lunes, 26 de septiembre de 2011

Apuntes rionegrinos

Leo que Verbitsky le da sin asco a Soria. Leo que Omix defiende a Gringo y golpea a Perro. Leo que Wainfeld dice muchísimo menos de lo que acostumbra respecto de la última de las provinciales anticipadas, y entonces qué le/nos queda a los demás. Leo que Abel y Gerardo nos recuerdan las complejidades propias de los procesos políticos. Anoche el Ingeniero me comentaba que Cristina dio su visto bueno para el acuerdo pero que de ninguna manera era ese el ideal de Balcarce 50.

En Facebook un “kirchnerista no PJ” que tengo de contacto echa espuma por la boca porque Soria gana bajo las siglas del FPV. De pronto, aparece una rionegrina y le dice que tiene razón respecto del pasado oscuro de Soria que también subrayó Verbitsky en Página, pero le advierte que de ninguna forma los que lo precedieron tienen chapa para tirarle con tal aspecto de su prontuario porque “en ese aspecto se le parecen bastante”. Que se votó el buen presente de Soria como jefe de General Roca y no su pasado, “oscuro” –dice la rionegrina-, respecto del cual confían en el vice “de nombre difícil (y en Cristina)” para contenerlo.

Yo conozco poco de las particularidades de la política rionegrina. Menos aún que del resto de los escenarios locales, lo cual no ha sido óbice para que, caradura como soy, me haya atrevido a comentar sobre todas y cada una de las elecciones provinciales que precedieron la última previa al partido grande del 23 de octubre. No voy, por eso, a condenar a Soria; tampoco a festejarlo; como sí festejaría (festejaré) el triunfo de Pato Urribarri o el de Scioli, por decir.

De una cosa estoy seguro: tanta divergencia opinológica, a más de sana, refleja –me parece- que hay poco de “racional” y mucho de complejo en el juego político de Río Negro, a contrapelo de lo que se ha venido viendo en geografías provinciales que han tendido, en su mayoría, a la estabilidad, a conservar. Que nadie ha dicho que sea fácil, tampoco; ni preferible que así sea, tampoco.

Como sea, también viene a re confirmar, una vez más, que el análisis porteño céntrico sobre comicios provinciales es -por ser suave- ridículo (en realidad, todo “análisis” político, en general, que hagan los columnistas de Capital ya es inservible). Cristina está lejos de ser –y hasta diría que de pretender y de poder- esa autoritaria que va con el látigo por las provincias a decir cómo se tienen que hacer las cosas según su berrinche de ocasión le indique: la subestiman demasiado, es bastante más racional, sabe hasta dónde puede –y cuándo le conviene- meter la cuchara.

Cristina es una presidenta fuerte, pero no todopoderosa, ni mucho menos omnipotente. Más claro: no, Cristina no podía ir a Río Negro y bajar a Soria (suponiendo que lo mereciera) de un plumazo y ya. No sin pagar mayores costos que los beneficios que podría percibir.

Y el país (sobra decirlo, a esto, a esta altura del partido) es bastante más federal de lo que se cuenta en los mentideros unitarios que hacen lobby por la renta de “las grandes”.

Que alguno pretenda asociar el pasado de Soria al kirchnerismo como esencia de la línea interna del movimiento que conduce moverá a la risa (máxime si se tratara de quienes ocuparon cargos en el gobierno de la Alianza que de puro gusto se cargó 37 tipos en las 48 horas que fueron del 19 al 20 de diciembre de 2001). Cristina no necesita ya dar más pruebas de su desapego al escape de la conflictividad social por vía represiva. De hecho ninguno de los matutinos porteños pegó por ese costado, acaso conscientes de lo lastimosa consideración que ha merecido últimamente su desempeño.

A lo mucho alguna apelación de señora horrorizada por el panquequismo de los políticos. Allá ellos si han decidido que la política (y así lo confirma el trazado escogido por el kirchnerismo, siempre pero mucho más decidido a partir de las derrotas ‘08/’09) más racional se vuelve en tanto más se defina entre quienes tienen responsabilidades de pagar sueldos todos los meses, en tanto se dediquen a articular sus acciones en función de dar cumplimiento de sus deberes institucionales y no a vehiculizar reclamos que no son los de sus electorados. A eso va el futuro de nuestra dinámica política-institucional, y habrá que agradecer porque tiene directa relación con el fin de la videopolítica que casi hace saltar a la patria por los aires allá por 2001.

El FPV es, entonces, la única fuerza nacional, lo que obliga a concluir que cualquiera excepto Cristina tiene la culpa de que la UCR de Río Negro (entre otras) ayer haya ido a elecciones bajo las banderas que levanta la conducción de la Presidenta. Nadie obligó a la conducción nacional de la UCR a prestarle más atención a las opiniones de la delegada de Clarín en el partido o de un tipo que fue un muy buen juez que a los que expresaban la presencia territorial de lo que supo ser un partido nacional con voluntad de poder popular e institucional real. Los radicales K buscaron en los Kirchner la expresión institucional de poder que no les brindaban en su partido.

No resultó, en verdad, muy buen negocio electoral para nadie –sí en términos de estabilidad gobernativa (excepto Cobos, que rompió todos los récords de irrespeto a la Ley Fundamental) entre elecciones, lo que mayoritariamente, insisto, ha merecido premios electorales en 2011-, fue lo que fue, lo que se pudo, no siempre lo mejor, pero da la sensación de haber cumplido un ciclo.

En adelante, dijimos, vienen negociaciones políticas entre estructuras, más basadas en términos de gobernabilidad que otra cosa. Cada uno le dará el tinte que quiera, del kirchnerismo ya se conoce de sobra con acabadas pruebas en contra de defecciones/agachadas, lo que a la hora de recordar que Cristina garantiza la conducción partidaria y el rumbo nacional, legitimada en adelante –como todo hace suponer- en una carrada de votos, otorga tranquilidad a los que acordamos con el trazo proyectivo 2003-2011.

En cualquier caso, muy alejado de los que creen que dicen algo cuando hablan, tan linealmente, de “los K/los anti K”. Afortunadamente es todo más complejo, en adelante lo será más, y eso es para alegrarse. Habla de una sociedad democrática, lo cual se confirma en lo variopinto de los distintos pronunciamientos hasta ayer presenciados.

Como decía Mendieta el otro día: no será lo más divertido, pero a mi criterio es lo mejor que se podía esperar cuando toda esta historia empezó. Y asumir que nada será mejor para todo esto que insistirse en su identidad peronista y en que las peleas hay que darlas desde adentro, implica asumir riesgos, entender que los desafíos serán grandes y no sólo depararán postas dulces. El que firma está adentro, cuenten con él.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

El miedo a la hegemonía

Resulta gracioso escuchar las “argumentaciones” “elaboradas” por el interbloque prensa de AEA/dirigentes del Grupo A(EA), respecto del “peligro que significaría para la república/democracia/institucionalidad/etc.” la posibilidad de que el kirchnerismo se haga de mayorías en el Congreso a partir del 10 de diciembre venidero, cosa poco probable –y convenientemente ocultada- a juzgar por los resultados de las PASO.

Mueve a la risa por no decir que al llanto, por lo estúpido, precario y falaz (que es, además, un desprecio a la voluntad popular como pocas veces se ha visto) de un “razonamiento” que no es compartido por ningún autor respetado de la doctrina politológica. Más aún, Gianfranco Pasquino dedicó, recientemente, un libro entero a despotricar contra las maldades de la hipótesis de gobierno dividido, sobre lo que Argentina puede dar sobrada cuenta a partir de lo que fue el peor período parlamentario en la historia del país (el ‘09/’11), gracias a la experiencia del Grupo A, que administró en soledad -inconstitucionalmente y contra toda lógica racional- el cuerpo en tal lapso: por tanto único responsable del naufragio.

Un Congreso que funcionó poco y mal, y que luego de intentar innumerable cantidad de violaciones a la división de poderes por invasión de potestades del Ejecutivo (tema Presupuesto ‘11, por caso); últimamente se ha creído con derecho a intervenir también en el curso normal de las actividades de Tribunales.

Cabe concluir, pues, que nada bueno, per se, le depara a un país del hecho de que un parlamento esté dominado por una fracción opositora al partido de gobierno.

Expone, la boba “teoría”, además, la profunda incapacidad de que adolece ‘la’ ‘oposición’ para dibujar un trazo proyectivo alternativo al que oferta el peronismo kirchnerista.

Joaquín Morales Solá lo sinceró brutalmente cuando gritó su repudio a lo que denominó 'mendigurización' de los discursos públicos –entendiéndose, por ello, unanimidad de elogios al oficialismo gobernante, sin preguntarse, claro, qué podría motivar tal actitud: que ganan más dinero que nunca, ellos y sus contrapartes por igual, por caso-.

Por cierto, recientemente decíamos en Segundas Lecturas que “en Argentina parecen haber echado raíces las condiciones necesarias a los fines de sentar las bases de una nueva institucionalidad, que galvanice los cambios de estilo que supuso el arribo del kirchnerismo al poder. La continuidad del modelo que, entre otros logros, ha consolidado el único proceso sostenido de reducción de pobreza desde 1983, y el más importante en cincuenta años de historia argentina, necesita, para quedar al margen de vaivenes electorales, darse una nueva burocracia gestionaria, cuadros, estructuras que pongan al nuevo sentido de Estado “por arriba” de la suerte que vayan a correr las personas de sus promotores. (…) así lo marca el consenso que, al respecto del modelo, se desprende de las declaraciones que formulan -casi sin cesar desde que se confirmó que la Presidenta cuenta con más de la mitad del acompañamiento popular- desde tribunas cuyos intereses, prima facie, aparecerían como contrapuestos (empresarios, sindicalistas, patronales con necesidades suplementarias: todos dispuestos –parecería- a confluir), siendo que con esto les ha ido mejor que desde hace mucho tiempo: Cristina parece haber afianzado una administración que funge de base de un acuerdo social mucho más amplio, transversal respecto del nuevo modo de conducción del país que experimenta Argentina desde el 25 de mayo de 2003. Terreno apto para sentar las vigas maestras de un nuevo andamiaje estatal (…).

Extrañamente, tanto machacar las vocerías hegemónicas con la necesidad de acuerdos y consensos amplios/plurales/trasversales, de eliminar o acotar lo más posible los márgenes de discusión respecto del rumbo del nacional, ahora que se abre esa posibilidad, pero a partir de lo edificado como mínimo común denominador por el kirchnerismo, resulta que “se corre el peligro de la homogeneización del pensamiento y el discurso único”.

Lo cierto es que el ahora abandonado (y denostado) grito de la moda ‘08/’09, 'La Moncloa criolla', es, apenas, un triste recuerdo de lo que habría resultado una herramienta valiosa en lo que fuera la hora gloriosa de la Banda de (des)Enlace en vías de extinción como conducción estratégica del establishment corporativo, más amplio e interconectado (la oligarquía diversificada de Basualdo), y promotora del sentido –atentatorio de los intereses de las clases populares- de país que carga implícito el imaginario del gaucho, el milico y el cura como relato cultural de un modelo de país autoritario y excluyente (el programa de gobierno del bloque de clases dominantes que, según define Horowicz, fue hegemónico entre 1975 y 2003), para combatir a un gobierno que le fue a los huesos a ese modo de pensar la patria.

En definitiva, una hábil construcción teórica para exhibir preocupación por las formas –el modo de procesar las diferencias de intereses-, cuando en realidad la había por el fondo (el resultado de tal puja). Hoy que los vientos culturales valoran (y premian) el recupero de la estatalidad como guía rectora de la vida social, lógicamente hay, para la oligarquía, la necesidad de un cambio de relato.

Digo, ¿no era igualmente peligroso aquel '70% antikirchnerista' con que aturdió Mariano Grondona entre las legislativas de 2009 y las PASO? ¿Cómo se puede sostener, con pretensión de seriedad, que menos democrático es un país cuanto mayor sea la cantidad de votos obtienen las formaciones políticas que lo conducirán?

Federico Vázquez dice en un post muy reciente que ‘la’ ‘oposición’ se niega a pensar el nuevo sentido de Estado robustecido a partir del kirchnerismo a la hora de hacer campaña. Lo que ocurre, a mi criterio, es que, en realidad, les es imposible tal cosa luego de haber cedido soberanía táctica y discursiva a favor de los representantes de la verdadera contracara de la coalición social que se expresa políticamente en el kirchnerismo.

Tremenda disfuncionalidad operativa pega y duro a la hora de la competencia electoral, por cuanto se deja de lado la opción de representar a los que aportan nada menos que los votos necesarios para triunfar, a cambio de oficiar de vehículos políticos de intereses sectoriales mezquinos, encima en tiempos en que se han revalorizado los formatos de construcción territorial y representación “tradicional” –con anclaje en la interpelación de las bases humanas que sustentan al poder institucional-.

A partir de lo antedicho desembocó la elección, por parte del Grupo A, de una estrategia parlamentaria desconectada por completo de cualquier tipo de representatividad social concreta por fuera de la empresarial, cuyo volumen, vale insistir, es insuficiente a la hora de las urnas, como se comprobó el 14 de agosto pasado: no por nada nadie jamás portó banderas de dirigentes opositores o se manifestó furiosamente y en masa por ellos en las calles; o explotó de bronca en solidaridad con sus fracasos reiterados: nadie sintió como propia ninguna de las batallas pseudo institucionalistas que encaró Resto del Congreso durante su corta y penosa existencia. Ni siquiera los gobernadores no oficialistas a los que decían querer liberar del yugo K, que como tienen que dar la cara ante 'la gente' todos los días saltaron a tiempo del naufragio al que quiso conducirlos aquella mayoría transitoria, con proyectos de clara intención de dañar al Estado y a su capacidad de acción.

Todo esto no debería preocupar, como no fuera porque dicha disfuncionalidad representativa, que luego deriva en modos de acción política y de gestión irresponsables, sí se demostró riesgosa para instituciones, república y democracia.

En definitiva, si llegan a haber mayorías legislativas y homogeneidad, será porque así lo decide (siendo que, simple: les conviene) la soberanía popular. Y en tal caso: a llorar a la Iglesia. Con el cura, el gaucho y el milico.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Reflexiones a partir de Chaco y Córdoba capital

Recuerdo haber leído alguna vez a Edgardo Mocca que el voto, además de reflejar –pasado y presente-, organiza –futuro-. Los actos eleccionarios en Chaco y Córdoba capital, cumplen, me parece, con esa sentencia, quiera Capitanich que no cuando se manifiesta públicamente, con elogios y anuncios de pertenencia al proyecto nacional ratificado en las PASO, aparte de con saludables alusiones en forma de disputa del sentido de institucionalidad y república -colonizado desde hace tiempo por la antipolítica establishmentera- a propósito de lo que ello significará para consolidar el nuevo modo de gestión del Estado y acción política.

Capitanich expresa al kirchnerismo al interior del PJ, y ya es portador de lo que se conoce como “perfil presidenciable”. Una de las discusiones que se vienen, de cara a los futuros cuatro años, es la sucesión de CFK, constitucionalmente inhabilitada para competir en 2015. Capitanich se anotará en esa, a mi criterio, junto a Scioli, Urribarri (por parte del kirchnerismo), Urtubey y De La Sota (estos últimos dos, desde el no kirchnerismo).

La victoria de Mestre en Córdoba capital, por su parte, habla a las claras –una vez más- de la pésima estrategia encarada por la UCR para las presidenciales, por cuanto el partido de Alvear sigue demostrando capacidad en términos de despliegue territorial, estructuras que carecieron de expresión en lo que fue la fórmula a nivel nacional: El Hijo de Alfonsín-González Fraga, representantes de nadie al interior del partido, salvo de Gerardo Morales y otros adalides de la telepolítica en tiempos de la recuperación de las lógicas de construcción territorial (ninguna de las cuales, insisto, se identifica con la ¿conducción? de El Hijo de Alfonsín) como dato clave a la hora de las discusiones por candidaturas.

La ausencia de correlato entre lo que son las estructuras de poder -que, insisto, las hay, y bastante fuertes- de la UCR en las distintas geografías del país en las candidaturas y cargos a nivel nacional, desmotivó que dichas estructuras se pongan en funcionamiento frente a una opción de poder abrumador como la de Cristina –por intención de voto, por éxito de gestión y porque su despliegue territorial es aún mayor al de la UCR, y con menor disenso interno (aquí si hay casi pleno consenso con la conducción de CFK o triunfo de ella en las pujas internas)-.

Todos prefirieron conservar su espacio ante una empresa que demandaba un esfuerzo tremendo para la poca recompensa que iba a deparar. Tan simple como eso. En Córdoba, así las cosas, se evidenció la ausencia de posibilidad de El Hijo de Alfonsín de mostrarse -en campaña y después de ella- como conducción (“¡Corta, corta, corta!”), en tanto que Cristina es elemento de identificación, o al menos una expresión ante la cual hay que mostrar respeto en la interna partidaria del PJ.

Tan demostrativo de por qué las opciones que más se entusiasman por lo que Carlos Pagni denominó como la conducción del teórico institucionalista Sergio Schoklender, son aquellas que, aparte de haber sido las más castigadas electoralmente –como le oigo decir a Lucas Carrasco, mientras escribo esto, en 6, 7, 8-, menor importancia le han dado a la construcción estructural. Y que se expresó, también, en lo que fue el pésimo desempeño del Congreso nacional, por cuanto al mismo arribaron expresiones absolutamente desconectadas de las responsabilidades de gobierno que es donde las estructuras adquieren significación. Eso por un lado.

Y que certifica, por el otro, que la continuidad refleja conformidad con el rumbo de conducción actual, que, diferencias ideológicas y partidarias al margen, se muestra, de modo trasversal, con mayores coincidencias en lo que hace a formas de gestionar el Estado de lo que se cree, quedando, entonces, establecidas ciertas bases culturales de kirchnerismo en la sociedad, y que ello sólo es posible a través de la “captura” de los gobiernos en sus distintos órdenes, como herramientas a partir de las cuales conducirlos y cimentarlos –a los cambios culturales-.

De su lado, el kirchnerismo sigue siendo la única expresión auténticamente nacional, que engarza coordinación de desarrollos en todos sus órdenes, realidad frente a la cual la figura de Cristina siempre demuestra capacidad competitiva (al tiempo que va sembrando desarrollo de su línea interna a lo largo y a lo ancho del territorio) y compacta en torno a ella y su conducción -no hegemónica, sí dominante-: en Córdoba capital ha derrotado nuevamente al Cordobesismo, dato menor frente a lo que es más importante que es la racionalización de la competencia política partidaria interna.

Y volviendo al inicio, a Capitanich y a lo que será la disputa por el futuro del kirchnerismo como identidad social, cultural y política, el desarrollo de la misma, en gran medida, se cifrará en cuanto a la capacidad de los hombres que expresan poder institucional como elemento conductor del empoderamiento de los sectores populares, lo que será el mejor reflejo, como dice Horacio Verbitsky en su última columna en Página 12, de la posibilidad de disputar cambios reales a favor de esos sectores –que conforman el núcleo duro de la representatividad kirchnerista- frente a la voluntad conservadora de las corporaciones del poder fáctico, hegemónicas entre 1975 y 2003, actuando, como suele decir Alejandro Horowicz, el programa de gobierno del bloque de clases dominante.

Y entonces, verdaderas república, democracia e institucionalidad, conceptos bastante alejados de las acepciones que persistentemente venimos oyendo desde 2008.

domingo, 18 de septiembre de 2011

La información ¿objetiva?

Jorge Lanata –digo, a ver, o sea, es muy loco, ¿me entendés?- anda, los últimos días, repiqueteando con una teoría. Bueno, teoría en él es decir mucho. Anda diciendo una cosa. Ahí queda más Lanata -digo, a ver, o sea, es muy loco, ¿me entendés?-. Chata, hueca, vacía, precaria. Como todo lo que dice Lanata -digo, a ver, o sea, es muy loco, ¿me entendés?-. Para que lo entienda el que lee Libre.

Dice, Lanata -digo, a ver, o sea, es muy loco, ¿me entendés?-, mientras toma con sus manos un cenicero: “Con el Gobierno pasa algo que es muy loco –porque él es así, re moderno para hablar-: ellos creen que no existe la información. Objetiva, quiero decir. Que todo depende de quién lo dice. Digo, esto es un cenicero. Después discutimos si es lindo o feo: pero es un cenicero”.

Cuesta. Descender a Lanata -digo, a ver, o sea, es muy loco, ¿me entendés?-, digo, cuesta. Pero hagamos el esfuerzo, nomás. Vetusta visión, ésa, la de que “toda interpretación es válida, pero los hechos son sagrados”.

Últimamente vengo haciendo referencia a la Teoría Crítica del Derecho, para pensar a partir de ella. Y esta vez no será la excepción. Pensemos la actividad del periodista a partir de lo que es la función del juez.

Cuenta la actual integrante del Superior Tribunal de Justicia de CABA Alicia Ruiz (quien, además de eso, es una de las máximas referentes de la Teoría Crítica del Derecho en Argentina y, lo más importante de todo –claro-, fue profesora de este servidor el cuatrimestre pasado en UBA Derecho), que “los hechos aducidos y probados en los expedientes judiciales no se presentan aislados ni separados unos de otros. Se organizan, finalmente, en la sentencia, como en un relato (…) que es el resultado de una interpretación. Y una interpretación acerca de la realidad siempre es un proceso, que implica aspectos cognoscitivos, pero que está cargado, además, de valoraciones y de ideología. (…).

Abunda, Ruiz, que “Los hechos que se vuelven significativos y relevantes, ésos hechos que los jueces mencionamos en una sentencia son únicamente los que “existen” (…) ni la realidad está dada, ni la verdad se descubre. Tanto una como la otra son el resultado de complejas operaciones que se materializan en diferentes prácticas (…) La vida cotidiana se presenta como una realidad ya interpretada, con significados asignados que la vuelven un mundo ‘coherente’ que compartimos con otros y en el cual sabemos cómo pensar y actuar. (…) Una verdad que es construida, que no está ahí para ser descubierta, sino que es producto de un complejo proceso de conocimiento y de decisión. (…) no hay un único modo de mirar el mundo (…) culturas diferentes significan, de modo bien distinto (…) La realidad para cada una de ellas no es la misma, ni lo son las verdades que se reconocen.”.

Y cierro este abuso de cita al cual no acostumbro con lo último que encontré que cuenta Ruiz sobre la función judicial: (…) siempre es posible comparar y distinguir unas concepciones de otras, y siempre se puede optar por alguna. Lo determinante es que el juez, como cualquier otro mortal, está siempre –consciente de esta circunstancia o no- incluido en un modo de mirar el mundo, y desde allí conoce hechos y normas, asigna sentidos, comprende y juzga: construye una realidad y una verdad.”.

Pensemos la crónica periodística a partir del modelo de sentencia que propone la citada autora, por cuanto ambas se tratan de establecer hechos y verdades. Ya vemos la cantidad de condicionantes que atraviesan a semejante tarea, nada menos que la de establecer una noción de verdad. Que, como tal, y entendiendo que lo que se dice y cuenta siempre es lo dominante y no lo único –dado que el proceso de asignación de sentido, como tarea humana que es, y por ello mismo relativa, siempre alberga la posibilidad de ser otra cosa-, está atravesada por tantas cuestiones como partícipes de un proceso como ése existen.

Súmese a toda esta compilada reflexión la trama de intereses (muy válida, por cierto) que supone la actividad periodística en la actualidad, a partir de la conformación de multimedios y la participación de éstos en agrupaciones económicas que exceden lo estrictamente periodístico, cuyas aspiraciones se cifran, en gran medida, en la disputa por el rumbo nacional que se procesa a partir de las decisiones institucionales de la democracia y el Estado de Derecho, que son las de los institucionalmente investidos con el poder de determinarlas.

Sólo a un lunático se le podría ocurrir, entonces, que la actividad de contar lo que ocurre en relación a la vida del Estado y de la actividad de administrarlo puedan ser abarcadas por la simpleza unívoca de la ilusión objetivista e imparcial que intentan expresar los empleados de los conglomerados mediáticos más importantes. Ya es utópico para un ser humano en su vida cotidiana, mucho más lo será de quienes participan de procesos sociales cargados de la complejidad que venimos describiendo, que por cierto lejos está de horrorizarme ni mucho menos: se trata, simplemente, de aportar la mayor cantidad de elementos posibles a los fines de intentar abordarla de algún modo.

El cenicero se llama cenicero, Lanata -digo, a ver, o sea, es muy loco, ¿me entendés?-, por una convención. Para la gilada, aclaremos. Puede que haya habido acuerdo, como puede que no. En todo caso, aún cuando existiera una convención que derivó en la designación del cenicero como tal, habrá implicado, previamente, una especie de confrontación –de lo contrario no hubiese sido necesario convenir nada-.

En fin, cualquier cosa menos la unidimensionalidad que supone el “esto es esto” de Lanata -digo, a ver, o sea, es muy loco, ¿me entendés?-. Claro que todo esto es, presumiblemente, demasiado para quien tiene a cargo la confección de columnas de opinión para un diario como Libre. Digo, a ver, o sea, es muy loco, ¿me entendés?

miércoles, 14 de septiembre de 2011

¿Ruptura populista en Chile? y futuro del populismo en Argentina

Tengo para mí, después de haber leído la columna de Sebastián Etchemendy en Página 12 del día 1º de septiembre pasado; de volver a revisar, por enésima vez, el imprescindible (a los efectos de entender los procesos de cambio político de los últimos años en Sudamérica) La nueva izquierda de José Natanson; y de retomar los apuntes básicos de Ernesto Laclau, que Chile está viviendo algo parecido a lo que se llama ruptura populista. O, por lo menos, está bastante cerca.

En efecto, Laclau apunta que tal situación se produce cuando el sistema institucional vigente se revela incapaz de atender las demandas de distintos grupos sociales que luego irán por la vinculación que organice el espacio de reclamos, en apariencia –y prima facie- heterogéneos entre sí, en función de una identidad común. Hoy día, a los primigenios reclamos por la educación gratuita, se suman, a las revueltas chilenas, los sectores del trabajo, que también se ven en una situación lamentable, con, entre otras cosas, bajísimas tasas de sindicalización.

Esto no es novedad, ya Bachelet durante su mandato debió enfrentar reclamaciones furiosas: una también estudiantil y otra a causa de su finalmente malogrado intento de reformulación del sistema de transporte público. En el trabajo de Natanson aparece una entrevista a Carlos Ominami, en la cual el reporteado apuntaba, ya en 2008, que en Chile, aún con excelentes resultados en términos de reducción de la pobreza, se hacían cada vez más evidentes las problemáticas que traía aparejado el ítem desigualdad (una de las más graves de Latinoamérica). Un modelo, decía Ominami por entonces, en el que los ricos prácticamente no pagan impuestos… “y acumulan –por ello- cada día mayor capacidad de presión”.

Frente a esto, Piñera es meramente el, pésimo, administrador de algo que le explota en las manos; aunque lejos está, el actual presidente, de ser responsable de las causas que originan las protestas. Como dijo Martín Granovsky –el mismo 1º de septiembre, también en P/12-, la metáfora perfecta de lo que ocurrió con el experimento De La Rúa en Argentina, que heredó la bomba de tiempo construida por el iniciador del neoliberalismo en Argentina, Carlos Menem, aunque la Alianza llegó al poder, se sabe, planteando meramente cambios de estilos, no de fondo.

Pasó en Venezuela: allí, entre 1958 y 1998, tuvo lugar una democracia que, entendida a partir de los estándares del liberalismo de mercado, fue “perfecta”: el Pacto del Punto Fijo, y el nombre lo dice todo: el instante maldito en el que los distintos actores políticos de una sociedad deciden dejar de actuar libretos distintos, y por tanto de ser eficaces en la tarea de procesar la heterogeneidad social: el momento en que la democracia se desnaturaliza como tal, cuando los actores políticos abandonan capacidad de interpretar lo ineludiblemente contradictorio de los pueblos. Tanto que se mantuvo al margen de los vaivenes pseudo democráticos-militares que fueron regla, durante aquel período, en el resto de los países de la región. Hasta que un día simplemente dejó de funcionar. De “resolver los problemas concretos de la gente”, para ponerlo en palabras que podrían ser las de Macri o De Narváez –aunque también de Binner-; y pasar a solucionar sus déficit vía espaldas populares.

Claro, no todo fue tan corto y sencillo como el tránsito de una oración a otra, pero, en lo central, la brutal represión que en 1989 el gobierno pro yanqui de Carlos Andrés Pérez desató sobre la población venezolana hastiada por la deplorable situación socioeconómica a la que la había conducido –en su entendimiento (y en el mío, también)- el Punto Fijo; ante la cual reaccionaron los soldados comandados por Hugo Rafael Chávez Frías en 1992, fueron el inicio del fin de aquel sistema de gobierno. Y terminaron desembocando, seis años más tarde, en la llegada al poder del militar ex golpista a la presidencia del país bolivariano a través de elecciones democráticas, a partir de lo cual Venezuela ha experimentado una reconfiguración de sus estructuras institucionales que (grises mediante, claro) mejoró indiscutiblemente el nivel de vida de las clases populares bolivarianas. Una salida del sistema, por cuanto los que de é formaban parte simplemente habían dejado de servir, tanto como las estructuras que representaban.

En una sociedad –volviendo a Chile- que se alejó del hambre, las demandas, lejos de cesar, se renuevan, se complejizan. Y enfrentadas a un esquema que, no sólo no ha tocado los rasgos más elementales del esquema de reparto de riquezas neoliberal construido por el pinochetismo, sino que directamente no contempla la participación de actores sociales por cuanto sus lógicas han sido pensadas en función del privilegio de las clases acomodadas. En términos de atención de reclamos sociales, “eludían cualquier relación organizativa fuerte con actores sociopolíticos juveniles-estudiantiles, sindicales o movimientos sociales” –como apunta Etchemendy-. Es de la Concertación, débil centroizquierdismo socialdemócrata –ideología, mundialmente, en crisis- chileno –hoy en la oposición-, de quien habla, y no de Piñera. El resultado lógico es la virulencia con que se expresan las protestas que se ven por estos días.

Flaco futuro, entonces, el que le espera a Chile si no se decide, de una vez por todas, a incorporar a los que hoy están reclamando, tarea para cual deberá hacer más que tenerlos por simples receptores de decisiones de “arriba”. La institucionalidad chilena no está preparada para canalizar esas demandas, por cuanto no fue diagramada a tales fines; los colectivos movilizados tienen que pasar a formar parte de una nueva gestión del Estado como clave para administrar de algún modo un proceso que ha hecho perder la brújula de la gobernabilidad.

Sencillo: si no estás dotado con las herramientas necesarias a los efectos de interpelar un colectivo social, pues hazte, entonces, al menos, un lugar en tu agenda para departir con ellos acerca de cómo hacer con los quilombos que, inexorablemente, sabelo, se te van a presentar en el andar de la gestión. Ignorarlos no es el camino.

Cuando la política, los gobiernos, el Estado, no capturan el activismo social: no lo procesan, no lo administran, no lo interpelan, no lo incorporan –se le diga como se le quiera decir-, el desborde deviene inevitable. En Argentina se expresa, desde 2003, una disputa fuerte en torno de lo que corresponde que haga el Estado con las organizaciones de la vida civil. El kirchnerismo ha optado por hacerlas parte de su armado político al tiempo que recoge las bandera que ellas levantan desde mucho antes de la llega de Néstor y Cristina al poder. En el último número de Le Monde Diplomatique el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, escribe una nota -que es para recortar y guardar- acerca de las peripecias que recorre el gobierno boliviano en su objetivo de construir un nuevo orden republicano con base en la institucionalización de los movimientos sociales.

Con los matices propios de cada coyuntura, es lo que ha favorecido el cambio de época que, más/menos, ha atravesado a Sudamérica toda: además de Venezuela, también Argentina, Brasil, Bolivia y Ecuador han experimentado fracturas sociales que determinaron revoluciones institucionales y administrativas. Y cada uno se ha dado la solución que mejor pudo, atento las particularidades de cada especificidad, pero todas con un rasgo en común: la incorporación de actores sociales a los entramados políticos que se han hecho cargo de la gestión del Estado.

Por nuestras latitudes solemos oír fuertes críticas al Gobierno y a las organizaciones sociales que forman parte del colectivo militante que lo sustenta (principalmente, Movimiento Obrero Organizado y Organismos de DDHH) por lo que, en palabras del discurso derechista, ha significado “la politización de -por ejemplo- los organismos de DDHH”. Nunca podría, un colectivo que levanta demandas que para verse cristalizadas requieren de respuesta del poder institucional, no politizarse. El reclamo por Derechos es, por naturaleza, político.

La precariedad conceptual, y más, de que adolecen los voceros de tan charro razonamiento, les impide precisar que, en realidad, lo que deploran es, en todo caso, la partidización de dichos grupos. Con todo, es, apenas, ése, un modo –no exclusivo, por cierto- de ver las cosas: en este caso, las tácticas y estrategias por las que optan los movimientos sociales para conducirse en el debate público y la lucha social.

Son los últimos reflejos de lo que fuera el orden neoliberal argentino, que, a su turno, conoció su propia victoria cultural: en última instancia, uno escucha las críticas mentadas en boca de muchos que proclaman, al mismo tiempo, haber sido “opositores del menemismo y -o- de la Alianza”; cuando en realidad comparten –según se entiende de sus críticas a “la politización”- una matriz conceptual de fondo –esto es, económica- idéntica a la de los más conspicuos representantes del furioso capitalismo financiero asumido.

De nuevo: el fondo y las formas, quién impone lo común del piso y qué permite el orden social que se debata de aquello que construye.

Con mucha fuerza a partir de la impresionante participación del kirchnerismo en las PASO, en Argentina parecen haber echado raíces las condiciones necesarias a los fines de sentar las bases de una nueva institucionalidad, que galvanice los cambios de estilo que supuso el arribo del kirchnerismo al poder. La continuidad del modelo que, entre otros logros, ha consolidado el único proceso sostenido de reducción de pobreza desde 1983, y el más importante en cincuenta años de historia argentina, necesita, para quedar al margen de vaivenes electorales, darse una nueva burocracia gestionaria, cuadros, estructuras que pongan al nuevo sentido de Estado “por arriba” de la suerte que vayan a correr las personas de sus promotores.

Decía, la oportunidad parece estar al alcance de la mano: así lo marca el consenso que, al respecto del modelo, se desprende de las declaraciones que formulan -casi sin cesar desde que se confirmó que la Presidenta cuenta con más de la mitad del acompañamiento popular- desde tribunas cuyos intereses, prima facie, aparecerían como contrapuestos (empresarios, sindicalistas, patronales con necesidades suplementarias: todos dispuestos –parecería- a confluir), siendo que con esto les ha ido mejor que desde hace mucho tiempo: Cristina parece haber afianzado una administración que funge de base de un acuerdo social mucho más amplio, transversal respecto del nuevo modo de conducción del país que experimenta Argentina desde el 25 de mayo de 2003.

Terreno apto para sentar las vigas maestras de un nuevo andamiaje estatal, y de hacerlo sin dejar de, como hasta ahora se ha hecho, atender a las necesidades de los sectores a los que se representa como manual de instrucciones en la tarea. A esa tarea estamos llamados todos los que adhieran al espacio nacional y popular; y no solamente –ni tal vez principalmente- a la figura de su conductora: Cristina, indiscutiblemente. Hoy día.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Cordobesismo y futuro de la gobernabilidad

Menos de un mes duró el Cordobesismo. Lo “fundó” José Manuel De La Sota la noche del 7 de agosto de 2011, mientras festejaba su triunfo en la elección de gobernador cordobés (que ganó, ampliamente); y falleció el 3 de septiembre del mismo año, cuando la conducción del PJ local decidió bajar la lista de candidatos a diputados nacionales que habían armado, al margen de la Presidenta CFK, entre el schiarettismo y el delasotismo. Muere una afrenta a las nociones básicas del federalismo, dicho sea de paso.

Desde que Cristina decidió, allá por principios de junio, allanarse a la supremacía que, al interior del juego del peronismo cordobés, ostenta el sector de los gobernadores saliente y electo, nos veníamos preguntando qué sería del juego del kirchnerismo en el lugar que históricamente más esquivo le había en su historia hasta las PASO del 14 de agosto pasado, cuando CFK le asestó un duro golpe a la pretensión unitaria de DLS, de, por entonces, apenas siete días de vida.

Se me ocurre que lo más sensato –por decirle de algún modo- sea concluir que allí donde mayor preponderancia tenían las lógicas meramente localistas –comicio para gobernador-, el schiarettismo/delasotismo pudo imponer sus lógicas sin necesidad del kirchnerismo, que por otra parte adolece de incapacidad de armar propuestas en aquellos distritos que mejor consiguen autonomizar las discusiones localistas (aunque en realidad De La Sota buscó –sólo que no encontró- vice K: Cecilia Scotto, Pipi Francioni; una no quiso, el otro no podía).

En cambio, cuando entraron a matizar las líneas nacionales –elección de diputados tales del 14/08-, no resultó posible, para Unión por Córdoba, prescindir in totum de la opinión de la conducción de CFK, que ordenó el espacio como no habían podido hacerlo sus hombres en el distrito, compitió frente a UpC, goleó, y entonces, luego de una rara interna, el sector derrotado reconoció la supremacía de la presencia arrastradota de una Cristina que ahora luce taquillera hasta donde nunca lo había sido, aún luego del “conflicto con ‘el campo’”.

Hay, a todo esto, mucho para celebrar: es, éste de la decisión de Unión por Córdoba de bajar la lista de candidatos a diputados nacionales de cara al 23/10, un capítulo más de un recorrido que comenzó a andar fuerte desde que estalló, con el Grupo A haciendo agua en el Congreso -con la bochornosa sesión en la que se investigaron las inexistentes coimas para el presupuesto ‘11 que no fue aprobado como capítulo insigne-; lo que se había iniciado con Chacho Álvarez y la videopolítica de la Alianza –con el ‘que se vayan todos’ del 19/20 de diciembre de 2001 como símbolo máximo de todo aquello-: el retorno de las tradicionalistas lógicas de construcción territorial.

Esto supone un futuro distinto, en punto a acuerdos de gobernabilidad en el Congreso, del experimentado post huida de De La Rúa. Y fundamentalmente, distinto del vivenciado durante lo que fue el gerenciamiento –uso este vocablo no inocentemente, por cierto- de la vida legislativa por parte del Grupo A: el que cerrará el 10 de diciembre venidero, y al respecto del cual no caben dudas que fue el peor de los ciclos parlamentarios desde 1983 a la fecha, se ha caracterizado por el tremendo nivel de irresponsabilidad con el que se manejó una oposición cuyas líneas de acción estuvieron fundamentalmente inspiradas en el espectacularismo mediático, y totalmente desconectada de las necesidades y lógicas de gobernabilidad de cualquiera de los órdenes de gobierno –nacional (al que dejaron sin Presupuesto), provincial (los gobernadores pactaron, con CFK, pautas nuevas de relación económica nación-provincia, llegando, incluso, a “despreciar” los mayores fondos que podían haber significado para sus arcas el reparto del impuesto al cheque que proponía, a principios de 2010, Resto del Congreso, dada la precariedad, amateurismo y graves defectos institucionales de que adolecía la “idea”) y/o municipal-.

Dicho en criollo: Carrió se movió irresponsablemente con el margen que le otorga liderar una fuerza que no cuenta con ningún hombre o mujer con responsabilidades de gestionar algún distrito. Así le fue. Nada malo puede esperarse de que, a diez años vista de su entrada al protagonismo nacional, a partir de fin de año la pérdida de volumen de su figura (política) sea inexorable e irremediable.

Atender las particularidades que la sintonía fina de la profundización ineludiblemente impone de acá en más, requiere, ineludiblemente, de mayor fluidez entre los aparatos partidarios y de los distintos Estados: atención a las demandas puntuales de cada territorio e interpelación de las dificultades que cada coyuntura particular plantea a las fuerzas democráticas.

En ese entendimiento, también, es que debe leerse la nueva relación CFK-Macri (por la extensión de su implantación que está intentando PRO) y el beneplácito con que el kirchnerismo observa el ascenso nacional que, tras las PASO, han experimentado dos caciques territoriales como Binner y El Alberto, conocedores de lo que vale, en política, manejarse con responsabilidad.

Todo lo cual, sumado a que el no kirchnerismo al interior del PJ está representado por dos zorros (Urtubey y De La Sota) que saben bastante de cautela –al revés que Carrió, para seguir con las referencias- porque gobiernan, permite esperar de lo que viene una política jugada con reglas más acordes al respeto institucional y republicano y el planeamiento (por fin) a largo plazo: todo aquello a lo que jamás colaboró el antikirchnerismo furioso a las ordenes del establishment económico que va en camino a morder el polvo de un momento a otro.