lunes, 30 de enero de 2012

La centralidad de Cristina y la ¿reforma constitucional?

Todos los caminos, decíamos en nuestro último post, conducen a Cristina. Ya sea en lo que hace a política partidaria, o bien en cuanto a la institucionalidad y/o gestión del Estado, es, la Presidenta, la referencia ineludible. “Desde luego: para algo es presidenta”, dirá alguno. No siempre, no obstante, fue, esto, así. Con De La Rúa, por ejemplo, otros, y otras cosas, eran más importantes. La primera mandataria se lo ha ganado a base de mérito propio. De gestión y de rosca.

Esto lleva a que discusiones muy actuales (interna del PJ, Moyano, sucesión de CFK en 2015, reforma constitucional) se crucen, se condicionen mutuamente y sea una causa/consecuencia de la otra, y/o viceversa. Inabordables, cada una de ellas, por separado de las demás.

En un post de su blog, el pasado 5 de enero, Lucas Carrasco hacía una interpretación muy interesante sobre el sentido de la institucionalidad y la división de poderes. Según entendió quien esto escribe, una posible conclusión del escrito es que los diseños institucionales responden a la necesidad de establecer en términos, digamos, racionales a la lucha política. Repartiendo el poder.

De alguna manera --esto ya es propio--, la institucionalidad se diseña en función de asegurar la estabilidad. Hay el componente de especificidad, propio, que deben atender los tienen a su cargo la ingeniería institucional de un Estado determinado. Lo que torna inconveniente, pues, importar esquemas ajenos, que --se insiste-- se diseñaron a partir de la necesidad de solucionar dificultades distintas.

Carrasco también enfatizó, creo, lo anterior, así: “(…) el conflicto político --inherente a toda sociedad-- es anterior a las instituciones. La separación de poderes, entonces, busca que sea al interior de las instituciones donde se dirima el conflicto político. Entonces, tenemos que si la separación de poderes tiene ese rol, no todas las separaciones de poderes pueden canalizar los conflictos políticos, dado que los mismos no son iguales en todas las sociedades. (…) No sacralizar la separación de poderes no implica abogar por su supresión, simplemente (…) se puede respetar el concepto de separación de poderes pero pensar en poderes que resuelvan la canalización de viejos y nuevos conflictos políticos preexistentes.”.

La vieja cuestión de la conveniencia que conlleva la generación de pensamiento nacional, que no será si no se parte de, justamente, pensar lo propio. Lo “bueno”, tanto como lo “malo”.

Yo entiendo que, hoy día, Cristina es garantía de estabilidad. Ojo: hoy día dije. Mañana, quién sabe. Para 2015 faltan, casi, cuatro años. Lo que, en nuestra política, es una era geológica.

Para mediados de 2008, pronosticaban, “los analistas”, que Julio Cobos sería, por estos días, el presidente argentino. Un año después, al mencionado se le sumaban, siempre según “los analistas”, Macri y Reutemann al trío de “presidenciales” más probables. Para agosto de 2010 (antes de la muerte de Néstor Kirchner), nosotros (y no sólo) aventurábamos que el kirchnerismo contaba con mayores chanches que cualquiera de sus competidores para 2011, contra la burla de la cuasi totalidad de la cátedra analítica. Cristina, decían luego, no podría sin la compañía de su marido: gobernar, primero; domar el PJ, menos; reelegir, ni soñarlo. Esto dicho al sólo efecto de ejemplificar cuánto valor tiene ser prudentes en política.

No obstante ello, lo que intentamos es explicarnos las razones de la confluencia de distintos tópicos en otro de obvia mayor importancia, como lo sería el de una reforma constitucional. Por fuera del simplismo del crispado berrinche pseudo republicano y la “preocupación por la salud institucional de la Patria” y toda esa berretada. Hay una lista, larga, de tipos/as que deberían quedar, por la carencia de autoridad moral (por llamarle de alguna manera) que toda incoherencia conlleva casi per se, fuera de debate: tipos que aplaudieron la defección de Cobos (y gran cantidad de legisladores, también) para con el mandato constitucional que lo ungió; o que no dudan en ensalzar las supuestas calidades democráticas/institucionales/republicanas, de países que, todavía en el siglo XXI, sostienen reinados.

El grosor democrático/institucional/republicano, debe rastrearse en la medida de cumplimiento de los actores institucionales para con las nociones de gobierno representativo y mandato: esto sería, operar el programa de gobierno que consagran las mayorías y no el que pretendan imponer distintas minorías, cualquiera ellas sean.

En este entendimiento, hoy día Argentina tiene poco que envidiar a cualquier otra democracia, ya no europea: también a nivel mundial. Otra discusión es la subjetiva (si se acuerda o no con la propuesta de Cristina): en concreto, nada puede reprocharse al actual oficialismo en cuanto a cumplimiento de sus promesas de campaña --o, por lo menos, a la voluntad de hacerlo--.

Todo tiene que ver con todo. Decíamos arriba que Cristina hoy ofrece garantía de estabilidad. Hay una cosa que dicen los “analistas” que sí voy a reconocer como cierta: el kirchnerismo aún no tiene definida, menos construida, siquiera esbozada, ninguna alternativa sucesoria. Y eso es un déficit político, no hay vuelta que darle. Los sujetos sociales en base a los cuales ha construido su representatividad y sentido el kirchnerismo (y en cuya función, como parte de la ciudadanía que son, debe, ya sugerimos, medirse la calidad institucional de nuestro país), a todo esto, lógicamente generan los ruidos que, al respecto de las discusiones mencionadas en el primer párrafo, se vienen sucediendo.

Sigue, el firmante, insistiendo, humildemente, en que los pleitos están, desde ambos costados (los kirchneristas, entre los que me cuento; y los antikirchneristas, a los que adverso), mal encarada desde el vamos.

Aún cuando es cierto que el kirchnerismo tiene problemas, y graves, en lo que hace a la sucesión, lo que hace, en esencia, a la interna del peronismo todo (del cual es kirchnerismo es línea interna: la mas potente, organizada y cohesionada de todas las que lo componen); no menos cierto es que en la oposición las cosas son bastante peores: ¿o acaso existe alguna formación opositora capaz de poner en cancha, hoy día, ya mismo, a alguien capaz de hacerse cargo de la cosa? El panorama político, en lo que hace a futuro dirigencial, es, por lo menos, dudoso.

Si a algo le debe la oposición su fracaso de los últimos tiempos es a su intento de construir su propuesta a partir de la obstinación prekirchnerista. Es decir, a la pretensión de que no necesita readecuar formatos y esquemas de canalización de demandas e interpelación de un electorado que, tras ocho años de kirchnerismo y de una etapa que supuso incorporación y no destrucción de derechos y una reconfiguración de los modos en que se gestiona el Estado, ya no es el mismo. Ídem para los modos en que definen su relacionamiento con otros actores de poder, representativos, que han surgido desde 2003 y para los lenguajes con que presentan todo ello a la sociedad. Ni hablar en cuanto a los factores de poder extrainstitucional, problema atendido por variadas cátedras del constitucionalismo: el del poder de los Estado frente al de los poderes fácticos.

En relación a todo esto, pueden leerse, también, los enojos de Moyano. Que, según entiendo yo, quiere apostar fuerte a ser parte, personalmente, del poder. Porque entiende que ha aportado mucho al kirchnerismo y a la lucha anti antiobrerismo en los ’90 (ambas cosas son ciertas), porque supone que los aires de renovación se pueden llevar puestos los moldes que lo forjaron y contuvieron y porque, sencillamente, se le antoja pelear por fuera de los estrictamente sindical. Desde ya que tiene legítimo derecho. Su entrada, además, si se diera, aportaría riqueza. Y mucha. Pero no está demostrando, para la empresa, ser ducho en lo más mínimo. Por manejo de tiempos, por comprensión de posicionamiento estratégico (lo más raro en él), entre otras cuestiones.

Scioli, De La Sota, Urtubey, sólo por citar algunos de los que presumiblemente también deben tener hambre de presidencia en 2015, están caminando de otra forma el terreno, atentos, ambos, ni más ni menos que legitimidad del kirchnerismo, que es abrumadora, comparativamente.

Para nosotros, a nadie le está vedado soñar en grande. Ciertos límites institucionales deben guardar, y gracias. Pero no nos privamos de decir cómo nos parece que ello se intenta. Omar Bojos, un sabio a mi criterio, cree que es todo una cortina de humo, justamente para resguardase del desgaste que naturalmente conlleva el ejercicio del poder. Sobre todo luego de tantos años, por cierto no “normales”. Puede ser. No tendría nada de malo, tampoco. Seguiríamos, entiendo, en la misma. Discutir el poder y cómo.

El kirchnerismo está en la obligación, sí, de dejar sentado todo lo que ha significado como renovación para la vida de la sociedad argentina, en diversos aspectos. Eso va más allá de la habilitación para Cristina de seguir en su cargo más allá de 2015. Que puede o no darse: no significa, en sí misma, de nuevo y hasta que cansemos, nada, cualitativamente hablando.

Por lo ya expuesto de que ninguna forma institucional es portadora de maldad o bondad en esencia. Las cosas son, siempre, más complejas.

jueves, 26 de enero de 2012

El regreso (y un poco más allá...)

Volvió de su licencia, finalmente, la presidenta CFK. Efectuar un racconto de todo lo que --muy bien, por supuesto-- dijo, no es el propósito de las siguientes líneas. Interesa, a quien esto escribe, señalar unas pocas cosas.

Cristina ocupa el centro del escenario político. Aún en su ausencia, su figura ejerce un magnetismo ineludible frente a cualquier tema del debate público. Y de la rosca, por supuesto, también. Ello, no obstante, no equivale a coincidir con el chamuyo berreta ese de que sin Cristina el país no camina porque en el país existe un unicato autoritario y hegemónico y toda esa sarasa.

La dimensión institucional y burocrática o de gestión del Estado, es una cosa; la dinámica política, otra. No intento decir --Dios (si existe) no lo permita-- que tramitan, una y otra, por cuerdas absolutamente separadas. Reconozco que, las más de las veces, se entrecruzan, se condicionan la una a la otra mutuamente, y están en (casi) permanente tensión.

Pero resulta que lo destacable en Cristina a la hora de la conducción ha sido, es, a mi criterio, la consolidación de una correlación de fuerzas tremendamente favorable. Esto le ha permitido, en el caso puntual al que nos referimos en el presente:

a) Que la gestión haya logrado, digamos, soportar su ausencia. Porque fue transitoria, claro. El blindaje, por fea que suena la palabra (de triste memoria), que, entonces, rodea a la gestión y el rediseño de equipo que operó CFK en función de (y sustentada en) él, pone las condiciones a la hora de decidir. Tan sencillo como eso.

(Digresión: sin dejar de anotar la importancia, tremenda, de la reconciliación con la sanidad institucional que experimenta el país por estos tiempos, y que se ha expresado fuertemente durante las primeras tres semanas del año --las de la licencia de la Presidenta--: porque ahora, al revés que durante 2003/2007, el vicepresidente honra el mandato que lo consagró en su cargo y no adversa a quien ocupa la titularidad del Ejecutivo. Lo tenía que decir)

b) Los sectores que inclinan las disputas (expuestas o no, en marcha o en expectativa) a favor de la Presidenta, no reconocen otra conducción que la suya. O la que ella indique, aunque todavía no lo haya hecho (porque no hace falta, tan sencillo como eso, bebés).

Paradójico como puede resultar el desarrollo hasta acá, existe, creo, algo que los une. La discusión por la sucesión.

Mi punto es: a nadie, al interior del peronismo, le conviene hacer locuras, que este gobierno naufrague. Porque aunque eso conllevara la imposibilidad del kirchnerismo de prolongarse más allá de 2015, está visto que ha consolidado un universo muy propio, sin el concurso del cual todo se le hará muy cuesta arriba a cualquiera.

A esto de que ponen, los que se sienten conducidos y representados únicamente por Cristina, las condiciones, debe entendérselo en el sentido de que cualquiera que desee transformarse en alternativa válida fracasará si no parte desde, en vez en contra, de lo actuado hasta acá por el kirchnerismo. La ciudadanía a la que han de interpelar se ha reconfigurado a partir de un proceso de creación, incorporación y reconstitución de derechos; ergo, el punto de partida es otro; ergo, ídem deberán ser las tácticas y estrategias con que se conduzcan de acá en más: por no entender todo esto les fue como les fue en 2011, siendo que plantearon, un retorno a fojas cero, a un prekirchnerismo: sencillamente no se puede.

Y en última instancia, muchas de las discusiones que se vienen habrán de tener en cuenta las intenciones que el kirchnerismo tiene de consolidar los marcos en que su modo de gestionar el Estado ha podido desplegarse. Va más allá de Cristina persona en sí. Más allá de una re-re que la propia Presidenta se ha cansado de descartar. No somos liberales, recuerden.

Eso sí, nadie puede esperar que un liderazgo como el de Cristina no tenga parte también en ello.

miércoles, 25 de enero de 2012

Giro a la derecha

Me pasé unos cuantos días --diez y seis, para ser más preciso-- sin postear. Estuve falto de inspiración. O sentí que no había tema como para escribir. Nada que me motive. ¿O es que pasó algo realmente trascendente en lo que va del año? Y, si no (si no pasó nada extraordinario, digo), ¿será bueno o malo? Otro tema. Vuelvo.

No dejé, de todas formas, de tirar balinazos. Sólo que me centré más en Facebook. Ahí peleó seguido con goriles (mezcla de gorilas y de giles) varios de distinto tipo, y hay algunos pocos insensatos que me festejan buena parte de las cosas que digo. Últimamente me dio por el tema de la autocrítica. Dije, un día, por ejemplo, lo siguiente:

“Pregunta del día: ¿alguien escuchó de parte de la propia boca de alguna voz verdaderamente autorizada del Gobierno de CFK que haya realmente una intención por parte de la administración actual de que la pauta salarial a discutirse en las próximas paritarias se acote a un tope máximo del 18%? ¿O repetimos como tarados lo que el gorilopolio mediático ‘dice’ que ‘sería’ la intención del Gobierno al respecto --ya sabemos con que (nefastos) objetivos--? ¿Así que ahora le creemos al periodismo? ¿Hasta cuándo vamos a estar reclamando que la Presidenta ofrezca pruebas de que su compromiso con las clases populares es inconmovible? Tener autocrítica, es una cosa, y es saludable y deseable que se ejerza; entrar en el juego del adversario, en cambio, es muy otra. Y es, además, propio de pelotudos, sencillamente. Se los digo a algunos de mis compañeros, que no paran de romper los kinotos con preguntarse, a cada ratito y por cualquier gansada, si no estamos a las puertas de un presunto y siempre supuesto ‘giro a la derecha’ por parte de Cristina. Así no suman nada, por mucho que crean que sí. Ya CFK ha hecho demasiados gestos como para que todavía estemos dudando de su fidelidad para con el espacio nacional y popular. Hay cosas que cansan. Demasiado.”

La idea de generar una nueva forma de ver las cosas --como soporte conceptual a las modificaciones que se buscan en lo material--, implica cambiar también las perspectivas y los modos en que se abordan las discusiones. Porque si se va a discutir a partir de los marcos que otorgan soporte ideológico a lo que se quiere combatir en lo material, vamos mal. Hay que generar nuevos parámetros de juzgamiento para encarar el análisis de una etapa de indiscutible incorporación de derechos. Por supuesto que imperfecta, para tranquilidad de las almas siempre puras.

Más adelante, siempre en mi muro de Facebook, dije otra cosa, en el mismo orden de ideas, a saber:

“Por si no hubiese quedado claro lo que dije el miércoles último acerca de la autocrítica al interior del oficialismo, aclaro a qué me refería con algunos ejemplos: a) Desmontar el actual esquema de subsidios no es "girar a la derecha"; b) Limitar, en las futuras paritarias, la discusión salarial hasta un tope de 18% (si fuera cierto que vaya a ser así, porque nadie confiable ha dicho que lo sea), no implica, per se, "girar a la derecha"; c) No subirse al repudio tonto a la "minería a cielo abierto" (como si se pudiera hacer de otra forma, la minería) que propaga el progrecinismo subido al carro del chamuyo pseudoecologista emanado desde los mayores centros contaminantes, que son los del primer mundo, no equivale a "girar a la derecha"; d) Muy especialmente, la famosa ley antiterrorista no significa ningún "giro a la derecha"; e) Decir que lo actuado por Macri en el tema subte y en sus 85 vetos es, en esencia, correcto, está lejos de ser un "giro a la derecha". Cortemos, ya, con la pavada, ¿podrá ser? Gracias. Saludos.”

Y es que, reitero, una cosa es plantear errores, asuntos pendientes, etc. E insisto también con esto, hace falta que eso pase. Otra cosa, muy distinta, es estar con la lupa sobre la mínima resolución administrativa que genera el Gobierno, cualquiera ella sea (y sobre el tema que sea), para preguntarnos todo el tiempo si no estamos, “ahora sí”, ante un “giro a la derecha”, ante el sinceramiento de lo que en verdad son los K, ante la asunción de lo inevitable, ante la traición a las causas populares. Cosas, esas, todas, que, igual que la crisis energética, nunca llegan. Y van ya ocho años y contando de profecía no cumplida. Así, basado en individualidades y exámenes de sinceridad de discursos (en vez de en sujetos colectivos y procesos ídem), discute el liberalismo. No podemos caer en lo mismo.

Mariano, en su blog, lo ha planteado con buenas fórmulas, varias veces. “(…) en lo que tiene que ver específicamente con la relación capital-trabajo (…) El gobierno (desde el Ministerio de Trabajo) se propone como el disciplinador de tal relación conflictiva pero institucionalizada. En este proceso, y hasta ahora, en general optó por hacer mayores concesiones a la corporación que representa al trabajo que a la que representa al capital. (…) La modificación táctica de la postura del Gobierno, sin modificar el esquema, es debida a que tal vez ya no se considere posible mantener la tendencia expansiva sin generar algún colapso, lo cual sería peor en sus consecuencias que un leve ajuste, moderado y con cierta gradualidad (…)”.

Aún no coincidiendo, quien esto escribe, con llamar ajuste a lo que CFK denomina sintonía fina, porque entiendo que se trata de la reconsideración de varias cuestiones que formaron parte de otras coyunturas, inadecuadas pues a estos nuevos tiempos, vale y mucho la definición planteada por el amigo Mariano. Es decir (y utilizo otro concepto del propio Mariano, o por lo menos bastante parecido), no se está yendo contra derechos, sino contra lo que fue, no digo privilegios, pero sí el remedio a una dificultad que hoy es distinta; y que, por ende, requiere de otro tratamiento. Yo creo que ajuste fue la reducción en términos nominales a los jubilados durante la Alianza. Y de ahí para abajo, nada.

Pero concedo en que discutir la pertinencia del vocablo ajuste es, ya, un tanto innecesario. Que hay otras cosas más interesantes para abordar. Pero lo mismo cabe para la sentencia “el Gobierno va a por un giro a la derecha”. Dejo para otro día que el clivaje derecha/izquierda no dice, en Argentina, nada a mi criterio. Que es una discusión ajena a nosotros y que tenemos, también acá, pendiente generar pensamiento nacional. Convalidemos, para esta vez, la utilización de esas categorías.

La cuestión acá radica en discutir dónde reside la conducción del proceso de gobierno, especialmente en lo socioeconómico, en diversos aspectos. Y está claro (muy, a mi entender) que Cristina no se ha sometido a las directrices de ningún interés privado en tanto ése no entienda las necesidades que el Gobierno juzga –con la potestad que, a tales fines, le otorgó la soberanía popular— que tiene el desarrollo armónico del todo (siendo que el Gobierno debe, justamente, atender al todo).

Muy distinto al período 1983-2003, durante el cual la más mínima noción de gobierno representativo fue aniquilada, por cuanto los distintos ocupantes de la Rosada no operaban el programa de gobierno consagrado por el mandato popular, sino el que disponían las distintas facciones del establishment económico que daban sustento a las sucesivas (y ocasionales) alianzas de poder que sostenían a los ocasionales presidentes. Ni que hablar del FMI y sus consejos, claro…

Ahí están las fricciones que, con la conducción de la UIA, han generado las mal llamadas trabas dispuestas por AFIP a las importaciones. O el Grupo Techint, yendo al pie de Balcarce a aceptar las designaciones que el Estado ha hecho en el directorio de la empresa en virtud de las acciones que en ella ha heredado a partir de la recuperación de las inversiones y fondos que administraban las AFJP con la nacionalización del sistema previsional en 2008.

Y muchas otras, cuya total enumeración excedería lo recomendable para un post pero que se pueden resumir en las constantes diatribas que se le lanzan al kirchnerismo desde distintas tribunas por su esencia intervencionista en la economía. Que ya aburre, por otro lado. La derecha, en definitiva, y por llamarla de alguna forma, no está, y que esto quede claro, ni cómoda ni contenta con este gobierno. Y preferiría otro, sin dudas, que le permitiera meter bocadillos en las decisiones gubernamentales, cosa que hoy no ocurre.

Y podrán esgrimir “el tema de la mega minería a cielo abierto” para intentar rebatir mi punto y yo, respetando el ítem, me anticipo a él diciendo varias cosas: primero, que los intereses de la megaminería no están, per se, en directa contradicción con los intereses de las mayorías populares como sí los del eje conductor de AEA y los de la Banda de Enlace del empresariado agrario; segundo, que es posible darle contenido nacional y popular a todo, incluso a la minería a cielo abierto (que no es, contrariamente a lo que muchos quieren instalar, mala en esencia), siempre que las conducciones del Estado en distinto nivel (nacional, provincial, municipal) tengan capacidad de dirigir el desarrollo de los mismos en lo que hace a inversión, creación de puestos de empleo y condicionamiento de las estructuras productivas; tercero y último, que la discusión puede pasar por la apropiación de renta que genera la minería, por los cuidados ambientales que deben exigírsele a sus beneficiarios, pero nunca por la prohibición total de la actividad.

Por decirlo de algún modo, Cristina ha continuado la línea histórica que inició Néstor Kirchner cuando el ex presidente escupió en los reclamos que le efectuó José Claudio Escribano días antes de asumir en 2003, a consecuencia de lo cual se comió la amenaza ya conocida de que su gobierno duraría, “dicen”, un año. Y resulta que estamos yendo, ya, a por los doce.

martes, 24 de enero de 2012

Sequía de memoria... y de vergüenza, también

Uno de los argumentos más inverosímiles que recuerdo haberles oído a los “hombres de ‘campo’” durante la discusión por la 125, fue aquel que sostenía que había que “dejarles” --a los empresarios que se hacen llamar productores-- el dinero del aumento en el precio internacional de la soja que motivó la instauración de las retenciones móviles, “por las dudas” que algún día llegara a pasar algo que les llevase al diablo la cosecha. Tipo un granizo o una sequía.

Una sequía como la que, según dicen, los acecha por estos días. Le peor en años. Dicen. Argumento que repiten todas las temporadas.

Una discusión en la que la sociedad se polarizó (y podríamos decir que también se fracturó) como hacía mucho tiempo no ocurría en la historia de nuestro país. Que reconfiguró el mapa dirigencial y de lealtades (y las discusiones acerca de la vida socio económica y política del país) y los modos en que transcurren, también.

Ni que hablar de lo que hace a lo institucional, habiendo ocurrido la primera votación de un vicepresidente en contra del gobierno al que pertenecía en la historia del universo, y totalmente atentatoria del sentido histórico con que fue imaginado el cargo.

Como se sabe, al dinero que se quería llevar la 125, finalmente, no se “lo dejaron”, pero, por razones conocidas, “se lo quedaron” lo mismo. Durante cuatro años de precios que, cuentan los que saben, han estado por fuera de lo que podría denominarse como “lo común”. Y que no han tenido correlato en el monto tributario correspondiente por derechos de exportación.

Sea como sea, y más allá de las dudas, inmensas, que genera la sequía de la que se quejan por estos días los dirigentes de las patronales sojeras (por esto de las fotos que datan de 2005 de vacas muertas que se trasladaron de La Pampa a Santa Fe y de allí a Buenos Aires), se impone repensar al empresariado y a sus modos de conducirse.

Empresariado y praxis del que estos parásitos delincuentes que viven de pedir subsidios al Estado en la mala y de patalearle cuando viene la buena a la política impositiva del mismo Estado de cuya mano comen bastante seguido, son ejemplo máximo. Y sin cuya asistencia, no son capaces siquiera de guarecerse a sí mismos. Como es el caso actual.

¿Qué han hecho, señores, con tanto dinero que ganan desde 2008 que ahora requieren ayuda estatal? De un Estado a cuyas arcas (y por ende, a su capacidad de actuar, también para “ayudarlos”, si hiciera falta tal cosa) se han encargado de torpedear, constantemente desde que tuvieron micrófonos y actores institucionales dispuestos a darles margen para que pisoteen cuanto rastro de institucionalidad republicana hay en el país.

No hablemos ya de aportar a la discusión por el futuro del mismo, que pasa, como ya dijéramos varias veces acá, por las decisiones de inversión.

A cada momento se reactualiza la necesidad de profundizar la discusión acerca del papel que uno espera juegue el Estado en materia de conducción de las variables y relaciones socioeconómicas que rodean a la sociedad a la que debe regular.

Por imperio de la Constitución Nacional, no porque yo lo digo, claro.

domingo, 8 de enero de 2012

Sobre varias cosas a partir del contrapunto entre Plataforma 2012 y Carta Abierta

Fueron noticia, en los últimos días, la aparición y el posterior conflicto interno de un grupo de intelectuales opositores al gobierno de CFK, autodenominado Plataforma 2012. Que se propone como la contracara de Carta Abierta, que acompaña la gestión de la Presidenta. Y que, según los intelectuales opositores, han perdido la capacidad y aun la voluntad de elaborar pensamiento crítico, dada su adhesión al kirchnerismo. Pensamiento crítico que, completan los adherentes a Plataforma, es lo que, ineluctablemente, debe guiar la actividad del intelectual. El cuestionamiento al poder. Sinónimo, en la inteligencia que manejan los plataformistas, de Estado, gobierno y/o política, entre otros/as. Solamente.

Dar por sentado el sentido de la noción de “crítico” y que todos pueden conocerla y que deben coincidir con ella (o que de hecho, ya la conozcan y coincidan en su contenido), implica de por sí una arbitrariedad. Concepto, el de arbitrariedad, que se lleva mejor con la idea de individualidad que de colectivo.

Es cierto, no sólo existe el blanco/negro. Pero a la hora de los debates principales que atraviesan la lucha social en un espacio democrático y republicano, en esencia, se requiere del peso que solamente dan las construcciones colectivas. Y, por ende, participar de ellas. Para colar en el mismo una tercera (o cuarta, o quinta, o sexta, etc.) posición por fuera del blanco/negro que se repudia. Lo cual implicará, entonces, que no será posible determinar todo lo que a algo como ello atañe. Porque la dinámica de lo individual es distinta de la colectiva. Obvio, si no serían lo mismo, y de hecho no lo son. Hace a la lógica democrática, creo.

El autoritarismo que se desprende de la creencia de que se puede dar por sentada la noción de algo y clausurar la diversidad de miras que pueden existir al respecto de su significado, habla de la lógica que guía a los intelectuales de Plataforma.

Concretamente: en Carta Abierta se descree que poder equivalga, exclusivamente, a Estado y gobierno (especialmente al gobierno actual). ¿Tienen razón? Cada cual dirá. En lo que a mí respecta, no me atraen mucho los intelectuales, tampoco los de Carta Abierta. Pero que hagan la suya. Y también los de Plataforma. Solo intento explicarme por qué creo que los segundos no podrán (¿o debería decir que ya de hecho no han podido?) tener peso en el debate público. Pasa, la cuestión, a mi criterio, por la lógica con la que operan. Ajena, extraña a las del trabajo colectivo. Esencial, lo colectivo, ya dije arriba, a los fines de poder incidir con peso en la formación de opinión pública. Y para lo que me da la sensación de que no están preparados: para interpelar un objeto de estudio que ya no es lo que era. Por falta de costumbre, supongo.

Por otro lado, entiendo yo que los adherentes a Plataforma se sienten descolocados ante un Estado y un gobierno que funciona en forma diametralmente opuesta a la que siempre estuvieron acostumbrados. Y no están a la altura del nuevo desafío que los interpela, del mismo modo que ocurre con muchos periodistas. Pero esto ya es más mío. Frente a los debates que asoman en estas nuevas etapas, distintos y más complejos que otrora, al haberse visto satisfecho, no en todas pero sí en vastísimas capas de nuestra sociedad, demandas de tipo más, por así decirle, primarias. Y cuya interpelación (la de las nuevas demandas, que son más complejas porque las necesidades lo son, atendidas las de, para sintonizar con CFK, trazo más grueso) lleva a reconfiguraciones varias en diversos sentidos, espacios, alianzas de poder, etc.

No se trata de perder lo propio al ingresar a lo colectivo: de hecho, a lo largo de este texto, y de casi todo lo que escribo siempre, rindo culto al relativismo de opinión, en el entendimiento, lo he dicho siempre, de que la idea misma del consenso --tal como la baja cierto sentido común: por supuesto que me refiero a uno que camina por veredas opuestas a las del kirchnerismo-- entraña algo de antidemocrático.

Pero también entiendo que debo relativizar aún mis propias creencias si quiero que algunas cosas, cuya instalación en la escena pública me interesa sobremanera más que otras, puedan escalar en la misma. Para lo que necesito de mi participación en lo colectivo. Al interior de donde nadie es, no siempre al menos, capaz de fijar todas las variables que lo recorren (a ese colectivo). Aunque ese alguien se llame Cristina Fernández, por mucho que haya quienes quieran instalar lo contrario.

Por lo demás, hablar de ciclo de violaciones a los DDHH como intencionalidad política de este ciclo histórico de Argentina, habla, lisa y llanamente, de mala leche explícita, pura y dura. Un ridículo conceptual del que les será difícil volver, y que explica en buena medida el naufragio que han protagonizado.

miércoles, 4 de enero de 2012

Mandatos y representaciones constitucionales

Clarín publicó en su sección de opinión del martes pasado una nota firmada por un tal José Miguel Onaindia. Que seguramente debe ser un “especialista”, al que “vale la pena oír”, “neutral/objetivo/imparcial/independiente”, “preocupado y con larga trayectoria en la defensa de las instituciones republicanas” y toda esa sarasa. Para mí, les quedó traspapelada para ser publicada el pasado 28 de diciembre --día de los inocentes--, pero decidieron mandarla igual. Importante leerla para comprender el post.

El muñeco este (Onaindia) se queja porque un par de senadores opositores --o no oficialistas-- acompañaron una, alguna/s o todas las leyes sancionadas durante las Extraordinarias de la semana previa a Navidad. ¡Justo en Clarín! Que hizo un deporte de festejar lo que Onaindia critica en su texto cuando, entre 2008 y 2010, dicha práctica, ejercida en contra de los bloques parlamentarios del oficialismo, se hizo costumbre.

El kirchnerismo contaba, al amanecer del primer mandato de Cristina, con casi dos tercios de los miembros en ambas Cámaras del Congreso. Producto de sus victorias de 2003, 2005 y 2007. A partir de la 125 sufrió una sangría enorme y casi incesante hasta bien entrado 2010. Que incluyó --y (como bien recordó Cristina) alentado, festejado y justificado mediáticamente-- al propio vicepresidente. Además de a Felipe Solá, Victoria Donda, Graciela Camaño, María Cremer de Busti y Daniel Katz, entre otros, en Diputados; y a Juan Carlos Romero, Sonia Escudero, Adriana Bortolozzi, María José Bongiorno (que ha corregido ahora, volviendo al oficialista FpV, del que fue candidata en ‘07) y Pablo Verani, en el Senado.

Entre 2009 y 2011, el kirchnerismo perdió mayorías en el Congreso. Pero no por el resultado electoral del 28 de junio de 2009 en sí, sino por todos los legisladores que saltaron de oficialistas a opositores durante el transcurso del año y medio previo a dichos comicios. De no haber mediado las defecciones mentadas, el FpV hubiera conservado supremacía legislativa aún con su derrota en las elecciones de medio término del primer mandato de Cristina a cuestas.

Hace algunas, pocas, semanas, discutimos en Artepolítica si el vicepresidente estaba o no obligado a respetar los mandatos emanados del espacio político que integra y en representación del cual es elegido. El sentido del rol vicepresidencial, tal como se lo concibió en EEUU (fuente de nuestro propio texto constitucional), aspiraba a ponerlo en sintonía con el titular del Poder Ejecutivo, ya que anteriormente ocupaba el cargo el subcampeón de las presidenciales: ergo, opositor al presidente y por tanto históricamente bloqueadores de sus políticas de gobierno. Para sanear eso que se consideraba como una disfuncionalidad, es que se decidió pasar a elegir presidentes y vices en lo que conocemos como fórmula. Conjunta. Representativos, sus integrantes, del mismo proyecto político.

Onaindia retoma el concepto de mandato, que hace a la noción de representante; y de la banca como posesión, por ello, del partido y no de la persona, todo ello para justificar (con razón, a mi criterio) su rechazo a la decisión de aquellos que optaron por, en esta ocasión, acompañar al kirchnerismo, en supuesta contradicción con los mandatos de los partidos en representación de los cuales fueron consagrados en sus lugares. Podría el FpV reclamar que le devuelvan los escaños que según dice Onaindia, le pertenecen; a cambio de los opositores o no oficialistas que hoy lo acompañan circunstancialmente. ¿Cerraría un trato así la oposición?

Pero. ¿Cómo se sostiene no haber alzado la voz igual cuando cosas similares o peores se practicaron en contra del oficialismo? ¿Cómo se sostendría que los legisladores sí, pero el vicepresidente --que, insisto, comparte fórmula con el presidente-- no debe acatar mandatos partidarios? ¿O es que acaso para el kirchnerismo hay otro reglamento? ¿Sería válido/lógico/constitucional, que Boudou deshiciera, en estos veinte días en que será presidente, todo lo actuado por CFK, según aquellos que sostienen que el vice “puede hacer lo que le plazca? Vamos. Somos grandes, señores.

Yo coincido de punta a punta con el texto de Onaindia en cuanto dice sobre el sentido constitucional de la misión de los representantes. Pero tengo detrás un archivo que me avala en tal sentido. De coherencia. Dicho en Clarín suena a tomada de pelo.