sábado, 24 de marzo de 2012

Memoria, verdad y justicia completas

En febrero pasado, falleció Amalia Lacroze de Fortabat y, casi al mismo tiempo, se conocieron declaraciones del ex jefe del Ejército y genocida Jorge Rafael Videla, en las que, entre otras cosas, reivindicó el “acuerdo mitad y mitad” que, a su entender, hicieron Alfonsín y Menem; defendió todo lo actuado bajo su mandato en materia de terrorismo de Estado, opinó que los actuales procesos de enjuiciamiento de militares con participación en el Proceso significan “venganza y no justicia”, calificó a los Kirchner como sus peores enemigos, alertó sobre un estado institucional “peor que en épocas de María Estela Martínez de Perón” y señaló el acompañamiento civil con que contó durante su mandato.

Cual si fuera un guiño del destino, insistimos, el acaecimiento casi en simultáneo del deceso de “Amalita” (cuya figura fue abrumadoramente ensalzada el día posterior a su fallecimiento por el diario La Nación, en lo que Mario Wainfeld acertadamente calificó como una cuestión de clase) y las expresiones de Videla, evocan metafóricamente y con sobrada corrección lo que significó la alianza social que dio lugar a lo ocurrido con el Proceso de Reorganización Nacional, de cuyo inicio se cumplen hoy 36 años. El verdadero sentido de todo aquello.

La mayoría de los 30 mil desaparecidos eran delegados obreros de base. Para el año 1976, la argentina era una sociedad con altísima capacidad reivindicativa y conciencia de sus derechos sociolaborales. La dictadura genocida que se hizo ilegal e ilegítimamente del poder hace 36 años fue la herramienta, el instrumento que encontró el poder económico, el establishment corporativo extrainstitucional, a cuya nefasta incidencia en el devenir nacional tantas veces han hecho y siguen haciendo mención tanto Néstor Kirchner como la presidenta CFK para cortar de un sólo tajo con las luchas populares, que se habían acelerado desde el derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955 por parte de los mismos sectores sociales que en 1976 se cansaron de veinte años de intentos de desperonización fracasados.

Amalia Fortabat, así como Clarín, la Nación, Techint, Carrefour y la Sociedad Rural Argentina, entre otros, vertebraron el sujeto social que promovió, armó y sustentó la llegada al poder del Partido Militar en 1976 para que aplique una especie de solución final a la argentina.

Y pensar que tantos y tantos insisten, todavía, con el latiguillo (alfonsinista, recordemos) de que el golpe sucedió como consecuencia del desarrollo que había adquirido la guerrilla revolucionaria en Argentina. No pueden explicar por qué si aquello de la teoría de los dos demonios es correcto fue necesario arrasar también con delegados obreros de base, profesores universitarios o estudiantes sin militancia. O qué necesidad había de que Martínez de Hoz (de Sociedad Rural Argentina, el delegado de los hombres y mujeres de dinero en aquel gobierno) alterara todo el sistema económico peronista, que llevaba 30 años de éxito sin par en los 200 años de historia nacional.

Pasamos de una industria fortísima (sobre la base de cuyos desarrollos, Brasil, por ejemplos, desplegó mucho de su estrategia económica, hoy día muy consolidada: Embraer, fabrica de aviones montada sobre desarrollos tecnológicos argentinos iniciativa del primer Perón) a un sistema de privilegio a la actividad financiera, que a su vez estallaría de muerte natural en 2001: 25 años al cabo de los cuales tuvimos como resultado 54% de pobreza (eran menos de 5% en 1976), 24% de indigencia (cuasi inexistente hace 36 años) y 22% de desempleo (que llegaba a, apenas, un 2%/3% el día que se inició el Proceso).

Había que arrasar con todo ello. Con la participación obrera de alrededor de 50% en el reparto del PBI nacional, también. Con todo lo que en términos de reparto de poder social y de Y que volvieran a predominar los que habían sido los dueños de la Argentina conservadora con la que acabó Perón a partir de 1943.

La miseria planificada, a conciencia, de la que habló Rodolfo Walsh en su carta a la Junta en el primer aniversario del golpe en 1977 (al mismo tiempo que la directora de Clarín, Ernestina Herrera de Noble, cantaba loas a los dictadores de entonces: hay una gran diferencia entre “no poder denunciar” y hacer propaganda, vale decir).

Y concomitantemente con eso, en el plano cultural dejaron, como correlato de todo lo material ya citado, un ser nacional altamente despreciativo de valores como la participación del Estado en el devenir natural de los procesos socioeconómicos y de todo lo que, en esos términos, implica como profundización de las discusiones políticas que la puesta en crisis de valores significa (por la mencionada intervención estatal en lo económico).

Que Videla en persona nos haya ubicado, a los kirchneristas, como sus enemigos, son la mejor prueba de que el gobierno de la actual Presidenta es continuador de las mejores tradiciones nacionales y populares de Yrigoyen y Juan Domingo Perón.

Y en el desarrollo de las actuales y las viejas políticas (derrumbadas por el Proceso), y las reacciones que se levantan ante ellas, encontramos el mejor argumento para la descalificación de aquel ridículo sinsentido de la Teoría de los Dos Demonios, que supuso, como continuidad histórica, una democracia condicionada de recuperar sus mejores valores de gestión en defensa de los humildes, intentando instalar que todo aquello había sido obra de dos bandos de desquiciados y no la puja social resuelta en forma asesina a favor de los sectores pudientes de la Argentina de la, insistimos en este concepto, miseria planificada. Un relato fuertemente impregnado que posibilitó la permanencia y perfeccionamiento de los cimientos socioeconómicos del Proceso ya en democracia.

La recuperación de las discusiones implica, entonces, “mover el piso” de los pilares que edificaron un modelo de país que extendió el genocidio a lo largo de 25 años. No bastará con llevar a los estrados judiciales a jerarcas militares. Hay que avanzar, como piden los compañeros de la Corriente Peronista Nacional y la JP Descamisados, en la responsabilidad civil que hubo en todo aquello (Loma Negra tiene bastante para decir a estos respectos).

Y, además, con la remoción de los últimos vestigios de Estado neoliberal de predominio de la actividad financiera que cumplió su cometido de pauperizar al pueblo argentino. Días pasados, siguiendo con esto de las casualidades del destino, se avanzó en tal sentido, con la reforma a la Carta Orgánica del BCRA. Sólo así se repararán los daños cometidos por el Proceso, que exceden la detención/desaparición de los 30 mil compañeros y compañeras (eso fue lo más grave, pero no lo único).

Sólo así habrá reparación completa y verdadera.

martes, 20 de marzo de 2012

Alberto Fernández

Me interesaría destacar una cosa sobre Alberto Fernández, a propósito del revuelo que hubo en los últimos días en torno a su figura. No en cuanto al hecho de la supuesta censura en sí, sino a la significancia política del personaje en cuestión. Hay que discutir a Alberto Fernández, pues discutiéndolo a él quizás podamos encontrar varias puntas a partir de las cuales poder, luego, también, encarar otras discusiones, ya sobre la esencia del kirchnerismo.

Insisto, modestamente, en que debemos, de uno y otro lado, hacer un esfuerzo por bajar a la tierra los términos del debate político. Racionalizarlos.

Recuerdo que cuando se produjo el reemplazo de Jorge Taiana por Héctor Timerman en la Cancillería, Carlos Escudé lo encontró como muy apropiado para las necesidades y dificultades que le imponía al país el nuevo marco geopolítico a partir de la llegada de Obama a la presidencia de EEUU, atento a los perfiles de uno y otro cancilleres, el anterior y el actual. Esa es la idea, a eso me refiero con racionalizar los términos de las discusiones.

Yo entiendo que con Alberto Fernández pasa algo parecido. Fue el jefe de Gabinete que la primera parte de este proyecto político necesitaba, según entiendo. Ni más ni menos que eso. Con unos cuantos vínculos con varios sectores del establishment (no estoy diciendo que esté ni bien ni mal que los tuviera y/o los conserve, ni que haya sido el hombre de ellos infiltrado en el gobierno; estoy, sencillamente, describiendo), su presencia se ajustaba a las necesidades de un gobierno que en su primera etapa no estaba en condiciones estratégicas de romper con los sectores del poder extrainstitucional con los que sí ha ingresado en beligerancia desde 2008.

(Digresión: Es más, Cristina, mira lo que te digo, es injusta con Néstor al tildar a Alberto F. de “hombre de Clarín”. ¿Néstor tuvo un hombre de Clarín por malo o por b…uenudo? Vamos, no es así. Alberto Fernández tiene capacidad de vinculación con esos sectores, cree en una lógica de acuerdo con ellos y está bien que así sea, está en su derecho. Aníbal, en cambio, se ajustaba a la necesidad de despejar centros cruzados que llovían al área desde todos lados luego de la derrota de 2009; y Abal Medina tiene, por su parte, mejor llegada que ninguno de los anteriores a los sectores juveniles, nuevo actor protagónico del proyecto.)

Cuando, inicialmente con motivo de la discusión de la renta agraria, aparecieron las contradicciones que hasta dicho momento no se habían evidenciado, pero que al mismo tiempo, a mi criterio, se hacen indetenibles por la esencia del desarrollo evolutivo del trazo proyectivo del kirchnerismo, tanto a Alberto Fernández, habida cuenta de que entendía y entiende él que debe ser este proyecto; como a la conducción (Néstor y Cristina), se les hizo insostenible la continuidad de una alianza política (y de su correspondiente lógica de funcionamiento), que hasta allí parecía imposible que fuera alguna vez a fisurarse, siquiera.

Después, yo creo que Alberto Fernández confunde: fondos y formas, tácticas y estrategias, o como se lo quiera llamar. Allá él si considera que el núcleo conceptual del kirchnerismo debe rastrearse en la consagración de los superávits gemelos y de las reservas de libre disponibilidad por ellas mismas, y no por la funcionalidad que adquieren en el marco de una estrategia económica que se vale de ellas en el marco del abordaje de objetivos sociales concretos y específicos, cuyos destinatarios finales... son de carne y hueso (nuestra mayor discrepancia con Alberto, poner el foco en eso y no en lo otro, que puede variar).

Concretamente en lo que hace al proyecto de reforma de la Carta Orgánica del BCRA, mi lectura es que el kirchnerismo siempre fue, como mejor pudo según el momento, avanzando sobre el manejo del mismo, en diversas formas. Antes, ello fue posible con la creación de la categoría de reservas de libre disponibilidad; hoy lo es con la eliminación de la misma: y no hay contradicción en ello. La herramienta que antes sirvió hoy ya no, las dificultades que marca la agenda siempre mutan, los objetivos finales se conservan.

Son diferencias conceptuales, pero que hacen a la explicación que, a mi criterio, deben dársele a las críticas que al ex jefe de Gabinete le merece el actual estado de situación de la administración de CFK.

Y si resulta que está, Alberto Fernández, reforzando su perfil crítico en función del desarrollo de alguna estrategia electoral de cara a 2013, bien por él. Principalmente, entiendo que se quiere vender como una versión de kirchnerismo más potable para los sectores que adversan al gobierno de la presidenta CFK en la actualidad. Le veo poca suerte: tiendo a creer que los kirchneristas, para kirchnerismo, votaremos a quienes hayan transitado la historia completa.

Que desde acá se lo acuse a él de traidor o que él acuse a los que continúan en el barco de ser infieles a la memoria de Néstor Kirchner, suma poco. Así que, mejor, que esas expresiones queden de lado.

domingo, 4 de marzo de 2012

Subtes, federalismo y futuro político

Estamos en una encerrona. Bastante complicada, por cierto.

Maurizio Macrì interpreta excelentemente bien el deseo de los porteños de mantener sus (muchos e indebidos) privilegios. Cristina, por su parte, representa muy bien las aspiraciones de las provincias del mal llamado interior del país, de ponerle punto final a las desigualdades territoriales, que son las que llevan a todas las otras. Para lo que se requiere, ante todo, cortar con las "ventajas" de que goza la Ciudad de Buenos Aires.

Mi amigo Mariano habla de “la canalización de los flujos de recursos surgidos del proceso de producción social, y de cómo se usufructúan esos recursos. Y de que todos estos procesos no son meramente naturales (…) requieren de una convalidación política, aunque más no fuera que por la omisión que significa no realizar ningún esfuerzo por modificarlos.”. Para explicar la situación de desigualdad de que gozan los porteños.

Por esto, y no por otra cosa, Capital, es cada día más macrista; y "el interior", cada vez más kirchnerista (tanto, que 22 de las 23 provincias son actualmente gobernadas por kirchneristas o muy afines). Macri, tanto como Cristina, le están hablando a su electorado, a su base. Y está muy bien que así sea.

La razón legal está, toda, todita, de lado del kirchnerismo. Eso desde lo, digamos, objetivo del asunto. Desde lo subjetivo, nosotros estamos, claro, con la postura de la Presidenta, que hace, justamente, a desandar lo injusto del mecanismo de reparto de riqueza. Que entre otras cosas, se nutre de la desigualdad territorial, una estructura socio-económica centrada en la Ciudad de Buenos Aires desde los tiempos de la organización nacional. A conciencia. Independientemente de las valoraciones que podamos hacer al respecto, es lo que ocurrió.

El kirchnerismo ha hecho mucho por revertir esto. Con obra pública, ponele, que se nutre de los aumentos que a “la caja” le han significado, por ejemplo, las retenciones a las exportaciones a las exportaciones sin valor agregado. Una forma, si se quiere, tosca de hacerlo. Que no se han plasmado (y utilizo, para decir esto, expresiones de la propia Cristina) en un plexo normativo que lo consolide. Pero sí ha demostrado ser el único actor político con valentía y decisión de encarar al menos algunas acciones a tales fines (de revertir el federalismo incumplido).

En las discusiones por la “megaminería a cielo abierto” hay vestigios de todas estas discusiones, con provincias en el intento de ganar un poco capacidad de generar al menos algunos recursos propios. Con auspicio del actual oficialismo nacional, lo que supone una desmentida fortísima al relato opositor que intenta divulgar que el kirchnerismo pretende provincias postradas, para luego intentar comprar sus respectivos concursos políticos por medio del fondeo que ellas mismas no pueden generar.

Viejas discusiones, las del federalismo, sistema, ése, que, contrariamente a lo que se pretende divulgar, requiere de un presidencialismo fuerte, que pueda atenuar las diferentes capacidades de generación de recursos. Está muy bien que Macrì pretenda decidir sobre la seguridad y el transporte porteños, por supuesto. Pero, pequeño detalle: a eso, a la intención de ganar autonomía decisoria, hay que pagarla. Los ciudadanos, por la vía impositiva, son los que deberán hacerlo.

Ahora bien, ¿cómo sale políticamente parado, luego de todas estas discusiones, Maurizio Macrì, sobre todo en cuanto a su decisión de proyectarse nacionalmente de cara a 2015? Digo, porque, para ello, deberá hacer pie en el mal llamado interior del país, que le aportó a Cristina el 70% de su reciente 54,11% de las presidenciales últimas. De hecho, a esos menesteres ha dedicado hasta la creación de un ministerio --el de Gobierno, a cargo de Emilio Monzó-- y la designación de un equipo especialmente dedicado a hacerlo crecer en las provincias.

Difícil le será todo si insiste su relato pro privilegios del centro en detrimento de la periferia. Si me preguntan a mí, diría que se perfila como natural su confluencia, a diferencia de lo que se piensa, con el radicalismo y no con el peronismo. Pero tiene una contradicción importante, al día de hoy. Que hace a su temor, que le impide asumir los costos que implican sus intenciones, declamadas solamente por ahora. Amparado, además, en el microclima en el que más pega la concentración mediática que lo protege y alimenta ideológicamente.

El alcalde pretende mandar con los que sostienen los habitantes de todas las demás provincias. Se entierra sólo cuando deplora que recibe 1,4 de cada 25 pesos que aporta, su distrito. Bueno sería que ni siquiera eso, atento a que justamente se está poniendo en cuestión que su capacidad de generar esos 25 fue construida históricamente a despecho de las provincias, y de lo que eso le ha significado en términos de ventajas competitivas.

Macrì pretende hablar en nombre del federalismo desde una postura que es unitaria de punta a punta (que cada uno reciba lo mismo que genera, en vez de compensar a los que producen menos: desconcepto total). Y le será complicado seducir al peronismo, que es el que gobierna en el interior por abrumadora mayoría, a partir de premisas que pondrían a los gobernadores en contra de la defensa de sus propios pueblos. Y de sus propias capacidades de acción (de sus propias cajas).

Del mismo modo que al día de la fecha se lo observa incapaz de generar una alternativa a la voluntad y decisión kirchnerista de encarar cambios en el reparto de la riqueza en sentido territorial.

Todas cuestiones que me llevan, a pesar que me critican, a decir que decanta casi naturalmente, en el estado de situación actual del sistema político argentino, que se pida por la permanencia de Cristina más allá de las limitaciones constitucionales. Complicado, el futuro.