domingo, 30 de octubre de 2011

O la oposición cambia, o se cambia a los opositores

En lo que será un post de neto corte vanidoso, leemos, en La Política On Line, al reelecto intendente de la capital mendocina, Víctor Fayad, decir lo siguiente:

"Estamos cansados de esa elite de dirigentes que se pasan la pelota unos a otros y admnistran los votos que nosotros conseguimos. Sanz, Cobos, Morales, Jesús Rodríguez... Quieren gerenciar nuestro capital electoral. Muchos de ellos no tienen ninguna representación y eligen los cargos del partido encerrados en una habitación de hotel (…) dejaron al país sin presupuesto y no se dieron cuenta que nos estaban perjudicando también a nosotros, los que sí tenemos responsabilidades con nuestros vecinos. Perjudicaron a todos: radicales, peronistas, socialista.”

Nos permitimos, a partir de las declaraciones de Viti, decir que a esto ya lo habíamos anticipado por acá, cuando el pasado 19 de agosto comentamos “La pésima estrategia de la UCR”. Dijimos, aquella vez, que, en efecto, la UCR es el único espacio partidario medianamente organizado institucionalmente y con despliegue territorial cuyo desarrollo es, en términos de magnitud, respetable, aunque en uno y otro ítem pierde por goleada si se lo compara con el Movimiento Peronista que conduce la presidenta CFK.

Pero así como señalábamos eso nos permitíamos apuntar que las estructuras representativas de poder con que cuenta el radicalismo a lo ancho y a lo largo del territorio están escasamente – o nulamente- representadas en los espacios y las decisiones tácticas y estratégicas de la conducción nacional del partido.

El pobrísimo desempeño de la fórmula de la UCR en las recientes elecciones presidenciales no se entiende si no es a partir de la decisión estratégica de no expresar a dichas estructuras en las candidaturas nacionales del espacio. Así fue que el radicalismo gobernante a nivel provincial, se ha ido, se va, y se seguirá yendo con el kirchnerismo –u otros, según les convenga a los que tienen que cuidar sus sitios de poder, en una actitud en absoluto reprochable por cuanto a ellos les prestan cero atención desde el arriba del partido-.

Más fácil, si los privilegios los tienen El Hijo de Alfonsín –que recién saltó al conocimiento popular masivo cuando falleció su padre-, Ernesto Sanz –hombre de Techint en el partido-, Javier González Fraga (¿?), Silvana Giúdice –diputada clarinista-, Gerardo Morales –incapaz intelectual y político absoluto, coleccionista de derrotas en su provincia, que grita y actúa bien el indignismo y el acento provinciano cuando hace falta y que supo poner el partido a las ordenes del duhaldismo en ’07; de Carrió entre ’08 y ’11; de De Narváez ahora; y del establishment siempre-, Oscar Aguad, en fin, todos aquellos que no tienen votos ni a quienes los puedan juntar, en desmedro de aquellos que sí tienen una y otra cosa, no puede esperarse otra cosa que el magro 11% que obtuvieron.

Si la UCR deseaba que las estructuras territoriales partidarias se pusieran al servicio de la recolección de votos a favor de las candidaturas nacionales, mínimo deberían haberles ofrecido la vicepresidencia a los conductores del territorialismo, o espacios en el Gabinete, no sé, algo. En vez de eso, decidieron privilegiar las relaciones con el establishment empresarial, a favor del que nadie se embanderaría, postulando a Javier González Fraga; o construir una alianza electoral inexplicable desde todo punto de vista con Francisco De Narváez que no significó otra cosa que jaquear el poder del radicalismo del interior bonaerense que hasta el último 23 de octubre tenía cierta relevancia. Que terminó, dicho acuerdo, como la mona, con De Narváez pidiendo el voto para Rodríguez Saá o para... Cristina (“Ella también necesita un cambio”, decían los carteles denarvaístas en la provincia). Cosas que, siguiendo con el egocentrismo, también aventuramos en su momento (1 y 2).

Así las cosas, Fayad expresa una movida que, nos parece, anticipa lo que será la disputa política de acá en más, sobre todo a partir de lo que se comprobó fracasado en términos electorales (esto sería, que el partido regale -como la ha hecho desde el No Positivo anti institucional de ese atentado a la república y el Estado de Derecho que es Julio Cobos- su soberanía decisoria a las corporaciones empresariales): el diálogo político determinado por aquellos que tienen responsabilidades de gobierno y lazos de representatividad concretos con los electorales. Proceso que se venía advirtiendo acá y con fortaleza desde el resultado obtenido por Cristina en las PASO.

Es demostrativa, esta reacción, de lo que hemos denominado como el fin del ciclo de la antipolítica, iniciado con el experimento de la Alianza y cuyo naufragio comenzó el día que el Grupo A usurpó responsabilidades de gobierno, se extendió en aquella vergonzosa maniobra que Elisa Carrió urdió a pedido del Grupo Clarín para hacer naufragar el Presupuesto ‘11 por medio de denuncias de corrupción que nunca probó –jamás probó ninguna de las denuncias que hizo a lo largo de su fracasada carrera- y que parece haberse cerrado en el resultado que la propia candidata de la Coalición Cívica Libertadora obtuvo el domingo último, luego de la cual, y a subida a una soberbia incalificable, se animó a comparar al gobierno democrático y constitucional de Cristina Kirchner con la dictadura extinta de Khadafi.

Carrió y toda la horda de engendros antirrepublicanos similares a ella que pulularon en derredor del escenario político durante los últimos diez años se manejaron aplicando una lógica que estuvo directamente relacionada con la nula responsabilidad de gobierno que tenían –algo que también menciona Fayad, en especial en lo que significó la barbaridad cometida con la discusión presupuestaria última-. Fue una estrategia que resultó productiva para el clima de época imperante durante la destrucción de ciudadanía cívica y social que caracterizó al neoliberalismo, más no para la actual, que se caracteriza por la ampliación/recuperación/incorporación de derechos, discusión para la cual nadie califica mejor que aquellos que construyen vínculos de cercanía concretos con la ciudadanía a la que deben interpelar (y a la que deben permitirle que los interpele).

Es, sencillamente, el agotamiento de un formato de representación y su reemplazo por otro más adecuado para los tiempos que corren.

En ese entendimiento, el futuro de Hermes Binner, en particular, y del FAP en general, es una verdadera incógnita. Sostener la institucionalidad orgánica de ese espacio, ahora que Binner abandonará la gobernación santafesina –para más, dejando a su delfín en jaque desde que relativizó la alianza que el PS mantiene con los radicales en dicha provincia-, con sus bancadas legislativas en disminución, la discusión por reparto de comisiones de por medio y con el peligro de que si son fieles a sus banderas programáticas históricas se los acuse de ser funcionales al oficialismo nacional, en el marco de una alianza plaga de saltimbanquis profesionales (Liebres del Sur, Claudio Lozano, De Gennaro, Stolbizer).

Por otro lado, es bastante discutible si se justifica el festejo desplegado por el FAP luego de los comicios en que obtuvieron un segundo puesto, según el escrutinio provisorio, a una distancia de… ¡37,09 puntos! de la ganadora, que por otro lado ha obtenido el mayor caudal de votos en la historia de la democracia recuperada en 1983. Ello, a la luz de lo que han sido las experiencias de las segundas y terceras fuerzas en el mismo período.

Lo que se llama futuro está, por el momento, plagado de interrogantes, por cuanto pueden desaparecer en un abrir y cerrar de ojos las circunstancias particulares que rodean al escenario que venimos describiendo y en el cual se inscribe una correlación de fuerzas cuya expresión se vio reflejada el domingo 23 de octubre.

Como sea, si la discusión va a ser, de acá en más, con Viti Fayad y Mario Barletta, pinta para ser mucho más rica, divertida y edificante de lo que ha sido hasta el momento con Joaquín Morales Solá, Eduardo Van Der Kooy, Marcelo Bonelli o Luis Majul.

Y deseable, también, por cuanto la democracia, la institucionalidad republicana y el Estado de Derecho reclaman una oposición comprometida con dichos valores. Lo que durante todo el kirchnerismo no ha habido, y por eso el segundo más pareció tercero, y quedó separado del ganador por la distancia más amplia de toda la historia argentina.

jueves, 27 de octubre de 2011

Un año sin Néstor. Un año del día en que se nos fue un amigo


Me había levantado temprano. Era feriado aquél miércoles de Censo. El lunes siguiente tenía parcial de Sociedades Comerciales, así que el feriado me caía al pelo para darle duro a la lectura de la 19.550 comentada (la ley de Sociedades Comerciales). A las siete AM en punto estaba ya sentado, mate en mano, y déle tragar artículos. Tomo mucho mate, siempre, pero más todavía cuando estudio. Cambio la yerba varias veces durante el día, dice mi mamá que gasta más en yerba que en morfi.

Cerca de las diez bajé a eso, a cambiar la yerba, y escuché por radio que Jorge Rial decía que Néstor había sido internado nuevamente. La tercera en el año. Estaban mis viejos oyendo la radio en la cocina. Son anti K, ambos, a morir, las discusiones políticas en casa son de alto voltaje. Ninguno dijo nada. Yo creo que quise hacer como que era una más, como las dos anteriores.

La segunda, en septiembre, me agarró en medio de una fiesta de disfraces en casa de un amigo. Todavía me recuerdo con otro de los pibes, vestido yo de Luis XV, siguiendo la transmisión especial de C5N aquél sábado por la noche. Hasta que Eduardo Feinmann –al que le era imposible ocultar que lo habían arrancado de la cama para que condujera el seguimiento de la internación- confirmó que ya estaba todo bien.

En julio casi me mato en serio, yo y mis amigos: nos pegamos alto palazo con el auto volviendo de un jueves de trampa en El Bosque –ahí en Quilmes-. Una semana internado por neumotórax. Y por inconsciente. A fines del citado septiembre se moría Romina Yan, que marcó mi infancia en Chiquititas. Como que algo feo me rondaba.

Hoy que lo pienso frío, ya lejos del día en que recibimos la noticia más amarga en ocho años, Rial dio la noticia con un tono raro. Como que sabía algo que todavía no podía decir. Me fui para mi habitación a seguir estudiando, y antes de que pasaran quince minutos llegó un grito de mi viejo: “¡¡¡Pablo!!! ¿Viste? ¡¡¡Se murió Kirchner!!!”, me anunció, incrédulo. Me quedé duro. Inmóvil. Se hizo un silencio, después de recibir la noticia, que todavía puedo recordar. El silencio, en realidad, supongo que es siempre, en sí, es el mismo. Fue distinto, para mí, aquél silencio, en aquél momento, después de aquél mazazo.

No sabía que hacer. Quise, ¡qué idiota!, seguir estudiando. Como para no pensar, supongo. Habré durado, fácil, cinco minutos más con la mirada en el libro. Prendí la PC, la TV, la radio, todo. Y después lo que ya se sabe, y se ha contado mil y una veces desde todas las perspectivas imaginables, que fueron esos días. Lo que sí me acuerdo es que sentí una amargura de mierda en el pecho, como un bocado que no baja, pero no lloré. Casi me quiebro cuando la oí a Milagro Sala desconsolada en diálogo con Víctor Hugo, pero nada más.

¿A qué viene que aburra con tanta lata de lo que me pasó a mí, tremenda insignificancia, el día que murió Néstor, de lo que hoy se cumple nada menos que un año -¡qué increíble!-; y que resultó, sin dudas, uno de los sucesos más sobresalientes del capítulo de las desgracias populares en la historia de este país, que las hubo muchas, por cierto y desgraciadamente?

Me acuerdo que lo primero que leí –al margen de las bajezas espirituales de Rosendo Fraga y Eduardo Van Der Kooy a minutos de la tragedia- fue, claro, el post de Lucas Carrasco. “Los más pendejos –decía Lucas-, a Néstor, lo querían”. “Como a un padre, alguien cercano”, agregaba. Yo no coincido con eso de que “como a un padre”. Néstor era, para mí, como dice la canción, “uno más de la esquina, de esa barra querida, que no voy a olvidar. Un muchacho de barrio, que aunque pasen los años, nunca me olvidaré, que mi escuela fue la calle, y en la vida, pierda o gane, yo, te lo juro por esta… que yo nunca cambiaré”.

La noche anterior había cenado con mis mejores amigos, ninguno de los cuales comparte mi fervor militante, no obstante lo cual se había armado debate. Me preguntaron, los pibes, quién creía yo que sería candidato en 2011, si Néstor o Cristina. La Presidenta, contesté sin dudar un segundo: “porque me gusta más a mí –lo cual de por sí habría sido suficiente en caso de haberse planteado la disyuntiva-, y porque mide mejor. Va a terminar siendo ella, ya van a ver”. Increíble. Horas, apenas, antes de la noticia. Me hubiese gustado tener razón por otros motivos.

¿Qué cosa tan extraña puede generar un tipo en el pueblo, y me refiero a la dimensión enteramente humana, afectiva, pasional de las personas, como para que muchos que, como yo, ni siquiera lo vimos nunca de cerca, nos permitiéramos entristecernos, cambiar nuestra rutina del día, ponernos a escribir un post en su honor? Ocurre, a mi modo de ver, que Néstor fue un líder de cercanía porque gobernó haciéndonos sentir parte de todo esto.

Dije, el domingo pasado, que al triunfo impresionante de Cristina lo construimos entre todos. Y es que, justamente, el kirchnerismo, que reconstruyó los vínculos de representatividad con la simple decisión de decidirse a –ni más ni menos- representarnos, a la vez tiene como valor cualitativo diferencial el hecho de que ha convocado un acompañamiento e involucramiento como pocas veces se ha visto en la historia de este país. Que te provoca ganas de salir a defender la gestión en todos los espacios que sea posible.

Es, como durante el primer peronismo, el pueblo por sí sólo tomando las riendas de la defensa de la herramienta de construcción de su dignidad; esto es, el gobierno popular que conduce la compañera Presidenta. Las actividades barriales, las organizaciones de la militancia, los blogs, las creaciones culturales que evocan este clima de época. La reacción a la derrota de 2009. Los debates por la Ley de Medios, cuando fuimos todos redactores de una ley. La proliferación de la discusión por el país en cualquier rincón y momento que se imagine. Todo esto provocaron Néstor y Cristina. A los que hasta mencionamos por el nombre.

Nos hicieron sentir protagonistas de la historia. Que podemos, y hasta debemos, encarar la tarea de convencer porque un voto más suma y hace falta.

Vaya una confesión personal más: la frase “El triunfo que construimos entre todos” con que titulé el post sobre el 23 de octubre triunfal, la soñé el 7 de marzo de 2010. Caminando por la calle Alsina, salía de ver a Independiente ganarle a River 2 a 0 (Gandín y Silvera, los goles, nos dirigía Tolo aquella noche), y mientras iban con Nico y Lucas (dos votos para CFK 2011, que no lo habían sido en 2007) a buscar el Viper (tal el apodo que damos, en el grupo, al Fiat 147 de Lucas) me puse a pensar -enfermo como soy de todo esto, claro- cómo podría ser un post triunfal en 2011. Eran tiempos en los que rogábamos un 40+10. Se nos fue la mano, un poco. Aunque, como dice Chino Navarro, hoy preferiría menor cantidad de votos para Cristina pero con Néstor presente.

¿En qué cabeza racional cabe que un tipo que recién sale de ver a su equipo ganar un clásico, y tras estar en medio del fervor de una popular en llamas, puede haberse puesto a pensar en las presidenciales de 2011 y lo que iba a escribir al respecto si le tocaba que su opción electoral fuera la finalmente triunfante? En ninguna racional, justamente. Por ende, en una kirchnerista.

Cuando se cumplieron, en enero pasado, tres meses de la muerte de Néstor, me permití aventurar que Cristina la invadirían, por estas horas, sensaciones encontradas, porque mañana harían, a la vez que un año del paso a la inmortalidad de Él, cuatro días de su triunfo en las presidenciales. No encuentro cómo no repetirme y decir algo distinto a eso que aventuré a principios de año, sobre todo desde que la propia Cristina reconoció sentirse así durante su discurso de agradecimiento por la victoria.

Yo tengo 25 años. Tenía 16 cuando empezó todo esto en 2003, para mi desgracia en aquél entonces porque, lo dije, en 2003 yo había apostado por El Adolfo. El día que hizo descolgar los cuadros de los genocidas que todavía quedaban en pie en el Colegio Militar, terminé de enamorarme de un gobierno que ya venía despertándome entusiasmo a partir del estilo y el desparpajo de ese presidente que te hacía sentir, insisto, que era uno más de los tuyos.

Decía, entonces, que en 25 años de vida, por suerte, no he sufrido pérdidas personales. Así que no tengo por qué negar que, hasta el momento, la de Néstor ha sido la muerte que más de cerca me ha tocado. Hace un año se fue, literalmente, un amigo. Nunca menos. Te extrañamos. Lo logramos. ¿Hay mejor homenaje que el 53,96%?

domingo, 23 de octubre de 2011

El triunfo que construimos entre todos


Qué más se puede decir –en cuanto a profundo, me refiero- que ya no se haya dicho desde que este vendaval se preanunciaba, especialmente desde las PASO. Conviene, pues, remitirse a todo aquello, y a lo mucho que otros compañeros, con mucha más capacidad de análisis que uno, seguramente escribirán en los días venideros.

Segundas Lecturas se abrió cuatro días después de la derrota de Néstor Kirchner frente a Francisco De Narváez en 2009. Vaya momento para salir a la cancha, aquél. Es portador de la impronta que sembró Néstor Kirchner, eso de militar los (supuestos) imposibles. Como leyenda, aún con Él en vida, Segundas Lecturas llevaba “Cristina Fernández de Kirchner 2011”.

El martes 20 de marzo de 2008 hubo en Plaza de Mayo un cacerolazo pro patronales del "campo" que buscó forzar la renuncia de CFK a la presidencia, cuando recién llevaba tres meses de gobierno, por haber intentado, esa presidenta que apenas despuntaba, generar una medida pro redistribución del ingreso a favor de los humildes y laburantes de esta patria. Desde aquél día tengo atragantado en el pecho un grito de desahogo inmenso.

Me han dicho las peores cosas. Me han insultado, maltratado. Se han burlado de mí. Me han tildado de las peores cosas. En 2009 comencé a intentar poner un granito de arena para evitar que todo se nos fuera al demonio, como parecía que podía llegar a ser. Hoy, Cristina fue reelecta. Amplísimamente. La utopía se hizo realidad. Néstor enseñó a emprender epopeyas. Esto de hoy es, mayormente, gracias a él. A todos aquellos que alguna vez me faltaron el respeto por cuestiones políticas, no les guardo rencor. La historia tiene justicia poética: tarda en llegar... pero algún día llega.

Yo siento que he aportado a este triunfo. Poco, casi nada. Pero algo, seguro. La potencia del proyecto que conduce Cristina –que rompe varios récords nada menos que tras ocho años de gobierno, lo cual da una idea de lo que se considera que ha sido su desempeño- reside en, primero, haber reconstruido los lazos de representatividad con el pueblo –la herramienta democrática e institucional insuperable de que se ha valido el kirchnerismo para encarar la construcción de un proyecto renovado, a partir de la ruptura con el programa de gobierno del bloque de clases dominante, hegemónico entre 1976 y 2003-; y segundo, en haber hecho parte activa –ya no meramente receptiva- de la acción de gobierno.

Cristina no sólo tiene votantes y militantes -en el sentido clásico de ambos términos-: empujan su candidatura, la “laburan” –en el más amplio de los sentidos-. Floreció kirchnerismo, de manera silvestre, si se quiere; se escurrió por entre los dedos de los esquemas conceptuales a los que estaba acostumbrada desenvolverse la disputa política, y de allí la caducidad de los formatos de representación opositores, proceso al que me he referido varias veces en los últimos tiempos. Supondrá, eso, un cambio conceptual en el modo de concebir a la ciudadanía y la competencia política de acá en adelante.

Se expresa, también, en un dato peculiar: la de hoy es la primera elección presidencial cuyo vencedor no es el que ese establishment al que arriba hacía referencia deseaba que venciera. Más aún, ha ganado el proyecto político y de gobierno al que mayor combate se le ha presentado desde los poderes fácticos en 28 años de democracia recuperada.

Este episodio no será, sin dudas, uno más. Algo tendrá que cambiar, en adelante, si de una elección presidencial surge un segundo que no llega a reunir uno de cada cinco votos nacionales. La sociedad tiene que ser repensada desde varias y muy distintas perspectivas, Cristina lo ha entendido instando, desde sus discursos de agradecimiento, a la reformulación de los relacionamientos sociales de todo tipo, al interior de la coalición oficialista en particular, y a los actores de los distintos intereses en todo el país, especialmente a lo que debe ser la interacción de los mismos en términos institucionales a partir de una sociedad que ha convalidado, a partir de las conquistas conseguidas en ocho de años de gestión, acciones e improntas: el instrumental, digamos, que lo ha hecho posible.

Nada será igual, a futuro, luego de ser revalidado ampliamente un proceso de ampliación/recupero/incorporación de derechos. La gestión y el legado conceptual que todo esto que implica el kirchnerismo, en los diversos campos cuya gestión se ha expresado.

El triunfo tiene que ser dedicado, en primer término, a Perón y Evita, inspiradores máximos del campo nacional y popular dentro del cual se inscribe este proyecto de gobierno. En segundo lugar, a Néstor Kirchner, que reconcilió al Movimiento Peronista con sus valores y representados y adherentes originarios. Y por último, a los que nos votaron, a los que no nos votaron; pero, fundamentalmente, a todos aquellos a los que todavía no les ha llegado la acción reparadora del modelo conducido por la Presidenta: los pobres y laburantes de la patria, a favor de cuyo bienestar está dedicado, principalmente, un gobierno como el que hoy acaba de ser reelecto, en gran medida gracias a que, como ninguno, ha combatido a la exclusión social.

Y para análisis sesudos, ya habrá tiempo: hoy es hora del festejo, que bien merecido lo tenemos los que lo hemos hecho posible. Un cambio cultural, ése, fenomenal. Que nos llama a muchos otros desafíos de acá en más pero con, por ahora, la satisfacción del deber cumplido.

viernes, 21 de octubre de 2011

Sobre el filo de la veda II

Para éste, el último post que nos permite la veda, he decidido aceptar el desafío que propuso Hernán Brienza el domingo pasado en Tiempo Argentino, y exponer las razones que me llevarán, dentro de algo más de cuarenta y ocho horas, a depositar la boleta azul de CFK-Boudou 2011 (junto, por supuesto, a las de Aníbal Fernández –para senador nacional por provincia de Buenos Aires-, Julián Domínguez –diputado nacional-, Scioli-Mariotto –gobernador y vice-, Cacho Álvarez –senador provincial- y Jorge Ferraresi –intendente de Avellaneda):

1) Porque, a mi criterio, la medida del éxito o el fracaso de un gobierno está dada, principalmente, por la capacidad que demuestre en la lucha contra la exclusión social. Y el proyecto político que encabeza la presidenta CFK completará, el próximo 10 de diciembre, el único ciclo de reducción sostenida en los niveles de pobreza (caída del 54,7% al 22,3% de 2003 a 2011), indigencia (reducción del 27,6% al 5,7% en igual período) e inequidad (la brecha entre ricos y pobres se redujo de las 31 veces al año 2003 a 17 veces actuales).

Dicho de otro modo, Néstor Kirchner y Cristina Fernández son los únicos dos presidentes democráticos que, en cincuenta años de historia argentina, culminan sus mandatos constitucionales con niveles menores de pobreza, indigencia e inequidad social que los existentes a las fechas de sus respectivas asunciones.

2) Por un recuerdo de mi adolescencia temprana: durante mi paso por la secundaria, cuando se armaban debates políticos con los profesores (toda una rareza, habida cuenta de los tiempos que corrían), yo machacaba, con especial énfasis, sobre dos ítems: a) que resultaba inconcebible para una democracia constitucional que se precie de tal que los genocidas de la última dictadura no estuviesen en prisión; y b) que nunca el país despegaría si no se reducían drásticamente los niveles de endeudamiento externo. Me contestaban, los profesores, invariablemente, “no se puede”. Y a este respecto creo que abundar resultaría redundante.

3) Por el compromiso que asumió siempre el kirchnerismo con la profundización de la democracia y el respeto por la institucionalidad republicana; valores, ambos, que se expresan en la reconstrucción de la autoridad presidencial, el saneamiento de la Corte Suprema de Justicia y/o la decisión de recuperar el papel del Congreso como plataforma de exposición en el escenario del debate público cuestiones que la política no encaraba por un consenso tácito de los actores de la formalidad institucional, que entre 1976 y 2003 no se dedicaron a otra cosa que a legitimar el programa de gobierno del bloque de clases dominante, proceso histórico durante el cual se aniquilaron las capacidades decisorias y de intervención del Estado.

Se recuperaron, así, tanto la representatividad, como la hegemonía del imperio de la soberanía popular como elemento determinante de los procesos de toma de decisión respecto del rumbo del desarrollo nacional que, por si hace falta aclararlo, ha sido (y es, y será) clave en la construcción de un proceso de profundización y ampliación de derechos ciudadanos, a saber: plena vigencia de las libertades cívicas (no represión de la protesta social, sobre todo), construcción de nuevos derechos sociales (AUH, ampliación jubilatoria) y efectivización de los de tercera generación (matrimonio igualitario).

4) Porque nunca el país estuvo más ni mejor integrado en el concierto internacional: ocupó la primera secretaría general de UNASUR, preside el G77 más China (en ejercicio de cuyo mandato la presidenta CFK ofició de portavoz de las intenciones reformistas del secretario general de ONU, Ban Ki Moon, en la última asamblea anual de tal organismo), lidera el impulso a la aceleración de las acciones de definitiva consolidación del Mercosur, ha encabezado todas las misiones de paz y sostenimiento democrático en la región cuando uno y otro valores se han visto amenazados, entre otras cuestiones.

5) Esto es más parcial, todavía: por la opción por la plena identificación de este proyecto como parte integrante histórica del populismo peronista; pero también por haber emprendido una renovación –no me refiero específicamente a renovación en términos individuales- al interior del movimiento: la amplitud de aceptar la incorporación de otros sectores para hacer posible la construcción de una alianza de mayorías más amplia y plural.

Luego, Brienza se animó a expresar sus deseos/pedidos de cara al hipotético segundo mandato. Yo no sé si podría ser tan concreto. Básicamente, reitero algo que dije en el último post previo a las PASO: “El Gobierno está, al día de hoy, dotado con buenas armas de las que valerse para avanzar en la interpelación al actual estado de las estructuras de riqueza en Argentina (bien es cierto que no de todas las que uno desearía que tuviera). (…) avance estratégico, por fin, de la política partidaria en el combate de posiciones por la conducción de la agenda de la gestión del Estado. (…).

En definitiva, pedirle a Cristina que siga peleando por ensanchar las capacidades estatales e incorporando sectores sociales al colectivo político que conduce, que serán, ambas, las mejores herramientas de que pueda disponer a los efectos de encarar con suerte la profundización del modelo, cosa que en buena medida estará determinada por su capacidad de afrontar la complejización de la gestión de la sociedad posneoliberal, interactuando con sus integrantes para dar excelencia a la particularización extraordinaria que requiere la gestión de un país que, por haber crecido, se encontrará con desafíos nuevos, desconocidos.

Y de involucrarlos en el valor agregado que ha recuperado el kirchnerismo: el sentimiento de militar las conquistas, claro.

jueves, 20 de octubre de 2011

Cierre de campaña bis

La escenografía del cierre fue perfecta, en tanto resumen de lo ofrecido de cara al 23/10.

Primero: aquellos que han sido beneficiados por la obra del Gobierno, y quieren contarlo, en primer plano. Después de todo, si a favor de ellos es que se ha hecho todo lo que se cuenta como logros del mandato, qué mejor que hacerles un lugar para que salgan a defender y militar lo que han conseguido. Varias veces, durante las malas, se le achacó al kirchnerismo que era un error táctico/estratégico no movilizar para defenderse. Ha, parece, solucionado eso.

Segundo: la confluencia de todos los integrantes de “la fuerza de” simbolizan otras dos cuestiones muy importantes de la potencia del proyecto político del peronismo kirchnerista. Ante todo, que la Presidenta ha conseguido articular dentro de un mismo colectivo sectores con demandas diversas entre sí, pero bajo la premisa de que les irá mejor actuando juntos, aunando esfuerzos. Por trillado que pueda sonar, entendiendo que el todo es más que la suma de las partes.

La otra cuestión importante a apuntar tiene que ver con la reconstrucción de los lazos de representatividad. Cristina corre con ventaja por la sencilla razón de que ninguno de sus rivales sería capaz de poner en un escenario ni una sola persona de carne y hueso que se sienta representada por una propuesta alternativa. Porque han decidido dejarlos de lado y representan intereses que a ellos, las llamadas gentes de a pie, no los cuentan. ‘La’ oposición ha elegido no representar ciudadanos, que sí se sienten interpelados por el kirchnerismo, al que luego le corresponden cuando son convocados a laburar la herramienta que les permite avanzar.

Cristina, su conducción, es el instrumento que hace posible el proceso de empoderamiento de las clases populares que se vive en Argentina desde el 25 de mayo de 2003. La jefa del peronismo se ha convertido en la garantía del éxito de la síntesis que hoy sólo se hace posible en base al liderazgo potente que su persona expresa –de ahí su enorme potencial electoral-.

Desde su lugar de sintetizadora interpela y da la disputa por agrandar los márgenes de maniobra por sobre las potestades que hipotéticamente puedan reclamar los distintos integrantes del espacio, sobre la base de la conclusión de que esa ha sido la garantía del éxito. Moyano tiene que entender que el proceso de empoderamiento social ha incluido también a los trabajadores: se expresa en elementos como las paritarias, el Consejo del Salario Mínimo y la candidatura a diputado nacional de Facundo Moyano.

Pero en esta coyuntura, concreta, Moyano, como parte de un todo superior, tiene que comprender que CFK no soltará la mano de los trabajadores (no es neutral, está por la inclusión social, dijo la primera mandataria), primero; y, de nuevo, que el futuro del Movimiento Obrero Organizado no hallará mejor amparo que la construcción amplia y heterogénea que se exhibió en toda su dimensión en el cierre del Coliseo. Por lo demás, a las disputas por poder hay que racionalizarlas, perderles el miedo. Aquello de que “si se pelean entre los políticos pierde la sociedad”, está muy bien para las colas del supermercado, pero el análisis político requiere de otra mirada, más profunda en las complejidades sociales (siempre y cuando, claro, aquella disputa no se exceda más que de los términos de lo que específicamente hace a la conducción del juego).

Para la anécdota quedan la apelación a lo emotivo, la campaña publicitaria, todo ese resto. Lo esencial está en los que dicen agradecer y venir a prestar su colaboración para ir a por más, a buscar a los que todavía no consiguieron despegar, que por lo cierto los hay. La permanencia del kirchnerismo dependerá de la medida en que sea capaz, el todo, de funcionar con independencia de la persona que sea que conduce. Serán otras discusiones, para otros tiempos. Como colectivo, nada aparece mejor preparado para el futuro que esto, pero, justamente, esperemos al futuro.

El llamado a la institucionalidad de veras, en un tiro por elevación a ese atentado en contra del verdadero republicanismo llamado Julio Cobos, es toda una declaración de principios: acá es que militan esos valores, nosotros somos el gobierno representativo del pueblo, dice Cristina y se encarga de aportar soporte probatorio al respecto.

Cristina es fuerte porque había en el Coliseo mucha mayor cantidad de peones dispuestos a remar por su causa de los que había en el último coloquio de IDEA con ganas de tumbar la barca (siendo, además, que varios asistentes a esa tertulia van cayendo en la cuenta, también, de que nada hay más conveniente que poner las patas adentro de esta fuente).

El acto de cierre de campaña, con muchos militando una causa política que muy probablemente vengan del palo de los que pedían que se fueran todos hace, apenas, diez años. Y es todo un dato de los nuevos tiempos. De lo que hemos vivido. De lo que ojala podamos seguir viviendo.

Un proyecto de país, frente a los distintos exponentes de la disputa de intereses jugada en forma egoísta. Con la destreza de la conducción a la hora de tener que explicarlo. Y si no, que le pregunten a los que estuvieron en el escenario, junto a CFK-Boudou 2011.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Democráticos y respetuosos de la institucionalidad republicana

Edgardo Mocca dijo (el último domingo, en 6-7-8) que el éxito del kirchnerismo tras la eclosión de 2001 estuvo basado en que efectuó una interpretación democrática y popular de aquella fractura social expuesta de la que emergió el actual ciclo posneoliberal que aún intenta definir sus características particulares.

La semana pasada Beatriz Sarlo decía en La Nación que las instituciones de la república tienen para el kirchnerismo carácter meramente instrumental, dándole connotación negativa a tal apreciación. Me llama la atención, tanto que Sarlo diga eso, como que algunos compañeros desestimen que lo que el kirchnerismo construyó en términos de mejoras de los índices socioeconómicos –el mejor, en eso, desde 1983 a la fecha- se sostiene, precisamente, en que el actual es, también, el gobierno más democrático y que con mayor respeto para con la institucionalidad republicana se condujo en la historia de este país.

Los indignados reclaman en todo el mundo que los gobiernos que eligen asuman que son los depositarios del mandato popular, cuya voluntad, y ninguna otra, es a la que debe fidelidad un gobernante. En Argentina, por increíble que suene, se suelen oír críticas al kirchnerismo porque éste rehúsa actuar los libretos de los poderes fácticos o porque los ministros obedecen y se subordinan a la autoridad presidencial o porque ha empoderado a colectivos sociales representativos de sectores con demandas sociales diversas y de larga data.

Por si hace falta aclararlo, la autoridad presidencial es la del pueblo que la sustenta electoralmente. En definitiva, los de la sociedad toda a la que representan los poderes políticos/institucionales y no los de intereses particulares: en ese entendimiento, poco hay para reprochar en términos institucionales cuando un gobierno se niega a ejercitar aspiraciones sectoriales si las considera inapropiadas.

Es clave lo que dice Mocca, el “que se vayan todos”, si bien se mira, no hay que situarlo en los dirigentes que por aquellos días ocupaban espacios institucionales (que quedan, como hace poco demostró Horacio Verbitsky con extrema rigurosidad, frente a las livianas observaciones que a ese respecto efectuó Jorge Lanata), sino –como dice Alfredo Zaiat que ocurre hoy día en Europa con los anti sistema- con los formatos de conducción del Estado que por aquellos días imperaba.

El kirchnerismo, para tener éxito, sencillamente se dedicó a actuar en sentido contrario a las recetas que habían conducido al estallido; esto es, a abandonar la estrategia de legitimar institucionalmente las conducciones de los sectores extra poder, y encarar, en cambio, la recuperación del Estado como herramienta de construcción de las soluciones que demandan los sectores populares. Es decir, a recuperar la institucionalidad republicana y llenar de sentido popular a la democracia, siendo que una y otra son, en efecto, instrumentos que pueden ser puestos al servicio de distintos sectores sociales.

Por lo demás, Cristina es la jefa de Estado que menor cantidad de vetos y DNU (aparte de haber saldado, en 2006, la mora de doce años en cuanto a la sanción de la reglamentaria que, a tales efectos, había ordenado la CN en 1994) ha utilizado en 28 años de democracia recuperada, el Congreso se ha erigido en una plataforma permanente de exposición de debates públicos, se plasmaron legalmente las medidas insigne del proyecto –Ley de Medios, reforma política, movilidad jubilatoria (redujo su discrecionalidad en la decisión de otorgamiento de aumentos), estatización del sistema previsional, etc.- y ha abierto órganos de gobierno cuyas conformaciones anteriormente dependían de la exclusividad de la voluntad del Poder Ejecutivo –nuevo COMFER- a oposición y organizaciones de la sociedad civil, gobierna sin facultades delegadas y se ha autolimitado en su capacidad de reasignar partidas presupuestarias (de la que gozan muchos gobernadores).

Agréguese a lo anterior, que ha sido durante estos ocho años que el Estado ha profundizado el cumplimiento de los compromisos que adquirió en sedes internacionales (Tratados internacionales de DDHH y de Integración regional); y el congreso nacional en particular y el debate público en general se han convertido en plataformas de exposición de discusiones que otrora estaban obturadas por el “consenso” extrainstitucional. Ni que decir de las elecciones con mayor cantidad de pauta para todos los contendientes en condiciones de igualdad a rajatabla.

En efecto, durante el kirchnerismo se han puesto en cuestión los sentidos de democracia y de institucionalidad, pero ésa es, precisamente, una meta deseable de una tanto como de otra: la posibilidad infinita del cuestionamiento a la pretensión de establecer sus significados con carácter de inmóviles, por cuanto sería un oxímoron suponer que puede clausurarse debate alguno bajo un sistema de gobierno que, renunciando a todo ideal de fijeza, tiene como nota esencial, justamente, “la posibilidad del cuestionamiento ilimitado de su organización y de sus valores, que nunca alcanzan un estatuto definitivo” (cita robada a Alicia Ruiz).

Sería bueno que comprendamos, aquellos que abrevamos en esta experiencia del campo nacional, popular y democrático, el valor inmenso que ha tenido el respeto por la institucionalidad que siempre ha demostrado este espacio en la edificación de la potencia del mismo, sobre todo desde que el propio Néstor Kirchner siempre dijo que a su gobierno lo parió… el saneamiento de la Corte Suprema de Justicia: el guardián último del imperio de la Constitución Nacional.

martes, 18 de octubre de 2011

La continuidad del modelo

El amigo Mariano, dueño del recomendable Yendo a Menos, ha dado testimonio, con sus posts, de lo inadecuadas que resultan las sentencias de las academias de la economía para abarcar la complejidad de la estructura socioeconómica argentina, aplicadas con independencia de las particularidades de nuestra coyuntura.

Esto sería, por qué aquello que sería un resultado de derivación “lógica” en situaciones ideales –aquellas en base a las cuales se elaboraron las teorías de las escuelas dominantes de la economía-: justamente, porque la nuestra dista de ser una situación ideal, especialmente porque los niveles de desarrollo de la estructura socioeconómica argentina son altamente dispares, sobre lo que habría para llenar mucho espacio en varios ítems.

Cristina se ha erigido en líder nacional por encima de las disputas sectoriales porque ha sido capaz de comprender la problemática enunciada en los dos primeros párrafos del presente post.

Ha desarrollado, la Presidenta, una política de incorporación de sectores con intereses contrapuestos y/o suplementarios, que han comprendido la conveniencia de confluir bajo su conducción que se maneja con criterio adaptativo bajo la única premisa de que las cuentas no las pagarán las espaldas populares.

Pero, también, con plena conciencia de que no conviene ceñir el camino a un menú reducido de opciones a la hora de tomar las medidas necesarias, siendo que muchas veces, como decía arriba, en el plano concreto y específico de la economía argentina una decisión puede arrojar consecuencias prima facie imposibles de prever si se siguen los manuales (tanto de la ortodoxia como de la heterodoxia), como no sea porque se cuenta con el acompañamiento de los sectores que serán afectados por las decisiones de gobierno.

Lo conocido, entonces, tampoco acá alcanza. El kirchnerismo ha construido, por necesidad (obvio), respuestas a problemas cuyas estrategias de interpelación no están escritas en ningún lado.

Un ejemplo de lo antedicho es el ingreso de directores por parte del Estado a empresas privadas en cuyos capitales sociales tiene participación la ciudadanía a partir de la recuperación de la administración de los fondos previsionales, decisión vital a los efectos de disciplinar a las elites del poder fáctico en función de afectar rentas que funjan de sustento para la profundización de las estrategias de mejora de los índices socioeconómicos –ítem en el cual nadie ha demostrado mayor probidad que los gobiernos del FPV, desde 1983 a la fecha-, siendo centrales, en tal sentido, las decisiones de inversión –compromiso con el futuro del actual rumbo económico-, tarea para la cual el Estado está llamado a ocupar un papel activo, central; y para la cual no alcanza ya con las medidas fiscales y/o monetarias.

Esto es, sí, populismo, porque sectores con demandas en apariencia contrapuestas se identifican, todos, en el liderazgo gestivo de Cristina. El populismo es un formato de representatividad, y no la pretensión de contentar a las masas estúpidas con satisfacciones “innecesarias” a corto plazo despreciando “lo realmente importante” a futuro. Por eso los hay de derecha tanto como de izquierda.

Y parece que no habrá otro camino posible para construir vehículos de canalización de intereses en Argentina, al menos por ahora.

Pretender un modelo acabado y completo es, en este marco, pedir demasiado. Basicamente, hay una impronta kirchnerista, y capacidad para leer las necesidades y contradicciones de los diversos actores sociales de la compleja trama socioeconómica en la cual gestiona, actuando en consecuencia y operando en dirección de construir las mejoras que demanda el sector principal que da sustento a su dispositivo político/partidario/electoral –algo para lo que está en condiciones inmejorables, siendo que los sectores del empresariado también se están referenciando en la jefa del Estado-.

No obstante ello, y como venimos diciendo hace un buen tiempo, Cristina no será eterna. Es necesario, entonces, desparramar el nuevo sentido de gestión en construcciones institucionales a lo largo y a lo ancho del país –para atacar, también, las desigualdades territoriales-. Construir Estado (expandirlo, desplegarlo por todos los resquicios de la sociedad) que, vía gestión concreta, impregne de estabilidad y proyección los nuevos tiempos; o sea, la verdadera garantía de continuidad del modelo.

Como dijo el domingo último Hernán Brienza, Cristina es la única capaz de llamar a un pacto social, es el momento ideal ahora que ninguno de los sectores cuestiona su legitimidad, y es una tarea que no puede demorarse más tiempo por cuanto se necesita que todos estén adentro para encarar el perfeccionamiento en términos de -por ejemplo- generación de empleo de calidad e inversión en sectores productivos. El resultado del domingo próximo también dirá mucho sobre estas cuestiones.

lunes, 17 de octubre de 2011

Entender el país

En los derrapes sufridos en los últimos tiempos por las derechas continentales (tanto la moderada, encarnada por Sebastián Piñera en Chile; como la ultra, que se ha expresado en, por ejemplo, el uruguayo Tabaré Vázquez) uno puede encontrar razones de peso que expliquen el naufragio electoral en que navegan las oposiciones al kirchnerismo, siendo que abrevan, dichas alternativas partidarias, todas, en las fuentes del derechismo (a excepción, tal vez, de Alberto Rodríguez Saá).

No trato de decir, por ejemplo, que El Hijo de Alfonsín perdió feo el 14 de agosto -y probablemente vaya a perder más rotundamente todavía el 23 de octubre- porque en sus spots de campaña para las PASO recomendaba imitar a Chile, donde todos los días apalean a mansalva a unos pibitos que van desarmados a las calles a pedir educación gratuita; y Uruguay, donde un ex presidente (tenido aquí por estadista serio), acaba de revelar que durante su mandato elucubró, por nada, hipótesis de conflictos bélicos en contra de Argentina, lo que lo obligó al retiro de la actividad política porque las reacciones en su contra fueron cuasi unánimes, además de contundentes. Es más complejo que eso.

El Hijo de Alfonsín se la pasa insistiendo con que él representa al verdadero progresismo, no el kirchnerismo, a quien acusa de impostarlo. Por cierto, el kirchnerismo no es progresismo: es peronismo, puro y duro. No son pocas las veces que se escucha decir que uno de los grandes problemas de nuestro país es que no ha constituido partidos estables, ideológicamente hablando: de derecha e izquierda.

Existe una razón que explica los virajes ideológicos abruptos que se dan con bastante frecuencia en América Latina, me dijo la semana pasada Marcelo Koenig (líder de la Corriente Peronista Nacional): el hecho de trabajar la realidad con categorías ajenas a estas latitudes, que poco ayudan a explicar y menos a solucionar las problemáticas que aquejan a nuestros pueblos. Eso deriva en que cuando uno elige pararse sobre categorías que fueron elaboradas a partir de especificidades ajenas, luego ande a la deriva por la vida política porque con las herramientas que tiene a mano se encuentra, frecuentemente, con profundas complejidades.

En Perfil, el último sábado, Julio Burdman explicó con contundencia cómo Tabaré se manejó con esquemas ajenos a las particularidades concretas de lo que fue el conflicto por las papeleras –influenciada por la paranoia del bushismo post Torres Gemelas-, en especial (y esto lo agrego yo) por lo que significa la aceleración del avance en la experiencia de integración mercosureña (Burdman dijo que Tabaré es el “último representante de una rancia escuela de pensamiento diplomático oriental, premercosuriana, que considera que tanto Brasil como la Argentina constituyen dos amenazas para Uruguay”).

Sobradamente hemos hablado acá acerca de los límites que vienen experimentando las opciones socialdemócratas en todo el mundo, incapaces de canalizar las complejidades a las que se ven desafiados por las sociedades posneoliberales que les toca representar porque no se han decidido jamás a experimentar por fuera de los marcos institucionales que les ha legado el conservadorismo, aún cuando durante no pocos de los últimos períodos históricos la correlación de fuerzas les ha sido favorable: y no habiéndose jamás decidido a encarar fuertemente la representatividad de esa ventaja relativa de que dispusieron, reformando los marcos para adaptarlos a la nueva situación social.

El peronismo ha logrado perdurar en la memoria de nuestro pueblo porque, sencillamente, ha sido capaz de pensar a ese pueblo que no para de confirmarle su fidelidad -electoralmente- al programa de gobierno que lo sostiene, y que no es, precisamente, el de –según define Alejandro Horowicz- el bloque de clases dominante. Especialmente, de trabajar sus contradicciones, que es, quizás, lo que más y mejor define las peculiaridades de un pueblo determinado, y la mejor guía para construir las soluciones que reclama.

Si a las academias politológicas les cuesta entender al peronismo es, ante todo, porque lo piensan a partir de sociedades a las que el peronismo no tuvo que gobernar; coyunturas sobre las cuales no debió operar. La inadecuación de las contradicciones sociales argentinas a las que existen en otras geografías, es el primer paso para la elaboración de hipótesis de trabajo que acaban en la disfuncionalidad representativa (sobre la cual también ya hemos explorado) que aqueja a candidatos opositores que levantan banderas de nadie –y cuyas banderas, del mismo modo, nadie levanta, siendo que nadie se siente representado por ellos-.

Es decir, para gobernar Argentina hay que pensar sobre Argentina, y no proponer imitar a tal o cual; que, encima, se la pasan de tropiezo en fracaso sin cesar. Tan sencillo como eso. Son formatos de representatividad o bien agotados, o bien inapropiados.

Cristina, en ese entendimiento, es la única de las candidatas que ha demostrado capacidad de interpretar e interpelar los procesos concretos en que se desenvuelve el devenir de nuestra sociedad. Sus contendientes, en cambio, persisten en intentar –al revés de lo recomendable- acomodar la cabeza al sombrero, actuando un libreto que poco y nada tiene que ver con el parecer y las aspiraciones del electorado.

Igual que en Chile y Uruguay. Así les va a todos ellos.

viernes, 14 de octubre de 2011

Guerreros culturales o guardianes de garbanzos




Hace algo más de un año –no había muerto Néstor, todavía-, Alberto Fernández concurría a DDT, el ya difunto programa de Jorge Lanata en Canal 26 (http://www.youtube.com/watch?v=qpgIkDCX2CQ). Reclamaba, en amable charla, un “retorno a las fuentes” del kirchnerismo, lo que en su entender –y, vamos, simplificando un poco- requería mas progresismo y menos peronismo (o no sólo peronismo).

Eran tiempos de lucha incesante por la recuperación del favor social mayoritario, que se había visto golpeado desde la embestida anti institucional que emprendieron las cámaras patronales de exportación agraria para obturar el debate por el reparto de la renta extraordinaria de la producción primaria sin valor agregado, fractura expuesta brutalmente en las elecciones de 2009.

Alberto Fernández citó una frase de José Martí durante la entrevista: “la causa más justa, impulsada con prepotencia se vuelve injusta”. Decía, Alberto, que dentro de veinte años la historia contaría, del mandato de Cristina, que se trató del gobierno que “como quería la mayoría de los argentinos: reformó la ley de medios/estatizó los fondos de pensión/sacó a la Argentina del default/puso el subsidio universal por hijo que es realmente un elemento revulsivo en términos de políticas sociales/siguió adelante con el impulso al procesamiento judicial de los genocidas”.

Y se preguntaba a sí mismo cómo podía ser que si el que va a leer la historia en el futuro podría llegar a decir que, debido a todo eso, Cristina había sido una presidenta extraordinaria, no podían sentir lo mismo aquellos que lo vivían en el presente. En aquél presente, vale aclarar. Muy lejano, y distinto, por cierto, y por suerte, del actual. Se respondía que la razón del poco consenso social del kirchnerismo encontraba explicación en que las causas, aún justas, habían sido impulsadas de forma tal que sonaron violentas.

De su lado, en cambio, el otro Fernández, Aníbal, siempre fue el quizás más convencido se mostró en público de que de las presidenciales de 2011 el kirchnerismo saldría victorioso. Más simple, si se quiere, el actual jefe de Gabinete -contradiciendo a su antecesor- jamás dejó de sostener que, a su modo de ver, en una presidencial se discute la guardia de “los garbanzos de la gente”. Y que tarde o temprano esa gente terminaría premiando al kirchnerismo porque demostró haber sido el más probo en dicha tarea.

Quedan claros los contrastes entre ambos. Uno auguraba un panorama negro para este año; el otro, no. Y elegían como objetos de estudio para elaborar conclusiones, elementos distintos entre sí. La famosa disyuntiva planteada por Joseph Nye entre “poder duro”, aquel que se vale de la fuerza o la presión económica; y “poder blando”, que descansa en la persuasión cultural o ideológica. Vaya si se ha discutido, desde las PASO hasta estos días, acerca de si al kirchnerismo se lo ha votado o no porque “simplemente hay bolsillos y panzas llenas –cual si fuera, ése, un detalle menor a la hora de ponderar una gestión de gobierno- que hacen que no se vea todo lo malo”.

Claro que entre la visita de Alberto al programa de Lanata pasó algo, un detalle. Doloroso, y que pegó en lo emocional. Pero ni a las más huecas señoras horrorizadas de la derecha les has dado la vergüenza como para centrar toda la explicación del desempeño electoral impresionante del kirchnerismo –que, incluso, augura superar sus mejores marcas históricas y las del período del recupero democrático en su totalidad- en la muerte de Néstor y el auge del consumo. En realidad, no dan en el clavo desde hace más de un año con la busqueda de explicaciones, tal vez porque tanto su categorías y esquemas de análisis, así como sus otrora mejores cerebros, han caducado.

¿A qué viene todo esto? A que me parece que no estaría de más que nosotros mismos tomemos todo esto como disparador a los efectos de buscar la respuesta, el porqué del voto a CFK. Por qué se aceleró lo que AF1 decía que llegaría recién dentro de veinte años y cuánto ha pesado lo que AF2 auguraba que pesaría a la hora de la verdad. A modo de guía para la construcción de la agenda -opción no excluyente, claro- y las estrategias a futuro.

Alguno quizás se pregunte, a modo de crítica, cómo podría ser posible que todavía no se conozcan esas respuestas. Pero no me parece que en política sea recomendable tener –o, mejor dicho, creer tener- la hoja de ruta perfectamente diagramada de antemano, menos ante un mundo como el actual y sociedades como las que emergen al posneoliberalismo, que te someten a complejidades profundas y crecientes, e imponderables todos los días.

Por lo demás, no debe existir mejor combustible en política que andar siempre el camino de la búsqueda de respuestas a interrogantes que nunca cesan de aparecer.

lunes, 10 de octubre de 2011

Reforma constitucional

Semi recuperado de una fisura sufrida en la muñeca en ocasión de un partido de fútbol (así nos ocurre a los habilidosos), retomo la escritura, en el tramo final de la campaña.

Quiero sumarme al debate acerca de una reforma constitucional, cuya particularidad más asombrosa radica en que se está discutiendo acerca de lo que hasta la fecha no tiene ni puede tener otra calificación que la de mero disparate, esto último potenciado porque quien más agitó el tema últimamente es Elisa Carrió, de cuyos anuncios catastróficos jamás acaecidos hay material como para escribir una enciclopedia de similar magnitud a lo que fue su caída en las PASO respecto de su performance en 2007 (y creo ver relación entre una y otra cosa).

Se me ocurre que el debate está mal planteado. De un lado y del otro. Creo que no están dadas las condiciones de plantear una reforma en el contexto de un antikirchnerismo tan cerril como el que a la fecha se observa en la cuasi totalidad de las expresiones alternativas –minúsculas- del escenario político local. Eso pesa a la hora de definir lo que serán nada menos que las reglas de competencia institucional a futuro.

Será complicado todo (y no sólo por la cuestión de la hipotética reforma es que lo digo) si la oposición insiste en caracterizar al kirchnerismo -y a su legado en términos de incorporación de derechos ciudadanos, modos de gestionar el Estado y desarrollo de la competencia política- como un equívoco nacional cuyas raíces deben ser extirpadas sin más de la faz de estas tierras, volviendo todo a fojas cero respecto de su aparición en la historia, cuando esa opción electoral ha sido -y va camino a ser- depositaria del acompañamiento de más de la mitad de los votantes, especialmente por los cambios que esa masa experimentó a partir de este capítulo histórico.

Es decir, hay, sencillamente, la necesidad de repensar una sociedad que no es la misma que era en 2003, un Estado que ídem y que ha sido actuado en dialéctica constante con las limitantes que esa ciudadanía, el sistema de poder local, en particular; y el mundo, en general; le han sabido marcar en ocho años al Gobierno: como le habría sucedido y le volverá a suceder a cualquier gobierno, pero con el detalle de que el actual ha atendido a esas señales, las interpeló con libreto propio y a todo eso lo sembró, a su modo y como pudo, en la ciudadanía.

Y por si todo eso fuese poco, hay un contexto local en el que se registra la opción opositora por lo que ha desembocado en generar una enorme disfuncionalidad representativa, por cuanto se dedica las más de las veces a actuar una agenda que poco tiene que ver con las necesidades populares registradas de un tiempo a esta parte, que tienen que ver con la discusión por las necesidades de lo que usualmente se como “gentes de a pie”.

Sería ingenuo, entonces, sentenciar que el país no se debe una discusión acerca de los modos en que el Estado canaliza e interpela a sus integrantes y sus necesidades y aspiraciones (en definitiva, esa podría ser una buena definición de lo que, en parte, es una Constitución). Suele decirse que el mejor Derecho es el que registra realidades y la recoge y plasma en las leyes; y no aquél que pretende adecuar los hechos a los esquemas. Yo no me la creo tanto, creo que hay un poco de todo. Una especie de dialéctica, por así decirlo.

Como decía arriba, nuestra sociedad no es la misma. Cada uno califique cómo más le plazca al kirchnerismo, lo indudable es que la sociedad se ha vuelto mucho más compleja, heterogénea a su interior -y contradictoria- como producto de los avances sociales experimentados en ocho años. Como alguna vez comentara sobre los dramas que vive Chile en la actualidad, las sociedades jamás dejan de demandar, sí sus requerimientos se reactualizan.

Y hete aquí que la discusión está mal encarada desde el vamos. Reducir la misma a un planteo de términos conocidos (presidencialismo vs. Parlamentarismo), no es lo más conveniente. Claro está, a mi entender, que los esquemas conocidos de diseños institucionales de Estado ya no responden a lo que son las demandas sociales en la actualidad: la forma en que explotan las revueltas populares en el mundo árabe, España, Grecia, Israel, Chile, ahora EEUU, no son casuales y hablan, en algún punto, de lo mismo: los gobiernos de todos esos países cuentan con herramientas que lucen estériles para afrontar lo nuevo en términos de reclamos ciudadanos. Las protestas estallan de la manera en que lo hacen porque el sistema es incapaz de enmarcarlas. Así de simple.

En Sudamérica conocimos de esto, y así, violentamente, se sacudieron los órdenes institucionales en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina a la salida de los neoliberalismos locales allá por fines del siglo XX y principios del actual. A Chile, lo dicho, le ocurre por estos días; y Brasil y Uruguay zafaron porque sus sistemas experimentaron cambios de orientación representativa a tiempo, igualmente no sin que esos mismos esquemas se vieran modificados, digamos que en los hechos (igual que en la Argentina kirchnerista), por sus nuevos representantes.

Hay, sí, que pensar un nuevo Estado. Así lo han hecho, insisto, Venezuela, Ecuador y Bolivia, donde los gobiernos populares emergentes de las crisis estructurales del republicanismo liberal pusieron en agenda, ante todo, la readecuación de sus Constituciones como ofertas de campaña a los fines, claro, de hacerse eco de las demandas de sus ciudadanos, imposibles de ser canalizadas por las instituciones obsoletas del statu quo anterior.

No se trata de despreciar la institucionalidad –de lo que habitualmente se acusa simplonamente a los populismos (categoría de la que nuestra “academia” sabe muy poco)-, sino de darse una nueva. Por decir algo, hasta renovadas formas de propiedad han alumbrado esos países. Y lo principal, desde ya, pasó por desarrollar estructuras jurídicas que aseguraran la incorporación al sistema de los emergentes sociales. Las reelecciones indefinidas, por mucho que se diga, no son lo principal allí: por caso, en Bolivia no existe.

Urge discutir hasta nuevos esquemas de limitación de los poderes de gobierno (no sólo del Ejecutivo). De relacionamiento entre ellos. Dar lugar a nuevas formas de expresión política, de agrupamiento económico. Cómo se garantizará a todo lo nuevo que será parte del Estado de Derecho.

Argentina, vía gestión del kirchnerismo, ha transitado un camino de paz social a partir de 2003 simplemente porque desde el Gobierno se decidió la atención –y, a veces, incorporación- de los actores sociales que asumieron la representación de los excluidos del orden anterior. Pero a ese camino lo garantiza, hoy por lo menos, únicamente la decisión política y la conducción de Cristina Fernández. Urge galvanizar todo ello en la estabilidad institucional, a los fines de que gane en continuidad como política de Estado, si no se quiere que a todo lo vuele el primer viento que sople en contra.

Entonces, no explorar algo nuevo por fuera de los esquemas existentes que experimentan, por igual, fracasos en el mundo entero con independencia hasta de la orientación ideológica de los distintos actores que se quiera evaluar, y encima prescindiendo de las especificidades concretas locales; en definitiva, no fugar para adelante y por arriba de todo esto, deparará –me temo- un fracaso. Y no es, por otro lado, el estilo de este Gobierno.

No se trata únicamente de prever la posibilidad de que la continuidad de CFK esté limitada: hay que entender que hoy día todo podría quedar en duda porque, aún con habilitación institucional, Cristina alguna vez puede llegar a… perder, claro. Y tiene, también, derecho a algún día decir basta.

Es mucho más complejo construir un Estado que actúe las necesidades y aspiraciones renovadas de su pueblo. Y el ¿inicio? del ¿debate? es, hasta acá, poco promisorio y atractivo.