lunes, 12 de agosto de 2013

F5: el gatillo de un abismo que asoma peligrosamente

La página Web que el Ministerio del Interior diseñó para el seguimiento de los resultados de las PASO legislativas de ayer contiene un simulador que cuenta la cantidad de bancas con que quedaría cada fuerza en competencia de repetirse esos resultados en el partido por los puntos, en octubre. Y se hizo adictivo, compulsivo, conforme el correr de los minutos y las horas agregaban nuevos cuchillazos a las ilusiones a lo largo y a lo ancho del tablero de provincias, actualizar esa calculadora parlamentaria para ver cómo se podía salvar algo de todo lo que al final se terminaría cediendo, tras ya iniciar una campaña módica en aspiraciones considerando desde dónde se venía.

Fue, así, una noche típica de derrota peronista, por los ingredientes que la aderezaron, comenzando por el clásico depósito de las últimas expectativas que a uno le van quedando en que, quizás, estuviese demorada la carga de los resultados de la tercera: en especial, por supuesto, de La Matanza, la madre de todos los refugios de la desesperanza cuando las urnas son esquivas.

Uno no se quiere dar cuenta hasta que está sentenciado el asunto, pero cuando se recuerda, al día siguiente, habiendo hecho eso, debe necesariamente reflexionar que es el más perfecto síntoma de que por dentro sólo la desesperación evitaba asumir la realidad adversa. Innecesariamente estirada hasta pasada la medianoche de un recuento que ya hacía rato transitaba la senda de la “tendencia irreversible”. Cuando las aritméticas ganan terreno, pues, es porque se ha perdido el partido. Que no el campeonato, claro pero: ¿quién puede pensar en el largo plazo luego de haber sido goleado y bailado? Lo que la política no da, La Matanza no presta.

Y no es un dato menor, ojo, el del apunte numérico: cuando hablábamos arriba de que el partido definitivo es el que está por venir dentro de algo más de dos meses no hacemos un intento de mal perdedor en bajarles el precio a estas PASO. Por el contrario, han organizado la disputa por venir, y son por ello demasiado significativas, toda vez que el clima que opera como punto de partida del match decisivo, con el bruto mamporro que hubo, se ha certificado abrumadoramente negativo. Y lo grave es que en ese medio de eso deberá insertarse el llamado de la próxima búsqueda de votos: dicho sencillo, nadando contra la corriente.

Hasta pasó que Clarín dijo, en el día de la fecha, la verdad, hubo voto castigo. Rigurosa, demoledora, dolorosa, incontestablemente certero diagnóstico. Analizar las razones de ese voto es demasiado complicado. Que la inflación, que la inseguridad, que el cepo al dólar, que el autoritarismo, que la grieta, que la corrupción, que los ataques a la Corte Suprema, que la institucionalidad. La razón del sufragio, por fuera de los ambientes más politizados, se condensa en dos fórmulas mucho más sencillas en su construcción sintáctica, pero no por ello de menor complejidad argumentativa: las cosas están bien o están mal. Es palo y a la bolsa.

Y a esa certeza, que ahora algunos encontramos mucho más extendida de lo que suponíamos, es, cuidado, bastante más difícil de entrarle que a un cálculo econométrico, por mucho que el segundo pueda ser más sofisticado y todo. Ahora te quiero ver para revertirlo. De ahí que a los periodistas que van a cubrir los cacerolazos poco menos que los linchan. Se puede, más vale, discutir ese estado de ánimo; de hecho, va de suyo que desde acá no se lo comparte. Pero para encarar una recuperación hace falta tomar nota del mensaje que se quiere desarmar. Y es ése: que está todo mal. O, si no todo, lo bueno no alcanza siquiera para compensar (lo malo).

La fuga de acompañamiento que se iba temiendo conforme los meses pasaban desde el año pasado parió la aceptación resignada del control de daños: eso es la comparación con 2009, aunque científicamente impecable, y no con 2011. De nuevo: por lo de los humores que vertebran el trámite político. Y están caldeados, a estas horas. Además, contentarse con que el quórum y la mayoría propios en el Congreso seguirán estando no alcanza para un espacio con las pretensiones de funcionamiento que tiene el kirchnerismo. Eso desliza hoy Mario Wainfeld en Página/12. Así y todo, encima nos fue peor aún que en 2009.

Ya alguna vez pudimos leer de José Natanson que el estado de situación del oficialismo post 2009 alcanzaba para no más que administrar. Y si se piensa, en aquel tramo se apuraron leyes con la mayoría vieja que se perdió luego de la renovación legislativa, la AUH se desplegó por vía de un DNU y la ley de matrimonio igualitario se trató de un proyecto que cortó transversalmente a todas las representaciones parlamentarias. Por fuera de ello, no hubo ruido parlamentario ni transformador durante 2010 más que para aguantar los trapos en el área propia, colgados del travesaño despejando centros y aguardando lo que, al final, ocurrió: la implosión opositora. Luego falleció Néstor Kirchner, y entre eso y la previa del 54% se nos fue el otro año de minoría.

Habrá que desempolvar esos manuales, de seguro. No es imaginable mucha épica de acá en más, entonces. Algo así parece aventurar el “no esperen que prometa cosas que después no voy a poder cumplir” de la presidenta CFK en su discurso de anoche. Toca eso ahora.

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La magnitud de la trompada no adquiere dimensiones catastróficas sólo debido a que esta vez el tirón de orejas fue repartido. El único gobernador peronista que ganó bien es tal vez el más afecto a Cristina, Sergio Urribarri. Ese rechazo parejo, con algunos casos históricos que costará asimilar, compensa un tanto los déficits que supone la ausencia de los elementos aglutinantes que evitaron la huida dirigencial masiva luego de 2009: la chance de la reelección de la Presidenta y Néstor Kirchner, por él mismo y como posible figura de recambio; con eso bastó para rehacerse hace cuatro años, ahora no está disponible. Perdieron casi todos, eso quizás evite un inicio sucesorio anticipado y sin la participación de CFK.

Pero: aún resta mensurar cómo y, sobre todo, hacia dónde buscará Massa acrecer el capital político que construyó con su apuesta renovadora. A diferencia de aquel De Narváez, cuenta con gestiones de gobierno que lo sustentan. Por otro lado, el mosaico opositor persiste, lo que impide establecer conexiones entre los numerosos y muy diversos entre sí triunfadores del capítulo desarrollado el 11 de agosto. Y a todo esto, Maurizio Macrì también sufrió un cimbronazo importante en el único territorio que domina, aún por confirmarse pero que agrega incertidumbre, la regla de la hora.

Por todas estas cuestiones, y porque el kirchnerismo ha dado sobradas sorpresas en materia de resurgimiento desde una tumba que se estaba por rellenar cuando ya lo habían acostado en ella, no se puede hablar todavía de su muerte, de fin de ciclo, ni de cosas por el estilo.

Pero el margen es cada vez más estrecho, y sería bueno dejarse ya de insistir tanto y tan seguido en jugar tanto con fuego. Sobre todo, porque el drama que recorre la escena que dibujan el oficialismo y la oposición según quedaron estructurados hace 24 horas es que gana lugar la posibilidad de un próximo gobierno débil para las operaciones de poder que permiten gobernar y no apenas gestionar lo dado, que siempre es poco, más cuando no se está en el paraíso.

Y eso no le conviene a nadie, independientemente de cómo haya elegido el #11A.  

3 comentarios:

  1. Me gusta por dónde va tu analisis.

    Sobre todo, en esa diferencia entre Massa -gestión, territorio y posibilidad de ser presidenciable- y NArvaez 2009, que carecía de todo ello.

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    1. Gracias. Es clave eso. Pero, ¿quién sos, que no me sale tu nombre?
      Abrazo.

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    2. Soy un troll del blog de Carrasco. Lo cual no impide tratar de rejuntar ideas piolas de todos lados, a ver si con ellas expreso mis sospechas o intuiciones.

      Saludos!

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