcción editorial antigubernamental.

Se ha establecido desde diversos sectores que existiría al interior de la ciudadanía un odio mutuo que la tendría dividida en dos bandos irreconciliables. Pongamos que, efectivamente, así sea. Antes una aclaración: acá importa bien poco Ricardo Darín en sí; discutirlo a él, o a cualquier otra persona a que en el presente se pueda llegar a aludir, en particular.

Ahora bien, la intervención de Darín disparó, sí, cuestiones bien interesantes; las referidas en el primer párrafo del post, que formaron parte importante de sus respuestas en un reportaje otorgado a la revista Brando que mereció respuesta, vía carta, por parte de la Presidenta.

Por caso, días antes de este episodio incluso, en una mesa de debate celebrada en el programa de radio de Jorge Lanata entre varios periodistas de distintas empresas de medios de línea editorial adversa al oficialismo, uno de ellos, el doctor Nelson Castro, dijo, a este mismo respecto, que lo peor, a su juicio, era que se había recreado la vieja dicotomía peronismo-antiperonismo, que en su entendimiento era algo que se había solucionado durante la fase menemista del peronismo.

Y he allí, en la afirmación de Castro citada ut supra, lo preocupante. La pregunta vendría a ser, no si se desea (o no) la reconciliación nacional, sino para qué y cómo se la quiere.

Porque, aceptemos que durante el menemismo se haya elaborado la concordia, ¿al precio de qué fue todo eso? Es cierto: el doctor Menem se abrazó con el almirante Isaac Francisco Rojas, probablemente el símbolo máximo del gorilismo antiperonista, en lo que pareció --enfatícese el pareció-- ser el cierre de un capítulo histórico de enfrentamientos que las más de las veces se saldaron a sangre y fuego.

Esa trama incluyó otros episodios resonantes en el mismo sentido, el más significativo de los cuales resultó ser el indulto, en 1990, de las penas de prisión que a esa fecha cumplían los jerarcas militares que integraron las distintas juntas de gobierno durante el auto denominado Proceso de Reorganización Nacional, en lo que realidad vino a completar la saga iniciada por las leyes de obediencia debida y de punto final.

Y que, en definitiva, formaban, todos esos expedientes, parte de un abordaje reduccionista de lo que fue aquella dictadura, en tanto depositaba las culpas sólo en los integrantes del ejército, que apenas ejecutaron decisiones construidas por una compleja red de intereses y actores ajenos al elemento castrense.

De modo tal que cabe concluir que aquella --para nosotros ficticia-- paz referida, y al parecer anhelada por aquellos cuyas personas, se insiste, no pretendemos poner en cuestión, se construyó sobre la base de la impunidad y el olvido, o bien a través de la tergiversación de la historia más trágica que le tocó vivir al país --o de la falta de voluntad de inteligirla en su recto sentido y esencia, a tono con lo expresado en el párrafo anterior--.

No cuenten con nosotros si es que acaso se cree que resulta necesario retomar la senda dibujada por la legislación del olvido y el perdón para abonar a la tan ansiada calma de los espíritus. Porque bien es cierto que el edificio conceptual y operativo diseñado por el Proceso y sostenido por la democracia de la derrota --sustentado en la falta de correlación entre delitos y penas que surgiera a partir de la impunidad-- ha venido siendo interpelado desde 2003 --aunque se entienda que inacabada y/o inadecuadamente--.

Todo eso generó, genera conmociones, pero que uno entiende necesarias. Es, quizá, el precio que cuesta la construcción de una democracia con contenido y espesor: y vale la pena pagarlo.   

domingo, 13 de enero de 2013

La estrategia presidencial de Daniel Scioli

Interesante nota ésta (http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-211752-2013-01-13.html) que publica hoy Página/12, de José Natanson, sobre las particularidades que caracterizan a las personalidades políticas de Daniel Scioli, Sergio Massa y Maurizio Macri. Y sobre las coincidencias y diferencias que existen entre ellos.

Salvo, en honor a la verdad, por un detalle: dice Natanson que en 2011 Massa compitió con “un color diferente para la boleta municipal (un naranja oscuro más parecido al de De Narváez que al azul del Frente para la Victoria), obtuvo 17 puntos más que la lista de Kirchner”. Bueno, lo cierto es que no es De Narváez sino Scioli el adicto al color naranja, pero en verdad tanto el gobernador bonaerense como el intendente de Tigre compitieron, como se observa en la imagen que ilustra la parte inferior del post, con la boleta azul del FpV.

Pero me interesa más destacar otra cosa acerca de la nota de Natanson. Dice el autor: Scioli “sabe que el kirchnerismo químicamente puro no lo soporta, pues considera (…) que su ADN lo inclinará irremediablemente hacia la derecha, pero sabe también que, como sucedió con la vicepresidencia, la gobernación y las testimoniales, lo necesita. (…) aspirará a la Presidencia si Cristina no juega, y a esa esperanza se aferra. Se trata en realidad de la construcción, lenta y paciente, del ‘número dos’”.

No se trata de negar lo escrito por el autor, porque coincido con lo por él señalado en ese punto, sino de agregar un elemento que no computa y que me parece central en la definición elaborada por Scioli de permanecer dentro del kirchnerismo a pesar de varios desencuentros que entre las partes han sucedido, eludiendo obstinadamente lo que en la misma edición escribe Horacio Verbitsky: “Cristina volvió a dejar en claro que para colmar sus aspiraciones Scioli no tendrá otro remedio que enfrentarla. Eso es lo que le planteó en forma aún más explícita Néstor Kirchner en 2010. Y el gobernador no se animó.” (http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-211744-2013-01-13.html).

Resulta de considerar de modo más global el panorama en el que se insertan las disputas políticas hoy día en Argentina. Esto es, evaluar las correlaciones de fuerzas entre las que discurre el trazo estratégico de Daniel Scioli. Y se trata de, por llamarla de algún modo, mera racionalidad instrumental.

La cuenta sería la siguiente: si el gobernador bonaerense corriera detrás de la oferta, supuestamente tentadora, que con insistencia se le hace desde lo que fuera el Grupo A, es decir, la coronación con una candidatura taquillera de un armado hipotéticamente amplísimo que podría encontrar en él una prenda de unidad al tiempo que la única garantía de éxito por la popularidad que cantarían las encuestas de opinión, quedaría (Scioli) en posición subordinada.

Para otra oportunidad quedará la consideración de lo que esos números implican en tanto surgen de la consideración de un Scioli ‘parte’ de un proyecto que no conduce, mientras que lo que mediría como cabeza de armado es aún categorialmente una incognita. Resulta imposible comparar lo que sólo en apariencia es idéntico, en tanto se observa a la persona y no a su rol en un colectivo, dato clave de cualquier construcción política.

Dicho con sencillez: no sería él quien guiara los movimientos que lo depositen en una candidatura sino que, por el contrario, estaría yendo a cumplir el rol que le asigna un elemento al día de hoy extraño a su universo de actuación.

Por el contrario, aguardando a la teórica inevitabilidad de un kirchnerismo corriendo a buscarlo ante la inexistencia de alternativas viables, Scioli dispondría del quiero del truco, la conducción de la trama situacional en tanto estaría ajustada a lo por él proyectado como ruta a transitar (“competiré por la presidencia en 2015 sólo en tanto Cristina no quiera hacerlo”), lo que resulta una ventaja comparativa muy considerable.

En definitiva, es no por otra cosa que mera conveniencia propia y lógica táctica que Scioli no cede a las tentaciones. Ocultar esta trama, en la hipótesis de que el gobernador fuera a ser tan atractivo en las urnas, implica toda una definición por parte de quienes no desean ninguna forma de continuidad del kirchnerismo, lo que Natanson descarta de plano en Scioli, que sería una variante ‘pos’ y no ‘anti’ del proceso conducido por la presidenta CFK

lunes, 7 de enero de 2013

Urnas 2013


2012 fue un año de escasos, o bien nulos avances en materia social. Los coletazos de la crisis económica mundial impactaron en términos de actividad, se acumularon --y desplegaron sus efectos-- agotamientos varios en distintas variables económicas, y el año se fue entre los intentos de corrección de esto último y la construcción de respuestas preventivas a propósito de la desaceleración comentada. 

En esos términos, el programa de profundización del modelo, consigna de la campaña presidencial de 2011, no se verificó en cuanto a parámetros redistributivos. Sí en cambio hubo avances significativos en lo que a la nota característica del esquema económico desplegado desde 2003 por el gobierno nacional se refiere.

Alfredo Zaiat apuntaba hace pocos días en Página/12 determinadas decisiones elaboradas durante 2012 en orden a discutir los denominados excedentes económicos, a partir de la eliminación de vías por las cuales éstos (los excedentes) pudieran rumbear hacia la fuga del circuito, lo que significara el origen de fases de agotamiento durante varios períodos de nuestra historia, sobre todo reciente.

Y ya hemos dicho acá, repetidas veces, que la diferencia cualitativa central del programa económico del kirchnerismo no pasa tanto por la interpelación de las estructuras de propiedad, sino más bien por el desacople de las variables económicas de los ritmos y consecuencias “naturales” que imponen las lógicas de “los mercados”. Del sometimiento al dictat impuesto por la oferta y la demanda, a la definición elaborada políticamente de los objetivos, al interior del cual, sí, se inserta la renta privada como variable.  

Volviendo al texto de Zaiat, tuvimos, en 2012, a propósito de discutir la lógica de acumulación: intervención del mercado del dólar, obligación en tal sentido a petroleras y mineras de liquidar sus operaciones en plaza local y para las aseguradoras de repatriar inversiones operadas en el extranjero y de aplicarlas a proyectos productivos localmente, restricción en la posibilidad de remisión de utilidades al exterior y de distribución de dividendos entre los accionistas para las empresas en que el Estado integra el directorio --esto último en especial para bancos, ya sean nacionales o extranjeros--.  

Además de, por supuesto, otras más renombradas en la discusión cotidiana: reforma de la Carta Orgánica del BCRA, del mercado de capitales y ley de regulación del mercado hidrocarburífero con más la reestatización de la mayoría del capital accionario de YPF:

La discusión, en definitiva, pasa por la inversión y la reinversión, en orden a la generación de empleo en blanco y el empuje que ello implicará en cuanto a operar una revulsión en los frenos mencionados acerca de la rentabilidad popular. Muy abstracto, general, teórico --por así decirlo--; pero hace, hará a la discusión central de cara a las elecciones legislativas de medio término a celebrarse en este 2013 que recién despunta.

El empate es derrota para los pobres, desempleados, indigentes, que serán menos pero que todavía deben avergonzar al que gobierna. Pero es, hablo del empate, a lo que apuestan los sectores del privilegio histórico. Concepto que tomé del compañero Omix, que habla de establishment --vocablo que he querido evitar habitualmente, pero cuya apelación se hace ineludible--, se trata, según sus propias palabras, de impedir que el poder institucional cuente con capacidad de interpelar y alterar el estado de cosas.

Respecto de esto último, entonces, el gobierno nacional ha logrado evitar en parte la dinámica que imponían los acontecimientos. Tiene a partir de donde, de qué, en el aspecto material, reimpulsar la actividad y el crecimiento. La defensa de lo actuado desde 2003, todavía a esta altura, la reiteración en las conquistas ya consolidadas, convierten al kirchnerismo en el partido conservador argentino, resiente las posibilidades de ofrecer horizontes, asunto complicado cuando lo que están por delante son las urnas.

Está claro que no es menor cuando se advierte el panorama que rodea internacionalmente: en México se prepara una profunda flexibilización laboral --la más amplia y regresiva de su historia-- a partir de un acuerdo transversal pluripartidario que posibilite reformar la Constitución azteca --en esos casos no se considera nunca institucionalmente agraviante una reforma--, los salarios se ajustan a la baja en China, Alemania y Brasil: con lo que “quitan competitividad” al mercado local, pasando a estar en cuestión la estabilidad laboral en sí, y ya no la posibilidad de progresividad en sus condiciones.

En Argentina salarios de convenio, jubilaciones y otras prestaciones de la seguridad social (AUH, por caso) derrotaron o empardaron a la inflación, el asunto sigue siendo la informalidad laboral y social. En el párrafo anterior tenemos lo que no se debe perder de vista cuando se habla de “otorgar señales a los mercados”, voz que interpreta al unísono la totalidad del arco parlamentario opositor; otro tanto vale para los efectos colaterales que puede implicar una receta tradicional antiinflacionaria.

De allí el valor del kirchnerismo en el menú de posibilidades que ofrece la carta dirigencial formal. Pero no se percibe fácil, no alcanza como oferta, se comprobó en 2009. En definitiva, el programa en adelante será definir a través de qué (acciones) y, muy por sobre todo, de quién, de quiénes (carne y hueso, sujeto social que protagonice) los acumulados que pueden ofrecer las acciones enumeradas pueden convertirse en nuevos avances sociolaborales.

El partido de gobierno ha visto su base social conmovida a partir de la ruptura con varias conducciones sindicales que la integraban, nada que no pudiera a partir de los términos en que fue renovado el mandato de la presidenta CFK --el protagonismo exclusivo que implican los casi 40 puntos de distancia sobre quien la secundó en la elección presidencial--, y sobre todo cuando las urgencias están en esta etapa, como decíamos, en la informalidad, a la que todavía no le llegó el modelo.

La desaceleración económica se vio reflejada en la menor intensidad y profundidad del debate político en 2012, habida cuenta que ha reinado, se insiste, la indeterminación y la incertidumbre en lo que a trazo proyectivo se refiere.

Quebrar esa dinámica, y los topes que impone el marco de un escenario que a la fuerza es conservador a partir de lo que significó a su estructura el programa del período 1976/2001, la democracia de la derrota que hace de cada mínima salida de (aquel) libreto una conmoción inmensa, con las proyecciones institucionales correspondientes, es la clave para el kirchnerismo en 2013.

domingo, 6 de enero de 2013

Néstor Kirchner, la película



Finalmente, pude ver la película-homenaje a Néstor. Y, en línea con lo que me habían comentado la mayoría de quienes ya la habían visto, me pareció mala. Creo que no consiguieron evocarlo, lograrlo como quien fue, independientemente de lo que cada uno considere del personaje en cuestión.

Parece historia mitrista pero nacional y popular. Lo cuentan plano, lineal, predestinado. Y no le hacen bien a su memoria así. Me extraña, siendo que la directora es la misma de una pieza excelente como lo es la película Juan y Eva.

Por caso, Néstor jamás eludió --se lo puede ver en You Tube, el día que fue como invitado a 6, 7, 8-- lo que significó Duhalde como capítulo de su historia: asumió, con absoluta naturalidad, que pactó, por necesidad, con él; y con eso lo sinuoso de los carriles por los que discurre, no exenta de contramarchas, la traza de un proyecto político, por entremedio de las complejidades que dictan las contradicciones que se imponen a partir de los márgenes caprichosos que se dibujan al interior de las disputas propias de la vida misma, en general; y de la lucha política, en particular.

Todo ello implica una riqueza que la película de De Luque, pintada con trocha gorda, elude, en tanto elige desatender las particularidades de, justamente, lo humano, rugoso por definición.

Excepto el tramo en el que se rememora lo que fuera el intento trunco de golpe de Estado por parte del complejo agromediático (Clarín-La Nación/cámaras patronales agrofinancieras), que sí creo que reflejó perfectamente bien lo que implicó aquella ofensa a la legalidad democrática, la institucionalidad republicana y el Estado de Derecho: una avanzada destituyente hecha y derecha --dicho esto último en el más amplio sentido de la palabra--.

También me gustó, porque es algo que yo mismo dije mucho antes de ver esta película, y que lo escuché de varias personas en otras ocasiones, cuando Máximo, casi sobre el final, asume que la pérdida personal, cuando se habla de lo colectivo, está, debe estar en los cálculos.

Eso es definitivamente un valor a compartir: Néstor podría haber salvado su vida si hubiese aceptado bajar dos cambios. Pero en ese caso hubiera dejado de ser el Néstor que nos sedujo a muchos: ¿y qué sentido habría tenido, entonces, conservarlo, si no era para que fuese el que llegó a enamorar a tantos como hace tiempo no se veía? Ese desprendimiento de Máximo marca un punto altísimo del film. Quizá el único.

Si a mí me preguntan, sin embargo, y como corolario, debo decir que ése de la película no es, de ninguna manera, Néstor Kirchner. Al menos, no es el Néstor Kirchner que yo conocí.


(En este video, alrededor de los 03:28, Néstor habla sobre su acuerdo con Duhalde para llegar a la presidencia)