domingo, 30 de septiembre de 2012

Scioli, Boudou, De La Sota, Ciccone, cacerolazos y enredos sucesorios varios

Resulta por lo menos llamativo que concomitantemente con cierta desaceleración en la manifestación pública de sus aspiraciones presidenciales por parte del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, se haya desinflado también un tanto la histeria que se hubiera desatado sobre el escándalo Boldt-Ciccone; más precisamente, sobre el vector que involucraría al vicepresidente Amado Boudou en la trama, por cierto bastante enrevesada, del negocio de la impresión de billetes.

El 8 de abril último, por medio de una nota publicada en Página/12, Horacio Verbitsky enmarcó el asunto Ciccone en la disputa política --desatada muy temprano-- por la sucesión presidencial de 2015. Reforma constitucional para habilitar una tercera candidatura consecutiva de la presidenta CFK y Boudou son dos expedientes que, alternativamente, han meneado, en distintos momentos, diferentes sectores del kirchnerismo sin juego por fuera de la Presidenta, con el objetivo de tener bajo control el trámite sucesorio.

Todavía no había surgido clara en abril la posibilidad de que José Manuel De La Sota, el gobernador de Córdoba, se decidiera a intervenir en la discusión de poder a que aludía Verbitsky en su nota, y que ha puesto (‘Gallego’) de manifiesto recién en el último mes y monedas a partir de varias iniciativas motorizadas de modo forzoso, con el único fin de plantar a nivel nacional su imagen en un escenario de diferendos con el kirchnerismo.

El abogado constitucionalista Eduardo Barcesat opinó, al otro día de la nota de Verbitsky, sobre los procesos judiciales abiertos respecto de Ciccone, que "nada en materia de quiebras puede considerarse excepcional". Y, como dato relevante, que ninguno de los restantes acreedores en la quiebra de la imprenta opuso reparos al plan de pagos otorgado por AFIP, cuyo cumplimiento cabal, de verificarse, obturaría la hipótesis del supuesto perjuicio para el erario público, cuya configuración sí complicaría al actual vicepresidente.

De todas formas, los bemoles del expediente judicial se resolverán a su debido tiempo en el ámbito que corresponde, tema que excede por demás el espacio de un post. Lo que acá nos interesa es, apenas, el contexto al interior del cual se despliega una causa judicial fuertemente vinculada con los desplazamientos del tablero político nacional.

En cualquier caso, la posibilidad de jugar la carta Boudou es ya un imposible. Independientemente de lo que puedan decir las encuestas de imagen, incluso. Verbitsky decía en abril que "anular esa hipótesis es vital para el proyecto Scioli 2015" impulsado por distintos sectores del establishment local. Y así ha sido, independientemente de la mayor o menor incidencia que los movimientos que eventualmente hayan desplegado hayan podido tener en el desarrollo del expediente.

Un acuerdo con algún sector del kirchnerismo es la opción más potable para dichas corporaciones, porque sería más barata la instalación de una candidatura a través de las estructuras de la única opción nacional de poder realmente existente, al tiempo que neutralizaría, en gran medida --porque debilitaría la conducción sintetizadora que hace posible la confluencia de espacios que de otro modo se dispersaría--, el énfasis que los sectores más dinámicos del proyecto conducido por CFK destinan a operar contradicciones con determinados integrantes del bloque de clases dominantes reticentes a subordinarse a los mandos institucionales establecidos.

El sociólogo Artemio López advirtió, sin embargo, y en el mismo entendimiento de lo antedicho, que todo cuanto Scioli pueda recoger de positivo en términos del despliegue de su figura a nivel nacional lo es en el marco de un esquema en el que es parte no principal. Y que, por tanto, no puede esperar que las consideraciones de que hoy goza vayan a replicarse en forma idéntica si decide reformular los términos de su participación electoral.

El primero que parece coincidir con eso es el propio Scioli, en tanto no deja pasar oportunidad para mostrarse en plena sintonía con Cristina --hasta anunciando su apoyo a un eventual proyecto rereeleccionista aparentemente repudiado por amplias franjas ciudadanas que al mismo tiempo lo verían a él con buenos ojos--, seguramente en función de hacer méritos para obtener la bendición presidencial como heredero del armado por fuera del cual no luce potable la administración de la gobernabilidad sistémica, como se puso de manifiesto en las inorgánicas manifestaciones de protesta de corte antipolítico del 13 de septiembre último, que simbolizaron el default representativo opositor para enmarcar las posiciones adversas al kirchnerismo.

Scioli no sabe o no puede --descontamos que, querer, quiere-- dibujar una alternativa, y entonces lo que parecía ser una fuerza creciente a mediados de este año, ahora ha quedado en mera anécdota, tanto que hasta se advierte mucho más armoniosa la relación del gobernador con su segundo al mando, Gabriel Mariotto. Calculase que intentará cuanto esté a su alcance para conseguir la designación de Cristina, a quien, definitivamente, y a pesar de que lo incitan a ello, no quiere enfrentar; o a jugar con el tiempo aspirando a su propia re-re local.

En cualquier caso, parecería ser que Verbitsky no deliraba tanto cuando vinculaba ciertos enredos del affaire Ciccone, cuyo competidor opera fuertemente negocios millonarios en la provincia de Buenos Aires ya desde la época en que la gobernaba Eduardo Duhalde, con los elementos que ¿motorizan/motorizaban? una rebeldía de Scioli.

El que ha tomado el lugar de Scioli, al menos a nivel de agenda pública, parece ser De La Sota, que sí ha encarado la construcción de una opción verdaderamente refutadora del actual ciclo histórico. Lo demuestra hasta en los más pequeños gestos, como ser el acto paupérrimo de presión callejera sobre los tribunales federales en que participó junto a diversas expresiones del peronismo opositor para exigir la reapertura del proceso judicial por el asesinato de José Ignacio Rucci a partir de la ridícula pretensión de que todo aquello sea calificado como delito de lesa humanidad, lo que salvaría a la causa de la prescripción que de otro modo la fulminará.

Un argumento fácilmente rebatible para estudiantes de Derecho de nivel inicial que no tiene otro propósito que el de la puesta de relieve de una supuesta contradicción insalvable con el kirchnerismo a partir del tratamiento penal del caso, lo que más que con el oficialismo se da de patadas con la ley.

De cualquier manera, De La Sota, al revés que los derrotados en 2011 o Maurizio Macrì, sí cuenta con fibra combativa, audacia y espesor intelectual como para intentar la posibilidad de capitalizar el sector que se expresó muy fuertemente en los cacerolazos, y articularlo con el peso específico que pudiera arrastrar naturalmente una candidatura que pelease el espacio peronista en alianza con las expresiones conservadoras de la pampa húmeda, en una amalgama capaz de plantarse de forma mucho más presentable que cualquiera del resto de las alternativas que se manejan en el debate público.

De La Sota parece estar dispuesto a raspar en otras ollas, y esa definición política explica muchas cosas que a veces parecen indescifrables de los expedientes judiciales, sin que nada de todo esto que se acaba de decir acá implique en modo alguno aventurar una sola coma del porvenir del que involucra a Amado Boudou.

Las brujas, según se dice, no existen.

jueves, 27 de septiembre de 2012

¿Divididos? ¡Las pelotas!

De entre las muchas cuestiones que se oyeron sobre los cacerolazos del 13-S y expedientes en conexidad, una por sobre todas las demás ha llamado poderosamente la atención de este teclado. Se trata de aquella que expresa preocupación respecto de la supuesta grieta que se estaría abriendo en la sociedad, entre adherentes y adversos al actual programa  oficial de gobierno.

Y que sería promovida, de manera antojadiza y artificial, por el kirchnerismo. Es decir: se pretende que hasta 2003 se vivió en un estado de armonía total, cuya ruptura no se debió a otra cosa que al advenimiento de Néstor Kirchner a la presidencia de la Nación, en tanto optó por la confrontación como método de construcción y acumulación política, sobre la base de una ciudadanía que no advirtió lo perverso de la estrategia y se plegó, a favor o en contra del gobierno nacional, al combate.

De otro modo --esto es: de no haber existido los Kirchner--, se arguye, la paz habría continuado. Y se agrega a todo, finalmente, que dicha gap social trascenderá al período histórico  conducido y protagonizado por la presidenta CFK.

Una versión remozada y potenciada de lo que fuera la crispación período ‘08/’09.

Ante todo, resulta, lo anterior, a nuestro criterio, un tanto despreciativo de la capacidad de raciocinio de la ciudadanía.

Pretender que una cantidad de personas tan grande es incapaz de advertir que está siendo perversamente llevada de las narices a una disputa falsa e innecesaria, en único y exclusivo beneficio de los instigadores, le pasa muy de cerca tanto a aquellos que desprecian la movilización de las clases bajas por supuesto clientelismo, como a los funcionarios y simpatizantes del oficialismo que reprocharon a los cacerolazos bajo el ridículo argumento de que la mejor posición económica que ostentan quienes participaron en ellos invalida su posibilidad de albergar motivos para reclamar.

Pero, además, y fundamentalmente, se trata de una definición que parte de una premisa falsa: la suposición de que previo a 2003 no existían divisiones sociales. Que encierra por tanto conclusiones equivocadas.

En realidad, en el marco de una sociedad que aún alberga profundas desigualdades pese a las continuas mejoras experimentas en la materia en nueve años, y más aún cuando la acción de gobierno se determina no a partir de otra cosa que el intento de corrección en tales aspectos, es de lo más lógico que surjan fracturas como las acá comentadas.

Para peor, acá, se insiste, debe agregarse el elemento de la ausencia de oposición competitiva en aptitud de representar y enmarcar las reivindicaciones. Lo que lleva a preguntarse si más bien no es eso (la ausencia de alternativas con perspectivas de éxito) lo que acelera, profundiza y tiñe de ingobernabilidad el asunto.

Habida cuenta que asumimos como inevitable la existencia de tajos ciudadanos, lo que cabe a las instituciones en ese marco es la tarea de administrarlo para conducirlo dentro de términos racionales y jurídicamente posibles de ser previstos. He ahí, entonces sí, un default del sistema político institucional argentino. Pero no, por decirlo de algún modo, en el qué, sino en el cómo.

Así las cosas, cabe concluir que el kirchnerismo, lejos de ser el artífice de la conflictividad, tal vez lo que no ha hecho es ignorarla como dato de la vida socioeconómica y política del país: las expuso, la politizó y trató en ese marco de elaborar las soluciones. Bien podría decirse que por evitar tal proceder hubo en Argentina un 2001: porque la imposibilidad de expresar las problemáticas por medio del sistema político/institucional devino en estallido por fuera de marcos establecidos.

En cualquier caso, sería tal vez sobreestimar demasiado a una persona tan pequeña que no ha hecho nada, como CFK, en lo que revela una inconsistencia del discurso acá contestado.

martes, 25 de septiembre de 2012

Incompatibles

En su último libro, Historia de las dictaduras argentinas, Alejandro Horowicz intenta probar que, en realidad, el hecho de la recuperación institucional de 1983 no implicó per se el final de la dictadura, en tanto sus basamentos programáticos permanecieron intocados hasta la crisis del bienio ‘01/’02.

En 1983, dice el autor, se cambió gobierno y método de designación institucional, pero en cuanto a programa todo siguió siendo lo mismo que era desde 1976: subordinación total de cualquier intención política alternativa a los límites del marco impuesto por la obligación de pago de intereses de la deuda externa. Alfonsín y sus sucesores, dice el autor, no alteraron nada a esos respectos en tanto el mandato que los consagró nunca fue más allá del deseo de "vivir en paz".

Los Kirchner fueron y siguen siendo, a esos respectos, una disrupción histórica. La paz post dictatorial, consideraciones subjetivos acerca del programa de gobierno kirchnerista al margen, estalló, definitivamente. Si bien puede contraargumentarse que también desde 2003 han ganado mucho dinero, y quizá más, los que fueran beneficiarios del programa económico del Proceso, nadie podría negar que el comando político cambió.

Cuando decimos que el kirchnerismo ha desacoplado el gobierno de la economía de las lógicas impuestas por el mercado, en términos políticos estamos hablando de una revolución conceptual enorme. La definición elaborada por el artículo 1º de la ley de hidrocarburos que dispuso la reestatización de YPF es un ejemplo de ello: la política en la materia deja de fijar sus objetivos según dispone la tensión oferta/demanda para pasar a regirse atento a necesidades más ampliamente consideradas, en cuyo marco está considerada la rentabilidad social.

La expresión adversa al oficialismo manifestada hace poco no discute la mejora del nivel de vida de determinadas franjas ciudadanas, sino que es la manifestación de sectores que políticamente fueron formateados políticamente en la no posibilidad de discusión programática, cuya reversión trae lógicas fricciones por intereses e incomodidades ciudadanas para con algo a lo que no acostumbraban.

Cuando se discurre acerca de la crispación y el clima de enfrentamientos supuestamente promovido por el kirchnerismo, de lo que se trata es de su abandono del marco que se preveía posible para la política partidocrática de gobierno.

Lo que se conoce como ‘la gente’, lo dicen ellos mismos, no aspiran más que a ‘vivir en paz’. Y el actual curso de la vida nacional hace de esa aspiración in imposible.

Por decirlo de modo sencillo: al actual gobierno no se lo crítica por haber aniquilado márgenes de ganancia, lo que no ocurrió, sino porque pretende definirlos. Es filosófico, y, con parecer poco, resultó ser una enormidad.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Callejón cacerolero II

Vamos a poner en claro, resumiendo, algunas cuestiones que quedaron boyando respecto del post anterior, acerca del caceroleo y un interrogante que disparó, a saber: que uno diga que en términos de proporcionalidad lo del jueves 13 septiembre no modifica nada de modo sustancial, no equivale a negar que varias cuestiones del escenario político serán, en adelante, distintas.

Es decir, el 55/45, oficialismo/oposición, establecido en octubre último es lo que uno entiende que no se ha alterado. Incluso la encuestadora opositora Poliarquía publicó en La Nación hace pocas semanas un trabajo en el que arroja 51/47, siempre a favor del gobierno nacional. Es decir, no existe gap importante entre los números del oficialista Artemio López y los de una usina del pensamiento adverso al suyo. Aún si se admitiera una reversión, por decir algo, de 10 puntos en detrimento de la imagen de la doctora Fernández --es decir, sosteniendo valores pero en términos invertidos--, la situación no es nada dramática para el oficialismo.

Alguna vez Carlos Pagni alertó a su tropa que el 35% kirchnerista --escribía Pagni en 2009/2010, me da paja fiaca buscar el link ahora, pero prometo que estoy respetando la esencia de lo dicho por el periodista opositor de LN-- implicaba, por sus características de solidez y cohesión, y por su estructuración en torno de un liderazgo y programa únicos e inconmovibles, un dilema de gobernabilidad para lo que entonces se aventuraba que ineluctablemente se venía: el poskirchnerismo, que tantos best seller originó.

Si con un 35% de adhesión se conservaba, según cráneos no oficialistas, poder de fuego, hoy en día, con un panorama general no muy distinto al de entonces --salvo por el pequeño detalle de que las fuerzas propias en la correlación de fuerzas al interior del peronismo han aumentado--, mucho menos. Sobre todo, frente a un panorama de oposición todavía mucho más dispersa e incapaz de construir visibilidad alternativa consolidada ninguna.

El asunto es otro, y coincidimos en ello con analistas opositores: la posibilidad de que se establezcan lazos de solidaridad entre la, ha de admitirse, amplia franja de descontentos que existe. Un populismo opositor, digamos. Y se reitera: la novedad pasa por el hecho de personas que si el año pasado eran consultadas acerca de su opinión sobre el gobierno nacional contestaban “no me gusta”, y que si son inquiridas hoy expresan “no los aguanto más”. La radicalización del segmento antikirchnerista; más aún, la consolidación de la existencia de tal cosa.

El general Perón solía discutir con John William Cooke, que le reclamaba definiciones más tajantes respecto de la lucha de clases, refutando a Bebe con aquello de que “si vamos solamente con los buenos, entonces nos quedaremos con muy poquitos”, por lo que planteaba la conveniencia de extender la configuración populista para el esquema de representatividad del movimiento.

Y no es que acá se quiera acusar a nadie de maldad ni cosa por el estilo, pero lo cierto es que:

a) Si se pretende continuar con el proceso de transformaciones inaugurado en 2003, será ineludible, para el kirchnerismo --nótese que no digo, e intencionadamente no lo hago, para la presidenta CFK--… ganar elecciones: es decir, convocar mayorías.

Y conviene atender a que dentro del 54,11% existe una franja, minoritaria pero no desdeñable, que pretende de este espacio lo que la motivó a optar por él el año pasado: preservación de la certeza de que otorgar la administración del país a cualquier opositor/a es una irracionalidad demencial; sin pretensiones revolucionarias, ni siquiera reformistas: paz y administración.

b) Conectado a lo anterior, y en aras, además, de garantizar un juego político negociable, razonado y sensato, y un día a día sin tener que estar ganando la calle todas las semanas, reconfigurar ciertas variables de gestión que permitan al gobierno nacional, sin alterar los núcleos programáticos centrales, canalizar las expresiones sociales que refutan varios aspectos cuya revisión no supondrán dolores de cabeza mayores.

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La opción que por la Presidenta hicieron en 2011 muchos ciudadanos/as que no se definen ideológicamente como aspecto central de la decisión de su voto, permite ser optimistas respecto de la capacidad del gobierno nacional de adecuarse a ese nuevo estado de situación: el de haberse constituido en ventanilla única de reclamos y/o reivindicaciones para la sociedad argentina. Y la obligación de representarlo que supone.   

Más aún: muchas veces se dijo del kirchnerismo que sería incapaz, luego de la mega crisis con las patronales agrarias y el conglomerado de medios dominantes, de perforar su condición minoría intensa. Ello no solo se refutó en las PASO: más aún, en dos meses, de agosto a las generales de octubre, el FPV logró incorporar 1.102.838 votos; lo que lo llevó del 50,21% de las primarias al 54,11% final por todo concepto. Dicho de modo sencillo: nada es irreversible en política: pero eso si, justamente, se hace política.

Se trata de asumir en su completitud la anatomía que la sociedad hizo emerger en las últimas elecciones, simplemente.

martes, 18 de septiembre de 2012

Callejón cacerolero

Tenía pensado tomarme por lo menos un mes sin postear. Alf, el simpático extraterrestre venido de Melmac, contó en un episodio de la serie que lo popularizara en los años noventa que su abuela alguna vez le dijo “si no tienes nada interesante para decir, mejor no digas nada”. Y es que, en efecto, hace un tiempo, hasta antes del cacerolazo del jueves 13 de septiembre último, yo venía creyendo que no había nada destacable para decir. Hasta que pasó algo, finalmente. ¿Fatalmente?

Ahora bien, que haya habido esa forma de manifestación por parte de un sector que no suele participar públicamente, menos de esa manera, y que hasta vivió lo acontecido como algo que hubiese preferido no tener que hacer, como una carga, efectivamente parecería confirmar que no venía sucediendo nada en términos políticos. Entendido lo último en términos de disputa, que, a fin de cuentas, es lo que se expresó, recrudecidamente, en el cacerolazo.

Ya se dijo bastante, se recorrieron diversos tópicos, y esta vez creo que es más importante que ninguna de las anteriores subrayar que hay mucho de entre lo discutido que interesa más bien poco. A saber: la cantidad de asistentes, la validez o el sustrato ideológico de las consignas que los movilizó, la pertenencia social de los descontentos. El derecho a manifestarse está, se hizo uso de tal y santas pascuas. No hay más para abundar a dicho respecto, ni derecho a patalear.

Digresión. Eso sí: verificado que fuera el normal desarrollo de la protesta opositora, ello pone en crisis y gravemente la cuasi totalidad del plexo más --por así decirle-- institucionalista del listado reivindicativo. Desde ya que no correspondería, en supuestos normales, anotar eso como mérito oficial, pero sí es pertinente hacer la aclaración cuando recurrentemente se viene poniendo en duda la veracidad de lo finalmente confirmado. No más sobre ello. Volvemos.

Artemio López se ocupó de destacar que, a su entender, esta protesta no modifica la arquitectura electoral dibujada en 2011. Lo viene reiterando seguido, frente a diversos y numerosos pero imprecisos estudios que, casi desde febrero último, insistentemente anuncian supuestas caídas en la imagen e intención de voto de la presidenta Cristina Fernández. El director de Equis ha ido contestando a cada una de ellas, destacando que las proporciones construidas en las últimas presidenciales responden a causas cuya solidez no erosionan diversos temas de impacto mediático en las zonas urbanas en los segmentos más informados, especialmente en el AMBA.

Esto último tampoco interesaría tanto, prima facie. Más allá de que es un dato a tener en cuenta en una era de la democracia en la que las identidades de pertenencia son mucho más volátiles, tampoco conviene sobreestimarlo: de última, siempre la imagen de Cristina, desde el salto que pegó a partir de 2010, fue mayor tanto a su intención de voto como a los resultados puros y duros.

Siempre hay que tener el termómetro a mano, pero la institucionalidad se define en los plazos acordados, no constantemente; entremedio, hay que definir respuestas, no respondedores. En ese sentido, quizás sea más interesante lo señalado por Julio Burdman, quien en el mismo sentido que Artemio López señaló que, más allá de las proporcionalidades, lo cierto es que se solidificaron y radicalizaron las parcialidades, a uno u otro lado.

Lo cierto es que el interrogante de cara al futuro planteado por el dato de una ciudadanía dispuesta a permanecer movilizada en las calles --ya hay nueva marcha convocada para el próximo 28 de septiembre-- en rechazo al gobierno nacional pero sin un programa alternativo claro, es cómo se administrará la nueva coyuntura. Carlos Pagni y Beatriz Sarlo, que no se chupan el dedo y tienen cuestiones algo más interesantes --por profundas y complejas-- para decir, más allá del “poder absoluto total” y pavadas por el estilo --como hace casi todo el resto de la tropa “analista” opositora, que más parecen comentaristas de cómics o superhéroes que de política--, ya advirtieron que el llamado de atención es también para la oposición --de la que se reconocen parte, en un saludable acto de sinceridad--. O para que haya alguna, mejor dicho.

Alejandro Horowicz dice algo bien interesante en su último libro, Historia de las dictaduras argentinas: en 2003, la UCR obtuvo en las elecciones generales menor cantidad de votos que en las internas que consagraron a Leopoldo Moreau por sobre Rodolfo Terragno; pero que, al mismo tiempo, López Murphy y Carrió debieron competir por afuera del partido porque les habría sido disputar al interior del mismo. Ello, dice, ejemplifica la autonomía respecto de la ciudadanía que afecta a los partidos políticos desde 1983 a la fecha.

Las representatividades están licuadas. Excepción hecha del kirchnerismo, más vale: guste o no el gobierno nacional, lo cierto es que representa, lleva una agenda que cuenta con adherentes en aptitud de sustentarla. Dicho sencillamente: existe el kirchnerismo, pero no el binnerismo, ni el macrismo o el radicalismo. Acá hemos dicho varias veces ya que la plana mayor de la conducción nacional de la UCR está plagada de tipos que no tienen votos ni gobiernan, aún cuando sí cuenta con dirigentes que conducen distritos, y varios.

Desde 2011, y aún antes, el panorama lo definió mejor que nadie Jorge Asís: Cristina, por un lado; y el resto es paisaje. El quiebre de 2001, la ruptura del pacto de representatividad, está ahí, fresca. Entonces, no hay, más allá de la ventanilla de Balcarce 50, adónde dirigir reclamos. Las rupturas sistémicas, y el caceroleo puede que escenifique eso al menos en parte, tienen que ver con la incapacidad del menu de opciones para enmarcar reclamaciones. Y lo cierto es que ello puede significar un problema importante, en tanto lo coloca, en muchos casos, en dilemas bastante complejos, en tanto lo puede colocar en contradicción con su propia base electoral.

Por decir algo: la Asignación Universal por Hijo genera malestar. Y mucho. Yo conozco el antikirchnerismo, y de muy cerca. En mi propia casa. A mucho más de la mitad de mis relaciones familiares y sociales el actual gobierno los envenena, literalmente. Más allá que eso ridiculiza la tesis de que los amigos se están dejando de invitar a los cumpleaños, no estoy hablando al divino botón.

Y está instalado y muy fuerte el convencimiento de que la seguridad social es un cáncer del país. Y de que hay “un 46% que trabaja para sostener al 54% que vota a Cristina”. Tienen derecho a hacerlo, que crean lo que quieran, no creo que ello constituya fascismo ni cosa por el estilo… a mí no me quitan el sueño esas discusiones: sí, en cambio, que se instale con fuerza la idea de que el gobierno nacional debe dar respuestas en ese sentido. Porque entonces no imagino cómo se hará para salir.

En ese entendimiento, son preocupantes tanto las primeras respuestas del oficialismo, en boca del desorientado del bien denominado por Sarlo secretario de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina; pero también las de cierta oposición que sale a pedir uniones democráticas, borrando, uno y otros, los matices, que es lo necesario resaltar en esta etapa, que requiere de musculatura política para canalizar el movimiento --que siempre es festejable-- en términos normales, lo que por cierto es novedoso y no estaba en agenda; por tanto, tampoco están las herramientas para procesarlo.

El Gobierno está desmovilizado --lógico, en parte; luego del 54% vino el relajamiento-- y se armó para otra cosa, la sintonía fina, y los que más suelas han gastado en afrontar descontentos sociales fueron relegados desde diciembre pasado. Nada tan grave que no pueda solucionarse si se hace política.

No es por caminos que puedan ir en abierta contradicción con la posibilidad y el deber de convocar mayorías --a lo que debería aspirar cualquiera que se dedique a esto, más un proyecto transformador como el actual-- que se logra.