lunes, 16 de septiembre de 2013

Un ministro de Economía más fuerte

Detrás del pedido por un ministro de Economía “con mayor fortaleza” que realizó hace pocos días el presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), Héctor Méndez, subyace la nostalgia por las formas en que se tramitó la política argentina desde 1983 hasta 2003.

Distinto sería discutir sobre las cualidades profesionales de Hernán Lorenzino para el desempeño del cargo que hoy ocupa, y en tal caso desde aquí probablemente estaremos más cerca de Méndez. Pero el jefe de los industriales no eligió circular sobre el eje bueno/malo, sino sobre el nulo peso político propio con que cuenta el actual titular del Palacio de Hacienda, similar al de todos sus antecesores desde que Néstor Kirchner eligió remover de ese lugar al doctor Roberto Lavagna.

Lo que, por cierto --no por obvio deja de ser necesario remarcarlo--, lejos está de ser accidental. Por el contrario, es una de las mejores escenificaciones de las rupturas que ha intentado el kirchnerismo con el ciclo histórico que lo precedió, y que estalló junto con el país en 2001.

Recordemos, Lavagna fue una de las cláusulas que el ex senador a cargo interinamente de la poder ejecutivo nacional entre 2002 y 2003, Eduardo Duhalde, y Néstor Kirchner pactaron en el acuerdo que llevó al segundo a la presidencia de la Nación. Cuando, luego de las elecciones legislativas de mitad de mandato que el Frente para la Victoria atravesó con éxito en 2005, Kirchner validó en las urnas su capital político acumulado de hecho, entonces estuvo en condiciones de reformular los términos de su espacio, y por ende de su gobierno.

Duhalde ocupó el último tramo de la denominada democracia de la derrota, tiempos en que la política, lejos de la ausencia --como equivocadamente pregona la intelectualidad no peronista del oficialismo--, se trataba de, apenas, la instancia de convalidación institucional de decisiones que se elaboraban fronteras afuera de los ámbitos formales que estipula el Estado de Derecho. Y condujo la transición hasta los tiempos del kirchnerismo, que llegó a poner en crisis ese paradigma sin todavía haber completado la consolidación de un orden nuevo.

El drama del poder, que no lo era, intervenido desde afuera, donde los gobiernos recibían su potestad de acción donada en vez de preocuparse por construirla en la dinámica de la representación ciudadana, se expresaba en elencos ministeriales que permanecían en sus lugares independientemente del color político de las ocasionales administraciones que se sucedían: así, Domingo Cavallo, quien había sido presidente del BCRA durante la última dictadura, fue luego también ministro de Economía de Carlos Menem y luego de Fernando De La Rúa.

Lo que no varió durante más de 25 años fue el plan económico ejecutado, inmutable desde el arribo de José Alfredo Martínez de Hoz a Economía hasta el 20 de diciembre de 2001. La capacidad decisoria era, así, pues, la de sostener el programa, de nefastas consecuencias en lo que a rentabilidad social se refiere, al margen de los vaivenes electorales. Y los ministros, que provenían de distintas vertientes del bloque de clases dominantes --constructor, sustento y beneficiario del continuismo aquí comentado--, operaban el mandato de sujetar cualquier asunto a los dictados de la economía. Y más aún, a la de una que no concebía morigerar, siquiera, los efectos de la dinámica oferta/demanda.

El repaso sobre los hechos de nuestra historia reciente es el mejor auxilio de que podemos echar mano para establecer las significancias que evocó Méndez.

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El massismo es el depositario electoral de la impugnación programática al kirchnerismo que tiñe la hora actual. Quedó claro cuando Sergio Massa fue examinado por los empresarios previo a las PASO: por el reparto de roles (quién estuvo a cargo de la convocatoria y quién de ir al pie) y por las definiciones a que allí se pudo asistir. Mientras los teóricos massistas insisten en disfrazar de lenguaje (pretendidamente) sofisticado, vagas exhortaciones a mirar para adelante, chicanas y ABL lo evidente, cada vez que abre la boca algún representante del establishment se ocupa de dejar sentado que el fin de ciclo está lejos de implicar una mera paranoia oficial irrealizable tanto como de abarcar apenas la extinción constitucional de un mandato presidencial.

Días pasados se leía desde esas huestes que el futuro pasa por la necesidad de garantizar las condiciones necesarias a la inversión privada “con seguridad jurídica  garantizada por un gobierno creíble y confiable para que cierre el acuerdo”. Una melodía que suena conocida y hace juego con los deseos que salieron de la boca de Héctor Méndez. La dinámica del conflicto que necesariamente abrió la irrupción del kirchnerismo para detener la reproducción ineluctable del statu quo se ha llevado puestas de forma irremediable las intenciones de sólo "corregir lo malo, conservando lo bueno".

La política domesticada, y el peronismo resignado más precisamente, asoman dispuestos a poner la mesa del retorno de los dueños del país, que hace poco comenzaron a reclamar su devolución. 

2 comentarios:

  1. Hay que recordar tambien que en sus ultimos dias como presidente antes del helicopetro De la Rua luego que renuncio Cavallo habia decidido divivir el ministerio de economia en dos ministerios , uno de hacienda encargado de la administracion prsupuestaria y otro de produccion . Tambien Duhalde creo yb nibisterio de produccion que le entrego a la UIA para reducir el poder de los tecnocratas que historicamente habitaron economia . Es para pensar en esa division del ministerio en dos como algo que valdria la pena imaginando el futuro . Imaginate que en el menemismo economia concentraba lo que ahora tiene De Vido : mas Moreno + Lorenzino , todo en un solo tecnocrata de turno

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    1. Pero eso ya existe; el desdoblamiento ministerial, digo: hoy Economía es en realidad apenas Hacienda y Finanzas Públicas. Aparte de Planificación, hoy tenés Industria, por un lado; Agricultura, Ganadería y Pesca, por otro, y además Turismo, que también era parte de Economía.

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