martes, 31 de julio de 2012

Rumbo al siete del doce

Por muy deseable que habría resultado que las cosas hubiesen sido distintas, en 2012 no ocurrió más que la confirmación de que el escenario político argentino se sigue vertebrando a partir de, igual que hasta 2011, los dos mismos ejes de organización del campo de disputa: los ataques por parte de Clarín al Gobierno, por un lado, como elemento más visible; el clivaje kirchnerismo-antikirchnerismo, por el otro, como trasfondo.

En tanto Clarín pierde consenso y acompañamiento al interior del bloque del establishment --la salida de Biolcati de SRA y la paz entre el Gobierno y Techint son ejemplos de esto--, y mientras se acerca el 7 de diciembre venidero --fecha, ésa, en que deberá ya estar a derecho para con lo dispuesto por la ley de medios según ha determinado la Corte Suprema--, se radicaliza.

Dos son las puntas por las que discurre el programa de Clarín frente a ese cuadro de situación:

1) Operar la interna del PJ, a fin que, con ello, pueda torcer el fiel de la balanza en el expediente sucesorio 2015 como señal de poder en función de lo que le interesa: la preservación de su mega estructura empresarial intacta.

Moyano, Scioli y, últimamente, también De La Sota son los trámites en que ha pretendido intervenir; sin suerte, desde luego, atento a que la discusión en el peronismo pasa hoy por el mayoritario bienestar material de las bases representativas de sustentación del espacio, que encuentran su expresión cuasi ineludible en Cristina --y que, así las cosas, definieron, con naturalidad y mucho (casi todo) de previsile la última elección--.

2) Una media agua entre: a) señalar que el kirchnerismo es, en realidad, ficción sin correlato material real ninguno --a eso han dedicado al colorido Jorge Lanata, capaz de agregar la dosis necesaria de show para acercar a la “discusión” al público antipolítica--; b) construir un clima cultural de refutación histórica histórica del ciclo inaugurado en 2003, pero ahora ya en sentido amplísimo (al estilo del viejo antiperonismo), cuyas expresiones más notorias son: inseguridad, corrupción, clientelismo, corrupción --cuya más reciente manifestación es la operación montada en torno a salidas de presos para re socialización autorizadas judicialmente; en lo que también es un guiño a la interna del PJ, por vía de lo más cuestionado del sciolismo--.

* * *

El problema, para mí, que tienen con todo esto, es el voto 2011. El año pasado las urnas consagraron como programa de Estado el gobierno de la economía por las instituciones, y no al revés. En esos términos, la presidenta CFK ha venido, desde su reasunción, desplegando distintas iniciativas que filosóficamente están inspirados en la idea del disciplinamiento de actores con intereses privados otrora capaces de condicionar --bajo criterio contradictorio del que corresponde-- el diseño de la agenda de políticas públicas.

El kirchnerismo ha sido hábil para sostener el clivaje con el estallido de 2001 como lógica a contradecir; y más aún, para ofrecerse como antítesis más certera de aquello.

Al mismo tiempo, Clarín siendo la única voz asumidamente opositora del debate público, queda fácilmente (y no sólo por eso, vale decir) del lado de enfrente del oficialismo; de hecho, ha sido matriz organizadora y vocería del sujeto histórico del programa económico procesista, que se extendió hasta 2003. Y durante cuya vigencia el Grupo se hizo lo que es y deberá dejar de ser por imperio de la ley en pocos meses.

La oposición, decía Lucas Carrasco en un post hace poco, dice nada en medio de una crisis histórica de paradigmas a nivel mundial, que cuestiona lógicas de programación económica y, por consiguiente, de gobernabilidad representativa. O, cuando dice, pide “señales de amistad para con los mercados”, justo en momentos en que “el mercado” es puesto en tela de juicio como eje organizacional de la vida de las sociedades.

El anclaje social que puede atraer el clima programático que busca generar Clarín sencillamente no alcanza para sostener un gobierno. La apuesta, decíamos arriba, es distinta a la de 2001: aquella vez, buscaron construir candidatos; luego de haber fracasado en tal empresa (lógico, se trata de cuestiones que desconocen), han optado por construir el marco al interior del cual el candidato simplemente termine por decantar, apenas siendo capaz de conducir el nuevo tiempo social que suponen podrán forjar.

La traba está dada en que la interpelación estará dada sobre una sociedad que ha incorporado la experiencia kirchnerista como dato en su recorrido histórico. Ello supone que se deben reconfigurar esquemas de acción política, en tanto lo actuado estuvo dado en términos de creación/recuperación de derechos, que ingresan como patrimonio ciudadano de mayorías amplias.

Así las cosas, el resto del empresariado no gurka (mayoritario) negocia, acepta los términos, reduce daños. Y alrededor de todo esto, se va consolidando el nuevo diseño de Estado, con el poder popular incrementando potestades en el proceso de determinación del rumbo nacional, democratizando las decisiones, gobernadas ahora por criterios universales.

Ni más ni menos que lo dispuesto por la Constitución Nacional, para no ponernos tan ceremoniosos, tampoco.

jueves, 26 de julio de 2012

Evita, San Martín y Bolívar

Hace 60 años, un día como hoy, resultó ser uno de los capítulos más tristes --y, tal vez, de mayores lágrimas derramadas-- en el derrotero histórico de los sectores populares de la patria. A las 20:25 hs. del 26 de julio de 1952, pasaba a la inmortalidad la abanderada de los humildes, la compañera Evita. Sólo decir de ella que acá creemos que se trató del punto más logrado de conciencia revolucionaria en la clase trabajadora argentina. No corresponde que abundemos, ya sobradamente hemos discurrido sobre Eva en este espacio.

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Asimismo, se cumplen 190 años del encuentro, en Guayaquil, entre dos de los máximos referentes de la gesta independentista sudamericana, José de San Martín y Simón Bolívar. Ese día se iniciaba el alejamiento de San Martín de nuestra patria, echado al exilio por el porteñismo liberal, desinteresado de la empresa de liberación de la patria grande.

La historiografía dominante mintió, durante muchos años, que Bolívar había presionado a San Martín para que se alejara, haciendo uso de su mayor poderío militar respecto del ejército de Los Andes. Falso de falsedad absoluta, pero no extraño, atento a que las primeras versiones de nuestra historia fueron escritas, justamente, por representantes del centralismo portuario.

Al revés de lo por tantos años difundido, San Martín murió con el retrato de Bolívar ubicado en un lugar privilegiado de su último hogar en Francia. Lo admiraba enormemente, cual le espetó a Sarmiento en su cara cuando el "padre del aula" pretendió --unitario, a fin de cuentas, también él-- sembrar cizaña en don José contra el venezolano. Lógico: echándole a Bolívar las culpas de lo que motorizó el fundador del porteñismo, Bernardino Rivadavia, pretendieron lavar responsabilidades propias.

Afortunadamente, tenemos revisionistas históricos; la verdad fue muy otra: Bolívar era el jefe de una nación unánimemente articulada y movilizada en función de su liderazgo y del proyecto libertario; San Martín, en cambio, tenía en su contra al gobierno más fuerte (el de Buenos Aires) de un país en guerra civil --por ende, no atento a la liberación de los pueblos hermanos del continente--. Lo llamaban a abandonar el Perú para combatir al federalismo --con cuyos referentes, mayormente, San Martín acordaba y mantenía amistades--, le negaron siempre cualquier tipo de apoyo.

Ante semejante cuadro de situación, y tras haberse negado Bolívar a que San Martín se le subordinara --era demasiado íntegro Bolívar como para aceptar que alguien de la talla del jefe del ejército de Los Andes pasara a ser mero soldado raso--, entendió que era necesario su apartamiento.

El chivo expiatorio de Bolívar sirvió, a la vez que para esconder las responsabilidades que les cabían --a los liberal/conservadores-- en el triste final de San Martín, para obturar el proyecto de unidad americana.

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En desentrañar esas falsas conciencias estamos aún por estas épocas. En establecer el recto sentido programático de las luchas de los patriotas --examinando lo que fueron los gobiernos, de corte y sustento sociológico netamente popular, de San Martín en Cuyo y Perú, por caso--, para reinterpretarlas en función de generar acción política concreta en el presente, cosa que las banderas no puedan ser arriadas a partir de falsas consagraciones.

Y resulta que, si bien se mira, si se revisa con detenimiento las consignas que inspiraron a la una y a los otros; sus respectivas militancias revolucionarias, en tanto participaron de proyectos que intentaron la liberación nacional desde diversas perspectivas; las contradicciones que sostuvieron contra los beneficiarios de los proyectos del sometimiento nacional, veremos cuan fácilmente se puede establecer una continuidad histórica entre Evita, San Martín y Bolívar. 

Bien que la historia no se nutre de casualidades, sino --muy por el contrario-- de causalidades. Dos 26 de julio distintos, parecería, pero en realidad bastante parecidos.

lunes, 23 de julio de 2012

Qué les pasó (2 de 2)


Decíamos que las peripecias sufridas tanto por Hugo Moyano como por Daniel Scioli en sus respectivos intentos de disputar el liderazgo partidario de Cristina se explican mejor a partir del estudio de sus incapacidades tácticas/estratégicas en la conducción de los espacios internos que encabezan, y no a defecciones personales para con la Presidenta. Anotamos que sobreestimaron sus posiciones en la correlación de fuerzas.

Moyano se hizo secretario general de CGT sólo a partir de que Néstor Kirchner le otorgó la carta del privilegio en la interlocución Gobierno-CGT, con que HM contó hasta hace muy poco. Sólo así pudo compensar lo que era, es y siempre ha sido su posición desfavorable en el conteo de porotos cegetistas.

El camionero dejó de lado ese dato, clave en el proceso de construcción de su poder; más aún, pretendió ir en contra del mismo. Así las cosas, su espacio enflaqueció muchísimo: numéricamente hablando, y también en espesor conceptual y programático. Ni que hablar en términos de coherencia, apenas se observa el zig-zag declarativo y que, en términos de definiciones, protagonizan sus espadas más importantes, la mayor cantidad de ellos cuadros muy valiosos --su hijo menor y formado, Facundo, más Piumato y Schmidt, entre otros; versus los rebuznos su hijo mayor y bruto, Pablo, o el igualmente chato (y pro patronal) Venegas--.

Por esa hendija, se insiste, se coló la posibilidad que aprovecharon sectores que vehiculizan a través de Moyano sus cuitas particulares con el Gobierno, pero que guardan para con la representación obrera contradicciones insalvables. Ergo, el programa político de la CGT Moyano carece de bases de sustentación sólidas para discutir con el kirchnerismo que integró o acaso aún integra.

Daniel Scioli, por su parte, ha sido electo gobernador dos veces consecutivas, ambas con su boleta pegada a la de CFK. Tanto en 2007 como en 2011, Cristina obtuvo mayor cantidad de votos que él.

Los que lo quieren transformar en su gran esperanza blanca, en el hombre que les permita hacer implotar al kirchnerismo, sostienen lo contrario, a partir del mero cotejo de porcentuales entre la Presidenta y el gobernador. Mal hecho: ellos surgen de los votos afirmativos validamente emitidos --en la categoría gobernador los suele haber en mayor cantidad que para presidente--, y además existen categorías de extranjeros habilitados a elegir mandamás local, pero no nacional. A valores similares, fue Cristina la que primó siempre. Además, suena medio increíble que alguien decida tragarse el sapo de un presidente que no quiere para tener el gobernador que sí desea.

(Vale decir, dato de color, que poca falta haría tal análisis: con sólo observar una boleta de elecciones generales, que en provincia de Buenos Aires ha tenido 5 y 6 cuerpos según el año que se hable --en 2011, a diferencia de 2007, se eligieron allí senadores nacionales--, y en la cual la de gobernador va en medio de ellos --en tercer y cuarto lugar, respectivamente--, torna ridícula la suposición de posibilidad de arrastre de gobernador a presidente; en todo caso habrá sido viceversa.)

La sucesión de cruces de los últimos días mostró un Scioli aislado de organicidad activa al interior del PJ más allá de su propio equipo de gobierno. No le responden intendentes importantes, por caso; ni tampoco la CGT Moyano, que pareció apoyarlo en algún momento, fue más allá de un cotorreo de micrófono. Por fuera de encuestas que suelen mostrarlo con más apoyo que Cristina pero siempre en años no electorales, los apoyos de La Plata son más bien endebles.

Números, por otra parte, cuya veracidad debe ser puesta en duda. De otro modo, ¿cómo entender que una Presidenta cuya ponderación popular es supuestamente menor a la propia le marca el juego tan fácilmente? El mejor de los escenarios, el de encuestas de opinión que lo mostrarían primando en una puja que además no está claramente establecida, no del todo al menos, lo deja a Scioli igualmente mal parado.

No sorprende: ¿o acaso se cree en serio que se trata de un pusilánime que acepta la supuesta imposición de un vicegobernador y el igualmente presunto copamiento de la legislatura local? Ocurre que es lo que le marca la correlación de fuerzas, no tiene cómo, ni quiso intentar, evitarlo. Probó ahora ver si esa tendencia había cambiado, al comprobar que no se llamó a silencio prontamente.

Hasta nuevo aviso, claro; pero no debe esperar que algo cambie si no opera en función de que así suceda. No podrá con las complejidades a las que debe enfrentar si continúa, como hasta ahora, cuidando el mango y cultivando su imagen y nivel de relacionamiento personal con lo extra institucional, de lo que se beneficia no más que él; herramientas, por ende, a partir de las que le es difícil establecer alianzas firmes.

En definitiva, Moyano y Scioli son segmentos del kirchnerismo. Sus fortalezas se explican, ante todo, por el rol que ocupan en tanto expresiones del esquema colectivo que integran en los planos específicos en los que a ellos les toca intervenir como representación particular del mismo. El intento de convertirse en nueva síntesis de todo ello, supone la necesidad de una reconfiguración total de lógica de acción política, muy distinta a la que están acostumbrados ambos. La opción de la ruptura, encima, a la fecha, supone un salto al vacío total y absoluto; por fuera del kirchnerismo no existe sujeto social, fuerza capaz de sustentar alternativa alguna. 

Y Cristina es, también por estas horas, el punto único de garantía de continuidad del marco que mejor los ha contenido, tanto a Moyano como a Scioli. Tanto como el punto de crisis, en tanto entiendan que liderar supone la necesidad enfrentarla. Un brete demasiado complejo como para intentar desanudarlo con tan poca maña como la que hasta ahora han exhibido. 

domingo, 22 de julio de 2012

Qué les pasó (1 de 2)


Discutir lealtades o traiciones --tanto como pulsiones despóticas--, puede resultar interesante, de hecho remite a elementos que deben incluirse en la ecuación del análisis político. Está claro que son valores caros al peronismo; pero sirve poco para explicar disputas políticas, sobre todo internas.

Lo que no debe hacerse jamás es sobredeterminar la incidencia de ninguna variable, cualquiera ella sea. Otro tanto, explicaban Artemio López y Eduardo Rinesi, sucede con la cuestión ideológica. Nada es todo. En cuanto hace a Scioli y Moyano, lo menos interesante del caso, porque responde a la lógica liberal de centrar exclusivamente la atención en individualidades, es discutir una fidelidad que además no creo que le deban a CFK, sino a sus propias bases representativas.

Lo colectivo es más rico, y ofrece mejores respuestas o guías explicativas. Entonces, no se trata de giros personales, sino de impericia para la conducción política por parte del gobernador bonaerense y del camionero. Sus espacios no se han desplegado con fuerza sino al interior de la amplia gama que conduce la Presidenta. Fuera de allí, está por verse si logran evitar la testimonialidad tipo Alberto Fernández o Felipe Solá.

Es decir, y atendiendo que “más vale pájaro en mano”, ambos apuraron una apuesta muy tipo “salto al vacío”, posados sobre pies de barro, desatendiendo antecedentes frescos que demuestran cabalmente la fatalidad de empresas similares y haciendo caso omiso a los fierros reales con que contaban para lanzarse, especialmente con tanta antelación --datazo, éste, siendo que ciertamente habrá disputa interna de cara a 2015, haber apurado los tiempos--. Que se ha repetido ahora. Fracasaron como conductores, erraron táctica y estratégicamente.

Dicho de otro modo: Moyano no está ahora aliado a Magnetto ni a Pando, pero sí ha abierto un espacio en su hoja de ruta que, por el motivo que fuere, ha permitido realineamientos tales que hubieran resultado inimaginables y que no suenan para nada atractivos como programa político para el movimiento obrero.

Y entendiendo, se insiste, la inteligencia que informó a dichas movidas, la misma que para la hora del análisis acá repugnamos, no suena que resulte muy apropiado que encima se pretendan encarar agitando peronómetros.

Con ese último dato a mano, y tal como ha dicho el amigo Lucas Carrasco, fácil era, pues, prever un desenlace con victoria de Cristina.

viernes, 20 de julio de 2012

Fondos judiciales al Banco Nación: el verdadero debate


Durante la última semana, el presidente del Banco Ciudad, Federico Sturzenegger, escribió dos notas, una para Clarín y otra para La Nación, en las que intentó replicar argumentalmente los fundamentos de un proyecto de ley de Diana Conti, por medio del cual se quiere establecer al Banco de la Nación Argentina como agente financiero de los depósitos que se efectúen en las causas iniciadas en tribunales nacionales a posteriori de sancionado el mismo.

Sturzenegger se dedica, en ambas, sobre todo a resaltar el buen funcionamiento del Ciudad. Está bien que haya intentado por ese carril --es hábil tácticamente, quiero decir--, y además dice la verdad. Por otro lado, podría agregarse que esa eficacia ha ido acompañada, además, de algunas sanas lógicas de rentabilidad social.

Pero. Lo que ocurre acá es que, al margen de ser cierto, lo dicho por FS elude la discusión política principal. No se trata de quitarle al Ciudad los fondos judiciales emanados de los fueros nacionales por cómo los administra, sino de un debate sobre el federalismo.

Porque más allá del virtuosismo que efectivamente pueda haber demostrado la banca porteña en el manejo de dichos fondos, lo que debe destacarse es que ha tenido la oportunidad de hacerlo. No así ha sucedido con la totalidad del resto de los ciudadanos de las provincias, que aportan igual o más que los de la Ciudad al sostenimiento de la estructura de la Justicia nacional, pero cuyas bancas estatales provinciales vean, como sí la de CABA, beneficios por el aprovechamiento de dichos recursos financieros: ergo, lo justo es que los mismos sean gerenciados por el Banco Nación.

Aún si fuese objetivo de los bancos provinciales desarrollar proyectos del tipo de los enumerados por Sturzenegger en sus publicaciones --no estamos afirmando que efectivamente sea así, pero interesa acá esa discusión--, el punto es que no cuentan con una herramienta que sí ostenta la Capital, en lo que significa una clara discriminación distrital. Ésa es la disputa en curso a estos respectos.

Sería interesante, eso sí, terminar con esa patraña de los fueros nacionales, en cuyos estrados uno no puede presentarse si no está domiciliado en… Ciudad Autónoma de Buenos Aires, indefectiblemente. Más allá de que, en esto también, la enorme mayoría de los no aceptados en dicha sede pagan impuestos de los que surge el costeo de la misma, al igual que la minoría que sí está habilitada a litigar allí.

Cosa que no va a ocurrir, intuyo: obsérvense lo que cuesta lograr que el jefe de Gobierno cumpla con la ley que dispuso el traspaso de los subtes y colectivos cuyo recorrido incumbe exclusivamente el territorio capitalino a la administración porteña. Sobre todo, hace a las gigantes dificultades que genera intentar hacerles entender a los ciudadanos de la Ciudad que tienen que pagar impuestos.

Es uno de tantos capítulos con que cuenta la historia del privilegio con que cuenta el puerto en detrimento de las provincias del mal llamado interior del país. Se trata de puntos de partida inequitativos, que hacen a muchas de las demás desigualdades, que surgen de esa primera. Y de corregirlo. En lo que más se pueda, al menos, si es que no se logra del todo.

Bien que no se hace siempre todo lo que se quiere; más bien, las más de las veces, apenas (entre comillas) lo que se puede.

jueves, 19 de julio de 2012

Es el 2013, estúpidos


Dice Horowicz que es un rasgo identitario de la historia política argentina que el presidente saliente elija a su sucesor. La sociedad, agrega, en virtud de las características estructurales del presidencialismo, aprueba o no. Más no construye el escenario. Repasa Escriba que igualmente repetido y particular del sistema político nacional argentino es el hecho de que pugnen presidentes y gobernadores de PBA, históricamente.

Ezequiel Meler y María advierten sobre las dificultades que tendrá Moyano para escalar políticamente. Algo sobre lo que ya hemos hablado aquí, tiene que ver con la insuficiencia del espacio obrero organizado como base única de sustento de ningún proyecto político luego de lo actuado por el neoliberalismo. EM agrega que el camionero, además, carece de anclaje al interior del justicialismo.

2009 fue el punto más bajo del ciclo histórico del kirchnerismo. Siguiendo con Meler, agrega que si aquello se pudo presentar, desde los sectores que adversan al oficialismo, como una derrota --los hechos luego relativizaron también eso--, fue porque “un candidato visiblemente suyo” cayó frente a otro “visiblemente ajeno (…) Y hoy es un tanto complejo imaginar ese escenario”. En efecto, hay en marcha un trámite sucesorio; pero no se ha dictado, aún, declaratoria de herederos. Moyano desde aquel acto en River hizo expreso su deseo de un presidente obrero. Scioli habló sobre sí mismo en igual sentido hace pocas semanas, aunque subordinó tal empresa a la voluntad personal de la presidenta CFK. 2013 define mucho a futuro; y salvo la Presidenta, porque tiene vedado 2015, todos pusieron el carro delante de los caballos. Y entonces por eso tropezaron.

El kirchnerismo juega contra una barrera muy baja, se insiste, la de 2009: apenas 35%, 20 puntos menos que lo obtenido en 2011. Cristina tiene el juego muy marcado: convertirse en gran electora. Para evitar el drama del pato rengo, la fuga de poder y el internismo anticipados so producto de estar vedada para 2015, agita el expediente de la reforma constitucional. No es más que eso: aún cuando luego de 2013 no fuera utópico según el juego parlamentario que quede configurado, no hay ni habrá clima social a tales fines. El Congreso refleja eso, no sólo se procesa a través de la repartija de bancas: la 125 se había perdido antes del no positivo; la ley de medios, ídem al revés.

Entre lo anterior y la confección de las listas de 2013, y por ende del último bienio parlamentario de la Presidenta, discurre el juego actual. Se están leyendo varias cosas de calidad, algunas las apuntamos. En cualquier caso, mucho más atractivo que insistir con supuestas traiciones o pulsiones totalitarias, según quién acuse.

El juego será al interior del peronismo, por fuera de ello hay nada. Por culpa no más que de los de fuera, que no han sabido vertebrar programa propio. Salir bien parado de 2013 será vital tanto para Scioli como para Moyano, pero ya hemos recorrido que han iniciado mal el camino. Scioli navega en la ambigüedad, descansa en demasía en variables que en términos de construcción estructural significan, se ha visto con crudeza en la última elección, lo efímero. Las encuestas, por caso: siempre mide más que CFK, dicen. Sólo que en años no electorales: a la hora de los porotos, dos veces ya “lo venció” Cristina.

El escenario 2008-2009 ofreció crisis política y económica, concatenadas; una por año, respectivamente, consecutivas (“conflicto con ‘el campo’”, capítulo I de la crisis económica internacional --con destrucción de un punto de empleo y 3 puntos de caída del PBI--). Cristina parece, esta vez, haber maniobrado para ponerlas en simultáneo, en la aparente aspiración de un 2013 en paz; de no llegar desangrándose en cuentagotas como en 2009. Mientras tanto, se ha intentado, con relativo éxito, gobernar los daños que genera el angostamiento económico --dejando de lado si es importado o no, y en qué medida--, mantener las variables en calma para enmarcar el devenir.

En medio de ello, se han construido herramientas de intervención más virtuosas de las que ya existían (reforma de la Carta Orgánica del BCRA, YPF, planes de créditos: viviendas, jubilados, PYMES); para más, se liberará un pedazo del presupuesto ’13 de obligaciones externas con el Boden 2012 ya cancelado. El kirchnerismo ha probado ser el único actor político capaz de gobernar este tipo de coyunturas: ofensivamente, y por ende victorioso, entre 2003 y 2005; defensivamente, y perdidoso, entre 2008 y 2009.

Las imposibilidades de Moyano para hacer pie en el dispositivo de construcción formal, con más la insuficiencia de sus bases propias; lo muy expuesto que, en igual sentido, quedó Scioli desde que el eterno entendimiento que mantenía con Cristina se quebró: se trata de tensiones sistémicas que hablan de lo privilegiado de la posición de la Presidenta.

El kirchnerismo es el único punto de armonía con que cuentan todas las partes que conforman el vastísimo todo que conduce, al interior del cual cada una de ellas ha logrado desplegarse sectorialmente con mejor suerte que nunca antes. Ya habíamos dicho aquí varias veces que la construcción de la continuidad tenía que ver, ante todo, con el marco, las condiciones que permitan que los nombres propios sencillamente decanten. De eso se trataría gobernar en vez de sólo administrar una coyuntura. Logró atar su suerte a la de los demás, ergo, limitó el juego de posibles adversarios internos.

Todo, sin embargo, sigue dependiendo en demasía de la Presidenta. A partir del Estado, el proyecto puede fortalecerse. Desde allí, en tanto haya eficacia programática, se puede construir la posibilidad de continuidad. No obstante, los liderazgos de Néstor y CFK son muy particulares, han aportado fibra combativa. Más allá de ellos, la construcción deberá potenciarse si, además de vencer electoralmente, se quiere continuar trascendiendo.

“Unidos y organizados”, dijo, sí, Cristina en Vélez; pero también que “de todo esto” se tendría que hacer cargo, tarde o temprano, los que asistían a aquel acto. Eso está faltando, por abajo. 

domingo, 15 de julio de 2012

En 2013... en 2013... ya van a ver...


Si aún faltaba algo para confirmar que el curso actual del comportamiento de Moyano responde a motivaciones políticas y no gremiales, el propio Hugo aventó las últimas dudas al respecto en Ferro, en su discurso de ¿reasunción? en su ¿cargo? en la ¿CGT?

“Si no hay respuesta, en 2013 vamos a repensar nuestro voto y vamos a ver si sin el apoyo de los trabajadores en las urnas, ese 54% no se reduce”, dijo Moyano, en el que unánimemente fue considerado como el pasaje más importante de su alocución. No hay, pues, nada más por discutir: Moyano prueba, con ello, que está queriendo cobrar favores. Arrancó en ese plan el año pasado, reclamándole a Cristina vicepresidencia, vicegobernación de la provincia de Buenos Aires y un tercio de los lugares disponibles en todas las listas legislativas. CFK cedió casi nada, de ahí el berrinche.

Alguien podrá decir que es lógico que se acompañe en las urnas en tanto y en cuanto se obtengan respuestas favorables a los planteos reivindicativos. Y que, del mismo modo, se piense en modificar las preferencias electorales si ello deja de ocurrir. Así es, pero habrá que decir, a renglón seguido, que el programa del kirchnerismo en términos de políticas destinadas a la clase obrera formalizada y convencionada, ha variado, de octubre a la fecha, en nada.

Se batió el parche a todo dar con que el Gobierno pretendía acuerdos salariales no superiores al 18% en la pasada ronda de convenciones colectivas. Y resulta ser que el que más cerca quedó de dicho porcentaje resultó ser… Camioneros. Claro que arrancando desde un piso mucho más alto. Lo cierto es que Trabajo no opuso reparo alguno.

En el mismo entendimiento, los términos en que se manejan los ítems Ganancias y asignaciones familiares se mantienen en similar lógica que desde 2003; o sea, nunca fue de otra forma mientras Moyano acompañó, como parte fundamental de la estructura decisoria, el espacio que hoy conduce Cristina en soledad. Lo que sí varió es que él ya no forma parte de esa mesa chica. Independientemente de lo que se piense respecto de la decisión que tomó CFK de desprenderse de Moyano, lo único que realmente ha variado es la relación política entre ella y el MOO.

Moyano instrumentaliza un reclamo que evidentemente contiene justicia que prefirió subordinar a otras cuestiones, personales, durante largo rato. Y sigue utilizando su rol sectorial para su estrategia.

Está muy bien, acá no criticamos que alguien cambie de postura conforme el paso del tiempo. Pero conviene poner las cosas claras si se las quiere analizar mejor. Así y todo, aún no ha quemado todos los puentes. Mucho ruido y ya se sabe, no más. Incluso aclaró que no hará “locuras”. Síntoma, a nuestro criterio, de comprensión de la propia impotencia.

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Por cuerda separada tramita el expediente de la fragmentación sindical que se viene. Con tres CGT --dos, en verdad: la de Barrionuevo es testimonial-- y dos CTA, cinco centrales.

Uno, que es defensor acérrimo de la actual ley de asociaciones sindicales, sí puede que observe con preocupación el cuadro, en tanto siempre ha entendido que nada puede ser mejor para la clase obrera organizada que la existencia de una única central. Aún cuando, se aceptar, sería necesario reconsiderar cuestiones tales como el relacionamiento de la misma con los trabajadores arrojados afuera de la formalidad. Aún así, la unión hace la fuerza mantiene vigencia.

Gracioso es, en cambio, observar a los que durante años pataleaban contra el oficialismo porque no otorgaba personería gremial a CTA, o sea, porque no favorecía la desunión sindical, ahora se indignan porque el mismo kirchnerismo sería el que está detrás de la fragmentación que se viene. En medio de ese diagnóstico hay que resolver el tema de que una de las fragmentaciones, la de CTA, se dio no por culpa del Gobierno, sino porque uno de los sectores en pugna, el que lo adversa, cometió un fraude en las elecciones de la central comprobado en sede tribunalicia.

No hay que olvidarse que el punto central de toda discusión, desde esas trincheras, ha de ser el de atacar (a Cristina). E in crescendo, conforme se acerque el 7 de diciembre, en medio de un clima enrarecido en el mundo, en la región y en el país. Del cual el Gobierno zafa si gobierna, si conserva capacidad de mantener en paz todas las variables.

Para Cristina, igualmente, sí debería significar un llamado de atención que tantos que en verdad no tienen ni han tenido jamás en su agenda gobernar a partir de la subordinación de cualquier expediente al cuidado del bienestar de los sectores más desfavorecidos estén pudiendo hacer pie en la discusión política a través de la intervención en la puja que hay actualmente al interior del MOO. Es una señal, pésima.

Teléfono para Moyano, también: da risa que quiera hacer creer que cualquier otro/a que no sea CFK va a tener en cuenta a sus representados para algo; el kirchnerismo es, acá y ahora, el único actor político con programa que contemple siquiera en algo al asalariado.

Frente a eso, y por mucho que quiera, cabe dudar que alguna vez él se pueda convertir en elector de nada.

jueves, 12 de julio de 2012

Cristina, Scioli, el presente y el futuro

La política tiene este tipo de cosas, no hay por qué sorprenderse. Basta con revisar la historia argentina, nomás --y no sólo la de nuestro país--, para advertirlo. No vale la linealidad, aquí. La historia, esa histérica fanática, es la que lo impone.

El establishment tiene pensado, desde hace largo rato, que Scioli es su mejor opción para terminar con el programa kirchnerista, con el que tiene contradicciones insalvables. La más barata, vale aclarar, porque cualquier otra cosa supone profundizar el choque: algo que, lo comprobarán el 7 de diciembre próximo, no sale gratis al bolsillo. La única, entienden, además, porque no hay otro/a allí con quien puedan llegar a acordar.

La política nunca cesa en su afán de reconfigurar escenarios de disputa. Lo que, a su vez, supone que se alterarán las formas de interpelar las nuevas dificultades que se presenten, las tácticas a partir de las cuales encararán los actores sus objetivos. En ese entendimiento, que se reformulen también las alianzas sociales que participan de las distintas contradicciones, que (se insiste) naturalmente cambian, surge de lo más evidente y lógico.

Alguna vez, comentando a Alberto Fernández, dijimos acá que no creíamos en la tesis de la traición como método para explicar su recorrido histórico. No analizamos política desde perspectivas individuales. AF, dijimos, simplemente cree en un modo de conducirse que dejó de servir para las necesidades oficiales; ergo, voló por decantación.

Néstor Kirchner a este tipo de cosas las conocía de memoria. Y las desdramatizaba. Cuando fue a 6, 7, 8, en 2010, y debió explicar por qué alguna había elegido a Redrado para presidir el BCRA o cómo fue que en determinado momento hubo buen entendimiento con Clarín, la hizo sencilla: durante su mandato, dijo, donde estaba más condicionado que en condiciones de disponer a gusto, y ante la necesidad general de salir de la crisis, lo acompañaron muchos sectores que, luego, una vez a de definir un nuevo programa, evidenciaron ser contradictorios con los intereses defendidos por el kirchnerismo, y pasaron a adversarlo.

El kirchnerismo se reconstituyó, entonces, dos veces: la primera, entre 2008 y 2009, a la defensiva, tras la arremetida destituyente de las patronales agrarias; la segunda, en 2010, tras el fallecimiento de Kirchner, a la ofensiva. De ambas instancias, emergió resignificado a su interior: apoyado sobre el PJ tradicional, primero; liderando fuerzas más renovadoras como principal sustento, después.

Así las cosas, si se acepta que cierto establishment irá a por un acuerdo, que necesita, con Scioli, y el gobernador de Buenos Aires no se muestra reacio a sustentarse en esa hipotética alianza; en tanto el kirchnerismo transcurre por estos días, al tiempo que gobernando, teniendo que resolver --también para sostener la capacidad de hacerlo (de gobernar)-- la sucesión, toda vez que Scioli siempre parece rankear alto en las preferencias populares, devendrá esperable que surjan pulsiones expulsivas en torno de su figura (de Scioli) como parte del espacio. De manual: no se puede marchar detrás de quien pretende apoyarse en sectores con los que existen disputas programáticas esenciales.

Llegado el caso, verá Scioli cómo resuelve su a veces exasperante ambigüedad; no podrá conciliar como parece querer hacerlo. Pero el kirchnerismo también deberá jugar algo más fuerte que sólo negarlo (a Scioli).

Se trata de la principal dificultad que atraviesa el espacio abierto en 2003: resolver su continuidad, sea quien sea el/la que vaya a conducirla y actuarla.

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La moneda está en el aire, y se verá si el Gobierno gobierna o sólo administra los tiempos que se asoman. Es decir, si logra hacer lo que (y cómo) quiere; o, apenas, lo que puede.

Entre dificultades que vienen de fuera y la necesidad de hacer un ajuste sobre la fase actual de despliegue del proceso económico inaugurado en 2003. Ajuste, en sí, quiere decir nada. Lo que define a un gobierno es la decisión de disponer quién pagará esa cuenta. Y los márgenes, en tiempo e instrumentos, con que cuenta para actuar. La Presidenta ha dispuesto obligar a la banca privada a prestar para inversión productiva hasta un 5% del total de sus depósitos.

Daniel Artana, a confesión de parte ya se sabe, se lo dijo, con todas las letras, a Marcelo Longobardi en Radio 10 al otro día del anuncio: “El Gobierno ha decidido, ahora, que el ajuste lo hagan los bancos.”. En efecto. Nadie que pertenezca al campo popular lo podría haber dicho mejor que un típico exponente de la ortodoxia, como lo es Artana.

Una intervención de hecho en la rentabilidad empresaria, en este caso del segmento financiero, tal como fue la declaración de interés público de la actividad hidrocarburífera. Y en el mismo sentido que lo fueron la reestatización previsional o el desendeudamiento: quitar capacidad para influir en los procesos de decisión nacional al sector financiero --como ocurrió desde 1976 y hasta el crack de 2001--, desarticular rutas a través de las cuales puedan transmitir condicionamientos, desacoplar las lógicas que impone el mercado a la economía para someterla al mandato popular.

Si por ese carril va a transcurrir la recomposición del esquema económico, el Gobierno habrá dispuesto a voluntad; y podrá intervenir con ventaja y holgura en el trámite sucesorio, sin tener que perderse en nombres propios.

domingo, 8 de julio de 2012

Un 9 de julio, a más de un año de la declaración de independencia nacional


El 9 de julio venidero; o sea, mañana, el curso oficial de la vida del país se detendrá para celebrar los 196 años de, dícese, independencia, dícese, nacional. En conmemoración de los sucesos de Tucumán de 1816.

Acá, discrepamos, respetuosamente, con esa lectura histórica.

Celebramos, en cambio, el pasado 29 de junio, a propósito de los 197 años que se cumplieron del Congreso de Arroyo de China (actual Concepción del Uruguay) de 1815, cuando Artigas convocó a los llamados Pueblos Libres del litoral: la Banda Oriental (hoy Uruguay), Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba, Corrientes y Misiones; a los fines de declarar, por fin, la independencia de las entonces denominadas Provincias Unidas del Río de La Plata de la tutela, ya no sólo de España, sino de cualquier otra dominación extranjera. Congreso que rechazó, pese a haber sido invitado, el centralismo porteño.

La historia oficial, de corte liberal-conservador, contada por Mitre y sus sucesivos discípulos, siempre tuvo problemas para resolver la explicación de por qué si atribuyeron propósitos independentistas a la Revolución de Mayo de 1810, fue necesario esperar seis años más para declarar la independencia. Inventaron aquello de la "máscara", el supuesto engaño a Fernando VII: digamos, no se podía ser revolucionario tan rápido. Falso, de falsedad absoluta.

En 1810 hubo una revolución democrática como las que había en todas las provincias propiamente españolas, no contra la pertenencia a España en sí, sino contra la forma de gobierno. Fernando VII, se creía por entonces, iba a favorecer el tránsito del absolutismo monárquico a la monarquía republicana, como ocurría entonces en toda Europa.

Las que eran colonias pasarían a ser también provincias, en un esquema que, manteniendo la figura del rey, abriera paso a la posibilidad de que las entidades que formasen parte de los distintos Estados pudieran gobernarse con autonomía. Entre 1810 y 1816, Fernando VII venció a Napoleón, pero traicionó los ideales republicanos, restaurando los absolutismos y encarando la reconquista de los territorios revolucionados en América. Simple y sencillo: para salvar los ideales democráticos, no quedaba otra que independizarse, aún cuando no había sido ese el objetivo primigenio de las revoluciones, tampoco de la de Mayo de 1810.

Artigas, que era más lúcido, la vio antes. Pero en la misma senda que él, los mejores cuadros del Congreso de Tucumán declararon, como Artigas, la independencia, no de Argentina: de toda Sudamérica.

Lo que siguió fueron 197 años de mayoría de equívocos entre los que rankeó altísimo el falseamiento de todo lo antedicho para que abundara el fracaso nacional.

sábado, 7 de julio de 2012

Claudia y Marcos


Lo dijo bien clarito, en el programa de Marcelo Longobardi del jueves por la mañana en Radio 10, Daniel Artana, un típico exponente de la ortodoxia neoliberal: "El Gobierno pretende ahora que el ajuste lo hagan los bancos", dijo, a propósito de la decisión de la presidenta CFK de obligar a que los bancos privados a otorgar créditos para inversión por el equivalente al 5 por ciento de sus depósitos.

Habrá que agradecerle, pues, la sinceridad a Artana, uno de tantos corruptos consuetudinarios con que cuenta la derecha financiera en Argentina. Además, no podríamos haberlo dicho mejor que él, creo, quienes abrevamos en el campo popular.

En efecto, una economía, cualquiera ella sea, siempre transcurre por períodos durante los cuales es necesario efectuar ajustes. El ajuste, per se, no es bueno ni malo; no es de derecha ni de izquierda. La palabra, en sí, dice nada.

Lo que califica, sí, a un gobierno, es la discusión política que subyace detrás de la cuestión meramente instrumental --entendiendo por tal cosa al ajuste, mera herramienta a los efectos de operar los objetivos de la política económica que uno se proponga--.

Y lo que define sus posibilidades de éxito, tanto como su capacidad para encarar las tareas pendientes y performance pasada, son los márgenes, en cuanto a tiempo y recursos, con que cuente a tales fines.

Así las cosas, el gobierno actual ha decidido que el ajuste pase por la rentabilidad empresaria. En este caso, por la del sector bancario, que la ha juntado con pala desde 1976, aún cuando su capacidad y peso para influir en los procesos de decisión nacional haya disminuido significativamente desde 2003.

En un post muy viejo en AP se decía, allá por 2008, que “el sector financiero privado, como un todo, se ha reducido por efecto de políticas bien definidas: quita de la deuda, reestatización de las AFJP, para dar sólo dos ejemplos”. Trátase de la desarticulación de rutas a través de las cuales puedan transmitir influencias condicionantes.

Cuestión no contradictoria, la antedicha, con la rentabilidad que han obtenido: por mucha que haya sido, eso no significa que se haya gobernado a su favor ni a partir de sus voluntades, como sí ocurría hasta el derrumbe de 2001.

En esta decisión, tanto como en la de estatizar YPF --declarando, además y ante todo, de interés público la actividad hidrocarburífera toda-- y transferir los subtes y colectivos porteños a la administración de la Ciudad, es cuando, dónde y cómo mejor se expresa la profundización del modelo.

Un nuevo sector de la administración al que el oficialismo decide desacoplar de las lógicas que impone el mercado para someterlo al mandato popular.

martes, 3 de julio de 2012

Ganancia para nadie


Y, bueno. Son así de crueles las épocas de finales universitarios. Te aprisionan. Esta última tanda, en particular, me alejó del ojo de la tormenta desatada entre el moyanismo sindical y la presidenta CFK --el orden de aparición de los factores en la frase va sin ninguna segunda lectura--. Tanto, que venimos a decir algo recién a una semana del acto que mucho tildan como de fin del moyanismo, al menos como corriente sindical mayoritaria --no sé si tanto-- y/o como posibilidad de expresión política independiente al interior del peronismo --esto sí es más posible, casi confirmado--. Y a quince días desde iniciado el conflicto con el paro sorpresivo en inicio y su finalización en medio de la paritaria camionera.

En cierto sentido, quizás es mejor haber llegado “tarde”. Permitió leer mucho, de los que saben y tienen cosas jugosas para decir. Que esta vez los hubo a ambos lados del mostrador --Carlos Pagni, Julio Blanck e Ignacio Fidanza produjeron piezas muy aprovechables--. Antes de decir cosas inconvenientes, mal aconsejados por los incendios que le provocan a los ánimos las primeras horas de sucesos como esos.

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Acá dijimos hace rato que Moyano viene con broncas acumuladas porque Cristina obturó el salto grande de su línea interna sindical a la política, que el camionero planeaba desplegar con fuerza y ya muy decididamente para a partir de 2011. La sucesión de desencuentros que esos rencores mal curados fueron desarrollando, favoreció a que se desatienda lo central: un reclamo legítimo en algunos sectores del empleo formal por el desfasaje que se ha venido produciendo en el esquema del impuesto a las ganancias.

El asunto es que Moyano se revela incapaz absoluto para actuar en política. Las lógicas que sustentan al sindicalismo son distintas, aunque nunca un movimiento obrero deja de tener que operar, en cierta forma, en el terreno de la política. Es decir, hablamos de tres planos distintos: el meramente sindical, por un lado; el meramente político, por el otro; y un último que navega entremedio de ambos, aunque conducido desde el plano corporativo del trabajo.

Porque lo cierto, a propósito de esto último, es que una central sindical no puede no adaptar su programa de acción: no es lo mismo interpelar a gobiernos que desplegaron políticas antiobreras explícitas (Alfonsín, Menem, De La Rúa, Duhalde) que a uno del que, a lo mucho, puede decirse que no le ha devuelto lo suficiente a la velocidad que pretendería CGT que lo hubiera hecho.

Esto último bien lo ha dicho Juan Carlos Schmidt, una de las cabezas más lucidas del moyanismo, cuyo rostro es buen termómetro de la interna de lo que fuera el MTA --y no parece muy a gusto con cómo se viene desarrollando la cuestión (no se lo vio en la Plaza)--; y que fue pagado por Moyano con una desautorización pública fortísima en la previa del acto en Plaza de Mayo.

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Carrió salió a decir que a Moyano se le fue la mano. Moyano --Clarín aparte, para cambiar el eje--, por su parte, hizo reclamos justos pero de la mano de Momo Venegas, el gerente de esclavismo de las patronales agrofinancieras. Acá es donde queda evidente que la cosa se ha descuadrado, en tanto ambos, Gobierno y Moyano, están quedando cerca de indeseables –al kirchnerismo agréguensele los Gordos de CGT; a Moyano, la paleoizquierda, el duhaldismo sobreviviente y otras expresiones políticas que llamaban a encarcelarlo casi como programa de campaña en 2011 y el sindicalismo testimonial de la CTA fraudulenta--.

La pérdida del carril. Uno no menor, por cierto, porque es el que recorren vastos sectores laburantes. Que votaron a Cristina, porque con nadie que puedan recordar les ha ido mejor; que bancan a morir al Negro, porque los condujo en las luchas que coadyuvaron a las conquistas de nueve años y contando. En el medio de la pelea, que es por la representatividad de esa masa --que espera que el mes que viene, no sólo le alcance: sino, además, y por qué no, tener para, ponele, una pilcha más linda, una cena afuera, el 15 de la hija en un lugar que a ella le guste más--, se perdió el rumbo.

Hay una pugna de representatividad mal saldada: tanto Cristina como Moyano pueden reclamar legitimidad sobre los segmentos en disputa. Pero también es cierto que, en ambos casos, la tramitación del expediente reivindicativo se pierde, queda sin contención ni canalización; instrumentalizado (el reclamo) en una discusión que perdió tener como objetivo la cuestión central: el bolsillo.

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Moyano, se insiste entonces, quiere darle política al movimiento obrero; y dársela también a sí mismo, también. Debe hacerlo, en el primer caso; es válido y legítimo, para el segundo. Pero, también se reitera en este sentido, choca, comete demasiados errores.

Si hace falta salir a aclarar por medio de un comunicado que ahora se quiere separar al reclamo en particular de un cuestionamiento en general al proyecto nacional, si hace falta salir a desmarcarse de claros ejemplares anti obreros --como Macrì o De Narváez, bajo cuyos gobiernos no habría reclamo por Ganancias: porque los sueldos serían tan miserables que ni se podría pensar en tal discusión; hay que ver cómo ambos nefastos exponentes de la reacción más rancia ponen en el centro de cualquier debate a la inflación (que bajaría rápidamente con salarios también al piso o con desocupación)--, si se da vueltas sobre si se hace o no una convocatoria que de hecho se angosta sin cesar, claramente es porque la cosa está mal direccionada.

Esto no es sencillo, los que la quieran fácil ("Moyano traidor, golpista, amigo de Magnetto"; "Cristina es una falsa peronista"), vuelen de acá. Que vuele 6, 7, 8, por ejemplo, que ahora encima vigilantea en vivo a los propios. No se trata del conflicto de 2008 contra el empresariado agrofinanciero. Ahí era fácil hacer el tajo: pueblo versus oligarquía, y al demonio. Uno sabía bien dónde pararse. Ahora, no está tan claro.

Acá se trata de un reclamo obrero. Del que se cuelgan muchos indeseables, tanto porque la reivindicación desatiende dónde se expresa la contradicción principal y favorece tal cosa; así como también porque la conducción, disputando (validamente) sus potestades, dejó de lado, mal, una bandera que fue tomada por enemigos de alma --se insiste: Macrì, De Narváez, Buzzi-- de la clase obrera, en un sinsentido caricaturesco.

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Moyano, entonces, condenó al movimiento obrero a no tener política, porque perdió noción de que el único marco al interior del cual sus consignas tienen alguna posibilidad, siquiera mínima --aceptando que, como él dice, así sea en este caso--, de despliegue, es el actual. Cristina le ganó la pulseada política, Moyano no para de retroceder, en ese sentido, desde que lanzó el paro general, que cada vez fue menos de ambas cosas. No obstante, quedó herida su representatividad (la de CFK) al interior del espacio en que más fuertemente se ha expresado desde 2003.

Se trata de que se ha encontrado, una vez más, con alguien inferior a ella, medido en términos políticos. Nada más. Pero conviene no abusar de la precariedad de los oponentes.

Tampoco debe sorprender: bastante se ha escrito estos últimos años sobre las dificultades por las que atraviesan los nuevos gobiernos populares latinoamericanos para constituir sujeto social al cabo de las fragmentaciones que produjo el neoliberalismo al interior de las clases populares. Ninguno de ellos, cuenta por ejemplo José Natanson en su imprescindible La Nueva Izquierda --hay que citar las fuentes, corresponde--, puede apoyarse exclusivamente en la clase obrera organizada, porque sencillamente no alcanza sólo con ello para ganar elecciones, como si pudo ser otrora.

Eso cuestiona la primacía que pretende Moyano al interior del kirchnerismo, exagerada si sólo se basa en sus fichas corporativas, que encima desplegadas en extremo debilitan la noción política en su programa de acción.

La frase "Cristina va a seguir hasta 2015", cual si de él dependiera que ello efectivamente vaya a ser así, ilustra mejor que nada la formidable incapacidad de que adolece Hugo Moyano para expresar políticamente sus legítimas y aplaudibles reivindicaciones de clase.

Evocar el abrazo Perón-Balbín, las presencias de Claudia Rucci, Momo Venegas y otros opositores que más de una vez llegaron a pedir hasta el encarcelamiento de Moyano, lo raleado que ha quedado el MTA: síntomas, todos ellos, del fracaso del camionero en su intento de copar el espacio opositor, vacante desde 2011, a un gobierno al que hace nada calificaba como el mejor desde el de Perón; siempre que ello sea desde la pretensión de articularlo a partir de los justos reclamos que levanta.

Es una pena. No es para tanto, tampoco. Todo tiene solución en la vida, y de peores se ha salido. Pero... vaya uno a saber. Son tiempos difíciles. Duros. Tristes. Amargos. Incómodos.

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Por ahora, esto nada más. Veremos, luego, si más. Si corresponde, si hace falta.

Mientras tanto, a estas horas podemos decir que nos faltan apenas dos cuatrimestrales y dos bimestrales para obtener el título de abogado --es decir, chances matemáticas de lograrlo para diciembre--. Probablemente a nadie le importe esto, pero yo voy a seguir molestando con anécdotas personales lo mismo.

Porque también el 2 de julio cumplimos 3 años con Segundas Lecturas, y este post de un día después sirve para festejar el aniversario.

Mi blog, mi espacio, mi rincón personal. Lo más mío que tengo. Lo único, quizás. El espacio que levantamos a escasos 3 días de la derrota de 2009, en defensa de la compañera presidenta CFK --auspiciamos su candidatura a la reelección como consigna principal del blog ya desde nuestros inicios-- y el compañero Néstor Kirchner --que lamentablemente se nos fue en medio de la recuperación, histórica--.

Cuando parecía que estaba todo terminado, ahí, recién, arrancamos un camino propio. Hay, supongo, cierto valor poético en ese gesto.

Queríamos ayudar, desde esa trinchera, con algún granito de arena para que no se terminara. Nos salió más o menos bien, creo. Y todavía nos falta mucho. Pero la vamos a seguir peleando con alegría, que es nuestro único programa.

Del mismo modo que la peleamos en la carrera, con igual entusiasmo. ¡Salud por todo!