domingo, 27 de noviembre de 2011

Sintonía fina

Se está escribiendo poco desde el 23 de octubre a la fecha. Considerando el ritmo que traíamos. Año cargadísimo, hay una especie de sosegate. En algún momento me pregunté si estaríamos a la altura de dar las discusiones que se vienen. Me sigo, en verdad, preguntando lo mismo. Mucho más después del discurso en la UIA. Hace tiempo que vengo diciendo que la pérdida de poder de fuego por parte de los sectores opositores, tanto mediáticos como políticos, radica en que no entienden ni jota de por dónde va el país posneoliberal. Y operan con matrices inadecuadas que resultan estériles a los nuevos estados de situación a que deben enfrentarse. Quizás yo también estoy quedando fuera de órbita, y por eso me cuesta tanto descular los nuevos tiempos, lo que se ve reflejado en que mi frecuencia de posteo –además de que me acosan finales y jefes de trabajos prácticos varios- ha descendido. Mi renuncia está a disposición de quien corresponda si ya no sirvo (¿Y quién ha dicho que alguna vez sí he servido, no?). No quiero ser un estorbo. Más aún me quedan ganas de molestar. Y quiero usarlas.

Ajústense los cinturones.

Veamos: ante todo, acá no hay ajuste. Ninguno. ¿Fue ajuste el recorte del 13% nominal a los jubilados durante el gobierno de la Alianza? Si aquello fue ajuste, el recorte a los subsidios, entonces, no lo es. Hay la necesidad de hacer una autocrítica, porque muchos –quizás la mayoría- de esos subsidios significaron, en efecto, concesiones indebidas a quienes no las merecían bajo ningún concepto. Hay atenuantes, claro: las capacidades estatales estaban, a la fecha de implementación de los subsidios, pulverizadas. Si hoy resulta en extremo difícil imaginar cómo se hará para evitar injusticias en el desarme del entramado subsidiario, mucho más lo era cuando todo ello fue concebido e, insisto, llevado a cabo (bastante) imperfectamente. Eso sí: el recorte a algo que es llamado privilegio indebido, o derroche, nunca puede ser llamado ajuste: es un contra sentido.

Nadie se muere ni la memoria de Néstor se ensucia si se dice: ahí hubo metida de pata. Y mucha. ¿Está? ¿Quién va a arrojar la primera piedra, acaso? ¿O nadie hizo cosas peores que esas? ¿Estamos? Bueno, vamos. (De última, es audaz encararlo. Así sea tarde. Audacia tardía, pero audacia al fin. Como las universidades en el Conurbano y la Asignación Universal).

Fue Maquiavelo el que dijo que la palabra había que sostenerla sólo en tanto y en cuanto persistieran las razones que llevaron a uno a otorgarla. Las coyunturas actuales, las condicionalidades, los desafíos, se han, vaya novedad, reactualizado, luego de ocho años de gobierno. Por exitoso, pero ocurre al fin. El pueblo, a dichos respectos, ya se ha expedido, hace apenas algo más de un mes. Renovando confianza. Cosa juzgada, pues.

La gestión de los tiempos venideros, repito que no exento de desafíos, ni más difíciles, sino tan sólo, y lógicamente, distintos. Y entonces, manteniendo las banderas estratégicas, ha llegado la hora de readecuar tácticas. Decía Mariano hace poco que el objetivo fundamental del modelo es sostener el multiplicador. Virtuoso, repitió varias veces a lo largo de este año, y por diversas discusiones, en tanto la creación de empleo se sostenga.

Con motivo de avalar la contabilización de las reservas del Central en la cuenta de superávit fiscal, por caso. A la hora de rebatir el lugar común de consignar a la inflación como “un impuesto a los pobres”, también. Revisé bastante, más que lo habitual en los últimos días, Yendo a menos. Y encontré otro post, en el que el autor denuesta -por incongruente- una propuesta de campaña de Binner –devaluación con más eliminación de retenciones-, donde entre los comentarios el lector ‘juancho’ menciona que la variable de ajuste de tal esquema podría pasar por una regulación de salarios con desocupación en alrededor de 20%. Frente a esta última alternativa es que debe compararse el curso de acción que comienza a adoptar el kirchnerismo de cara a la nueva etapa.

Mariano –a quien le deberé disculpas por abusar de la cita, máxime si llegan a ser erróneas o no respetan el espíritu del autor- varias veces ha repetido que en la disyuntiva entre enfriamiento o inflación había que tener presente que puede ser peor el remedio que la enfermedad, entendiendo por esto, justamente, destrucción o desaceleración en el proceso de creación de empleo.

En uno de sus últimos posts, apunta que en ciertos sectores sociales –muy probablemente afectados, en adelante, por la poda en los subsidios- el efecto multiplicador se estaba viendo resentido. Lo que se verifica según él, por dar un ejemplo, en la dolarización del ahorro. Que es retracción de consumo. Y complica el multiplicador. De lo que he leído, me gusta la definición de Omix, del descanso de la escalera. Con matices: entiendo que hacen falta medidas concretas para atacar el nivel de desempleo que, aún siendo el más bajo de los últimos veinte años, es, todavía, considerable.

Los únicos privilegiados…

Hay quienes pueden esperar ahora: ya sean subsidiados actuales innecesariamente; o ansiosos por repartir –con toda justicia, y además derecho constitucional a hacerlo- ganancias. Al efecto multiplicador, tan famoso él, se lo cuidará mejor, y más, incorporando al consumo, en lo venidero, a los rezagados, que sólo los que han pasado a formar parte del mismo, y con cierta comodidad en algunos (varios) casos, en los últimos años.

Y entonces, vamos a la sintonía fina. Dije, entre ambos actos eleccionarios presidenciales, que en virtud de las particularidades de nuestra estructura económica se hacía necesario repensar las formas en que el Estado actúa en materia económica. La clave pasa, diría, casi por actuar mano a mano, sector por sector. Las soluciones generales, una devaluación a secas, no va a servir para atender el nivel enorme de complejidad de la trama socio/económica/laboral argentino. Y a todo esto lo abordó la Presidenta en su discurso en la UIA. En este marco hay, me parece, que atender las nuevas medidas. Ojo: por ahora. Hay cuatro años por delante, tiempo de sobra para afectar alguna otra renta extraordinaria y/o estructura de propiedad regresiva. Y nadie quiere volver a tropezar con la piedra de la 125, hay que ser, manteniendo objetivos y voluntad, más astuto que aquella vez.

Ahora bien, encarar políticas específicas destinadas al incremento de empleo, en esta etapa, requiere de reorientación de gasto, porque hay núcleos duros de exclusión que requieren ser atendidos con un bisturí mucho más fino del que se ha utilizado hasta esta hora. Claro que, para eso, hace falta más dinero del que ya se tiene. Porque habrá que ser agresivos, en un escenario de disputa que, más que nunca tras la catástrofe electoral opositora –no es menor tanto silencio del Grupo A post 23/10, habiendo tanta tela para cortar, tanta chance de carro corporativo al que sumarse, aunque quizás hay divorcio por fin, o entendieron que no fue (ni es, ni será) negocio-, será mano a mano con la oligarquía diversificada. Cómoda, ya, como para esforzarse en dar una mano para incluir más en adelante. Habrá que obligarlos, pues, y eso sólo se puede con dinero en mano.

Eso sí: todos, más ante el despelote mundial que se aproxima, tienen que estar adentro. El contexto internacional, si bien más aliviado atento que, por ejemplo, los niveles de deuda actuales son ridículos en comparación con otros tiempos, exige no desviar la atención con actitudes rupturistas. Hace falta mucha mirada de conjunto. Con conducción, faltaba más, centralizada. Y legitimada para tal convocatoria. Cristina, se desprende de sus palabras ante la UIA, reúne capacidades, voluntad y respaldo.

¡Y dale con Pernía!

Del mismo modo, en lo que hace al reparto de ganancias sostengo una posición, digamos, ecléctica. No creo que puedan atenderse las múltiples situaciones y posibilidades que puede deparar la instauración de tal derecho constitucional. Montos, formas de pago, diferencias entre PyMES y grandes establecimientos, la situación de las cooperativas, en fin. Demasiado como para pretender abordarlas todas en un instrumento de carácter general.

Pero también pifia, entiendo, CFK al decir que el tema debe derivarse a la discusión paritaria regular. Sí es cierto que el mecanismo debe ser similar, por cuanto será lo que mejor se adapte a las ya citadas disparidades del entramado productivo; pero una situación especial como el reparto de ganancias merece otra ocasión –al momento del año, me refiero-, igualmente especial, de discusión. La salida deba ser el establecimiento, por ley, de la obligatoriedad de constitución de una mesa similar a la de la negociación colectiva, pero específicamente destinada al tratamiento de ganancias. Con exhibición, también ineludible, de libros por parte de los empresarios: acá va a haber tela para cortar, no sólo por lo que hace a la repartija.

Por allí alguien dijo que estratégicamente es una contradicción de libreto la de Cristina el proponer la discusión entre sectores de ganancias. No será así si se respeta la orgánica de las paritarias, en la que el Estado, mediando, es actor fundamental. Sí, y como elemento distintivo entre ambas cuestiones, hay que pensar en la ineludible participación de mayor cantidad de ministros en el tratamiento de ganancias. Ampliar la mirada, por cuanto se hablará, también, de posibilidades de reinversión de las utilidades.

De nuevo, suponer que porque la Presidenta delegó en paritarias la discusión por ganancias hay ajuste, retroceso, nunca más (en vez de nunca menos) o cosa por el estilo, es nada más que un exceso chicanero. Cristina puso y pone todo en discusión: de ningún modo solamente los beneficios y el bienestar de los sectores populares o de clases apenas medias. Se abre un marco de discusión, donde hasta la inflación ha dejado de ser un tabú, pero en el que habrá que particularizar todo, con los que todavía no alcanzados por los beneficios de ocho años como objetivo primario e ineludible de cualquier curso de acción. Al cual deben someterse tanto rentabilidad, niveles de inversión, destinos de utilidades; como así también las disparidades al interior del propio mundo laboral.

No es menor -y debería haberse subrayado más-, que un jefe, jefa en este caso, de Estado argentino haya calificado a Caseros como una derrota nacional. Que lo fue, claro, sólo a un necio, o a alguien que sea muy bobo o ignorante (o interesado), puede escapársele tal cosa. Todo eso en la jeta de los más altos representantes de rancias expresiones del establishment argento. Perfectamente compatible, además, con la postura no neutral que en esta pelea (que incluye, además, la disputa -por los modos de encarar el desarrollo a futuro- con el modelo de valorización financiera –que garantiza niveles menores de empleo: y también de salarios, claro-) enuncia tener la Presidenta.

La conducción

Las cuestiones con Moyano tramitan por cuerda separada. Hay, en ese caso, la disputa por la paternidad del modelo. Y será dura, y que lo sea: esto no es un té de señoritas, y a mí no me aterra que se ladren. Que tal cosa dañe las sensibles almas del liberalismo local es algo que me tiene muy sin cuidado. Tengo bien claro que, si se la racionaliza, una puja de ese tipo no le hace "daño al país" ni cosa parecida. Cosas que quedan bien en boca de mi abuela ("se pelean por poder, para llenarse los bolsillos y nada más: y lo sufriremos todos"), que es buena pero no sabe un pomo de política.

Quien me haya leído alguna vez sabrá de mi admiración por Moyano. Uno de los mejores de los nuestros (quizás el mejor). Que no tembló para encabezar -y acumular los mayores méritos- la resistencia durante la época en que tuvo lugar la más terrible pauperización del sector trabajo de que se tenga memoria en nuestro país. Moyano siempre, durante aquellos años, se paró de manos. Los tontos se horrorizan porque De La Rúa pagó coimas para sancionar una ley. No por el contenido de la misma: en el combate a la esencia y no a la forma de aquella ley, radica el valor de Moyano.

Hay desprecio y soberbia a ambos lados del mostrador. CFK y Moyano, ambos necesarios, se lastimarán más que nada a sí mismos si llegan romper mal. Para esto también vale: las cosas han cambiado, Moyano no puede pretender discutir el liderazgo del actual proceso. Porque, entonces, su derrota en tal disputa, aún cuando triste, sería deseable. Por aquello de que debe mandar el Estado. La visión de conjunto.

No hace falta llegar a eso. No se justifica. Para los dos va. Par de… zonzos. Con todo respeto a la investidura de la compañera señora Presidenta.

martes, 22 de noviembre de 2011

La agonía de La Moncloa II: en España ganó la continuidad

No se engañe, señora. A España la gobierna, ininterrumpidamente desde 1982 (flor de hegemonía, esa sí), el mismo partido. Pacto de La Moncloa, se llama. En santa alianza, desde los ochenta, con la zona Euro, de la que es furgón de cola. Por obra y gracia de un corrupto y chamuyero como los hubo pocos en la historia de la política mundial: el nefasto de Felipe González. Quien junto a su correligionario, José María Aznar, fascista y obediente colaboracionista de las andanzas del genocida de George Bush y el Estado terrorista de Norteamérica, consolidaron un sistema político y un modelo de Estado bastante particular.

Sistema que, como muy bien dijo Eduardo Anguita (que cuando deja de lado sus temas personales con Clarín y Magnetto, escribe notas bastante buenas) en Miradas al Sur del último domingo, “se basa en un acuerdo, bastante público, que se originó en la privatización de las empresas españolas cuyos directorios hacen un equilibrio entre socialistas y populares controlados por el ojo atento del rey Juan Carlos de Borbón”.

Carlos Pagni, en La Nación del lunes, dice, en el mismo sentido, que “Felipe González y José María Aznar pusieron en valor el término Iberoamérica. Entendieron que en la aspiración a gravitar sobre los viejos reinos de Indias había un capital político que sus electorados apreciarían. (…) González y Aznar fueron los rostros de una España modélica. Por su ejemplar transición a la democracia, y por la capacidad para construir un socialismo compatible con el mercado, y un liberalismo conservador compatible con la democracia.”

Así le llama Pagni a lo que fue el saqueo que hicieron del patrimonio de los pueblos sudamericanos –que duró alrededor de veinte años-, graciosamente llamadas “inversiones extranjeras”, protegidas –ellas y no los intereses de los países- por el CIADI –delegación inconstitucional de soberanía en materia jurisdiccional-. Todas (dichas inversiones), como contara alguna vez Lucas Carrasco, producto de la corrupción. Hasta que un día llegaron a las presidencias de los Estados de Unasur los Chávez, los Lula, los Kirchner, los Evo Morales, los Correa. Hoy día -proseguiría Carrasco en su enfervorizada alocución en 6, 7, 8-, Aznar recorre Sudamérica despotricando en contra de los gobiernos posneoliberales que le aguaron la fiesta, a él y a sus secuaces.

Hoy día, para nadie es un secreto que las cumbres Iberoamericanas han perdido su razón de ser, habida cuenta de que Sudamerica cortó el chorro de financiamiento espurio (a costa de la miserabilización de los pueblos de la region) de la fiesta española, que se esfuma. Del mismo modo, para nadie debería ser un secreto que, concomitantemente con ello, se fue desarrollando la crisis “económica y financiera”, de Europa en general; y de España muy en particular.

Además de todo esto, España gozó de cuantiosa ayuda económica por parte del Fondo Europeo de Desarrollo Regional, el Fondo Social Europeo, el Fondo de Cohesión y el Fondo Europeo de Orientación y Garantía Agrícola, creados por la Unión Europea para apuntalar el desarrollo de los países más retrasadas y lograr la convergencia económica y social, entre fines de los ochenta y mediados de los noventa, algo que explicó muy bien José Natanson.

Un contexto que se complicó, y que tuvo en Rodríguez Zapatero a un administrador incompetente en todo sentido.

Por uno y otro costado; esto es, del lado de su alianza con EEUU –guerras en Medio Oriente, por decir algo-, o del de su pertenencia a la zona Euro, el de España es un sistema institucional en el que no se cumple con el principio de la representación, siendo que sus gobiernos sencillamente no deciden nada. El pueblo no elige a quienes lo gobiernan en verdad.

Bien dice Alejandro Horowicz sobre 'la crisis', que en los países de Europa que están en problemas, se “acepta las imposiciones de la mesa chica de la Unión Europea, el Grupo de Frankfurt (Nota del bloguero: Francia, Alemania, FMI, Comisión y Consejo europeos, BCE, que vuelven papel pintado a la institucionalidad comunitaria de la UE) (…) un poder concentrado –los bancos– impone su necesidad como la única que debe ser atendida. Si los bancos deben cobrar, si la lógica sistémica depende de su existencia, la voluntad mayoritaria se vuelve una ficción imposible de sostener (…) Las salidas democráticas impiden someterse al interés irrestricto de los bancos, y las no democráticas plantean un rango de involución inadmisible para la compacta mayoría”.

España fue pionera en la zona Euro en la construcción de esquemas que solidifican institucionalmente los privilegios e intereses de elite. Eso, y no otra cosa, son los Pactos de La Moncloa. Que no hicieron, en casi 30 años de postfranquismo, otra cosa que generar un escenario de falsa opción democrática, donde los partidos no representan, en términos programáticos, variantes diferenciales, sino mínimas e insignificantes. Se diluyen, entonces, las identidades partidarias y las representatividades. No hay errores en España: esto que hoy tienen, en términos de regresión social, es lo que sembraron. Y a conciencia.

Más primitivos culturalmente, fanáticos religiosos, lo cierto es que, en el fondo, el PP no representa, como se dice, un giro a la derecha para lo que se venía viendo en la España de Rodríguez Zapatero –o lo que fue la de Felipe González; en definitiva, del PSOE-. El ajuste viene ordenado desde otras latitudes, mandato de copyright ajeno al de quienes consagraran en sus cargos a sus ejecutantes ibéricos. No coincido, acá, como suelo hacerlo, con Mario Wainfeld, que no cree, como yo, que PP y PSOE sean la misma cosa.

La ciudadanía, así las cosas, no encuentra vehiculización para sus interpelaciones, porque los esquemas no responden a sus demandas. Ya hablé de esto, una y otra vez. Eso explica las particulares formas en que han explotado los famosos indignados. Violentamente, como suele ocurrir cuando el sistema político no contiene, representando, porque representa fuerzas extra y/o (muchas veces, las más) anti ciudadanas. Como dice Cristina Fernández, hay que respetar a los mercados. Pero no obedecerlos. Porque no es a ellos a los que se elije para gobernar.

Suelen llamar mi atención los quiebres políticos abruptos. Como el de la Venezuela del Punto Fijo, que acabó con el mandato de Carlos Andrés Pérez. Ebullición que Hugo Chávez sólo intentó liderar, en 1992, pero que se venía anunciando desde el Caracazo de 1989. Como fue en Argentina en 2001. O en Ecuador tres veces en menos de diez años (caídas de Abdalá Bucaram, de Jamil Mahuad, y de Lucio Gutiérrez). Nótese: Punto Fijo, Convertibilidad, Dolarización. Pactos de La Moncloa. Ejemplos, todos, de clausura de discusiones de fondo sobre las orientaciones programáticas de los países. Consolidaciones de modelos económicos excluyentes. Con reyes, encima. Y pretenden enseñar democracia, institucionalidad republicana y Estado de Derecho a los que sí respetamos esos valores: los sudamericanos.

Todas finalizan, y finalizaron y finalizarán, de la misma manera. Con sistemas institucionales estériles para cumplir con su función primordial: arbitrar la vida social en paz y con prosperidad para los pueblos. Tan básico y sencillo, parecería. Mal augurio para el pueblo español. Todavía más. A menos que Rajoy sí elija, a diferencia de Néstor Kirchner en 2003, dejar sus convicciones en las puertas de La Moncloa. No la veo, la verdad.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Se murió la mamá del fútbol

El título, creo, no tiene ni un solo gramo de exageración. Estoy casi seguro que el fanático del fútbol –como el que esto escribe- siente, mayoritariamente, la partida de doña Dalma Salvadora Franco de Maradona –‘Tota’, para los suyos, que hoy la lloran-, como la pérdida de la progenitora de este deporte, por cuanto de sus entrañas emergió, hace ya más de cincuenta años, la que todavía es la expresión más perfecta e insuperable que conoció el balompié, su hijo, Diego Armando, quien sin dudas la debe estar llorando sin consuelo.

No es un misterio la relación hermosa que unía a Maradona con su madre. Sobre todo, para los que militamos, al interior de la extensa y sí que heterogénea familia futbolera, en las filas maradonianas –a pesar de las muchas y muy duras divergencias que yo haya podido tener y de hecho sigo teniendo con muchas cosas del Diego jugador y DT (de la persona que se ocupen los programas de chimentos)-.

Casi (la relación de Diego con Tota) la condensación más perfecta del personaje (dicho no despectivamente) que es en sí mismo el diez. Que iba desde la cuasi glorificación y reivindicación permanente, a la devoción, como dato distintivo; pasando, claro, por el respeto y amor propio de cualquier relación madre-hijo, digamos, “normal”.

Creo que esa relación lo pintaba a Maradona de cuerpo entero. A las angustias que lo atravesaron por su estrellato, sólo soñado en los días de pobreza, potrero y Cebollitas, allá, en Fiorito. Creo que Diego quería compartir con su mamá al menos algo de lo demasiado que se le entregaba a él en términos de idolatría. Hacerla partícipe como forma de agradecimiento. Yo soy pero, obviamente, gracias, también, a ella.

Y a don Diego, un tipo ante cuya imagen a uno no le sale decir otra cosa que “más cara de bueno no puede tener”, y que empezó a conocer algo de lo que es disfrutar la vida recién pasados sus cincuenta años, cuando D10s le rogó que dejara de sacrificar sus pulmones para llevar el pan a la mesa, porque ya había dejado de ser necesario. Ese que sufre a morir cuando lo ve mal a Dieguito. Y que no termina de disfrutar cuando está bien. Quizás porque no sabe disfrutar. A pesar de que su hijo siempre, creo, ha querido enseñarle a hacerlo. Y que en esta hora no tendrá otra cosa en la cabeza que acompañarlo, ahora que tiene que aprender a vivir sin tener a su lado a la leona junto a quien crió ocho hijos desde que llegó de Corrientes antes de siquiera soñar con tener a uno como resultó Pelusa.

Había, a mi criterio, en las permanentes apelaciones a sus padres, también, una elevación de su procedencia popular. Banderas, históricas, innegociables, de Maradona.

Diego hijo fue, sin dudas, un tipo tremendamente agradecido, y plenamente consciente de lo mucho que le debía a sus viejos de todo lo que logró conseguir.

¿Cómo no enamorarse, pues, de esta faceta increíble de Maradona, de entre las muchas similares que ofrece, y que terminan –todas juntas, todas parecidas en él- por explicar la enorme riqueza de su personalidad? Tenía ganas de escribir algo en esta hora. En los festejos, como se suele decir, está cualquiera.

Doña Tota vivirá, en el futbolero, para siempre en cada imagen de Diego porque el propio Diego, como decía más arriba, así lo ha querido. Empezando, por supuesto, por el barrilete cósmico inmortalizado en el grito glorioso de –como lo llama JPVarsky- Su Majestad Víctor Hugo Morales. Y sí: creo, firmemente, que tenemos, los futboleros, la obligación de agradecerle por habernos regalado al mejor de todos los tiempos de la redonda.

Mientras tanto, el pequeño Benjamín, que se prepara para tomar la posta en la senda que inició su abuelo Diego. Y que continúan, hoy, su papá, Sergio Kun Agüero --y Lionel Messi, también, claro--. Seguramente haya conocido a su bisabuela, que se le fue, pero no tiene dimensión de lo que representa en lo que es su, por ahora, pequeñita historia. Pero que, bien mirada, lo tiene como partícipe de otra que es enorme. Y de la que Doña Tota fue socia fundadora.

Fuerza, Diego. Desde acá, el abrazo de un incondicional.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Vindicación del compañero Daniel Scioli

Leía, recién, el último post de Mariano, en el que le hace “Un guiño a Mancuso”, a Daniel Scioli. Catalogado, por muchos, como el “enemigo interno” del kirchnerismo. A principios de año se me dio por escribir en defensa de Scioli, deplorando la estrategia de habilitar la colectora de Martín Sabbatella, postura que reafirmo en los resultados de octubre. Se buscó, dijeron, que CFK obtenga más votos que Scioli. Ridículo: eso ya había ocurrido en 2007, tal como impecablemente demostró Horacio Verbitsky.

Y, por otro lado, como, también en forma contundente, estableció Artemio López, nunca es la boleta de gobernador la que arrastra a favor de la de presidente, sino al revés; y, además, la supuesta discusión entre liderazgo nacional y provincial es conceptualmente inexistente. Lo contrario es una teoría tirada de los pelos para operar las contradicciones al interior del frente oficialista e intentar establecer una supuesta dependencia del kirchnerismo de lo que pueda rendir Scioli, propia de la ignorancia y/o la mala intención de los que adversan a la Presidenta.

Sabbatella dice que Scioli está con CFK porque ahora el viento sopla a favor de ella y entonces le conviene mostrarse fiel. Notable, siendo que lo dice alguien que el 28 de junio de 2009, a diferencia de Scioli –que estaba parado al lado de Néstor, igual que al día siguiente cuando renunció a la presidencia del PJ-, festejaba porque había llegado al Congreso.

A mí no me molesta que Sabbatella se quiera sumar, aunque sea él, en realidad, el que lo hizo cuando los vientos dejaron de soplar en contra del kirchnerismo. Pero, que quede claro: Scioli estuvo siempre en el mismo lugar desde 2003. Sabbatella, en cambio, viene llegando. Y es desubicado es que quiera asumir el papel de policía ideológico. Que le queda grande, visto su legajo.

En la campaña para las legislativas de 2009, Sabbatella planteaba que el kirchnerismo proponía resignarse, conformarse con lo que hasta aquel momento se había logrado. Eso, a pesar de que hacía unos pocos meses se le había dado el golpe más duro a los residuos que el neoliberalismo le dejó como lastre al país con la nacionalización de la administración previsional. Scioli, por entonces, se sumó a las testimoniales. Jugó capital político, no especuló. Y así actúa siempre. Sabbatella, en cambio, que aquella vez fue por las suyas, siempre buscó armar del modo que mejor le resultase a su deseo de sumar kioscos en el Congreso. No me parece mal que lo haga, pero así es.

Más aún, a posteriori de aquella derrota, en los que se suponían que eran los últimos momentos del kirchnerismo, Scioli tenía todo a su favor para darle –al kirchnerismo- el toque de gracia, rompiendo y postulando su propia candidatura para 2011, para lo que contaba con el respaldo de buena parte del PJ y el establishment mediático y empresarial.

Me pregunto, no pocas veces, cuántos gestos son necesarios que haga un tipo para con un proyecto político para que no se lo considere como traidor. Tengo, para mí, que el Gobernador no hace otra que continuos gestos de alineamiento. Siempre. Cedió la vicegobernación y cederá lugares de su gabinete a Cristina. “Le conviene”. “No tiene otra”. ¿Y? Negocia. Hace política. Que es mucho más que sólo dar definiciones ideológicas para las cámaras.

“Scioli romperá el día que sus intereses se vean afectados, tal como ocurrió con Alberto Fernández y con Redrado”, se dice. Ese día que siempre llegará pero que nunca llega. Discutir sobre supuestos. A mi criterio, “condiciones objetivas” para romper, ya las tuvo, y muchas. A mi modo de ver, claro. ¿Qué hubiese sido de todo esto si el día “llegaba”? Scioli, por más que a muchos le duela, ha sido parte, y fundamental, de "todo esto". Y más que Sabbatella, por lejos.

Quizás Scioli no haya roto nunca porque desea que todo decante, algún día, en que no haya otra alternativa que nombrarlo heredero en la conducción de todo esto, y que entonces por eso es paciente. Estaríamos inquiriendo en cuestiones sobre las que nunca tendremos certezas, esto es, el fuero íntimo del personaje, cuestión, por otro lado, que nunca es plenamente determinante de un proceso histórico en política.

Insisto en algo que dije a principios de año: en todo caso, si se desconfía del rumbo que Scioli le pudiera llegar a dar a todo esto –y está bien discutir el futuro, que incluye la discusión sobre Mancuso, claro-, la solución no pasa por la confrontación con un tipo cuya importancia táctica –y también estratégica- para el proyecto no puede ser discutida. Preguntarse a quién beneficiaría una ruptura. Ocúpense –los que dudan de Scioli, no yo, que no dudo- de construir la correlación de fuerzas necesaria a los fines de ganarse el derecho de ser quienes determinan el rumbo proyectivo a futuro. Es decir, hacer política.

A mí el progresismo no me dice nada. No ha hecho nada, nunca. Y lo que hizo, lo hizo mal. Por eso soy peronista. Igual que Cristina. Igual que Scioli.

jueves, 3 de noviembre de 2011

La Argentina ha resuelto darse gobierno por doce años (mal que les pese a muchos)

En 2003, el subdirector del diario La Nación, José Claudio Escribano, saludó la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia por medio de una editorial que, en tapa, advertía al nuevo mandatario que si no se sometía al pliego de condiciones anti nacional y anti popular que le “ofrecía” en nombre del establishment al que representaba como vocero, duraría “apenas un año”.

Ese año se convirtió, gracias a la decisión política de Néstor Kirchner, primero; y de la presidenta –ahora reelecta- Cristina Fernández, después, de hacer todo al revés de lo “sugerido” por el bloque de clases dominantes vía Escribano, en algo más de ocho; que en virtud de la decisión ciudadana del 23 de octubre último, y lo dispuesto como consecuencia de ello por la Constitución Nacional, terminarán siendo doce y medio.

(Digresión: el nombre de Escribano se ha hecho quizás injustamente conocido, para los sectores que nos hemos incorporado a la política en los últimos tiempos, a partir de la amenaza que descerrajó aquella vez sobre Kirchner. En realidad, tres años antes había ido aún más lejos: en el trigésimo aniversario de la muerte del dictador genocida Pedro Eugenio Aramburu, quien encabezara la Revolución Fusiladora que derrocó, en 1955, al gobierno democrático y constitucional de Juan Domingo Perón, a pesar de lo cual Escribano construyó, como homenaje al muerto, un marco teórico por medio del cual Aramburu quedó pintado como una “figura democrática” –a pesar de haber llegado al poder por medio de las botas- y Perón como el líder de una dictadura –aún cuando nunca se hizo del poder por otra vía que las urnas-: todo lo cual pinta de cuerpo entero al tal Escribano y al esquema ideológico que construye que lo cultiva: a él y a los intereses que milita)

Horacio Verbitsky mencionó en su última columna en Página 12 –siete días después de los comicios presidenciales en que fue plebiscitado, con un 54% de los sufragios, el actual gobierno nacional- que no fue la de Escribano ni la única ni la última vez que se intentó hacer del kirchnerismo uno más en la larga zaga de los actores institucionales que entre 1983 y 2003 se dedicaron a gerenciar el programa de gobierno de los sectores dominantes.

“Lo plantearon en 2005 luego de la renegociación de la deuda, en 2007 cuando CFK sucedió a Kirchner, en 2008 luego del voto de Cobos a favor de las cámaras patronales agropecuarias, en 2009 al terminar el escrutinio de las elecciones legislativas, en mayo de 2010 ante la masividad de los festejos del Bicentenario y en octubre apenas dos horas después de la muerte de Kirchner. De nuevo después de las primarias del 14 de agosto y otra vez ahora.”, detalló Verbitsky.

El problema, en efecto, no es el elenco gobernante en sí, sino la orientación ideológica que lo inspira y orienta sus acciones. Apuntaba Federico Vázquez, hace pocos días, que una buena manera de sintetizar qué es “el proyecto” kirchnerista sería presentarlo como un gobierno que, habiéndose basado en el reconocimiento de las opciones binarias que plantea la gestión del Estado y las distintas disputas de interés que en cuyo marco se desarrollan, dejó sentado como rumbo -lejos de una cuerpo ideario perfectamente orgánico y cohesionado- la decisión de optar, cuando dichas situaciones se presenta, por favorecer a los débiles.

Descargando los costos –esto ya lo agrego yo- de la gestión sobre las espaldas de quienes habían sido amplios e indiscutibles ganadores durante la etapa anterior a la llegada del kirchnerismo al poder. Profundizar el modelo, entendiendo al actual como un ciclo histórico reparador que ha recuperado, ampliado y/o creado derechos ciudadanos, pasará, entonces, porque el Gobierno se decida a atacar rentas privilegiadas y estructuras de propiedad de carácter regresivo.

Antes de las elecciones del 23 de octubre, Carlos Pagni –que, a mi criterio, es de los pocos tipos lúcidos y leíbles (sobre todo para ver por dónde vienen las cirugías) que revistan en las tropas opositoras- advertía: “Ella puede estar pensando en excluirse de la reelección, pero a fin de liderar una enmienda que establezca ’para siempre’ algunos rasgos de su “modelo”: la política de derechos humanos y seguridad, la extensión de ciertos beneficios sociales, la relativización de la propiedad privada en actividades definidas como ‘servicios’”.

Lo que Pagni señala con preocupación es, para algunos, como el que esto escribe o Hernán Brienza, un pedido que se ha efectuado a la actual conducción del gobierno popular en función de garantizar la continuidad de los aspectos centrales modelo de país con el que coincidimos, independientemente de la posibilidad –de cualquier tipo- de continuar de los actores que en la actualidad lo ejecutan e interpretan.

Y hay que decir, con relación a lo anterior, que varias situaciones que se han sucedido en los últimos tiempos alientan la posibilidad de ser optimistas respecto de ello. Lo es, por caso, el hecho de que la última elección, además de un contundente respaldo plebiscitario a la actual gestión de gobierno, ha castigado más duramente a quienes con mayor énfasis se han opuesto al nuevo sentido de gestión concebido al calor del kirchnerismo; premiando, en cambio, a los que no deploran de todo ello y hasta alguna vez han tendido puentes en tal sentido, lo que también ha sido señalado por Julio Burdman. Por otro lado, el frente empresarial, otrora homogéneo y compacto, se ha fracturado desde que un sector importante del mismo ha comprendido lo equivocado -y peligroso para sus intereses- que podría resultarles insistir en lógicas de acción similares a las emprendidas en el plano partidario por Elisa Carrió o Eduardo Duhalde, por nombrar a los menos afortunados del Grupo A.

En definitiva, “Cristina parece haber afianzado una administración que funge de base de un acuerdo social mucho más amplio, transversal respecto del nuevo modo de conducción del país que experimenta Argentina desde el 25 de mayo de 2003. Terreno apto para sentar las vigas maestras de un nuevo andamiaje estatal”, como decíamos el 14 de septiembre último. Ella es la síntesis de los sectores sociales que expresan posiciones antitéticas con la matriz ideológica y material de los sectores dominantes.

Y habiendo sintonizado correctamente el mensaje de las urnas y las necesidades a futuro del sector cuya representación encarna fue que recomendó al “llano” social ir a por la organización en función de construir, de una vez por todas, el sujeto sociopolítico que banque en el día a día el ajetreo que seguirá a la afectación de intereses que se impone para lo venidero. Decía Esteban De Gori, el último lunes en P12, que “la adhesión a un gobierno nacional y a la Presidenta puede encontrarse, entre otras cosas, en la capacidad simbólica y material de dichas políticas de configurar un horizonte comunitario”.

En este marco debe entenderse las corridas al dólar de las últimas semanas, ante las cuales el Gobierno ha reaccionado, en esencia, correctamente; pero todavía con muy escasa, digamos, capacidad quirúrgica, que en estos tiempos se impone habida cuenta del carácter complejo, heterogéneo y contradictorio que ha adquirido la economía argentina, proceso que se ha acentuado lejos de haberse aplacado en el período kirchnerista.

La nueva gestión de CFK, venimos advirtiendo, se debe el diseño de instrumentos acordes a las problemáticas nuevas, cada día más específicas, que van apareciendo conforme se avanza en términos de crecimiento, desarrollo y expansión de derechos. Especialmente, si se quiere consolidar el nuevo sentido de gestión del Estado con que ha irrumpido este proyecto en la historia. Lucas Carrasco alertó, en tal sentido, y para dar un ejemplo, sobre la ausencia de instrumentos de ahorro para los pequeños ahorristas. En el éxito de dicha empresa es que se cifra la posibilidad de disciplinar a los distintos factores corporativos que no han perdido capacidad de hacer daño por mucho 54,11% que haya cantado el escrutinio definitivo a favor de la Presidenta. También para acotar esa capacidad de daño a que hacemos mención es que hace falta la construcción de nuevas herramientas, que esterilicen el todavía vigente espacio de incidencia que en términos de presión sobre el Estado para el diseño de las políticas públicas tienen los sectores dominantes de la oligarquía diversificada.

En efecto, nadie discute –y nuestro gurú económico, el amigo Mariano, ha dado, como nos tiene acostumbrados, cátedra al respecto- que el modelo requiera de retoques, siempre sosteniendo las banderas. Las tácticas y estrategias pueden cambiar, los objetivos siempre serán los mismos, y en ese sentido el kirchnerismo ha trazado un recorrido histórico por demás coherente, aún cuando muchos puedan querer advertir acerca de contradicciones por cuestiones menores que no definen lo conceptualmente central de un proceso histórico.

Así las cosas, hay que decir que los movimientos en torno del dólar –no por parte de los pequeños ahorristas, claro- son el claro intento de las corporaciones por posicionarse mejor ante el escenario venidero, de mínima; determinar el cambio de rumbo que le sería de agrado a la salud de sus intereses, de máxima; disputar la capacidad de determinar la construcción del rumbo nacional, siempre –en el caso del empresariado, en contra de la decisión tomada hace pocos días por la soberanía popular-.

Dicho en criollo: una devaluación, por caso, habrá que pagarla. Duhalde, en su momento, tomó una decisión política: el recibo por el pago de aquella devaluación fue el más de 54% de índice de pobreza con que le entregó la banda y el bastón presidencial a Kirchner, pese a lo cual se lo sigue caracterizando como salvador de la patria desde algunos sectores.

El kirchnerismo, decíamos arriba, ha optado por caminos francamente opuestos a los que había encarado Duhalde (y todos sus antecesores desde 1975 a la fecha) en ocho años y, peculiaridades de la historia, quizás por ello sea que fue votado por la misma porcentaje de personas que pobres existían al momento de su llegada al poder, tras ocho años durante los cuales desempobreció una cantidad de gente por el equivalente a la distancia que separó a la Presidenta de su segundo.

Por demás, las palabras de Pagni, que arriba citamos, son el reflejo de la desesperación del establishment por la posibilidad cierta de que el resultado electoral opere como colchón y ampliador de margen de maniobra para la jefa del Estado en la tarea de consolidar un colectivo trasversal con los intereses populares como nuevo privilegiado histórico.

En la capacidad que pueda exhibir Cristina de construir políticamente en función de dotar a su gobierno y al Estado que conduce de las capacidades necesarias para encarar las tareas pendientes, al tiempo que pueda eludir las dificultades que por ello se le presenten, están cifradas las posibilidades de éxito del avance de las clases populares.