sábado, 16 de junio de 2012

FGS y la definición del kirchnerismo como proyecto con programa propio

Tengo la sensación, hace rato, y a propósito de la cola que trae que el financiamiento del plan de crédito hipotecario ultrabarato anunciado por la presidenta CFK recientemente lo va a aportar el Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS) de ANSeS --de cuyas arcas no depende el pago de los haberes de los pasivos actuales ni del de los futuros, sino que se trata de la masa de inversiones que habían realizado las AFJP durante la vigencia del esquema de administración privada del sistema previsional--, de que al interior del espacio social oficialista se sobrevalora lo que significó la ley de medios, en tanto que al mismo tiempo se subvalora el aporte que a la causa trajo la estatización de la administración del sistema previsional.

En lo que a mí respecta, creo que el inicio de la definición de kirchnerismo como proyecto histórico acabado, y diferenciado del statu quo ante, no puede rastrearse sino en la fecha en que se decidió ponerle punto final al negociado más característico --ideológica y moralmente hablando-- de la era de predominio neoliberal en Argentina; esto es, el de las AFJP.

Por tres razones --principalmente, y otras menores--, básicamente:

1) A partir de aquello, el Gobierno se hizo de una herramienta formidable para el ejercicio de la acción económica concreta. Financiamiento cuantioso y de fácil acceso a través del mencionado FGS que permitió, desde 2008 a la fecha, encarar numerosos emprendimientos de distinto tipo, siempre en función del engorde de la cuenta de aportantes activos, que es la clave del éxito de la lógica de solidaridad intergeneracional en que se inscribe el nuevo esquema jubilatorio. Y que se ha más que duplicado desde que es administrado por el Estado. Y también de inversiones con criterio de beneficio social, como ser el programa de reparto de Netbooks a alumnos de nivel primario y secundario.

1 bis) No por nada, aquel proyecto del extinto Grupo A mal llamado 82% móvil, proponía reventar a cortísimo plazo esa monumental montaña de recursos. El objetivo, más que la justicia social, que jamás formó parte de la plataforma de ningún espacio opositor actual, era privar al oficialismo de la herramienta, hiriendo decisivamente sus márgenes de acción. Y en forma irresponsable, además: porque una vez acabado dicho fondeo, permanecería vigente la obligación para el Estado de pagar en 82% móvil pero sin fuente de financiamiento dispuesta a tal fin.

2) Ofrece, porque es el lugar en el que más fuerte y claramente se desarrollaba y confluía la madeja de intereses que sustentaba el orden anterior --el de la valorización financiera, que imperó entre el 24 de marzo de 1976 y el 25 de mayo de 2003--, la plataforma en que mejor se puede expresar la contradicción principal en que se cifra el devenir de la trama socioeconómica y política actual: es decir, la disputa que existe entre el gobierno representativo, por un lado; y varios sectores del empresariado privado, por el otro, en orden a determinar a quién le cabe la potestad de diseñar el programa de gobierno.

2 bis) (en relación a 1) Ejemplo de lo anterior fue el revuelo que se armó cuando el Estado, en legítimo uso de los derechos societarios de que es titular en virtud de haber heredado tenencias accionarias en las empresas en que las AFJP habían realizado inversiones, pretendió designar los representantes que, por tales motivos, le corresponden en los directorios de esas empresas. Elemento que caracteriza muy bien a las intenciones dirigistas que expresa el kirchnerismo en materia económica. Esto es, no se desprecia, per se, al capital privado, en tanto y en cuanto éste acepte subordinarse a las disposiciones y necesidades que caben al gobierno definir, especialmente en materia de decisión de inversiones. A lo que ayuda grandemente el ingreso directo al interior del manejo de poderosos factores de la economía privada. (Y sometidas --dichas decisiones-- a escrutinio e interpelación únicamente del voto popular y el juego de balances y contrapesos propio del sistema de democracia republicana).

3) En función de lo hasta acá expuesto, la capacidad que tiene, entonces, el sistema previsional de funcionar como el más potente articulador e integrador social. Empresa colectiva en la que tienen cabida y se vinculan rentabilidades de distinto tipo, aún divergentes entre sí, de la casi totalidad del arco social. Y las intenciones del Gobierno, que acompañan en ese sentido, de utilizarlo para hacer posible el programa de construir un orden democrático distinto del heredado a la fecha de asunción en el poder de Néstor Kirchner.

3 bis) Por decir algo, con el nuevo plan de créditos hipotecarios va de suyo que habrá un fortísimo impulso a la creación de empleo registrado. Lo que, a su vez, impactará positivamente en la fortaleza de los haberes de los pasivos actuales, en orden a lo dispuesto por la ley de movilidad jubilatoria. Y, al mismo tiempo, en el crecimiento de la cuenta de stock del FGS, por efecto de la rentabilidad que supongan tales inversiones edilicias, que permita multiplicar y ampliar acciones de inversión en el sentido hasta acá expuesto.

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Así las cosas, entiendo que defender lo mejor del kirchnerismo pasa por defender fuertemente las lógicas que informan al nuevo sistema previsional, vertebrado desde que en 2008 se le puso punto final al negociado de las AFJP. Más que a la batalla contra Clarín, incluso. Aunque por supuesto, en estas cuestiones también ha tenido que ver la empresa comandada por Héctor Magnetto. Por sí misma, y como cerebro articulador del entramado que se beneficiaba del financiamiento blando, sin compromiso social alguno --pero valido de toda la corruptela que fuera posible para inflar activos artificialmente--, que les otorgaban las AFJP. Y porque lo alimentaba, como a pocas otras aventuras de aquellos tiempos, el criterio de acumulación centrado en lo financiero.

Es cuestión de observar, nomás, el empeño que se le dispensa a la tergiversación y el denuesto de la función que cumple el FGS en el despliegue de la fase actual del programa económico nacido en 2003.

viernes, 15 de junio de 2012

De guapos

Una nota firmada por Cristian Mira aparecida en La Nación del 13 de junio último, pone en claro cómo se disputará la batalla política de aquí en más. “Un conflicto que impactará en 2013”, dice. Y advierte que el año que viene podría haber despelote. De nuevo. El lock out que llevaron adelante hace poco fue un fracaso rotundo.

Toda la estrategia opositora pasa, de un tiempo a esta parte, por la construcción de escenarios de cataclismo social: desde intentonas de reedición de protestas patronales agrarias desaforadas al repentino amor por un Moyano repentinamente levantisco pasando por caceroleos minúsculos e histéricos por parte de ciudadanos de los barrios del norte porteño. El kirchnerismo, contrario sensu, se ha consolidado porque pudo ser el único actor político capaz de dotar de gobernabilidad a la sociedad argentina post 2001.

Justamente, el punto de máxima debilidad en la fase histórica del ciclo kirchnerista fue el de la protesta del empresariado rural, que convulsionó los ánimos ciudadanos por varios meses --anche el normal desarrollo de sus rutinas privadas--. Y que coadyuvó, junto a muchas otras cuestiones, como es regla para la explicación de estas cuestiones, a la derrota oficialista en las parlamentarias de 2009.

Pero a fin de cuentas, el día a día de gobierno con minúscula, que permitió al Gobierno con mayúscula sostener bajo su control e iniciativa las variables del devenir socioeconómico y político del país, determinó que la recuperación con victoria por goleada en 2011 resultara obvia, por cuanto nunca se vertebró un trazo alternativo cuya oferta fuera capaz de convencer a los no directamente involucrados en los conflictos mayores de pegar el salto.

Dicho de otro modo, la ecuación costo/beneficio favoreció siempre al, si se lo quiere ver así, malo conocido, que vendría a ser Cristina. Esto va más allá de la incapacidad, que de hecho existe, de las oposiciones por dibujar un programa distinto. Las fuerzas políticas expresan a la sociedad, de ahí el concepto de representatividad. Y resulta que nunca esta sociedad terminó de definir que el tiempo del kirchnerismo se había agotado. En ello, desde luego, hubo, mayormente, méritos de Cristina. Pero, también, conciencia mayoritariamente coincidente de lo inconveniente de cambiar. De hecho, tanto el segundo como el tercero de 2011 no dicen tener, mayoritariamente, más que diferencias de estilo, de formas, con el oficialismo: o sea, no dicen nada, programaticamente hablando.

Había señales previas, que nadie quiso ver: casi al mismo tiempo que en Brasil se consagró Dilma Rousseff como presidenta, se produjo, acá, el cambio de jefatura en la UIA. La patronal industrial, oficialista, con Lascurain, hasta la 125, mutó a opositora, con Héctor Mendez, luego de la revuelta del “campo”. Con De Mendiguren, no es que pasaron al mismo tipo de oficialismo que supo expresar Lascurain, pero, en cualquier caso, el movimiento fue defensivo. Retrocedieron, aceptaron que los términos los ponía CFK.

En lo anterior jugó la suerte que podían correr los acuerdos bilaterales orquestados entre Lula y Néstor Kirchner. De cuyo sostenimiento dependen las rentabilidades de varios de la mayoría de los industriales argentinos. Y que más seguros que con nadie se encontrarían bajo las alas continuistas en uno y otro país: es decir, Dilma y Cristina; una vez que se confirmó la suerte de la primera, se fortalecieron, al mismo tiempo, las certezas la de la segunda.  

Pero no es viento de cola. Hay que tener habilidad para articular en el juego propio a los demás. En ese sentido, mil veces hemos dicho acá que la Presidenta se destaca, ante todo, porque, al margen de cómo se considere a sus decisiones, involucra en ellas a numerosos elementos de la gestión. Por ende, de representatividades, con lo que parcela a su favor una cantidad de terrenos de anclaje inversamente proporcional al hambre de sujetos sociales que evidencia la oposición partidaria, cuya orfandad representativa asombra: nadie clama en forma militante por ningún opositor.

Hay que entender que no se trata de que los opositores sean malos tipos: son, simplemente, burros --excepto Carlos Pagni; el tipo, por lejos, más brillante con que cuentan, acaso el único--. Inútiles. Muy. De ahí que con no tanto, pero que comparativamente es muchísimo, Cristina les saque tanta ventaja.

Retomando, entonces: la Mesa de Enlace de la patronal agraria es, quizás, el único espacio al interior del cual podría construirse un escenario de disputa contra el actual oficialismo. El tema pasará por generar que la permanencia del mismo genere mayores costos a sus pares de la sociedad. Y que sea desde abajo, entonces, que nazca la decisión de construir una refutación histórica. No parece, por ahora, que pueda ser posible, que a alguien le pique el cuerpo en tal sentido. Pero no tienen otra táctica a mano. Es decir: que, por lo menos, lo van a intentar, que no quepan dudas.

Mientras tanto, Cristina hizo otra de manual con el plan de créditos hipotecarios casi regalados con financiamiento del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de ANSeS. Metiendo en la brochette de la jugada, al mismo tiempo, el borrador de una respuesta reactivadora a las dificultades que la economía se come de rebote por la crisis europea y, lo más importante de todo, la trama, gigantesca y complejísima, de intereses que hay detrás de lo que significó la recuperación de la administración del sistema previsional.

La oposición respondió que “no es mala idea, pero no debería hacerse con ‘la plata de los jubilados’”. Más allá de la mentira que encierra la afirmación --el Fondo de Garantía de Sustentabilidad no es eso, ya se ha explicado ello mil veces en mil lados de mil formas distintas; en todos los casos, mejor que lo que se pueda hacer acá--, lo interesante es que resulta darse de bruces con la conveniencia que de todo ello pueden llegar a extraer varios segmentos del electorado y sectores con intereses en juego, más allá de los beneficiarios futuros del plan en sí.

No tienen idea de dónde están parados. Así les va. Tanto, que el máximo festejo que han podido anotarse en los últimos tres años, es haber impedido la designación del impresentable de Reposo. Gran rival.  

martes, 12 de junio de 2012

En defensa de La Cámpora

Lanata sacó --por intermedio de quien encabeza su grupo de tareas, Nicolás Wiñazki-- a un "arrepentido" ex La Cámpora. Que abandonó, con todo derecho, el barco. Porque se le solicitó que, de su salario como funcionario --al que accedió, en gran medida, justamente por su pertenencia a LC (lo cual es bueno, a mi criterio; es decir, que la militancia llegue a puestos decisorios en el Estado)--, aportara --económicamente hablando, claro-- al sostenimiento de la agrupación.

Obviamente, Lanata pretendió mostrar eso como algo que vendría a demostrar que La Cámpora es la representación misma del mal. Desde la lógica a través de la cual él piensa las cosas, esto es, el liberalismo, esta muy bien que vaya en contra de cosas como esas.

El tema, acá, es que si Lanata se hiciera menos el tonto --imposible, pues iría en contra de la línea que pretende bajar--; engañando, por ende, menos, y jugara con honestidad intelectual, en el debate estaría presente que lo que él dijo que fue un horror, es, en realidad, y por el contrario a lo que él “argumenta”, algo por demás común entre quienes no adscribimos, como sí él, al liberalismo. Para que organizaciones como La Cámpora no tengan que depender, para poder funcionar, del "generoso" aporte de, por ejemplo, empresas privadas --que estarían dispuestas a "colaborar" al sólo efecto de, si alguno de sus beneficiados llega alguna vez a posiciones de decisión estatal, contar con alguien que le deba favores allí--, aporta la militancia. Y entonces no hay compromisos con nada ni con nadie. Sencillo.

Les encantan los partidos como PRO, que no les piden a sus militantes, claro; pero que, en cambio, sí reciben de empresas muy bien calzadas, a las que, una vez en el gobierno, les liberan decisiones estatales por valores muy superiores al 10% de un salario de $5000. El retorno por el aporte a la campaña y el despliegue del partido por parte de empresarios privados. Yo prefiero esto. No deberle nada a nadie

En el sindicalismo pasa --no acá, solamente, sino en el mundo--: ponen los empleados para bancar al gremio, cosa de evitar depender del patrón o del Estado, lo que envilecería la cuestión. Nada del otro mundo. Se puede no estar de acuerdo, pero no es para hacer historia. Para una óptica no liberal de la política, se insiste. A menos que Lanata crea que el modo liberal de entender, más que la política, la vida misma, es el único que existe. ¿No quiero creer que piensa así, verdad?

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Van por La Cámpora. Porque ir por La Cámpora, en tanto la identidad de tal agrupación no reconoce aún autonomía de Cristina, es ir por el kirchnerismo mismo. Por lo mejor del kirchnerismo, mejor dicho. Por la posibilidad de su continuidad en el tiempo como proceso político, de buscar la construcción de un más allá de CFK. Obturar la disputa por la sucesión, que se va a dar, muy fuertemente, al interior del peronismo.  Y en tal sentido, de podredumbres como las que en este caso armó Lanata sobran ejemplos. Los buscan a nivel personal. Porque es sólo personalizando que pueden eludir la discusión política. Donde deberían exponer qué es lo que realmente los aleja de la militancia juvenil kirchnerista.

Los muchachos de Puerto Madero que llegaron adónde llegaron únicamente por sumisión al dictat presidencial y con los que hay que tener cuidado de disentir, porque guay del que a tal cosa se atreva. La basura nauseabunda que vendió Laura Di Marco y que se puede leer a diario en cualquier ejemplar del duopolio Clarín-La Nación. Por estos días, tenemos que José Ottavis ha pasado a ser el enemigo público número 1 de la sociedad, casualmente justo después de que Ottavis empujara con fuerza la sanción del inmobiliario rural en la provincia de Buenos Aires. Se trata de bajar a todos al mismo subsuelo al que supo descender la política en tiempos en que quienes hoy pretender equiparar como si nada hubiera cambiado, por vía del sencillo expediente de la tergiversación y/o el invento, obtuvieron mucho de un Estado que tuvieron a la carta.

El único debate político, ya entrando en la realidad a la que no quieren llegar los apretadores, es al interior del kirchnerismo. Este bloguero, por ejemplo, ha tenido oportunidad, hace pocas semanas, de dialogar un rato durante un cumpleaños con la diputada nacional Mayra Mendoza, que integra la mesa nacional de conducción de La Cámpora --yo sí pude preguntar; para Fernando Bravo que lo mira por TV--. Y que también ha sido merecedora de unos cuantos mamporros mediáticos.

Semanas antes, yo había puesto en mi Facebook que, a mi modo de ver, La Cámpora estaba floja, aún, en cuanto a construir una identidad diferenciada no contradictoria de la de la Presidenta. Porque entiendo que es responsabilidad de ellos tomar en sus manos la construcción de la correlación de fuerzas que enmarque a nuestro favor el debate por el futuro del gobierno. Más: creo que Cristina se los ha encomendado varias veces, la última en Vélez. Me quedó la sensación, por un intercambio que tuvimos (siempre vía Facebook), que a la compañera diputada --a la que le agradezco el permiso que me dio de publicar esto: acá hay códigos-- no le había agradado mucho el comentario. Sería lógico, de todas formas. Yo digo lo que digo desde mi no pertenencia orgánica a La Cámpora.

Eso sí: cuando salta contra ellos lo peor de la reacción, no tengo empacho en, pese a mis diferencias --mínimas, cada vez menos, de mero estilo--, ponerme primero en las líneas de sus defensas, sin dudar.

Volviendo. Fue luego de aquel intercambio facebookero que charlé personalmente con Mayra. Y resultó ser muy provechoso. Mínimo, si todo fuese como se lo pinta desde quienes no sólo no conocen, sino que además no tienen interés en conocer --para que no tiemble el castillo de naipes que es su relato--, debí haber recibido insultos de su parte. Amenazas. Alguna patota que me estuviera esperando para reprenderme por la osadía de haber disentido con La Cámpora. Y de todas formas volvimos a disentir. En cuanto a Scioli, por ejemplo.

Sin que ninguno de los dos, claro, pierda la noción de qué es esencial y qué secundario. Ahí está la cosa. En cualquier caso, acá interesa, más allá de la anécdota personal, demostrar que la realidad discurre por carriles totalmente distintos de los enunciados. Y para qué se dice lo que se dice.

Ir por LC, entonces, es, también, ir contra la irreverencia juvenil que toma en sus manos la política: para mejor, porque es la juventud la que viene sin compromisos ni podredumbres cargadas en la mochila. Y por la discusión política, durante cuya ausencia crecieron quienes hoy encabezan la ofensiva anticamporista. Discutir política equivale a impugnar intereses. Sólo ocultando eso fueron tolerables los desfalcos que sufrieron las clases populares en el pasado. Y para ello, nada mejor que una juventud con ánimos reivindicativos. Es un clima de época a aplastar.

La captura de los instrumentos políticos tradicionales, no para eliminarlos, sino para reconfigurarlos en clave saneadora. Que acelera tiempos y reconcilia a la noción de gobierno representativo, toda vez que se decide a pararse por encima de las partes, de una buena vez y por todas.

Hay una dimensión compleja en la construcción política que es la que buscan destruir los que están a por la renovación de las lógicas que alumbraron el que se vayan todos. La militancia, si alguna vez se ha levantado en últimos tiempos, fue para defender a las instituciones, cuando el delincuente de Biolcatti y sus comandos civiles intentaron copar la legislatura bonaerense. Por lo demás, hay laburo en los barrios, armado y organización vecinal, sentido práctico del enunciado ideológico en forma de avance material concreto a favor del ciudadano.

A eso no van a ingresar a ensuciar los que no se acostumbran a que sus privilegios irán al banquillo de la interpelación popular y el escrutinio democrático. Dimensión, esta última, la de lo popular y lo democrático, a la que tampoco podrán acceder. Porque no es de sus convicciones y esencias hacerlo.

Desde hace algún tiempo, y por suerte, hay en la presidencia alguien que ha determinado que su soporte estaría en un grupo de personas que no descansan en compromisos con aquellos que durante 25 años, hasta que un tal Néstor Kirchner llegó al gobierno, usaron al Estado como gendarme de sus rentabilidades, en desmedro de la del pueblo. Precisamente, lo que Cristina prometió, en 2007, que no haría. Y vaya que está cumpliendo. De ahí que todo cuanto hace Lanata, atento a los intereses a los que sirve ahora, quede tan claro.

Cerramos robando una gran frase a Horacio Verbitsky: si vienen por más, es muy probable que lo encuentren. Sigan así.

jueves, 7 de junio de 2012

Acerca de la imposibilidad material de existencia de 'periodismo independiente'

¿Por qué sostenemos que el periodismo ni es ni puede (ni tampoco tendría obligación de) ser independiente (ni objetivo, ni neutral, ni imparcial, etc.)? Muy sencillo: porque la lógica empresarial que sustenta sus posibilidades de despliegue así lo determina. No está mal ni está bien que así sea: es como es. Y no vale la pena perder el tiempo en santificar o demonizar. Hay mucha riqueza para explorar en torno al debate acerca de las condiciones en que se ejerce el periodismo en estas épocas.

Dejando de lado que, de por sí, todo el mundo tiene su modo de ver la realidad, los hechos; lo que, desde el vamos, influye en cómo se encara el análisis de cualquier tema, por mucho que se quiera dejar de lado la opinión a la hora del relato. Es, ese costado, el filosófico, muy rico. Pero, mejor, vayamos a lo material, más concreto.

No existen, desde hace rato ya, empresarios que sólo se dediquen al negocio periodístico. En la actualidad, el periodístico es uno más de los tantos rubros en que incursiona un empresario dueño de medios de comunicación. Es decir, estamos en una fase superior a la multimediática, que de por sí distorsiona --el esquema multimediático-- el normal desenvolvimiento de la pluralidad: asistimos, ahora, al ingreso de los multimedios en las megacorporaciones comerciales. En la trama de intereses económicos que ello significa. Y que dibuja el contorno al interior del cual se puede mover el periodismo hoy.

Por ejemplo, y para estar a la moda de los tiempos, el Grupo Clarín. Que encabeza AEA, Asociación de Empresarios Argentinos, en la que confluyen, además de Clarín, La Nación (periodismo), pero también Arcor y Los Grobo (alimentación), Sociedad Rural Argentina ("el campo"), Techint (metalurgia), laboratorios como Bagó y Bayer, las automotrices Fiat, Mercedes y Wolkswagen, prepagas médicas (Medicus, OSDE), entidades bancarias varias (Citibank, Santander). Entre muchísimos otros más.

Ese entramado fue, en su mayoría, impulsor y principal beneficiario del diseño económico que Martínez de Hoz impuso a sangre y fuego a partir de 1976, el de la valorización financiera que los articula --a los integrantes de AEA-- casi como un todo único e imposible de ser disociado, y que se mantuvo inalterado hasta 2003.

Volviendo, y para entrar de lleno en la respuesta a la pregunta de inicio: ¿cómo podría, entonces, un trabajador de prensa contradecir el dictat de semejante madeja de intereses, que lo excede y supera? ¿Cómo no sería implacable con un gobierno, el actual o cualquier otro, si tal decisión radica fuera de sus alcances y se determina --la decisión-- antes que él pueda decir 'esta boca es mía'? ¿Cómo, si su salario depende del aporte publicitario que hagan las mencionadas empresas, u otras, siempre en tanto y en cuanto se sea 'amable' con ellas?

Claudio Díaz, fallecido el año pasado víctima de un cáncer fulminante, lo intentó, en Clarín, en 2008, durante el levantamiento que, por aquellos días, sostenía el sector agrario contra las retenciones móviles. Díaz escribió, sobre dicho conflicto, a favor del kirchnerismo en Clarín: fue despedido inmediatamente del diario. Clarín y La Nación son socios del negocio sojero en Expoagro, la feria comercial en la que tranzan sus productos empresarios agrarios y afines, y donde cada año se mueven más de 500 de millones de dólares. Más claro, echarle agua.

No está mal que así haya sido: Magnetto y Ernestina Herrera de Noble no tienen por qué pagarle el salario a alguien que atenta contra sus intereses. Son así las cosas. Lo interesante sería que existiera diversidad, sobre todo en cuanto a las lógicas que sostienen --en el más amplio sentido de la palabra-- a los medios.

Daniel Vila --por dar otro ejemplo, más chabacano--, junto a su socio, José Luis Manzano, son dueños del Grupo América; en el que, aunque en menor medida, también tiene participación accionaria el diputado colombiano Francisco De Narváez. Comparten, además, Vila y Manzano, negocios petroleros. Vila fue presidente del club Independiente Rivadavia de Mendoza y candidato a presidente de AFA. Así las cosas: ¿alguien cree que había posibilidad para alguno de los periodistas de América de hablar otra cosa que pestes de Julio Grondona, actual titular de AFA --al margen de que lo merezca, Grondona, o no; que, de hecho, lo merece--? Véase qué le ocurrió a Mariano Closs por no haber aceptado sumarse a la campaña proselitista de Vila, pues.

Ante todo, conviene no ser ingenuo. Y desdramatizar. Nunca, en 200 años de historia nacional, hubo en Argentina mayor libertad de prensa que en la actualidad. Así que eso de que 'es un momento complejo, el actual, para el ejercicio de la profesión', pueden ir a contárselo a Rodolfo Walsh. O a Mariano Moreno. Hasta a Manuel Dorrego, que también era periodista, y cuyo asesinato se debió a sus investigaciones sobre Rivadavia; es decir, sobre el poder económico, que le disputa atribuciones a las instituciones de la República.

Tomar nota de cómo ejercieron y cómo (y por qué) terminaron Moreno, Dorrego y Walsh, debería mover al pudor a los que baten el parche con las supuestas dificultades que, dicen, los acosarían por estos días. Feliz día.

miércoles, 6 de junio de 2012

Déjà vu histórico y la renovación de la contradicción principal

Ocurre cuando el escenario político, a contramano de cómo quedará planteado de acá en más, y aún sin haberse alterado en sus grandes líneas, comenzaba a alumbrar ciertos matices al clivaje que ha organizado la discusión política invariablemente desde 2003: kirchnerismo-antikirchnerismo.

En especial, por efecto de las disputas al interior del propio espacio oficialista; principal, pero no únicamente, en derredor de la disputa gobierno nacional-CGT por el contenido y las condiciones de despliegue del programa profundizador; pero, también, y aún más, por la conducción política del sujeto protagónico del proceso histórico --y además, de este último en sí--. Por decirlo brutamente: porque aparecieron quienes, quizás sin saltar el charco, pudieron, con pergaminos y alguna atendible representatividad, “correr por izquierda” a CFK.

La reacción, ahora, arremete y define el objeto de sus agresiones: el kirchnerismo, no sólo como espacio socio-político con el que contradecir intereses, sino también como capítulo --fallido, a criterio de los reaccionarios-- de la historia argentina. Que de dinero se trata, vamos. Siempre es así, a fin de cuentas, qué tanta sorpresa.

En los últimos tiempos se ha oído que también al interior del kirchnerismo se puede encontrar empresariado adinerado, lo cual es innegable; y que, por tanto, es improcedente considerar al gobierno de Cristina como como adversario del poder económico: esto último ya es insostenible de medio a medio.

Para el caso, poco importa cuánto dinero se tenga, sino cómo se condiciona, a partir de ello, el rumbo de un proyecto de país. Es lo segundo, y no lo primero, lo que constituye la noción de poder económico. Por la capacidad que otorga a un privado para determinar al resto de sus pares en la sociedad. Pasando por encima o cooptando la voluntad de los que deben operar el curso institucional popularmente consagrado.

El sujeto histórico del programa económico procesista extendió sus capacidades de condicionamiento de la institucionalidad, formal por ello hasta 2003, cuando ingresó en una tensión que devino crisis sistémica terminal hacia 2008/09 --por las retenciones agrarias, primero; por la ley de medios, después--. Es el bloque nucleado en AEA, organizado por el Grupo Clarín, movilizado por la Mesa de Enlace, articulado en los circuitos de valorización financiera diseñada por Martínez de Hoz (y perfeccionada por Cavallo) y que fue impecablemente descripto por el trabajo de Eduardo Basualdo.

Ese programa arrojó resultados no sorprendentes atento a sus objetivos; hirió de muerte, casi, a los sectores populares. El kirchnerismo, con objetivos y praxis diametralmente opuestos, obtuvo, a 2011, saldos francamente superadores, y a nivel general, porque tampoco es que ha lanzado a la pauperización a los vencedores del período anterior.

Para decirlo más claramente: ¿qué decisión trascendente, con carácter de lesivo para, por decir algo, la clase obrera sindicalizada, ha tomado el kirchnerismo como producto de presiones extrainstitucionales por parte de Cristobal López o Electroingeniería? Antes bien, sus cuentas pendientes tienen más que ver con la incompletitud de su acción a favor de la normalización de los procesos de decisión gubernamental. La matriz del subdesarrollo argentino hace eje en AEA y no en Cristobal López ni en Electroingeniería.

En cualquier caso, el triunfo presidencial de Cristina en 2011, por ser el primero al que se opuso abierta y explícitamente el bloque de AEA desde 1983 a la fecha --se opusieron tenuemente y de callados en 2007--, termina de abrir un nuevo ciclo histórico, que, ayudado porque la magnitud del mismo debilitó los canales de expresión institucional opositora, deriva en la particular forma en que explotaron manifestaciones opositoras en los últimos días.

Los términos en que se desplegó el caceroleo, ajenos a cualquier posibilidad de ser enmarcados por carril institucional ninguno, en virtud del programa que se plantea --desplazamiento de la Presidenta antes de lo institucionalmente dispuesto, planteamiento de programa conservador de gobierno a través de la no aceptación de la discusión de la renta agraria--, no pueden sorprender, a partir de la observación de los datos que ha arrojado el devenir del juego político desde la reasunción de Cristina Fernández.

La aceleración por parte del gobierno nacional en las lógicas de acción que lo sustentan, con capítulos tales como el fin de la convertibilidad, la reforma de la Carta Orgánica del BCRA, la designación de directores por el Estado en empresas privadas de que se heredaron tenencias accionarias por la reestatización del sistema previsional, renacionalización de YPF y desacople de la política hidrocarburífera toda de las lógicas del mercado, entre otras; vertebran un trazo proyectivo ya plenamente diferenciado como alternativa contradictora del programa procesista. Con intenciones y capacidad de concluir el desplazamiento definitivo de este último.

El reciente fallo de la Corte sobre la ley de medios pone en peligro al cerebro organizativo del bloque de clases dominante de la estructura económica nacional. El caso Papel Prensa, junto a otras causas radicadas en distintas sedes tribunalicias, caminan en dirección a consolidar la reconfiguración de la respuesta estatal al orden impuesto por el Proceso. Los objetivos programáticos que permitieron que todo aquello sucediera.

Moyano, decíamos en la nota anterior, tiene, por legítimo jefe obrero que es, un rol histórico a ocupar en esa pelea, que involucra las posibilidades de reparación para sus representados. Scioli ha quedado jugando un rol definido, a pesar de que se movía en función de evitar determinaciones tajantes tan anticipadamente, en un intento de equilibrio que se volvió imposible.

El tablero se reorganizó a gusto del Gobierno por pura y exclusiva voluntad del establishment empresarial. Que, por burros, corren al kirchnerismo por derecha cuando las últimas elecciones consagraron amplio acuerdo social con la posibilidad de poner al gobierno de la sociedad bajo tutela estatal de una buena vez por todas. Le regalaron al oficialismo una nueva e inmejorable oportunidad para renovar su legitimidad como portador del sentido progresivo de la historia.

La fórmula que resume la cuestión, en virtud de todo lo expuesto, y esta vez no por habilidad estratégica del Gobierno en su planteamiento, es, de nuevo, kirchnerismo vs. antikirchnerismo. Cada quien se sabrá de qué lado se pone.

sábado, 2 de junio de 2012

Moyano en adelante

Moyano dice que Cristina se enojó con él cuando pidió por un presidente obrero. Dejando de lado si fue exactamente por aquella arenga, hoy mera anécdota, lo cierto es que Moyano, recordándola, pone la cuestión en su justo punto: pasa por la política; o mejor dicho, por su incapacidad para expresar políticamente su representatividad sindical.

Cristina no acepta compartir la conducción de la alianza social en cuya representatividad se sustenta su hegemonía. Amplísima (la alianza social que conduce), atento a lo constatado en dos pronunciamientos electorales contundentes en dos meses en 2011, por lo cualitativo más que nada de ese número grande. Heterogénea, por cierto. Lo que para ella, capaz de dialogar de par a par con todas, significa un valor agregado.

Es, CFK, el punto de equilibrio. El todo, al interior del cual las partes que lo componen ganan más que yendo por separado, sólo se armoniza en torno de su figura, independientemente de consideraciones subjetivas a este respecto.

Alguien dijo, hace unas horas, que, pese a que la fractura interna en la CGT --lo que entonces debilitaría a Moyano allí donde es más fuerte-- es cada vez mayor, Moyano aún conserva capacidad de, como usualmente se dice, “parar el país”. Y seguramente eso sea cierto.

Pero contendría, para Moyano, la semilla de su propia implosión: lo situaría, una jugada de tal magnitud, en exceso en el terreno sindical. Con la garantía de, por la repulsión que generaría con semejante movida fronteras afuera del universo que conduce, consolidar su impotencia para expandirse al terreno de la disputa política. Que es lo que quiere hacer. Con legítimo derecho.

Cristina reclamó el año pasado, y reclama del mismo modo ahora, centralidad exclusiva sobre la base de, simple y sencillamente, el conteo de más de 12 millones de votos, uno arriba del otro. Desde esa posición de extraordinaria potencia disciplinó con argumentación política de lo más corriente a todos aquellos con los que discutió (no en el sentido literal del término) el armado de las listas. También con legítimo derecho.

Moyano demostró en toda su dimensión su enorme incapacidad para desenvolverse en el terreno de la política cuando ordenó a Piumato y Schmidt, que habían sido designados por Cristina en el 5º lugar cada uno de las listas de CABA y Santa Fe respectivamente, bajarse de sus candidaturas, bajo el argumento de que “Cristina no es Perón como para sacar tantos votos que le vayan a permitir meter tantos diputados en Capital y Santa Fe”. Piumato y Schmidt hoy serían, si Moyano hubiera pensado con la cabeza en aquella oportunidad, ambos diputados nacionales.

Puede creerse que Cristina ofreció lo que ofreció sabiendo que el moyanismo diría nones, tercerizando en el propio excluido la decisión de apartarlo de la centralidad que éste demandaba y aquella no quería ceder. En cualquier caso, haber mordido el anzuelo no hace más que reforzar el argumento de la torpeza de Moyano para expresarse políticamente. Simple y sencillo: no es, en esa arena, lo bueno que es para negociar en convenciones colectivas; o que lo fue para pararse de manos antes la entrega de derechos sociolaborales por parte del Estado durante los '90.

La torpeza de Moyano pone en peligro el marco político en el que se han desplegado a todo dar las banderas en cuya defensa siempre, y con toda justicia, recuerda haber militado. Un esfuerzo que caería en saco roto si con su accionar lesionara la capacidad de acción del único actor político con cuyo programa puede encontrar coincidencias --lo que, de hecho, ha ocurrido durante 8 años, aunque ahora pretenda que lo ha olvidado--.

El problema sería el boomerang que eso puede llegar a generar en lo que hace al plano concreto de lo materialmente específico para los intereses del sector asalariado en la fase actual del despliegue del modelo económico inaugurado en 2003.

Decía Horacio Verbitsky, hace un año, sobre un trabajo de Eduardo Basualdo que era necesario recomponer márgenes de rentabilidad en los segmentos con mayor capacidad de dinamizar la generación de empleo, en lo que, por ende, se juega, también, la participación del asalariado en el reparto del ingreso nacional.

Para eso se postulaba una mayor intervención del Estado sobre el proceso de asignación de recursos a favor de los tramos de la producción lesionados en sus potencialidades por efecto de una apreciación monetaria en cuyo desmadre operan los sectores de la oligarquía diversificada denunciados por Basualdo y que cuentan con capacidad de formar precios; en lo que era de vital importancia el fortalecimiento de la alianza entre el kirchnerismo, que sostiene la disputa con la oligarquía diversificada como motor principal de su programa de gobierno, y el sindicalismo moyanista, cuyo accionar en la disputa salarial se centró principalmente en esos segmentos, de lo que devino natural su coincidencia con los gobiernos de NK y CFK.

Habida cuenta de la reconfiguración de marcos de alianzas a la que está llevando Moyano al sector de la CGT que conduce, no sólo por Clarín sino también porque su candidatura a la reelección es auspiciada, entre otros, por Momo Venegas --con todas las derivaciones que por efecto de unos y otros pueden colegirse de ello como favorable para sectores de los grupos económicos favorecidos por los programas económicos prekirchneristas--; podrán predecirse resultados desfavorables para el sector obrero.

Justamente en momentos en que se necesitaría de la acción conjunta de Gobierno y movimiento obrero en función de rediseñar los instrumentos tendientes a extender y ampliar las líneas básicas de un esquema económico en el que el papel del asalariado es vital.