martes, 30 de agosto de 2011

Una reflexión sobre la batalla cultural a partir de la elección en Tucumán

En Tucumán ganó Alperovich, rotundamente. No hay mucho para agregar más allá de lo que se viene diciendo en este espacio desde que se inició el calendario electoral allá por marzo, con la victoria del Frente Para la Victoria en Catamarca.

Hay que, simplemente, insistir en tres conceptos, a modo de síntesis: el kirchnerismo es la única fuerza nacional potente, con capacidad de despliegue en todos y cada uno de los veinticuatro distritos del país; hay la recuperación de los mecanismos de construcción de anclaje territorial como dato clave del sustento de cualquier candidato de que se trate; y desaparición del antikirchnerismo furioso como hipótesis de trabajo "taquillera".

En relación a la última de las tres cuestiones apuntadas arriba -el debilitamiento del antikirchnerismo como eje discursivo de campaña-, me gustaría apuntar que de la mano de eso camina la pérdida de fuerza de los factores del poder corporativo anti gobierno para apuntalar opciones electorales alternativas a las del FPV.


En Tucumán jugó, y muy fuerte, la Iglesia Católica a favor de los hermanos Bussi –hijos del genocida Antonio, “figura” del Proceso re Reorganización Nacional, detenido por delitos de lesa humanidad- y en contra del kirchnerismo de Alperovich (que después de ganar ya no es tan kirchnerista, en realidad; sino que conviene decir que la kirchnerista posta-posta era Stella Maris Córdoba, cosa de empañarle la alegría a la Presidenta, un poco… en fin…).

En La Nación (que es también decir Expoagro/SRA/Papel Prensa/AEA), que es quizás el medio más relacionado con la jerarquía católica, se le dedicaron, a Alperovich (que, para peor… ¡es judío! ¡Vade Retro!), en los últimos días, unas cuantas editoriales fuertemente críticas de su gobierno, sobre la base de imputaciones de señor feudal del tipo de las que no le hicieron, en Catamarca, a Brizuela Del Moral… hasta que perdió y no convino más como aliado.

Me vinieron ganas de aportar, a partir de esto que pasó en Tucumán, algo a lo que han dicho, cada uno a su tiempo, Horacio Verbitsky y el amigo Mariano, que en orden pasaré a citar:

“(…) El problema no son los medios, sino su articulación con el poder económico y político: la asociación de Clarín y La Nación en Expoagro, donde cada año cierran negocios por 300 millones de dólares las principales empresas de los agronegocios; la comida de la cúpula de la oposición en la casa del CEO del Grupo Clarín, quien los instó a unirse para resistir al Huracán Cristina; la negociación de Héctor Magnetto con Kirchner para quedarse con Telecom, cualquiera sea la versión que se crea sobre los motivos de su fracaso; la manipulación de jueces que dinamitan a cautelares toda regulación pública de los intereses del grupo. Reducir esa densa trama de negocios y la correspondiente relación con el poder institucional a un análisis de la influencia de los medios sobre el voto sólo puede considerarse una ingenuidad si lo hace alguien menor de 22 años. (…)”

“(…) la tal disputa entre Gobierno y grupo existía, pero solamente como cáscara de un conflicto central: el de un grupo económico que violenta el Estado de Derecho hasta convertirlo en prenda de su propia regencia ilegítima, y que encima simboliza, en un grupo, un accionar colectivo, coercitivo de la legitimidad política y democrática (…)”

No se trata de discutir los puntos y comas de las pavadas que puedan escribir ignorantes de la talla de Luis Majul o Jorge Lanata. La tarea está en definir, consolidar, de una vez por todas, la sumisión de distintos entramados empresariales –articulados entre sí a partir del privilegio a la actividad de valorización financiera (desde hace décadas, hegemónica), que determina, en razón de ello, alianzas (primero, de negocios; más tarde, de presión al Estado por el sostenimiento del statu quo) complejísimas, impensables- al imperio del Estado de Derecho y el rumbo definido por la ciudadanía -a través de elecciones, a las que no se someten los poderes fácticos-.

El Derecho es un discurso dominante. Y es la expresión de la distribución de poder en la sociedad. Disputa de poder cuya instrumentación, cabe aclarar, en nuestro sistema constitucional está encargada a los partidos políticos, que por imperio del artículo 38 de la Constitución Nacional “son instituciones fundamentales del sistema democrático”. Entre los discursos que se entrecruzan en la disputa de poder (cuyo resultado, insisto, se verá expresado en “la norma jurídica”), está el tantas veces meneado sentido común. Fuertemente influenciado (si no determinado), éste último, entre otras cosas, por el discurso mediático.

Pero no solamente, ni quizás tampoco principalmente. La gestión (el punto más fuerte del Gobierno, junto a su capacidad de armado político) sirve, también, para empujar sentido común dominante. A partir de resultados que planten bandera de una forma distinta de gestionar el Estado.

Digo, me interesa más una decisión como la de designar directores del Estado en las empresas privadas de las que se heredó participación accionaria en virtud de la recuperación de la administración de los recursos previsionales, que los informes de 6-7-8, de ahora en más. Claro que se necesita de una bajada que explique todo eso, nuevo: pero el eso va primero.

En Tucumán se observó una pequeña muestra de cuál es la disputa de poder detrás de “la corrección de las desigualdades geográficas y sociales que afectan el desarrollo conjunto de nuestro país y nuestra población” (y de cómo se la instrumenta, a veces), que como bien apunta Mariano es impostergable encarar; sincerando la disyuntiva modélica que define, a partir de la identificación de las alianzas sociales que interpretan la disputa.

Disputa que, a su vez, reafirma que, tal como dijimos en nuestro post del 10 de agosto, antes del cómo, el cuándo y el dónde, hay que decir para quién se va a gobernar, y en quién se van a descargar los costos de tal decisión. Y va, también, más allá de la forma en que se cuentan las cosas.

sábado, 27 de agosto de 2011

Calidad institucional y boleta única

Me parece bárbaro que se plantee una discusión en torno al sistema de votación. No ahora, claro. Es irracional desde todo punto de vista pretender un cambio de ese tipo cuando restan dos meses para la elección presidencial. Aparte, como dijera en Santa Fe el nuevo Golden Boy del establishment (Hermes Binner), “no se puede votar de una forma en las primarias y de otra distinta en las generales”. Pero bienvenido sea, el debate, insisto.

“Hay que implementar la boleta única, sí o sí. Es cuestión de vida o muerte”. Insistente jingle mediático desde las horas posteriores al 14 de agosto. A pesar de que no se ha radicado una sola denuncia de fraude en sede tribunalicia, que los propios Ricardo Lorenzetti y Francisco De Narváez insisten en que no lo hubo (fraude) y que no hay quien no reconozca que aún las irregularidades que pudieran verificarse no alterarán una victoria de casi ¡cuarenta puntos! de diferencia entre primero y segundo, “es imperiosamente necesario” cambiar el sistema de votación. De la sábana a la boleta única (que tiene, parecería, a esta altura, más propiedades que el aloe vera). Y eso que en lo que va del recuento quien más votos ha recuperado es… Cristina.

Lastimosamente, para ellos, cuentan en sus filas con Joaquín Morales Solá, quien reconoció –en su columna del miércoles 24/08, en La Nación- que todo esto se trata de un intento –burdo y desesperado, agrego yo- por erosionar siquiera un poco la relación del Gobierno con las clases medias urbanas, siendo que hasta Clarín reconoció que el voto a CFK recorrió todas las clases sociales, y no sólo abarcó a “los que viven de planes” o “tienen un plasma y ven a Tinelli”.

Joaquín habló del costo político que pagaría el Gobierno si se negara a que se abra la discusión al respecto en el Congreso o la Presidenta decidiera hacer uso de su facultad constitucional de observar la hipotética aprobación que pudiera conseguir el Grupo A, que de repente, y luego de que primero “pidieran” por ella renombrados editorialistas –como siempre hace con todo-, ha encontrado otra solución mágica a “los problemas concretos de la gente”. De esto se trata: costo político, ensuciar la cancha. Como con Hebe y Zaffaroni. Y no está mal. Con el “82% móvil” tampoco les salió: nadie protestó en las calles por aquel veto.

Es, eso sí, ridículo, si se lo analiza desde una perspectiva epistemológica muy básica, el principal argumento desde el que se sostiene la bondad que acarrearía la implementación de la boleta única. “Hace a la calidad institucional”. Entendida la calidad institucional como un valor absoluto. Que un sistema –el de boleta única- sí portaría; y el otro –la “sábana”-, no. Subráyese el potencial. Pocas cosas más ridículas que esa he oído en mi vida.

O mejor dicho, una sola: el denarvaísta Gustavo Ferrari llamando a terminar con la sabana por “el robo de boletas”… ¡en el que reconoció que también incurren sus propios fiscales! Es todo mucho. Propio de una oposición que pretende correr al oficialismo con argumentos de pureza republicana cuando exhibe nulos o vergonzosos antecedentes en la materia.

La escuela de la Teoría Crítica del Derecho (algo así como tercera vía de análisis filosófico del Derecho, opuesta tanto al Positivismo como al Iusnaturalismo, ambas adheridas al absolutismo cognitivo como proceso de fundamentación: la regla de inferencia, en la primera; Dios o La Razón, en la segunda) enseña que el del Derecho es un discurso social más de tantos, atravesado por múltiples variables e ideologías que confrontan, choque de resultas del cual surgirá “la norma” (pero cuya fórmula lingüística se encarga de ocultarlo, al choque, para racionalizarlo, de modo tal que aparezca ajeno al conflicto que lo hizo posible).

En resumen, el Derecho es la expresión del triunfante en una lucha de intereses equis, y está atravesado por otros discursos, de disciplinas ajenas, que a su vez replican mecánicas similares para constituirse como tales. La “calidad institucional” es un concepto indeterminado, un valor relativo. Vago, indefinido, en jerga jurídica. Inabarcable e inubicable en una papeleta electoral, por cierto. No es un valor que uno de los sistemas de votación sí posea y el otro no. Sencillamente porque ninguno de ellos fue pensado en orden a “incrementar la calidad institucional”, sino a instrumentar una intencionalidad determinada.

Y es imposible que no sea así. La lista sábana responde, entre otras cuestiones –y simplificando groseramente-, a privilegiar el peso del partido político por sobre el del candidato; y la boleta única, al revés. En la actualidad, tiene que ver, la reyerta, con la conversión a legislativa que se pretende hacer de las próximas elecciones presidenciales. Sacudirse, los candidatos a legisladores, del lastre que significan, hoy por hoy, los candidatos a presidente del Grupo A. Lo que se dice, un canto a la institucionalidad. Aparte, claro, de intentar condicionar el hipotético bis de CFK a partir de alcanzar la situación de gobierno dividido, altamente favorecido por la boleta única. A eso apuntan, el resto es aire.

Objetivo respetable, claro. No lo comparto. Ni eso ni las supuestas bondades de la boleta única (cuyo “éxito” está altamente discutido como para que se la considere agua bendita). Yo estoy conforme con la sábana. Pero no porque la juego de campeón moral. Atiende, la sábana, los valores que yo quiero que sean atendidos. Y nadie tiene derecho a reprocharme eso, así como yo no tengo derecho a reprochar los motivos de quienes adhieren a la boleta única, salvo por la insinceridad de sus discursos.

Ahora bien, aquellos que quieren boleta única, deberían preocuparse por conseguir los dos tercios de diputados y senadores necesarios a los efectos de lograr la aprobación de la ley que la instituya, sin necesidad de contar con el aval del Poder Ejecutivo (a veces se obvia que el presidente de la Nación, en nuestro sistema institucional, es co-legislador, su acuerdo es imprescindible a la hora de la sanción de las leyes. Para eludir ese detalle no alcanza con la mayoría simple: hace falta la agravada, los famosos dos tercios que neutralizan el veto presidencial).

Y si no, será cuestión de conseguir fiscales (que, aviso, también harán falta si se vota con boleta única) para todas y cada una de las más de 85.000 mesas en las que se votará a lo largo y a lo ancho del país el próximo 23/10, como hace el kirchnerismo. Bueno sería que los que gastan horas –por ejemplo, en foros digitales- en defender las supuestas bondades absolutas de un sistema electoral cuando no han leído al respecto de la materia más que lo que se apunta en tribunas enfrentadas a un gobierno que va camino a su reelección, todo escrito bajo emoción violenta justamente por esta última situación.

(No se les pide mucho: una fuerza que no es capaz de conseguir fiscales no tiene derecho -político, digo; no jurídico o moral- a gobernar un país, tarea que demanda conseguir mucho más que conseguir fiscales. Y me banco esto que digo)

Es decir: moverse, hacer política, salir a la calle, dejar de vivir de reportajes; y sobre todo, no tiren más mierda contra los que se ocupan para tener un partido político en serio. En definitiva, siempre se trató y se trata de eso: de hacer política, y no de contarla. Así les está yendo.

viernes, 26 de agosto de 2011

Recopa II de II. En el umbral de la gloria

"Ella está en el horizonte -dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar", Eduardo Galeano.

Un análisis desapasionado y fundado exclusivamente en elementos “racionales”; digamos, cotejando equipo contra equipo (y jugador contra jugador), debía, obligatoriamente, concluir en que Independiente no tenía chance, ninguna, de vencer a Inter de Porto Alegre. Que ha sido, en los últimos años, entre los equipos del continente, uno de los de rendimiento más regular: siempre entre bien y muy bien.

¿Por qué, entonces, además del harto repetido “hay que estar en las buenas y en las malas”, igual se generó entusiasmo en la parcialidad roja?

Bueno, pues, porque el fútbol tiene poco de la pretendida lógica matemática que quise significar en el párrafo anterior: en efecto, tantas veces ha pasado que la banca terminó saltando y el punto dio la sorpresa (más en un juego que está dominado, como diría el maestro Dante Panzeri, por la "dinámica de lo impensado"), que esa precaución analítica de los "expertos" –de no dar por sentado nada en un juego de patrón de movimientos indefinido, y que, por si fuera poco, alberga millones de posibilidades cambiantes: tantas como combinaciones humanas se puedan conjugar en un terreno de juego-, se convierte en llama (fogón, debería decir) de ilusión en los hinchas. Inclaudicable, desatiende cualquier intento de "racionalidad".

Sí, Independiente dejó la sensación de haber sido más en el global de ambos partidos. ¿Por qué perdió, entonces? De nuevo, éso; es decir, “haber sido más”, poco importa en este deporte.

Inter fue mejor donde era imperiosamente necesario serlo. Como dijera el barón Carl von Clausewitz, teórico táctico/estratégico de la ciencia militar (probablemente, el mejor en lo suyo), que enseñó que no era necesario ser siempre fuerte en todos los frentes de guerra; sino en el específicamente necesario, en el momento adecuado: lo que, entre otras cosas, explica que muchas veces un ejército pequeño numéricamente derrote a otro superior en ese aspecto. Concentrar fuerzas en los lugares clave. Con el detalle de que el que cumplió con dicha premisa, en las finales de la Recopa, fue el fuerte.

Lo antedicho es un aspecto básico del fútbol en sí mismo, mucho más de una final de Copa internacional. Independiente planteó un partido de igual a igual, y en muchos momentos –por no decir que en la mayor parte de los ciento ochenta minutos de juego- dominó del trámite. Nada de eso importa si, como ocurrió en el primer gol de Inter en la revancha, un marcador de punta “olvida” que tiene que cubrir el lugar del central que fue a relevar al costado; y, en vez de eso, va a marcarle la espalda al delantero rival, dejando un espacio libre en el medio del área por el cual se terminó colando -el '9' rival- para rematar (a Milito lo pasaron demasiado fácil, la respuesta de Navarro fue muy débil, pero el desconcepto es anterior).

Los planteos tácticos/estratégicos de Mohamed, tanto en la ida como en la vuelta, no estuvieron mal, pero errores puntuales te tiran abajo cualquier andamiaje, que, naturalmente, está pensado a partir de una situación que se derrumba como un castillo de naipes ante el menor soplido si los detalles menores, esos que cualquiera da por sentado que no van a ocurrir, ocurren. Una pena.

Algunas cuestiones, mínimas, yo sí marcaría (específicamente hablando de la revancha): Fredes (cuya actuación fue consagratoria, y es, a esta altura, el mejor del equipo, lejos –o, por lo menos, el más completo-) no debió ser ‘carrilero’, sino ‘doble cinco’, para estar más cerca de Malevo Ferreyra –otro de buen pie, sabe mucho pero tiene que ser más constante, se nota que le falta pretemporada- y con el arco de frente. Además, faltó desborde por derecha: el juego de ataque estuvo, así, descompensado, incompleto.

El equipo, eso sí, dejó todo. No hay mucho para reprochar, ni en cuanto a actitud, ni tampoco tanto en cuanto a 'juego'. Hay, sí, atenuantes: faltaron los dos anchos en el primer partido, y el de espada en el segundo (además, Parra jugó, con suerte, al 50% de sus posibilidades). Demasiado para un plantel corto y modestísimo. Varios goles errados, sí, también (escribo, en vez de hablar, por ejemplo, porque todavía tengo atravesada en la garganta la atajada del arquero brasilero a la volea -a la carrera, pero muy débil- de Iván Vélez).

Lo mejor de todo este renovado andar de Independiente –raro, por cierto- por la escena internacional, es que lo han caminado valores de inferiores: pibes que son buenos, se han consolidado o van en camino a hacerlo, y se han comido, ya, varios, y saludables, porrazos (porque les llegaron de jóvenes, cuando mejor los pueden aprovechar y, como en el judo, convertir lo que los atacó en virtud propia, si se deciden a aprender de todo esto). Vaya esto para Julián Velázquez, Galeano (Leonel, no el de la reflexión que inicia este post), Báez, Godoy, Fredes, Pato Rodríguez, por qué no Nieva.

Y entonces vuelvo a lo de Galeano (ahora sí, Eduardo). Porque resulta que las utopías nadie las camina mejor que los pibes. Y quien te dice no sale algo muy bueno de toda esta amargura. Que siempre es momentánea. Impostora. Accidente. Alterable. Como el triunfo.

Puntajes: 1- Hilario Navarro (3); 6- Tuzzio (4,5), 2- Julián Velázquez (6,5), 18- Gabriel Milito (3), 3- Maximiliano Velázquez (6); 8- FREDES (7,5), 7- Cristian Pellerano (6), 22- Iván Pérez (2), 11- Osmar Ferreyra (6); 19- Marco Pérez (4,5), 17- Parra (5). Ingresaron: 13- Iván Vélez (5), 9- Leonel Núñez (-), 20 Matías Defederico (-).

miércoles, 24 de agosto de 2011

Una mirada al PASO sobre la crispación

Está crispado el país. Debate, si los hay, desde que asumió la presidenta CFK el 10/12/2007, más o menos. Hoy quiero retomarlo, para pensar una respuesta, si fuera posible, a partir de lo que fue el voto en las PASO.

A ver, será todo, advierto, muy a grandes rasgos. Muy precario, si se quiere. Convengamos que hubo un 50,07 que votó a favor de Cristina, el 14 de agosto; y un 49,93% que votó en contra. Números que, hoy, prima facie, es muy difícil que se muevan, para uno u otro lado, de acá al 23 de octubre (o que, y no al decir de este bloguero oficialista, precisamente, presumiblemente pueda anticipar un nuevo triunfo de la Presidenta, pero aún mayor –insisto, esto al día de hoy-). Dos bloques cuasi homogéneos, numéricamente hablando: sí, pero.

Hay que bucear un poco para ver que las composiciones estructurales de ambos bloques no son igualmente homogéneas, a sus respectivos interiores, de lo que lo son en cantidad, comparados el uno con el otro. Veamos.

Dentro de la oposición, advierto tres grupos distintos: uno decididamente antikirchnerista (acá ubicaría a la casi totalidad del voto a Duhalde y El Hijo de Alfonsín, al cien por ciento del de Carrió y un cachito del resto del de todos los demás), un segundo cuyo lema sería “estoy de acuerdo con el fondo de lo que propone el kirchnerismo, pero no con las formas (acá encuentro la casi totalidad del voto Binner, y un pedacito de los que optaron por El Hijo de Alfonsín y Argumedo); y, por último, los que lo acusan de falso: falso progresismo (habrán votado por Binner, Argumedo, Altamira); falso peronismo (Duhalde, El Alberto).

También pero para examinar los 10.363.319 sufragios que obtuvo CFK. No expresan, todos –y creo que está entendido, esto, por una persona cuyo primer reflejo después de semejante triunfo fue “yo no me la creo”- un kirchnerismo militante: números gruesos –y redondeando-, entiendo que eso puede haber sido, máximo, un 60% ideológico y otro 40% que denominaré conveniente (votaron a Cristina porque les va bien, o mejor que antes, o porque entienden que asegurará gobernabilidad/estabilidad, porque creen que todos los demás son peores, etc.).

Digo, intento decir que existen, sí, divergencias conceptuales, y bastantes, en nuestra sociedad. Y del mismo modo, y como se viene sosteniendo en este espacio hace tiempo, el crecimiento que efectivamente ha experimentado nuestro pueblo en términos socioeconómicos (cuestión que ni Jorge Lanata se atreve a negar) genera nuevas demandas, reformateadas, complejizadas, distintas. Que muchas veces asoman suplementarias entre sí. En definitiva, desconocidas, que llaman a que el Estado se de, también, una nueva concepción de gestión e interpelación para encarar esos renovados requerimientos ciudadanos.

Ahora bien, la representación política debe servir –en mi concepción, al menos- para encauzar las demandas ciudadanas. Instrumentarlas en propuesta política. Y en el caso en particular del que venimos hablando, volverlas complementarias.

El kirchnerismo, y voy a tomar para esto una definición que le leí a Alfredo Zaiat en el Página 12 del último sábado, ha encarado una gestión de tipo adaptativo. Que tomó en cuenta la correlación de fuerzas existente en cada momento, privilegiando, invariablemente, al más débil de cada uno de esos momentos. Estrategia que obturó, en cierta forma, el largo plazo por el que se clama desde las tribunas conservadoras. Ha ofrecido un trazo proyectivo de gestión, ha recogido demandas nacidas en el seno social, ha gestionado contradicciones sociales, ha instrumentado un relato que articule todo lo anterior. En fin.

Dije hace poco que, en las últimas semanas, le oí a Alberto Fernández algo muy piola. Decía, sobre la cumbre anti Bush de 2005 en Mar Del Plata, que ellas son típicas de cualquier cumbre de jefes de Estado, y que el kircherismo simplemente se dedicó a sacarla de la calle. Es decir, el Estado enmarcó todo ello. Diría que eso se espera del mismo. Es, claro, lo que molesta del kirchnerismo: que meta al Estado, que luego se convierte en “escudo de los débiles” (le robé la definición a José Batlle Ordoñez, dos veces presidente socialdemócrata uruguayo a principios del siglo XX, el que rumbeó a ese país por la senda de los Estados de Bienestar, que recién nacían por aquellos años).

¿Y del lado opositor? Nada. No hay una efectiva identificación entre representante y representado, antes bien existe algo parecido a lo que se podría denominar como opciones útiles antikirchneristas. No hay marco que atienda a esas expresiones ciudadanas.

Entonces, una sociedad que ha crecido y tiene reclamos renovados, mueve a debates también inéditos (al tiempo que recupera otros que parecían adormecidos), en el marco de una gestión de Estado que se ha propuesto no mirar para el costado y vehiculizarlos (también, no hay por qué ocultar esto, como método de construcción y acumulación política) a favor de los sectores más postergados, situación, esta última, que pone de la cabeza a los sectores del poder fáctico que se habían acostumbrado a capturar la conducción de la agenda del Estado, en dos sentidos: a) que la política se haya decidido a recuperar su lugar de representante de los rumbos decididos popularmente; y b) que las respuestas generadas por esta nueva concepción afecta su lugar de predominio social; al tiempo que ambas, combinadas, determinan un nuevo tiempo cultural, que si hay algo que garantiza es que el tiempo de interpelación de las desigualdades llegó para quedarse.

En resumidas cuentas, es todo tan simple como decir hay choque de intereses, sólo que no todos ellos están debidamente representados. Y en ese marco, es ilusorio pretender que no haya discusiones acaloradas, si partimos de la base de que una puja -cualquiera ella sea- de por sí las provocaría, más si gran parte de los que intervienen en ella no encuentran portavoz adecuado para sus demandas, siendo que recien por estas horas asumen no haber entendido nada de lo que estaba pasándoles por delante de sus narices. He dicho: y ya desde antes, no recién a partir del 14/08/11, uno de los mejores cumpleaños de mi vida.

domingo, 21 de agosto de 2011

Desperezando la utopía opositora

La nota que firma hoy Hernán Brienza en Tiempo Argentino, me inspira a escribir. Coincide Brienza (y disculpas por la vanidad de la autocita), con lo que apuntamos acá ya el 9 de agosto de 2011: que se ha conformado una especie de consenso, bastante mayoritario, en cuanto a que el Estado debe ser el regulador de la vida socioeconómica de la Nación. Y hay la fidedigna actuación de Cristina de ese nuevo pliegue social de la realidad que está por convertirse en mandato popular. Es, todavía, sí, todo muy difuso. Pero algo late. Algo nuevo, quiero decir. Cito a Brienza, textual: “(…) sujetos que interpretaban determinado momento histórico, pero que también tenían la capacidad y la voluntad de poder moldear los destinos de los pueblos. (…) que por lo menos saber que el período de persistencia colectiva del modelo kirchnerista marcará la historia del siglo XXI (…)”.

En otro post (del 12 de agosto de 2011), dije: “En lo que hace al ámbito parlamentario, está por verse si recupera –el kirchnerismo, si gana- mayorías propias. No obstante ello, si CFK logra ser la primera persona que accede a la presidencia sin beneplácito corporativo desde 1983, lo que también estará por verse será la actitud de ciertos espacios partidarios (no todos; prima facie, al menos): esto sería, si readecuan, o no, su estrategia de insistir en actuar la agenda corporativa, comprobado que esté –insisto: esto, si llega a vencer Cristina-, primero, la poca conveniencia –en términos de eficacia- de carecer de hoja de ruta de diseño propio; y, segundo, por la comprobación de cierta ruptura al interior del conglomerado corporativo –que se verifica en el acuerdo del Gobierno con Techint-, implicaría: a) que existe, ya, buen grado de instalación –llamémosle “social”- del sentido de ciertos componentes de gestión impresos en el relato K; y, b) avance estratégico, por fin, de la política partidaria en el combate de posiciones por la conducción de la agenda de la gestión del Estado.”.

Una nota que firma Francisco Olivera hoy en La Nación pone de manifiesto el temor de ciertos sectores empresariales (sí que cada vez más marginales) al respecto de lo citado en el párrafo anterior. Luego de apelar al ya gastado “chavismo” que se vendría, menciona diputados del FAP de Binner que podrían ingresar al Congreso y, una vez en él, coincidir con una buena cantidad de iniciativas kirchneristas que se inscribiesen en clave de aumento de las capacidades del Estado. Cuando leo a Brienza el 16 de agosto pasado escribir que el “margen de acumulación política le permitirá a la Presidenta ponerse no sólo por encima de los demás políticos sino también, en términos simbólicos, como la personificación misma del Estado. Es decir, esa voluntad general funcionará como poderoso equilibrador entre los distintos intereses de la sociedad.”, tampoco puedo dejar de coincidir. Pero no sólo por Cristina.

Mi humilde lectura de lo que ha venido siendo la estrategia de posicionamiento de Binner, antes y después del 14 de agosto, es la de un tipo que busca, a su modo, algún tipo de relativa autonomía y margen de acción respecto del establishment empresarial. Y entonces veo un principio de posibilidad de que se conformen las bases y condiciones de que sea posible encarar algún tipo de Moncloa. Nacional y popular, simplificando para que se entienda. Vamos a la consolidación de una nueva idea en la forma de gestionar el Estado. En efecto, existen al interior del FAP elementos que podrían eventualmente acompañar iniciativas tales como la reforma a la Ley de Entidades Financieras.

Binner ha sido, en toda su trayectoria, bastante más ambiguo, combinando al tipo que tejió fortísimos lazos en Santa Fe con la Sociedad Rural anti Plasma pero que también instó al PS a acompañar varias de las leyes emblemáticas que tuvieron iniciativa en el kirchnerismo, en el caso de la Ley de Medios porque, insisto, le faltaba, a él también en Santa Fe, esa herramienta de autonomía. Y el que en campaña no atacó mucho del modelo nacional y popular que conduce la Presidenta, quizás porque olía lo que terminó pasando el 14 de agosto pasado.

Hoy Edgardo Mocca dice en Página 12 que el voto, “además de reflejar, crea”. Y el escenario va, tras las PASO, andando, y los protagonistas actuando atento las particularidades que surgen de lo que expresó el soberano –que mira Tinelli-. Y a partir de varias de las cosas que vengo diciendo en el presente me parece que es que deben pensarse, por ejemplo, las apelaciones al temor republicano lanzadas por Ernesto Sanz, que obviamente actuó tras recoger que las primeras advertencias en tal sentido fueron, como no podía haber sido de otro manera, primero lanzadas desde los editoriales del establishment. Esa pertinaz costumbre radical de no practicar la autocrítica e insistir en actuar el mandato táctico y estratégico que les es bajado.

Atendiendo la característica de una derrota que nace de las entrañas mismas de la sociedad la apuesta es, ahora, a la sabia definición que le leí alguna vez a Omix, el empate conservador que permita al menos evitar la afectación a sus intereses sectoriales, si no a seguir escalando los mismos. Si de algo estaría dotada la decisión del 14 de agosto, de repetirse el 23 de octubre, es de republicanismo. De democracia. De institucionalidad. El llamado “gobierno unificado” es, además de una posibilidad constitucional, una situación deseable por la mayoría de la doctrina en la politología. Enseña Gianfranco Pasquino en su libro Los poderes de los jefes de Gobierno, que aún en los sistemas de tipo parlamentario el origen de las leyes sancionadas se sitúa en el Poder Ejecutivo en porcentajes superiores al 80%.

En Argentina se vive, desde 2009, el peor período, en términos de efectividad, del Congreso, situación originada no en otra cosa que la obcecación del Grupo A en no aceptar que nuestro diseño institucional dispone que el procedimiento de sanción de leyes pide el acuerdo del presidente de la Nación con ellas. Ahí está el empate al que aspiran poder jugar las corporaciones en aras de, por lo menos, frenar el proceso de cambios que se vive en el país desde 2003.

Después podemos discutir las iniciativas –la totalidad de las cuales practicaban la tergiversación del sistema presidencialista que diseña nuestra CN, en tanto se intentaron iniciativas de gestión o alteración de pautas de financiamiento del Estado en el Congreso- o la vergonzosa situación de que se privó al país de Presupuesto nacional por primera vez desde Illia hasta estos tiempos -más aún, se presentaron otros proyectos de Ley de Leyes por parte de la oposición, algo no permitido constitucionalmente-. La esencia de todas, está claro y dimos sobrada lata el año pasado con esto, era justamente ir para atrás con el proceso de reasunción, por parte de los gobiernos democráticos, de la conducción de la agenda de Estado.

En cualquier caso, lo que queda claro, es que hay una dirigencia opositora mayormente títere (también porque otra no le queda: nadie querría arriesgarse con ellas atento las pobres perspectivas que tienen de cara al 23 de octubre si no fuera porque serán la herramienta táctica de los deseos del establishment), y que en esa situación –así como también en las declaraciones elitistas de Biolcati y su reconocimiento de que las patronales que conduce SRA nunca protestaron por necesidad, sino por la angurria de quedársela toda- queda expuesta brutalmente la confrontación de modelos de país que es el terreno sobre el que deben darse las discusiones de intereses sociales que envolverán la previa del partido grande, que se viene. Y ésa no es sino la de poner al Estado como herramienta al servicio de la pelea por reposicionar a los sectores más postergados de la sociedad.

Entre todo eso, se cuela la precaria operación montada, también mediáticamente, en torno del retiro de Hugo Moyano de la secretaría general de CGT –presuntamente (notas de fuentes nulas, como es regla) promovido por el Gobierno, en lo que participaron gerentes varios que entregaron de pies y cabeza a sus compañeros en los noventa-, para sembrar calamidades al interior de la coalición oficialista, que por supuesto incluye al Movimiento Obrero Organizado, hoy conducido por Hugo Moyano. Al tiempo, asimismo, que golpearía duro en una sociedad que es la cara visible del éxito de una de las herramientas institucionales (y política de Estado, además) pro sector Trabajo que más tuvo que ver en la mejora de los indices sociales en Argentina desde 2003, como lo son las partidarias y el Consejo del Salario Mínimo. El cisne negro (una hipotética fractura Cristina-Moyano) al que apelan para intentar que Cristina baje dramáticamente su impresionante intención de voto.

El tema está en que el nuevo clima social no parece muy dispuesto a ir detrás de las expresiones de deseos que dejan ver las expresiones de deseo antioficialistas que se oyen desde acaecidas las PASO.

viernes, 19 de agosto de 2011

La pésima estrategia de la UCR

Uno observa la mesa de conducción del PJ nacional. Daniel Scioli es vicepresidente 1º, a cargo, interinamente, de la presidencia (por motivos ya conocidos). Es el gobernador de la provincia de Buenos Aires desde 2007, con buenas perspectivas de reelección. Hugo Moyano es el vice 2º, expresando, en el poder del partido, la participación que en él siempre tuvo el Movimiento Obrero Organizado. Completan Jorge Capitanich, Sergio Urribarri y Beatriz Rojkés de Alperovich. Gobernadores de Chaco y Entre Ríos, respectivamente, los dos primeros -también desde 2007, e igual que Scioli, ambos con buenas chances de repetir en octubre-; senadora nacional y esposa del gobernador Alperovich (ambos por Tucumán: Alperovich irá por su tercer mandato, consecutivo, en octubre).

La candidatura presidencial del partido está en manos de la actual presidenta, CFK, líder -ahora- única e indiscutida de la alianza de poder sobre la que se ha asentado el PJ desde 2003, en ausencia de cuya persona dicho conglomerado -heterogéneo, contradictorio- perdería su elemento aglutinante y requeriría de ser repensado. El candidato a vicepresidente, Amado Boudou, por su parte, es el actual ministro de Economía, hombre bien de la conducción pero que, al mismo tiempo, dialoga bien con prácticamente todos los sectores del frente electoral que lidera el peronismo -MOO, organismos de DDHH, La Cámpora, colectivos sociales varios; que, por otro lado, también han recibido espacios: en el Estado, en las listas de candidatos y en el partido-.

Es decir, los espacios de poder están (más, menos; mejor, peor), todos, lo suficientemente representados, expresados.

En el último número de Le Monde Diplomatique, en una nota -firmada por Andrés Malamud- se sostiene que lo que se ha dado en conocer como "la crisis de la UCR", tema recurrente de análisis -de vuelta, y mucho, por estos días- de los editorialistas de medios porteños, no tiene, necesariamente, un correlato tan dramático a nivel provincial. El radicalismo conservó, aún en 2003, gobernaciones, intendencias, poder territorial, en definitiva. Despliegue estructural a lo largo y a lo ancho del territorio nacional. Bien que este parece estar, ahora sí, disminuyendo. Pero no existe, por el momento, una fuerza alternativa al PJ, de carácter nacional, que haya podido reemplazar a la UCR, en lo que hace a armado nacional.

Ahora bien, ¿quiénes conducen la UCR y definen sus estrategias -o, al menos, son sus caras visibles- a nivel nacional; y quiénes sus candidatos? Gerardo Morales, experto en derrotas jujeñas, incapaz político e intelectual absoluto, condujo el choque del Grupo A en el Senado, haciéndolo perder la mayoría; Ernesto Sanz, senador mendocino, símil Morales; Ricardo Gil Lavedra, ex juez del juicio a las juntas militares del Proceso; Oscar Aguad, ídem a Morales pero en Córdoba; Silvana Giúdice, representante de Clarín en el partido. Algo se ha corregido (o, al menos, me da esa sensación) con el retorno a la conducción nacional de Ángel Rozas, lo más parecido a un tipo que conduce un territorio, Chaco, en la UCR.

Las candidaturas a presidente y vice las ocupan El Hijo de Alfonsín, que recién en 2009 se hizo conocido, a partir de su llegada al Congreso como diputado nacional –primer cargo de mediana relevancia que ocupa en su vida segundo, detrás de la candidatura de Margarita Stolbizer, elección en la cual finalizaron terceros, lejos de la pelea principal-; y Javier González Fraga, que representa, al interior del partido, a... bueno...

A mí, conociendo poco y mirando de afuera la interna radical, me da la impresión que existe una ausencia de correlato entre lo que son las estructuras de poder -que, insisto, las hay, y bastante fuertes- del partido en las distintas geografías del país, y las expresiones del partido, en candidaturas y cargos, a nivel nacional.

Digo, para que esas estructuras se pongan en funcionamiento se me ocurre que deberían ser mejor representadas en los espacios de poder nacionales. El reflejo de la correlación de fuerzas debería ser otro. Por ahí, y no por la apelación -facilista y carente de autocrítica- a "La Kaja", debería pensarse lo que fue el fenómeno del radicalismo K. Y también, lo que las elecciones provinciales que se desarrollaron a lo largo de este año, antes del 14 de agosto último, preanunciaron: que la UCR se está, ahora, debilitando, también, a nivel provincial (perdió una de las gobernaciones que todavía ostentaba, Catamarca; y en el resto apenas si arañó terceros puestos).

A Mario Barletta, intendente radical de la capital santafesina, jamás se le pasó por la cabeza liderar, en su provincia, una ruptura del espacio que comparte con el PS -el Frente Cívico-, que gobierna la provincia desde 2003. ¿Qué le ofrece de más, en términos de poder institucional, Gerardo Morales? Apostó a lo seguro, a pesar de que Binner, a nivel nacional, le dio la espalda a El Hijo de Alfonsín, que todavía lo espera como al príncipe azul.

Nótese lo ridículo: se pretendía que el gobernador, exitoso (no en mi opinión, sino según el "consenso"), de una de las cinco provincias más grandes del país (líder indiscutido y hegemónico de su partido, además) fuera el segundo de un tipo que apenas hace dos años es diputado nacional y que al interior de su partido es cualquier cosa menos líder de corriente alguna. ¿Por qué Binner debería haber sido el segundo de ese hipotético binomio, aparte de las otras razones que, en términos de conservación de sus propias posiciones de privilegio, lo llevaron a no acordar con los herederos de Yrigoyen (más bien, habría que decir de Alvear, pero para que se entienda).

Por si todo lo anterior fuese poco, subordinaron la continuidad sus hombres en el interior de PBA a una alianza inexplicable con Francisco De Narváez. Para la cual, convenientemente, se encargaron de que nadie pudiera expresarse en contrario suspendiendo la posibilidad de expresarse de la Convención Nacional partidaria. Con diálogo y consenso, claro.

Digo, ¿quedo muy ridículo si digo que Mario Barletta -por poner un ejemplo- hubiera sido, de lejos, mejor candidato presidencial que El Hijo de Alfonsín? No sólo en cuanto a que ha gobernado. Algo, al menos. Y expresa poder. Que poder, en política, es territorialismo, estructura. Que El Hijo de Alfonsín no tiene ninguna más allá del beneplácito con que se lo trata en los estudios de TV porteña opositora. Los resultados están a la vista: reflejan, sencillamente -a mi criterio-, lo que fue una pésima estrategia electoral.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Un nuevo sentido, un nuevo mensaje

En los posts que escribí la semana pasada intenté machacar sobre un mismo concepto que fuera de eje de todos ellos: ha crecido, en la sociedad, en los últimos años, la aprobación respecto del recupero –primero- y el crecimiento –más tarde- de las capacidades estatales de incidir en la regulación de la vida socio económica de la Nación.

No sólo yo, ya por 2009, en una columna que firmó para La Nación, Mariano Grondona decía: “ya casi no se discute ‘si’ al Estado le está permitido intervenir en estos temas sino ‘cómo’ le convendría hacerlo (…) la "cultura estatista" que se ha instalado entre nosotros. (…) Es como si los argentinos no concibiéramos ya que hay ciertos temas en los cuales no corresponde, sencillamente, que se meta el Estado”. Claro que Grondona le da otra interpretación al asunto, diametralmente opuesta, por supuesto, a la mía.

Me pregunté, también, qué actitud tomaría la oposición en cuanto a sus tácticas y estrategias de acción política si Cristina Fernández lograba –adaptándonos a lo que se votó el domingo- posicionarse con serias chances de convertirse en la primera persona consagrada en la presidencia sin el concurso de los poderes fácticos, hoy nucleados dominantemente en AEA y hablados a través de Clarín.

Y que, si ello ocurría; es decir, el avance en el combate de posiciones por la conducción de la agenda de la gestión del Estado entre el proyecto que engrosó la capacidad de la política a tal fin, había que observar qué tipo de actitud tomarían las representaciones políticas no kirchneristas atento la nueva convicción social a este último respecto; y, también, al fracaso al que serían conducidos si no corregían en la conducción, precisamente por no haber tomado nota de los nuevos datos mencionados.

Hernán Brienza dice que es la primera vez, desde Perón, que un político “acumula tanto poder como para lograr imponer un pacto social y político a los grupos de presión de la sociedad argentina”, que “la convierte en la única personalidad política que tiene una relación personal y afectiva con el electorado” y que “margen de acumulación política le permitirá a la presidenta ponerse no sólo por encima de los demás políticos sino también, en términos simbólicos, como la personificación misma del Estado”.

El lunes yo apuntaba que la magnitud del triunfo “plancha” la discusión por la sucesión 2015 al interior del PJ –que, por increíble que resulte, hasta que el domingo se cerraron los comicios, existía-.

El domingo se votó, a mi criterio, por el Estado presente, activo, que pelea por decidir qué y cómo se hace. Y sobre todo, quién debe pagarlo: como no es el electorado el elegido por el kirchnerismo para cargar con los costos de la ampliación de ese Estado que cada vez llega más y, sobre todo, mejor. El kirchnerismo es el que más cabalmente representó esa opción –por no decir el único-.

E íntimamente ligado a lo anterior, debe anotarse la capacidad de CFK de presentarse como mujer de Estado, que, a la vez, logró enhebrar un relato capaz de interpelar transversal o verticalmente a la pirámide social, logrando lo necesario a los fines de concitar mayorías: tarea, esa, que, como dijera el presidente del INTI, Enrique Martínez, requiere de “demostrar a la clase media que gana con el bienestar del otro, que ese cambio no se hace a expensas de ella. No sólo gana porque desde una óptica conservadora mejorarían sus condiciones de seguridad. Gana también porque más compatriotas con algo por lo que vivir generan más oportunidades de trabajo, de construcción colectiva, que inevitablemente llevan un beneficio a quienes están dentro del sistema, sea produciendo o sea brindando servicios”.

Decíamos, la semana pasada: “lo que debe venir es la institucionalización de los cambios. Ya no sólo generar leyes, sino galvanizar estructuras” que vayan desparramándose a lo largo y a lo ancho del territorio, consolidando en concreto la particularización de las grandes líneas del modelo interpelando las necesidades de una sociedad que, creciendo, se complejiza.

El temor corporativo, esto es, la consolidación institucional del nuevo sentido de Estado, parece que guiará las estrategias de segundos y terceros de acá en más –no así de Binner, bastante desenganchado, pre y post comicio, de la conducción clarinista de AEA (sencillamente porque sabe, Binner, lo que le conviene), lo que lo ayudó a superar sus propias expectativas-. En ello se basa el llamado a “parlamentarizar” el voto de octubre.

Se trata, para las corporaciones del establishment, de conservar –como dijera Omix, “juegan al empate”, que consolide sus posiciones de privilegio- el escenario de deplorable funcionamiento del Congreso ’09-’11, paralizado por exclusiva culpa de la tergiversación institucional que intentó e Grupo A del sistema presidencialista, pretendiendo que no importan ni la primera minoría parlamentaria ni la opinión presidencial –cuyo concurso es imprescindible a la hora de la sanción de una ley-.

A estas horas, entonces, surgen como datos alentadores tanto el fin de la sobrerrepresentación de que gozaba una formación política de actitud irresponsable como lo es la Coalición Cívica –artífices de que el país viva este año en la vergonzosa carencia de presupuesto; guiados, a esos fines, por su falta de compromiso con la territorialidad y la administración de algún lugar-, como la conformación de un nuevo bloque parlamentario como lo es el del Frente Progresista, que por el antecedente de haber escapado varias veces de las lógicas mediáticas y por tener en su haber la necesidad de garantizar, por ejemplo, la gobernabilidad de un Bonfatti altamente comprometido en Santa Fe, augura una dinámica parlamentaria –atento, también, a que dicen tener varios puntos de acuerdo con el kirchnerismo- más sana.

De cara al 23/10/11, el mensaje –la campaña, como dice Aníbal, es la gestión- debe ser que si se votó a favor de la nueva concepción de gestión de Estado traída por el kirchnerismo, es necesario (a los fines de consolidarla, quitándola de la inestabilidad que le provocaría el ir y venir de la discusión política coyuntural) dejarla impresa sobre bases legales firmes, que no vendrán si no es de la mano de una mayoría parlamentaria comprometida menos con la angurria corporativa, que con el sentido de la última votación.

lunes, 15 de agosto de 2011

Falta un PASO, todavía

No hay mucho para decir, en verdad, de una elección que, aparte de no contar con antecedentes a cuyo respecto como para efectuar conclusiones a partir de algún estudio comparativo, realmente no define, todavía, nada. Sí permite avizorar algunas cuestiones de cara a octubre siendo que, en verdad, ninguna fuerza dirimió candidaturas.

Se está comentando que ni los más optimistas de los guarismos permitían soñar con una Cristina juntando más de la mitad de los votos, y eso es cierto: por el número en sí, el 50, que asombra; y no por la enorme distancia que marcó, mas previsible, eso sí, respecto de sus competidores más encumbrados.

Máxime, todo ello, si se tiene en cuenta el dato de que se edificó, tan impresionante triunfo, a partir de desempeños notables incluso en distritos en los que en tres de los cuatro últimos domingos electorales había tenido más para llorar que para reír (Capital I y II, Santa Fe para el sollozo, donde los candidatos del FPV mordieron el polvo, mal; control de daños, apenas, en Córdoba a partir de la victoria de De La Sota), situación a partir de la cual desde las tropas opositoras se intentó instalar un clima de duda al respecto de la posibilidad de una Presidenta triunfante en las PASO, que tenía más de voluntarismo que otra cosa.

Cuando Artemio López dijo, con motivo de analizar una encuesta difundida por el equipo de El Hijo de Alfonsín que la daba a CFK primera en Capital, que CFK podía llegar al 50%, nadie, ni uno mismo, lo creyó posible. Otras señales, como que pese a las derrotas señaladas los FPV locales crecían a pesar de carencias varias o dificultades de implementación y campaña, loa ya harto repetidamente señalado respecto de la desconexión entre las lógicas locales y nacionales, iban en el mismo sentido.

Poliarquía no dio a conocer su último sondeo previo porque, dicen, ya marcaba, ese, un 48% de intención de voto para CFK. Nuevamente la han pegado, si así hubiese sido. Ya hace un mes la misma consultora había cantado 53% de perspectiva para Scioli en PBA, y desde acá nos permitimos razonar que Cristina obtendría algo similar allí, y terminó siendo mayor aún que eso.

Cristina ganó allí donde sus hombres no pudieron hacerlo en elecciones locales, en los “grandes centros urbanos”, en las “ciudades agropecuarias” aún tras cuatro años de gestión signados dominantemente por el conflicto de la 125 con las patronales de exportación primaria sin valor agregado. Todo un mérito que habla de que su gestión está siendo evaluada como exitosa. El apoyo habla de acompañamiento social para con una idea de Estado, consenso del cual ya hablamos acá la semana pasada.

Argentina es un país complejo, definitivamente. El voto cruzado lo comprueba. Hay la reconfiguración de un entramado socioeconómico cuyas dificultades de abordaje van in crescendo. Otro tanto para la composición del voto al FPV de ayer, que recorre disímiles franjas sociales, etáreas, ideológicas –por supuesto-, e insisto, territoriales.

Decía la semana pasada, que el kirchnerismo se apoya en una serie amplia de medidas de gestión, específicas según el tramo al que desea atender/convocar, cuya reivindicación está enlazada, toda, siempre en un mismo reivindicatorio, un relato a partir del cual estructura, el kirchnerismo, su presentación en sociedad y su estrategia como oferta electoral, que sea capaz de representar a todos los beneficiarios de la gestión. Populismo, que le llaman.

“La gente” ha decidido confiarle una gestión que necesariamente deberá interpelar especificidades que, las más de las veces, parecerán suplementarias, al proyecto político que más apto ha demostrado estar para ello, como se desprende de sus antecedentes y arengas. Ahí está Cristina anunciando hoy como la protección de tierras hace a la defensa de la soberanía ante las dificultades con que nos interpelará la crisis mundial de capitales especulativos.

Desafío, ése, a la altura del cual no estuvieron las opciones perdedoras de los FPV locales en distintas provincias. Hubo, vemos ahora, también, “manta corta”: el kirchnerismo puso la mejor carne en la parrilla nacional; y quizás no tanto en las de las provincias, ejemplo de lo cual da la candidatura a diputado de Omar Perotti, triunfadora con casi idéntico porcentaje al que obtuvo CFK en Santa Fe; a contrario sensu de ‘la’ oposición.

‘La’ oposición paga, a excepción de Hermes Binner, el precio, altísimo de haber entregado su soberanía táctica/estratégica allende las fronteras de sus propias estructuras partidarias –en especial, la UCR-, lo que se tradujo en un defecto de representatividad y de expresión de sus armados territoriales de muy grueso calibre. Que la “capacidad de daño” de los grandes grupos infocomunicacionales es, como está quedando comprobado, menor a la que uno creía, es una cosa; otra, muy distinta, es la comandancia que, respecto de los candidatos opositores, se ejerció desde las vocerías del empresariado dominante –el nucleado en AEA-, de la agenda por lo menos. Y no puede ni debe ser.

Los resultados que obtuvieron, a la vista está, son magros. Por lo demás, hoy los tratan poco menos que de una mezcla entre inútiles e imbéciles, cual si no hubieran, los medios, tenido nada que ver en el resultado, cual si no se hubiesen involucrado más allá de sus tareas específicamente profesionales, situación que uno no entiende como aún no ha provocado una rebeldía y posterior ruptura entre oposiciones, formal y fáctica.

En las elecciones más competitivas en la historia de la democracia recuperada en 1983, tras ocho años de gestión con altísimo nivel de voltaje y exposición conflictiva, el kirchnerismo ha hecho la que por lejos es la mejor elección de su historia, no sólo a nivel nacional. Esto es, simplemente, el punto de partida de cara al partido grande, que se disputará el día 23 de octubre.

Atento a ello, CFK ha ganado en tranquilidad al interior de otra complejidad, como lo es el de la heterogénea estructura del kirchnerismo, vertebrada dominantemente por el PJ, pero que contempla, además, al Movimiento Obrero, los organismos de DDHH, colectivos sociales de diversas reivindicaciones y cuyas reivindicatorias son de larga data, la juventud. Cada uno de ellos tiene para decir que el kirchnerismo le ha militado alguna causa; para cada uno de ellos hubo convocatoria (“La fuerza de…”); todos ellos pueden sentirse expresados en una fórmula presidencial estructurada a partir de dos personas capaces de tallar en diversos ámbitos, como lo son la Presidenta y Boudou. Una identidad originaria profundamente peronista de Perón y Evita, sí, pero también muy capaz de ensanchar la cancha con alianzas hacia ambos wines.

Una Cristina capaz -por ella misma, no así de transmitir sus cualidades a sus discípulos- de pelear en popularidad a los dirigentes peronistas no kirchneristas más posicionados de cara a la disputa por la sucesión que conviene “planchar” –y que, por lo visto, será aplazada- lo más posible, ya que es una ridiculez estar siquiera imaginando eso cuando todavía no se ha decidido quien comandará el período 2011-2015 –y que sólo ha sido posible a partir de la desesperación de Clarín (no sólo, pero predominantemente) por impedir un triunfo de Cristina en octubre-.

Permite, al kirchnerismo, además, reclamar al PJ mayor organicidad de cara a octubre. Por caso en Córdoba, allí donde la opción presidencial del FPV ganó por primera vez desde 2003, y cuya lista de pre candidatos a diputados nacionales goleó a la que sponsoreó el hace una semana triunfante De La Sota, a quien el resultado de cuya apuesta a no comprometerse con ninguno de los candidatos del peronismo le marcará, sin dudas, un camino de acá a setenta días.

Como punto de partida, si nos tomamos de lo que las tribunas opositoras vociferaban que era el objetivo gubernamental -esto es, superar el 40%, con altísima participación ciudadana, a pesar de la bajada de precio que intentaron, quizás precavidos del dato confirmado con la apertura de la urnas, los medios opositores-, es magnífico.

A partir de mañana, con todo, hay que remar, nuevamente, cual si se hubiera obtenido el mínimo necesario 1,5%, persistiendo en la tan sana voluntad de convocar mayorías, tan peronista, ella; pero que no se vislumbró tan clara en aquel tortuoso julio, que por suerte ya quedó atrás, claro que no (solamente) por mera inercia del calendario, dato, este último, no menor, por cierto.

sábado, 13 de agosto de 2011

Recopa I de II. Bien, pero...

Mohamed muy inteligente. Se equivoca, claro, como todos. El tema es que los errores que comete son, quizás, los que más sufre el futbolista: cambia demasiado de esquema, y, por ende, muchas veces también de nombres. No privilegia, entonces, Turco, la estabilidad. Aclarado, ya, ese primer concepto, déjelo ahora de lado, estimado lector/a, siquiera por un momento, hasta que termine el post. No para derribarlo, sino porque, en la tarea de analizar lo que fue el desempeño de Independiente en la primera final de la Recopa, conviene apuntar algunos matices.

Mohamed necesitaba, imperiosamente, esta vez sí, efectuar unos cuantos cambios. Por sendas lesiones de sus anchos, de espada y de bastos: eso son, para la actualidad del segundo grande del fútbol argentino, Patricio Rodríguez y Parra. Con el agravante, en el caso de Pato, que el equipo descansa –excesivamente- en la descarga hacia él, por las propias características del juego del hoy 10, capaz de imprimir saludables dosis de explosión y velocidad al ataque, cosa que, en este Independiente, depende casi exclusivamente de él.

En ese entendimiento, Mohamed debía, no sólo readecuar táctica, cuanto que también estrategia. A ello -la necesidad de repensar el cómo del ataque-, intuyo, respondió la presencia de Iván Pérez en el once inicial, quien compartió trío con Fredes y Pellerano, en un mediocampo de estructura táctica muy similar a la del Barcelona de Pep Guardiola: un pivot de eje bien marcado con dos mediocampistas no-rayeros y con predisposición al diálogo en corto por delante de él.

Independiente intentó –y durante la mayor parte del duelo lo logró- hacer muchos pases laterales, pararse firme en campo rival para crecer a partir de la tenencia y la confianza, cosa, esta última, que necesitaba para paliar el efecto psicológico que provocan las ausencias de piezas importantes del armado. Se paró con actitud de finalista, con prepotencia bien entendida de local. En lo que hace, entonces, a aquello que Marcelo Bielsa siempre dijo que no negociaba con el jugador –esto es, voluntad, esfuerzo, tenacidad, garra, ganas de ganar-, nada para reprochar.

Ocurre que ese buen amasar requiere, luego, de la explosión que, probado está después de lo observado el pasado miércoles, sólo aporta Pato hoy día. Defederico no es ni la sombra del que fue en el Huracán versión ’09 de Ángel Cappa, que es por lo que Independiente lo fue a rescatar de su ostracismo en Brasil, que ahora se entiende mejor: cero compromiso con el juego, carente de actitud y aptitud para erigirse en armador (tarea que está asumiendo un Fredes que se desvive, pues también le caben obligaciones –y muchas- en la recuperación). Ni siquiera tirar la pelota para adelante y salir a correrla cual carrilero cualunque. Ni hablar de rematar de media/larga distancia, pisar el área o habilitar a un compañero. Uno menos.

Otra decisión inteligente fue la de ubicar a Marco Pérez entre los dos centrales. La orden para el colombiano fue la jugar de espaldas cuando el juego venía por abajo y picar en diagonal hacia fuera cuando le lanzaran el bochazo. Lo hizo bien, en una tarea que exigía pulmón, a la vez que dejaba poco margen al lucimiento personal. Pero a esa idea, inteligente, le faltaba que aportasen algo vital sus compañeros: los espacios que generaba el desacomodo que generaba Marco a la defensa brasilera con sus piques que sacaban defensores del área debían ser llenados por los cuatro pasadores que colocó Mohamed por detrás del único punta –a los mencionados Fredes, Pérez y Defederico, hay que sumar a Núñez-. Prueba de todo esto es que los goles poco tuvieron que ver con todo lo agradable que en buena medida produjo el equipo.

La apuesta en ofensiva, era, entonces, dos pasadores repartiéndose el sector central más un hombre a cada costado, todos ellos por detrás de Marco Pérez. Núñez ocupó el sector, no la función, de Rodríguez. Demuestra saber jugar, costó el entendimiento con los otros hombres de ese sector (Maxi Velázquez e Iván Pérez), porque al plan le faltó rodaje. Leonel cumplió, haciendo jugar y generando mucho peligro al rival a partir de su estupenda y violenta pegada que siempre hiere, pero su ubicación tan hacia el costado le quitó la referencia del arco rival, al que mucho daño le puede hacer a partir de sus cañonazos.

El equipo apuesta a progresar a partir del pase. Eso es sano. Le falta profundidad y explosión; sufre a la hora del recambio, patea poco al arco –endemia del fútbol argentino, en realidad-. Y eso preocupa. Por demás, y esto será una campaña de mi parte, así sea solitaria, Independiente no puede, en esta coyuntura, darse el lujo de desperdiciar a un jugador como Walter Busse. Volvamos.

Dejamos para el final la defensa. Hilario tuvo un partido preocupante. Que pase por ser excepción en su caso. Tuzzio –que volvió a cambiar de posición- y Julián Velázquez –que tiene nivel de selección- descollaron, como no tienen acostumbrados. Milito alternó buenas y malas, más de las segundas, lógicas en un tipo que hace por lo menos dos años que no juega veinte partidos de corrido. Un par de buenos anticipos, que denotan jerarquía de crack, pero también falta de distancia –se notó cuando no salió a cubrir al brasilero que lo desbordó para tirar el centro del gol de Inter-, de roce, en algunas quedó pagando con situaciones ridículas.

Pellerano combina al tipo que tiene pose, tranco y toque señorial con el otro que, increíblemente –porque se trata de la misma persona-, parece necesitar de una autorización administrativa para que le permitan movilizar sus piernas para efectuar un quite. Maxi Velázquez alterna buenas y muy malas. Torpe para jugar, voluntarista y entusiasta, desatento. En el primer gol se vio su falta de concepto. El gol de Inter, esos cinco pa’l peso que siempre le faltan al Rojo, porque lo cierto es que fue de los puntos más altos del equipo.

Habrá mucho para bordar y tejer de cara a la revancha. Hay material: poco, es cierto, no abunda y hasta hay goteras y filtraciones. La parada en Brasil va a ser bravísima. Convendría, pues, trabajar sobre los defectos observados, que no son tantos, pero que sí pueden acumularse si otra vez se quiere arrancar de cero. Lo psicológico juega: hay que entrar convencidos de que, al momento de pitido inicial, se está obteniendo el trofeo. ¡A por ellos!



Puntajes. 1- Hilario Navarro (4); 6- TUZZIO (9), 2- Julián Velázquez (8,5), 18- Gabriel Milito (5,5), 3- Maximiliano Velázquez (5,5); 8- Hernán Fredes (7), 7- Cristian Pellerano (5), 22- Iván Pérez (4,5); 20- Matías Defederico (3), 9- Leonel Núñez (6,5); 19- Marco Pérez (6,5). Ingresaron: 16- Nicolás Cabrera (4), 24- Brian Nieva (6), 11- Osmar Ferreyra (-).

viernes, 12 de agosto de 2011

Sobre el filo de la veda

Omix, en este post, teoriza –y yo concuerdo con eso- que el establishment juega, si no a hacerlo retroceder, al menos a que no siga avanzando el sector del trabajo. El empate conservador, que fije estructuras. De desigualdad.

En 2009, el gobierno de la presidenta CFK quedó en minoría en el Congreso, por la conformación –obstructiva- del Grupo A. Ello le puso un freno a “gestas”, entendiendo por ello a, por ejemplo, la recuperación de los fondos previsionales.

Prueba de lo antedicho es que las decisiones más radicales en términos de alteración de los patrones de distribución de riqueza (AUH, pago de vencimientos de deuda externa con reservas del BCRA, ingreso al directorio de empresas privadas de gerentes designados por el Estado, a partir del fin de las AFJP), se concretizaron a través de sendos DNU (que, obviamente, estuvieron siempre enmarcados en operativizar el postulado de alguna ley preexistente).

Algo similar al despliegue, durante ’09, de planes anticrisis tales como el REPRO cuando recién afloraba el desplome del neoliberalismo, que aún no se detiene; que evitaron –los REPRO- lo que pudo haber sido una grave crisis de empleo –que está, hoy, en su mejor situación desde 1995, habiendo descendido, el índice de desocupación, al 7,5%-.

El Gobierno está, al día de hoy, dotado con buenas armas de las que valerse para avanzar en la interpelación al actual estado de las estructuras de riqueza en Argentina (bien es cierto que no de todas las que uno desearía que tuviera). Súmese a todo esto el aporte a la institucionalidad y la estabilidad de la esencia cultural distributiva que significan las paritarias y el consejo del salario mínimo, vital y móvil.

En lo que hace al ámbito parlamentario, está por verse si recupera –el kirchnerismo, si gana- mayorías propias. No obstante ello, si CFK logra ser la primera persona que accede a la presidencia sin beneplácito corporativo desde 1983, lo que también estará por verse será la actitud de ciertos espacios partidarios (no todos; prima facie, al menos): esto sería, si readecuan, o no, su estrategia de insistir en actuar la agenda corporativa, comprobado que esté –insisto: esto, si llega a vencer Cristina-, primero, la poca conveniencia –en términos de eficacia- de carecer de hoja de ruta de diseño propio; y, segundo, por la comprobación de cierta ruptura al interior del conglomerado corporativo –que se verifica en el acuerdo del Gobierno con Techint-, implicaría:

a) que existe, ya, buen grado de instalación –llamémosle “social”- del sentido de ciertos componentes de gestión impresos en el relato K; y, b) avance estratégico, por fin, de la política partidaria en el combate de posiciones por la conducción de la agenda de la gestión del Estado.

¿Victoria cultural? No sé. Y no me importa mucho, tampoco. En definitiva es, esto sí, conducción populista, que hace, como pedía Brienza en la cita evocada en el post anterior, coincidir supuestos antagonismos en un proyecto común de satisfacción de metas en apariencia suplementarias. Por lo demás, no vale la pena preocuparse en establecer el momento de una victoria, sino en andar constantemente en la búsqueda de ella como meta. Permite revitalizar constantemente a la militancia, un proyecto político no sirve si no vende un futuro venturoso, cosa que se complica si se instala que ya se ha arribado a él.

Quedará ver si las representaciones políticas no kirchneristas comparten, en esencia, las banderas que CFK pidió sostener transversalmente, dado el éxito que han conocido, y que ciertos indicios, no del todo receptados todavía en el escenario político-institucional, pero que, por lo bajo, empieza a verse que quiere caminar.

Por todo esto, que tiene menos que ver con lo que hay en el debe, que con lo que se cuenta en el haber, y de nuevo con la venta de ilusiones, es que vale la pena pedir, para este próximo domingo, Cristina-Boudou/Scioli-Mariotto.

jueves, 11 de agosto de 2011

Cierre de campaña PASO

Amado Boudou es un entusiasta. Como esos jugadores de fútbol que saben que no las tienen todas consigo, pero, igualmente, da todo de sí. Y es positivo para el grupo porque genera buen clima hacia adentro. Complementario, de los que siempre debe haber en un plantel. Es esquemático porque sabe que no está, todavía, para dejar volar las palomas.

Ayer, apeló a una frase eje, a partir de la cual estructuró toda su arenga de cierre de campaña. Sabe que será así como logrará desplegar mejor lo que tiene. “¿Saben por qué podemos ir a pedir el voto, nosotros? Porque…”, y enumeraba el rosario de logros del proyecto nacional y popular desde que fue inaugurado un 25 de mayo de 2003 por Néstor Kirchner. Eso le permitió, además, hilvanar pasado, presente y futuro; repaso de triunfos, reconocimiento de deudas y promesas de campaña. Boudou aprende. Más rápido, quizás, de lo que se haya visto aprender a otros que, históricamente hablando, tenían más millaje militante. Su palabra evoca el deseo de convertirse en cuadro, las características de su discurso a eso apuntan.

Es inteligente. No por nada tiene vínculos aceitados que se comprueban de verlo interrelacionarse con el resto de la peonada K. Se lleva con el Movimiento Obrero, con La Cámpora, los gobernadores, los “barones del Conurbano”. Eso indica que ha sabido combinar la gestión del Estado con construcción de poder político. Nada menos. Suficiente como para aventar las dudas que la decisión de CFK de designarlo su acompañante me había generado.

Cristina… es Cristina. ¿Qué se va a enumerar de ella que no se conozca, ya, de ella? No varió, más allá de ciertas muy buenas apelaciones a “abrir” para decidirse a construir la mayoría necesaria para ganar. Eso se logra, creo, a partir de lo siguiente:

“La síntesis es la tentación de todo movimiento político nuevo que aparece en la política. Tiende a verse a sí mismo como una superación dialéctica de los antagonismos existentes, ya sea como negación de una de las partes o como entrelazamiento de los viejos sectores antagónicos. (…) La Unidad Nacional en cambio funciona no como síntesis sino como superación de los antagonismos por el acuerdo de las diferencias circunstanciales. La experiencia más cercana fue el abrazo de Perón con Ricardo Balbín en la década de 1970 y la truncada fórmula presidencial entre ambos líderes. Perón comprendía la unidad nacional como la única forma de contener las fuerzas en disputa por contradicciones menores para enfrentar al capitalismo concentrado (…) ha de ser el desafío más importante que tendrá el modelo nacional y popular en los próximos años: no ya volverse hegemónico –producto de la síntesis, si se quiere– sino dar un paso más: convocar a la unidad nacional, incluir a lo diferente –no antagónico, claro– para enfrentar a lo Otro: a las corporaciones, a lo no legitimado por las mayorías (…)”, decía Hernán Brienza en Tiempo el 3 de julio de este año.

¿Y que dijo CFK ayer? Que quiere ser… la presidenta de la unidad nacional. Y apeló, para eso, a que se valoren ciertas conquistas de la gestión ’07-’11 –altamente interpelada, quizás como ninguna otra lo había estado desde 1983 a la fecha-, que son, ya, impresiones –si se le pone voluntad a que lo sean- indelebles en la institucionalidad del país y de la gestión del Estado argentino. En las últimas dos entradas apunté a cierta aceptación de los “enemigos” que Brienza llama a “enfrentar” (se lo hace, hay que aclararlo, desde la institucionalidad), de elementos culturales que el kirchnerismo deja como legado, a los que le conviene sumarse. Por propia conveniencia, claro, pero no interesa: acá se discuten intereses, la sinceridad no es un objetivo.

En ese entendimiento, lo que debe venir es la institucionalización de los cambios. Ya no sólo generar leyes, sino galvanizar estructuras y participaciones estatales que sean las portadoras de la impronta del nuevo Estado trasladadas a la vida civil y económica del país. Instituciones como el INTI y/o el INTA, o los directores estatales en empresas privadas, encargados de desplegar a lo largo y a lo ancho del territorio el desparrame de gobierno en concreto, federalizándolo, también.

La complejidad de demandas llama a un gobierno dispuesto a desafíos, y el de CFK, complejo estructuralmente de por sí y ducho en complejizar, ha demostrado ser apto para ello. Y le gusta, lo siente, por otro lado. Siquiera porque interés egoísta: Cristina-Boudou 2011.

miércoles, 10 de agosto de 2011

¿Modelo? Parte II y ¿final?: ni el cómo, ni el dónde, ni el cuándo. El qué y el para quién

“Todo esto va vertebrando un sistema muy diferente al que recibimos y también diferente a lo que pasa ahora. A mí me tocó sacar a la Argentina del infierno. Por eso las contradicciones de esa etapa son diferentes a las contradicciones de este gobierno...”, dijo Néstor Kirchner en el último reportaje que brindó en vida, a Horacio Verbitsky.

Se refería, cita el periodista en la transcripción del diálogo, a “gemelos superávit comercial y fiscal, renegociación de deuda externa, pago al FMI para que deje de condicionar la política económica, creación de cinco millones de nuevos puestos de trabajo, 23 aumentos concedidos a los jubilados, reapertura de las negociaciones paritarias, fijación mediante sucesivos aumentos del salario mínimo más alto de Latinoamérica, inclusión en el sistema provisional de un millón y medio de trabajadores pasivos que habían quedado sin ninguna cobertura”.

Hay que sumar, ya con CFK, movilidad jubilatoria –que en 2010 y 2011 le ha ganado a la inflación, incluso, del Grupo A-, recuperación de los fondos previsionales, Asignación Universal por Hijo -que sólo fue posible a partir de la decisión, anterior, de recuperar los fondos previsionales-, acuerdos de comercio bilateral con Brasil y multilateral con UNASUR. La profundización de la política de desendeudamiento, con nuevo canje, acuerdo con Club de París al caer; y que, en definitiva, la deuda externa argentina -cubierta via pago con reservas del BCRA- está en sus niveles históricos más bajos, alcanzando, apenas, el 16% en manos privadas, lo que es decir aproximadamente un 10% de lo que representaba al 25 de mayo de 2003.

Fugó hacia adelante cuando la crisis financiera que las potencias pretendieron exportar al mundo a partir de 2008, vía, por ejemplo, la reformulación en el despliegue, amplísimo, que hizo de los planes REPRO, que controlaron daños enormemente en términos de sostener empleos y, con ello, demanda.

¿No le quieren decir modelo? ¿Preferirían: estilo, fijación de prioridades distintas? Discusión, a mi entender, meramente semántica. Cierto es que hay algo distinto. Que, acepto, pueda no constituir otro modelo. Me importa poco. Hay algo. Pero, también, hay que tener en cuenta que siempre se podría haber hecho otra cosa de lo que se hizo. Y también, hay que tener en cuenta quiénes se quejan de lo hasta acá actuado. ¿Y enfrente?

Desde las tribunas opositoras empiezan, invariablemente, por prometer disminución de retenciones. Que, aparte del efecto nocivo que eso significaría en la recaudación, implicaría un guiño a la re primarización de la economía, para comenzar. Con futuro incierto para todo el resto de lo enumerado como logros del kirchnerismo, luego. Logros que ‘la’ oposición dice, de algunos, querer mantener, todo combinado con promesas de “bajar la inflación sin enfriar la economía”. En fin…

Descreen, dicen, de la “teoría de la frazada corta”. La fijación de prioridades que, indefectiblemente, esta en la esencia de la democracia como sistema ideal de procesamiento de las discrepancias sociales por definición, de la gestión del Estado como tal. Del juego económico, obviamente.

El kirchnerismo ha sido claro: profundizar el despliegue del ciclo más importante de mejora de índices socioeconómicos será, si y sólo si, se afectan rentas. Que no hace falta llamarlas extraordinarias. Implica, entonces, dos decisiones: decidirse a beneficiar a quien está/estaba en la mala; y a quién corresponde hacer correr con los gastos del caso. ¿Existe otra manera de hacerlo? No hubo, en la historia, sociedad que haya avanzado en la distribución progresiva de la renta, sin que, primero, se haya establecido una afección de ganancias, sobre quien las tuviera.

Por demás, el kirchnerismo ha intentado disciplinar, vía retenciones, un complejo entramado, que va de la Mesa de Enlace a Cristiano Ratazzi, pasando por Clarín y De Narváez. De lo que hablábamos en la primera parte. Y tiene que ver con la pelea que tiene que dar el Estado para hacer valer su potestad de determinar las prioridades de la gestión de gobierno. Y, claro: darle excelencia.

Poco de precisiones. Al kirchnerismo sí le cierran las cuentas. Interconecta decisiones. Las suyas. Que pueden o no gustar: pero que existen, indudablemente. Lo otro implicaría, prima facie, un salto al vacío. Como decía Kirchner, vertebró otra cosa. Y en la esencia de todas las cuestiones mencionadas podemos advertir los beneficiarios de las mismas. Lo que más vulgarmente se dice “¿quién paga las cuentas?”.

Tanta crítica a “las formas de llevar a cabo las cosas que tiene el Gobierno”, siembra dudas acerca de si en verdad no ponen el carro delante de los caballos, porque resulta que, o no tienen otra cosa para ofrecer, o bien no quieren sincerar la que urden en secreto.

Y, sobre todo, en beneficio de quiénes serán ellas. Se me ocurre, no sé.

martes, 9 de agosto de 2011

¿Modelo? Parte I: nuevas demandas, nuevo rol del Estado

Alfredo Zaiat escribió, en Página 12 del 24 de julio pasado, una nota titulada ‘Disciplinar’, en la que comenta el cumplimiento de Techint de la norma legal que otorga derecho político y económico al Estado, como socio minoritario que es en Siderar desde que en 2008 se produjo la recuperación de la administración de los fondos previsionales (hasta esa fecha en manos de las AFJP) por parte de ANSES, de designar representantes en el directorio de la empresa.

Me llamó mucho la atención una cita que ofrece, del economista chileno Gabriel Palma, “la necesidad de que el Estado recupere su capacidad de disciplinar elites”. Disciplinar, dice Zaiat, no tiene que ver con “obediencia o subordinación a un gobierno”, sino, retomando al tal Palma, con que “los gobiernos deben poder reclamar que las empresas aumenten sus exportaciones, inviertan, innoven e impulsen el cambio tecnológico”. En ese entendimiento, la decisión del gobierno de la presidenta CFK que ha, ahora, por fin, acatado Techint.

Decía Claudio Lozano, en 2009, en relación a la decisión del de Hugo Chávez de estatizar/nacionalizar una serie de empresas que pertenecían al Grupo Techint, algo parecido: “frente a la existencia en Argentina –y en América Latina- de una cúpula empresarial dominantemente extranjera, la discusión sobre el futuro, que es en buena medida la discusión sobre la inversión, obliga a los Estados a un papel sumamente activo, que debe evaluar cuáles son los lugares y los modos de intervención en función del compromiso que el capital privado tenga con el rumbo nacional popularmente definido”.

Habida cuenta de lo vivido a principios de 2008, cuando el “enfrentamiento el Gobierno y el ‘campo’”, podría Lozano explicarnos por qué tomó la postura que tomó. Pero eso ya pasó. Está en discusión, ahora que es tiempo de campaña, si existe -o no- un “modelo kirchnerista”. A partir de todo lo hasta acá expuesto podemos empezar a pensar si sí o si no.

Varias veces fue dicho, y está muy bien que así sea, que a medida que se va dejando atrás la etapa de la recuperación de lo que fue la peor crisis que sufrió nuestro país en toda su historia, y de la que se salió bajo la gestión de Néstor Kirchner, las demandas de la sociedad se complejizan, porque las necesidades y aspiraciones, ídem.

Cristina, con la decisión de hacer ingresar al Estado a los directorios de las empresas en que tiene –el Estado- derechos políticos y económicos, interpela –correctamente, a mi criterio- las complejidades de los nuevos tiempos. Medidas como el reparto de Netbooks, por poner otro ejemplo, también.

Se apunta a participar de las decisiones de inversión, que son, como bien apuntó Lozano en su momento -a pesar de que, luego, hizo, en su actuación como diputado, todo lo contrario-, las que hacen, también, a la capacidad del Estado de atender las nuevas demandas sociales: por caso, diversificando la producción.

Y es necesario el rol del Estado en la función de hacer que se complementen las voluntades de ambos mostradores. Y es una excelente noticia que esto vaya siendo aceptado por el (muchas veces, con justicia) denostado establishment económico. Indica que nace un (¡aleluya!) consenso respecto de ciertas cuestiones -y sobre cuya denominación sí que aún no hay acuerdo-, que van encontrando recepción social sobre la cual afirmarse como algo parecido a una política de Estado. Buena. Para las mayorías. Para mí, al menos.

Y en cuanto a los objetivos más egoístas de quienes revistamos en la tropa de la Presidenta, supone una apuesta. De la sociedad. De una parte de ella, al menos, por algo. Que supo –esa parte, por cierto- enfrentarla fuertemente. A ella como a otros gobiernos que hayan privilegiado al campo popular y del trabajo a lo largo de la historia.

Cambios de época que le dicen. Clima, podría ser, también. Que indica algo. Las sociedades no saltan al vacío. ¿O hay algún candidato, entre los opositores a CFK, que pueda presentar algo siquiera parecido a esto; una interpretación de Estado -guste, ésta, o no-? Sobre esta, entre otras cuestiones, hay que ofertarse de cara a las PASO.

lunes, 8 de agosto de 2011

Apuntes sobre el cordobesismo

La Política On Line graficó bien las dificultades que tenía De La Sota para transitar la campaña, en una provincia que no ha receptado jamás nunca bien al kirchnerismo (más aún tras la crisis de la 125), pero en la cual, a la vez, el Frente Para la Victoria local jugó dentro del armado de su candidatura, sí que por lo bajo. No me refiero a que haya sido en silencio, sino que hablo, por decir algo, de intendencias. Armado estructural del que De La Sota no podía prescindir ahora, durante la campaña; y del que no podrá prescindir durante su mandato.

El kirchnerismo cordobés, luego de fracasados los acuerdos entre DLS y la conducción nacional, pidió, unánimemente, el voto a De La Sota. Suficiente para que Cristina no aparezca golpeada, luego de tres mamporros grossos. Verbitsky contó bien en P12 del domingo último los pormenores de lo que fue el raro ir y venir entre Unión por Córdoba y FPV en Córdoba. El kirchnerismo, desistiendo de presentar una testimonial, aportó algo, así sea poquito, al triunfo de Gallego.

Esto es similar a cuando no chocaban EEUU y URSS por la “destrucción mutua asegurada”: ni a Cristina ni a De La Sota les conviene chocar de frente, y a los gritos, entre ellos. Ya se verá. Pero, seguro-seguro, De La Sota, que le tiene poco le tiene poco cariño al kirchnerismo, los quiere menos, poquito y nada a los duhaldistas/peronistas federales. O por lo menos sabe que no le conviene jugar con ellos, carentes totales de juego, visión a largo/mediano plazo y despliegue para ser alternativa de un proyecto verdaderamente nacional como lo es el de CFK.

El kirchnerismo está parado sobre: un armado nacional, una economía consolidada, un relato, una posición en el mundo, etc. Gusten, no gusten, es algo: ¿quién tiene más que el Gobierno, en el promedio? ¿Adónde van a ir a parar los De La Sota, Urtubey, Scioli –éste último, para los que insisten en que no forma parte del kirchnerismo: no yo, por supuesto-?

En su discurso de campaña Gallego dijo, más/menos, nada. Ombliguista, barrenó las olas, atento a las dificultades ya apuntadas. Provincializó a más no poder sus palabras (inventó el ‘cordobecismo’). Elípticos palitos a Nación vía repetición de varios slogans que se vienen oyendo desde 2008 (mirar hacia el futuro y no para atrás, federalismo, crispación, etc.) y menciones futuristas difusas. Pero lejos de lo que fueron la primer noche en Capital o la catástrofe santafesina, y/o lo que podría haber sido si ganaban Juez o Aguad.

Córdoba tiene un perfil muy propio, De La Sota se adaptó a eso. ¿Potencial presidenciable? Potencial de llegar a tener potencial de presidenciable, que puede parecer lo mismo, pero es bien distinto. Uno puede tener mucho con lo que arrancar la carrera o no tener nada, y esos datos, meramente iniciales, no definen, a priori, la totalidad de la empresa. De La Sota ya tenía mucho para discutir en 2003. Néstor tenía poco y nada. Y ya vimos cómo terminó resultando todo. El perfil de presidenciable hay que laburarlo, militarlo. Que lo diga Macri, si no. O Sanz. O Cobos. O Pino. O Solá.

No es tan sencillo, aún cuando se parta de una base ponderable. ¿O cuántos gobernadores de provincias grandes que llegaron tras triunfos resonantes terminaron presidentes? Alfonsín, Menem, Kirchner, CFK… El triunfo de De La Sota, de resultas de todo lo anterior, es, sí, de él, solamente. Con esas credenciales se sentará a la mesa del futuro, que ineludiblemente tendrá que darse al interior del peronismo por bien de todos: del kirchnerismo, y de los no kirchneristas, que todos necesitan de una gestión venidera que navegue aguas calmas. Pero, justamente, calma. Es demasiado temprano, se nota mucho el quirófano, la desesperación.

La mala elección de Juez complica al Frente Amplio Progresista y a Binner. Demuestra los límites de un armado de anclaje solo en grandes centros urbanos –el socialismo, fuera de Rosario; Juez, fuera de Córdoba Capital-, en geografías en las que el voto del “campo” pesa mucho. Binner obtuvo un triunfo cuasi pírrico en su provincia (en realidad, buscó eso) y una derrota dura en la Docta.

Es, en realidad, el que le queda al FAP, un cuadro a la medida de Binner, pero no 2011 sino 2015. A Bonfatti lo jaqueó lo suficiente como para que gane pero sin chances de que se le convierta en competencia interna, a Juez lo acompañó poco y nada -también porque en Córdoba, insisto, eso no es que pague demasiado-, en Ciudad de Buenos Aires murió de muerte natural el sueño de Pino y en PBA Stolbizer peleará a lo mucho el bronce del podio.

Con todo eso, y un 8/9/10 en octubre -que le pertenecería casi en exclusividad-, a Binner, el Roberto Perfumo de la política (sanguinario cuando nadie lo está mirando), le bastará para ser la referencia única de ese espacio durante los próximos cuatro años, en los que podrá dedicarse a seguir sometiendo a los propios vía venta de su imagen construida de pretendido estadista serio -pero con sensibilidad social-. Quedará ver qué hace en términos de construcción adónde se le ven falencias, mucho de lo cual tiene que ver con el voto del "campo".

Aguad estuvo en sintonía con lo que fue el andar del radicalismo por las elecciones que se celebraron: pobre. Bronces a lo más. Sorprende, chicanas al margen, que no haya ido a celebrar con De La Sota –como hizo con Macri en Ciudad y Bonfatti (a pesar de que los PS lo echaron del bunker a puteada limpia) en Santa Fe, y sí en cambio haya aparecido a reconocer una derrota, cosa que no había hecho con los otros ocho ‘no figuró’ de la UCR, desde Catamarca –cuando abandonaron a Brizuela Del Moral los tres precandidatos presidenciales del partido de Yrigoyen (todavía los tenía) una vez confirmada la derrota del gobernador ahora saliente- hasta ayer.

Se cerró el ciclo de elecciones provinciales previas a las primarias. Sobre diez disputadas, Cristina ganó seis (Catamarca, Chubut, Salta, Misiones, La Rioja y Neuquén -más primarias en Santa Fe y reforma constitucional en San Juan-), empató dos (Tierra del Fuego –que sabe a victoria, igual, pero para mostrarnos amplios- y Córdoba) y perdió dos (Capital y Santa Fe).

De unos y otros, FAP y UCR, habrá más para hablar antes de las PASO. Cuánta sigla, ¿no? Todo está por verse, falta poquito. Una semana, nomás, para que haya el penúltimo capítulo. Y, de ahí en más, se multiplicarán quirófanos e histerias. Pero, eso sí, en seis días, fuerza nacional habrá una sola.

domingo, 7 de agosto de 2011

Córdoba, antes de abrirse las urnas

Segundas Lecturas, lo dijimos ya, apoya, para las elecciones a desarrollarse dentro de unas pocas horas en la provincia de Córdoba, a José Manuel De La Sota.

Opositor interno, como lo es, Gallego, a la línea interna del peronismo a la que pertenece este humilde espacio de opinión rentada -la que conduce la presidenta Cristina Fernández, por si hace falta aclararlo-, se convertirá, sin dudas, a partir de su más que muy probable victoria y posterior arribo -por tercera vez- a la gobernación de una de las "grandes" -segundo distrito electoral del país-, en una opción alternativa a la que uno desearía para el peronismo de cara al escenario de sucesión a discutirse para 2015, tras la -también todavía a confirmarse- victoria presidencial venidera que otorgaría a CFK su último mandato consecutivo constitucionalmente permitido.

Claro que hablar de eso es -en cualquier caso pero más aún en Argentina, claro- utópico, todavía, más antes que verse sorprendido por los hechos, conviene precaverse con el anticipo debido: aún cuando, por estas horas, la discusión principal es -y debe ser- otra -las virtudes de la modalidad de administración estatal del kirchnerismo, lo que venimos intentando instalar en el centro de la escena desde que se confirmó el resultado en Ciudad de Buenos Aires-, el calendario ha sido durísimo en esta ocasión, y hay que decir algo.

Y lo que se nos ocurre, en este caso, es que la discusión principal del caso Córdoba es, para nosotros, lo que puede significar, a futuro, la victoria de De La Sota. El que fuera, ya, dos veces gobernador mediterráneo, estará, al igual que –muy prima facie, ésto- Daniel Scioli, Jorge Capitanich, Sergio Urribarri -por el kirchnerismo-; y Juan Manuel Urtubey -por los no kirchneristas, acá entraría, también, De La Sota: no son "anti", son “no”; no entrarán, no la han hecho, ya, aún cuando podrían haberlo hecho, en nada parecido a lo que fuera el extinto "Peronismo" Federal: a propósito, diez segundos de silencio en su memoria-, sentado a la mesa de discusión.

La opción Juez -que es, no sólo meramente provincialista, sino, además, de casi nulo desarrollo allende las fronteras de la ciudad de la cual el querido Rodrigo llevaba el acento-, dicen, tributaría a Hermes Binner: la propia naturaleza del electorado juecista, de corte "independiente", obliga a relativizar dicho concepto: lo que Binner requeriría de cara a las presidenciales, atento el escaso desarrollo del socialismo más allá, no de Santa Fe, sino de Rosario -único verdadero bastión socialista-, es decir, territorialismo al estilo del que Maurizio aprendió del peronismo conurbanero para desarrollarse en el Sur de Capital Federal, no lo obtendrá de Luis Juez: ergo, Binner deberá esforzarse para lograr plena identificación con el candidato/humorista, a los fines de lograr que el porcentaje que pueda obtener Juez hoy en Córdoba se le transmita en pleno a su opción nacional siete días después. Difícil.

El Hijo de Alfonsín podría celebrar, si quiere, un triunfo de Oscar Aguad, pero nada de lo que -despliegue mediático a su medida mediante- haga podrá ocultar que las preferencias del compadre de Menéndez iban por cualquier otro lado al interior de la UCR: coqueteó con Cobos y Sanz, antes de aceptar, de última, y muy a regañadientes, al vástago de don Raúl Ricardo, tras, incluso, haber mantenido, sus sectores, disputas públicas al respecto del manejo del bloque de diputados nacional del partido, disputa que, por cierto, los tenía como principales protagonistas, a Aguad y a El Hijo de Alfonsín. En definitiva, muy similar a las fricciones que existieron entre Cristina y De La Sota.

El escenario, para el kirchnerismo, allí, como ya dijéramos en alguna oportunidad, es más peliagudo que en cualquier otro sitio. La más que débil opción cordobesa del FPV ya se ha expresado unánimemente por De La Sota, no obstante todo lo disputado por las conducciones que fue por demás mucho y mal editorializado a través de los medios porteños que se agarran de cualquier cosa para pintarle adversidad terminal al kirchnerismo.

Plantéese en términos de mera conveniencia, si se quiere. Es, señores, la hora de hacer política, que no es otra cosa que rosquear. Y en este entendimiento, corresponde, en lo que es la coyuntura particular de Córdoba, aceptar la supremacía local del sector de Unión por Córdoba, porque eso será lo mejor para el kirchnerismo de cara al futuro, para plantear las discusiones necesarias, que ya apuntamos más arriba, como corresponde: desde adentro. Ya lo dije en enero para los que dicen que Scioli no es kirchnerismo, y lo reitero ahora: tienen que estar todos acá, y desde ahí, en todo caso, es que se “domestica” al candidato. Desde el desarrollo del sustento que, en términos de despliegue, necesita, y el compromiso que, entonces, deberá demostrar para con esas estructuras: no hay que preocuparse tanto por lo que crea Gallego sobre el marxismo, sino, más fácil, por hacer crecer el desarrollo del kirchnerismo en Córdoba, y que entonces De La Sota no pueda hacer como si ese no existiera.

Entonces, a ese crecimiento de opción K en Córdoba -que, reitero, es pobre- que refiero, y como dice y pide el FPV local (Pipi Francioni, Accastello, Nebreda, Giacomino, Cantero, etc.), le conviene el triunfo de De La Sota. Y a la fuerza nacional, le conviene el desarrollo su opción cordobesa, que va atado al triunfo de De La Sota, con lo cual no hay mucho que pensar. Los acuerdos están, la posición de De La Sota -al que, por su propio porvenir, nada le conviene más que un triunfo de Cristina- es difícil y por demás entendible atento la ponderación que del kirchnerismo hay en amplios sectores de Córdoba -que no es buena, por si hace falta aclararlo-. Pero hay necesidades mutuas, a ninguno le conviene una colisión.

Lo que el kirchnerismo necesita para la elección nacional de Córdoba, entonces, requiere, siquiera como mal menor -no es mi opinión, ésta: digo, que sea el mal menor: creo que es lo mejor, derecho, viejo-, una victoria de De La Sota. Ojalá así sea. Es la política. Y hay que hacer política.

viernes, 5 de agosto de 2011

Chile y el kirchnerismo confrontativo

Los sucesos dolorosos (siempre será eso una protesta social reprimida violentamente, más si se trata de jóvenes que deciden tomar la democracia y la política en sus manos para ir a buscar destino, y más todavía si se trata de reclamos educativos) de Chile se inscriben –al igual que los colapsos socioeconómicos que azotan por estos días a España, Grecia, Irlanda y Protugal-, en lo que lo que muchos han comentado (muy rico y en abundancia, también nosotros –acá y acá; por ejemplo-), al respecto de lo que sintetizara muy bien Lucas Carrasco con aquello de que asistimos a “La bancarrota de la socialdemocracia”, que cabría extender a Chile, si tenemos en cuenta las limitantes que el pinochetismo se encargó de legarle a la sucesión democrática, que gobierna el país trasandino desde 1990, ininterrumpidamente.

En su imprescindible obra La Nueva Izquierda, en la que recorre la génesis y el tránsito por el gobierno de las fuerzas democráticas de tal espectro ideológico que desde hace un buen tiempo predominan en Sudamérica, al que pertenece la Concertación (coalición de centroizquierda que gobernó Chile durante veinte años y con cuyo arribo al poder se inicia, precisamente, el ciclo, que dura hasta hoy, aunque ya sin ella), José Natanson racionaliza y relativiza el hecho de que esos veinte años concertacionistas no hayan albergado contradicciones más radicales con la estructura de país neoliberal pinochetista, apuntando que, aparte de esas limitantes estructurales, hay otras de carácter sociológico, que le impidieron, a la centroizquierda chilena, ir a por más y con mayor dureza.

Entre otros flagelos, a Chile lo acosa la desigualdad –los mismos referentes de la concertación asumían no haber podido con ella- y, como se ve por estos días porque estalla, un sistema educativo diseñado en función de galvanizar lo primero, sobre todo porque accede a ella solamente el que puede costeársela, que son los (muy) menos.

No quiero caerle a Piñera, porque no hace ni un año y medio que gobierna, asumió después del desastre del terremoto y, en definitiva, porque mucho más hay para achacarle a todos aquellos que condujeron una transición que se extendió demasiado tiempo, y cuya fractura social expuesta –lo insostenible de la desigualdad para el pueblo al que no le llegan los crecientes de una economía virtuosa-, las contradicciones con el orden anterior, terminaron por explotar en manos de quien nunca nadie podía creer que era el apto para encarnar ningún tipo de gesta igualitaria, por su pertenencia ideológica, y que está bien que así sea.

Chile, al igual que Uruguay, no tuvo su estallido social, típico del posneoliberalismo sudamericano, como sí lo sufrieron Venezuela con el Caracazo de 1989 y el intento de golpe de Chávez en 1992; o Argentina el 19/20 de diciembre de 2001. De alguna u otra manera, en algún sentido, lo está viviendo ahora, al menos parcialmente.

Esto pone de manifiesto lo insostenible del argumento aquel que fundamenta sus críticas al kirchnerismo “no por el fondo, sino por las formas”. El kirchnerismo, que por otro lado no representa ningún peligro para la propiedad de los medios de producción –por si algún desvariado, de acá y/o de enfrente, todavía cree en hipótesis revolucionarias-, se ha dedicado, simplemente, a vehiculizar, encauzar, en definitiva, meter al Estado en la administración de fricciones sociales que naturalmente se producen cuando se viene de donde vienen los países de nuestra Sudamérica. Diría que, además, está obligado, el Estado, a reconocer que los conflictos existen. Y a sincerar quiénes lo interpretan (al conflicto), cuáles son los actores que confrontan intereses, suplementarios, de lo que deviene lo ilusorio del mundo feliz del consenso eterno.

Del mismo modo, y a propósito de la fuerza política que administra al Estado, esto supone en favorecer la clara delimitación entre ella y sus adversarios, a los fines de que no se asiente una falsa opción democrática que termine representando, en cualquiera de sus variantes, lo mismo, y que entonces no se perciba la posibilidad de salida democrática, a la hora de interpelar a los motivos del descontento social. En buena medida, esto también se dio en la democracia chilena, actuada por un juego político muy suave. A veces demasiado.

Alberto Fernández decía, sobre la cumbre anti Bush de 2005 en Mar Del Plata, que ellas son típicas de cualquier cumbre de Estado, y que el kircherismo simplemente se dedicó a sacarla de la calle. Clarito, al respecto.

El cambio, como tal, supone, si no alteración de jerarquías, al menos conmoción al interior de las mismas. Y, a la par que materiales, culturales, que las más de las veces son las que peor caen en los sectores dominantes, por el valor que ellas significan a la hora de evaluar “contrarrevoluciones” futuras: véase, si no, insisto, que -de lo cultural hablo- los discursos de los presidentes concertacionistas nunca dejaron ver rupturas profundas, que son necesarias. No se trata de beligerancia discursiva por el mero hecho de serlo.

En definitiva, por mucho que se intente esconderlo, el conflicto, si se quieren cambios profundos, aparecerá, de una u otra forma, ineluctablemente. Y el Estado no puede desconocerlo, porque le cabe, en eso, un papel fundamental. A veces, hasta "fogoneándolo".