jueves, 30 de junio de 2011

Debate en TN: así, no, Filmus. ¡Así, no!

(Me sumo tarde a esto. Antes que yo –y, por supuesto, que mejor que yo, con su claridad y sencillez acostumbrada para quienes somos sus habituales seguidores- ya algo había dicho al respecto el amigo Mariano en su excelente Yendo a Menos)

Ahora la vedette resulta ser el debate de candidatos porteños. Una necesidad. Imperiosa. Que haya debate. No importa cuál, ni cómo se hace. Pero que no me falte, jamás. Y si es en TN, mejor. Escribe Alfredo Leuco "esgrima de pensamiento absolutamente enriquecedora para mejorar la calidad de la democracia y de las instituciones republicanas (...) dinámica de la diversidad, arco iris que nos permite articular el pensamiento de cada uno de nosotros, para convertirlo en un producto colectivo de la cultura política (...)". ¡A la flauta que te lo venden! No se fijan en gastos a la hora de los adjetivos, los muchachos. Salud, seguridad, educación, transporte. ¿Qué tienen para decir? Vamos a escucharlos, a ver cómo proponen solucionar los problemas que aquejan a los porteños. Tienen dos minutos cada uno. Y en base a cómo respondan, se determinará quién de ustedes es el mejor candidato.

El relativismo cognitivo sostiene que el conocimiento humano es incapaz de establecer verdades universalmente válidas. Pero, además, que existen distintas formas de conocer, de acceder al saber. El resultado de una investigación equis está determinado por el modo a partir del cual se indaga una "verdad". El deconstructivismo de Jacques Derrida postula que solamente puede desafiarse la idea de resultados únicos e incambiables si primero se parte de la reformulación de los términos sobre los cuales se encara el proceso de conocimiento. Las teorías críticas del Derecho –escuelas opuestas a los absolutismos cognitivos tanto del Iusnaturalismo como del Positivismo jurídicos-, elaboran sus cuerpos de ideas tomando elementos tanto del relativismo cognitivo como del deconstructivismo: hacen fuerte hincapié en que las formas de conocer están históricamente determinadas, son el resultado de disputas de poder, de resultas de las cuales se establecen los esquemas que desembocarán -y que aseguran, además- en el establecimiento de las "verdades" –en su caso, la Ley- triunfantes de la puja anterior y que subyace a los términos en base a los que se las plantea, que se encargan de ocultar los elementos conflictivos que la componen (por decir algo: el derecho de huelga se establece en una fórmula lingüística que no da cuenta de las luchas obreras que precedieron a la conquista, a los efectos de presentarse como elemento no conflictuado -Enrique Marí solía insistir en este concepto-). Carlos María Cárcova -otro de los referentes de las teorías críticas del Derecho- habla de “racionalización de la contingencia”, en cuanto contingente es, por naturaleza, el resultado de una puja por poder, siempre susceptible de sufrir mutaciones –Michel Foucault hablaba del Poder como situación estratégica de posicionamientos en una sociedad dada, en un momento determinado; y no de una cosa que ineluctablemente unos posean y otros no-. Pensemos, en base a todo esto, el "debate".

¿Así que responder las preguntas que Bonelli y Alfano (pero no lo digo sólo por ellos, en este caso) harían sobre temas ¡previamente consensuados por los partícipes del debate! significan en un mejoramiento de la democracia? ¿En serio hay alguien que se cree eso?

Resulta que se debate sobre lo que los candidatos quieren debatir, en la forma en que desean que se les pregunte, y con una cantidad de tiempo para responder que háganme reír que alcanza para explicar algo en política. Lo que se dice, un verdadero acuerdo de cúpulas. ¿Qué tiene eso de democrático? Un intercambio livianito, dispuesto de forma tal que ninguna de las respuestas pase siquiera cerca de una interpelación popular verdadera a las estructuras dominantes de poder (bien que al pie de ellas es que se va a "debatir"): casualidad o no, si Cristina fuese a "debatir" no tendría -teniendo en cuenta cómo está armado todo esto-, espacio para hablar de la re estatización de los fondos previsionales, ni de la Ley de Medios o la AUH, los capítulos emblemáticos de su gestión, a la sazón los que peor le cayeron a los factores corporativos del establishment. Una matriz concebida a los efectos que de ella surja un razonamiento (o una gama de ellos) “tolerable(s)” -para el establishment, mediático en este caso-.

¿Alguien se pregunta con certeza si a todos nos interesa por igual los temas y las formas en las cuales plantean el debate? ¿Y por qué sólo se arma entre los tres que "llevan la ventaja en las encuestas"? Si yo tuviera que pensar en una forma de inducir el voto que, a hoy, no es está identificando con ninguna de las tres opciones presuntamente mayoritarias (Macri, Filmus, Solanas), sin dudas que apostaría a un debate como el de TN. Pero no por TN ni por Macri. Tampoco me termina de cerrar que Filmus se enrosque tanto en esta discusión, que me parece ridícula. Yo creo que Filmus debería haber ido, de todas formas a "debatir" en TN. Pero lo pienso en cuanto a correlación de fuerzas y de la funcionalidad instrumental que se puede otorgar al "debate". Limitada, por cierto. Eso, y gracias. No mucho más.

"Que vaya Macri a otros lados". ¿Y para qué? ¿Para devolverle a Macri con la misma moneda? Pongamos que Filmus iba a TN y Macri a 6, 7, 8. Ok. Un juego de suma cero. A Filmus lo iban a dejar en off side Bonelli y Alfano; y a Macri, Sandra Russo y Orlando Barone. ¿Y? ¿Quién sumará, así, algo de lo que carece en términos electorales? ¿Un cambio cultural "porque se le saca a TN el monopolio de los debates"? No, porque se hace en otro lado pero se le copian los métodos si lo que se tiene pensado es repetir algo parecido a ese debate de 2003 realizado en Canal 7 entre Macri e Ibarra. ¿Era en verdad necesario todo esto para que quede expuesta la trama de intereses que une entre Macri con Clarín? Se perdió tiempo de campaña.

La difusión de nuevas "verdades" -"las nuestras", por llamarlas de algún modo-, necesitan de que, al mismo tiempo, se piense en esquemas alternativos de pensamiento, que pugnen por instalar que lo relevante en una gestión de gobierno tiene que pasar por lo que a nuestra representatividad le importa. Y que, del mismo modo, son irrelevantes, o de menor orden, las cuestiones hoy jerarquizadas en el debate público. Es decir, una nueva forma de "preguntarse por los problemas de la gente". Y sobre todo, de indagar en otras problemáticas, y en el valor de poner esas cuestiones en el centro de la escena.

Julia Mengolini (¿será que alguien puede lograr que baje un par de cambios y tonos, hasta las elecciones, al menos?) dijo que esto era algo así como un capítulo más en lo que fue la puja por una nueva Ley de Medios. No le bajen el precio, por favor, a esa pelea, que fue radical, a fondo, transformadora de estructuras de veras. Eso es lo que más me molestó. Busquen otras formas de dar a conocer los beneficios de que la Ciudad se ponga a tono con el proyecto nacional, de darse a conocer como candidatos. No sirve entrar en la lógica de difusión dominante si se quiere evitar el famoso cerco mediático.

Yo no se cómo se hace, pero seguro que no va a servir para nada el debate que se viene en la UBA. Para nada.

martes, 28 de junio de 2011

CFK-Boudou y más

Me pareció necesario esperar unos días. Alejarse de la espuma. Observar con cierta distancia y recoger repercusiones. Leer de todo. Interpretar los sentidos de las acciones. Nada, o muy poco de todo eso puede hacerse si se está encima de los hechos. Obligaciones universitarias, además. Todo confluyó para que recién ahora se diga algo acerca de CFK-Boudou.

Las cosas son más simples o más complejas de lo que parecen, según el caso. Pero siempre, o casi siempre, las bajadas de línea de los –por así mentarlos- grandes medios (las vocerías de de las corporaciones económicas nucleadas en AEA), conspiran contra el buen entendimiento de la dinámica rosquera que, se diga lo que se diga, es profundamente democrática. La existencia de malestares habla a las claras de una dinámica participativa fuertemente instalada, como todo contexto de discusión. Los quietismos tipo Pacto de la Moncloa, esquemas pensados para preservar intereses particulares de interpelaciones populares, metaforizan exclusión de mayorías de la institucionalidad, como se ve en España por estos días.

Qué lástima que se pierda de vista la riqueza de las negociaciones que hubo, por caso, entre Cristina y Scioli por la candidatura a la vicegobernación bonaerense. Es una cita, no textual, de
algo que le leí a Gerardo Fernández después de la designación de Mariotto y antes de la de Boudou, y que me pareció de lo más interesante por esas horas. El arco que sustenta el liderazgo de CFK es amplísimo y más aún las chances de que entren muchos diputados, vista la enorme intención de voto que por estas horas ostenta la compañera Jefa. ¿A quién podría ocurrírsele, entonces, que resulte fácil contentar a todos en un armado apetecible y, más, que luego de ello no queden descontentos? La política es esto, y no otra cosa. Acá y en China.

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Scioli-Mariotto. ¿Qué demonios ocurre de raro, a ver? Mariotto es peronista, profundamente, por si hace falta aclararlo. ¿Scioli prefería otro? Seguramente. Pero Scioli, primero, no tiene la capacidad (y seguramente tampoco las ganas) de condicionar a Cristina que tiene Cristina de condicionarlo a él. Pero hay capacidad de daño mutua si ambos se decidieran a hacer “locuras”, mayor a los beneficios que le depara, a ambos, permanecer unidos. Ni a Cristina ni a Scioli les conviene desencontrarse, se trata de racionalidad instrumental.

Sigo creyendo que a Scioli, en aras de hacerlo romper con la Presidenta, se lo subestima. Insisto: el Gobernador no es un idiota. Acá hubo un acuerdo político, donde Scioli midió costos y beneficios de cara a su propio futuro, que tiene como meta, quién lo duda, la Rosada en ’15.

Lo escucho, mientras escribo,
al Ingeniero, en el programa de Gerardo Fernández, decir dos cosas muy interesantes. Una, que el mismo Scioli admite no saber qué es el sciolismo. La otra, que, con sus particularidades y lo que se quiera, Scioli es hombre del proyecto de Cristina. Detrás de esas definiciones hay varias de las cosas que en este blog ya dije en enero, cuando el enésimo operativo que se hizo sobre el Gobernador para hacerlo saltar el charco. La serie titulada Trascendencia K (I, II, III, IV y V), porque en Scioli se juega buena parte de ella. A ver…

Se acusa a Scioli de derechismo. Lo concreto es que ha resultado un elemento táctico fundamental del kirchnerismo, da para pensar si hubieran sido posibles, sin su apoyo, la mayoría de las políticas en las cuales uno funda su pertenencia kirchnerista. Asimismo, tiene peso –Scioli- a partir de su pertenencia a este espacio. Sabe que necesitara de casi todo lo que hoy acompaña a CFK si quiere heredar el poder en 2015, pero que ese apoyo no será gratis.

Cristina y Scioli tienen que articular las necesidades de gestión que tendrán dos personas que, de cara a 2015, no tendrán reelección; con el horizonte de otros que sí y que legítimamente aspirarán a permanecer más allá de ese período, de los que condicionan su apoyo a la profundización de la agenda clásica de CFK. Todo eso dio como resultado las listas que hubo.

Cristina quiere gente propia, cosa absolutamente lógica, en orden a consolidar al kirchnerismo como línea mayoritaria al interior del PJ. Miren qué cosa tan loca. Lo reclama por conductora y taquillera. Y salvo casos muy aislados, que sin duda los habrá, la ratio ventajas/desventajas de romper con Ella, les dará, a todos aquellos a quienes les de vuelta en la cabeza hacerlo, que el arrastre propio de CFK sobre la capacidad de movilización territorial dará como resultado que conviene la unidad del espacio y la aceptación de que Cristina reclama con derecho y merecimiento como cualquier líder político que se precie de tal.

Ya agitaron el fantasma del comisariato político con la candidatura de Balestrini en 2007. No les salió. Entre otras cosas, los análisis les salen ridículos porque venden un diagnóstico inverosímil: en el kirchnerismo la racionalidad es regla, siempre, más a la hora del tacticismo electoral, que poco y nada –y más nada que poco- ha dañado la acción estratégica ’07-’11. Por fin, ¿alguien dará alguna vez algún argumento respetable acerca de por qué demonios debe dudarse de Scioli cuando no abandonó ni teniendo todo a su favor como, decían, lo tenía post 28J09?

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El concepto berreta de institucionalidad y republicanismo que se vende desde los discursos dominantes mueve a la risa. Y está bastante alejado de lo que es la realidad. Viene de aquello de que “Cobos tiene derecho a hacer lo que quiere” –a pesar de que sus votos en contra del gobierno al que pertenece sean inéditos en la historia del mundo-. Misma ridiculez se utiliza para sostener que los legisladores deberían votar en base a “lo que les dicte su conciencia”, y no a los mandatos partidarios. Ni Raúl Alfonsín, al que recién a su muerte ensalzaron como “estadista y gran demócrata”, les da la razón. Se pide hasta ministros indóciles. Se clama, en verdad, por tipos permeables a las demandas corporativas, que es la famosa “conciencia” cuyo dictado siguieron los muchos que traicionaron a CFK durante estos cuatro años.

Cristina da, con las listas, la pauta de en busca de qué irá el mandato que se viene. Con Boudou quiere asegurarse la mano alzada en su favor –como corresponde- en caso de empate senatorial. Un tipo que no le esté armando alternativas de gobierno opositor al tiempo que es su eventual reemplazo. La fidelidad al programa, la impronta, el sentido que ha galvanizado el vínculo que se expresa en la enorme popularidad de Cristina. Buena comunicación, también, porque allí Boudou se desenvuelve con soltura. Y varias veces hemos dicho, acá, que la afectación de intereses, necesaria a los efectos de radicalizar la profundización de todos los valores que produce una sociedad, debe venir de la mano de la renovación de esquemas de análisis, categorías, perspectivas que den sentido a lo actuado en lo material.

Boudou y Mariotto sintetizan, en buena medida, Ley de Medios, reestatización de las jubilaciones y AUH, tres medidas base del ciclo de profundización kirchnerista, guiado por CFK.

Boudou empezó a ser quién es el día que le pegó un baile argumentativo infernal a Gerardo Morales, cuando se discutía el sostenimiento de una política de gasto no regresiva vía uso de reservas para cancelación de deuda externa. Dijo, ese día, además, “soy funcionario de la Presidenta. Firmé ese DNU y lo volvería a firmar”. Y repitió lo último.

He allí sintetizado todo el perfil de Boudou, que le suena idea a Cristina en estas horas. Lealtad, dijo CFK, al compromiso asumido, y no a ella en persona, que “sólo” conduce.

Van a tirar con el pasado de Boudou. Poco importa: ¿cuántos pueden mostrar más “progresismo” que la reestatización de las AFJP y la AUH, que tuvieron, ambas a Boudou como protagonista excluyente? Y con eso, los “malos modos” necesarios para efectuar algo parecido a una redistribución, que háganme reír que se puede llevar a cabo sin “crispación”, y que entonces Binner, De Gennaro, Stolbizer y toda la comparsa del frentesito que se rompió antes de gatear llevará mejoras a la vida de alguien. Nadie, excepto CFK, garantiza las contradicciones con el capital. Y sin contradicciones, no habrá cháchara progre que valga.

Menos mal que la centralidad de conducción de CFK no está en duda, da miedo imaginar lo que serían los otros “líderes partidarios” gobernando, viendo como manejan cotos propios.

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Las críticas al modo en que el FPV-PJ llevó a cabo la confección de sus listas, “todos esperando a ver qué determinaba la reina Cristina”, ya ni molestan.
Apuntan a lo que dice –y muy bien- Julio Burdman: frente a una oposición que “no puede competir en organización política ni mostrar fórmulas económicas superadoras, y carece de relatos ideológicos alternativos. Su apuesta lógica, por ende, es al desgaste personal”, determinadas empresas periodísticas (haceme reír, Lanata, que ustedes “sólo dan información: ni de derecha ni de izquierda”), asumen lo que sus peones dirigenciales no pueden ni saben (y ya da para creer que tampoco quieren) hacer.

De otro modo, no se explica que se critique que Cristina haga lo mismo que han hecho todos los demás para diagramar sus armados. El Frente Amplio Progresista (amontonaron nombres que den lindo y quedó horrible) se partió porque Pino veía que no metía nada con lo que Binner (que es, en buen criollo, el poronga del grupo) disponía que le tocaba.

Ó si no, ¿alguien sería tan amable de pasarme links con análisis de las pujas democráticas electorales internas que desembocaron en todas y cada una de las candidaturas que presentarán los partidos “republicanos”? Y eso de que “el kirchnerismo sí debería haberlo hecho, está obligado, es el que gobierna”, váyanselo a contar a otro: parte del cambio cultural, ese criterio, ahora, a mejor vida. Si estuvieron todos “en vilo esperando las decisiones de CFK” es porque reconocen su primacía electoral: yo no estuve en vilo por las de Altamira.

La última es de lujo. Después de incontables marchas y contramarchas, de apostar a cualquier cosa para tratar de hacerle frente, de intentar dividirle el campo propio y apostar a una retirada, la que salió ahora es que “si hay segunda vuelta, el aparato y la CGT la van a abandonar”. Qué feo, después de tantas cosas que dijeron, tener que terminar colgados de Curto, Otacehé, Viviani y Hugo Moyano, hasta hace cinco minutos los cánceres terminales de la patria (aunque, si bien se mira, Binner se les parece mucho a todos esos, sólo Tenembaum se masturba con el supuesto izquierdismo del santafesino). Nosotros, en cambio, tenemos lo que siempre quisimos. Por lo demás,
ni Poliarquía ve ni cerca una segunda vuelta, no se hagan los rulos.

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El que firma esto, quería: CFK-Randazzo, para la presidencial; Scioli-Domínguez, para la gobernación de la provincia de Buenos Aires; la fórmula de la Ciudad exactamente al revés de lo que terminó siendo, a Juan Carlos Schmidt, Julio Piumato y Omar Plaini adentro de las listas. O sea, salió todo bastante al revés de lo que yo quería. Casi por completo, diría. Pero eso no quita que uno no pierde de vista lo central, que no está en tal o cual compañero, sino en todos como colectivo. Y en bancar las decisiones de la conducción, cuya impronta trasladada al sentido de la construcción y proyecto que lidera son los que hacen que uno se entusiasme y acompañe, al margen de desacuerdos menores que en poco empañan lo principal (y general).

La tarea de acá, en más, está en galvanizar lo obtenido. Un aspecto a explorar es ir a por la naturalización conceptual de que todo esto que ocurrió es bien normal, y muy bueno que ocurra. Cristina ejerce un liderazgo, en ese sentido, bastante completo, pero en todo normal.

¿O acaso alguien puede creer que el preferido de la Presidenta para encabezar la lista en Santa Fe era Perotti? ¿En todos lados menos en ese primaron sus “caprichos”? No son así las cosas. Y hay que salir a gritar que la verdad de la vida no la tiene Carlos Pagni, que pertenece a las tropas que lloran por “la desvalorización que hacen los K del Congreso” para terminar diciendo que la candidatura de Aníbal al Senado significa una defenestración. Y habrá enojos, no se puede que no los haya, pero que deben quedar al margen, porque al margen hay lo peor.

Y, sobre todo, cuidarse de no dispararse a las propias patas, algo que sabe hacer muy bien este espacio cada vez que tiene el panorama fácil. Dispararse a las patas puede ser, entre otras cosas, hablar mal de otros sectores internos del espacio. La trascendencia de eso redunda sólo en golpes a CFK. Hay que entender, tener muy en claro, que si el cuestionamiento viene a La Cámpora, viene a la juventud, a las herramientas de la militancia: viene al sentido del compromiso más profundo con la radicalización de los cambios. Sepamos, todos y cada uno, que de nadie podemos esperar algo: excepto de Cristina-Boudou 2011.

martes, 21 de junio de 2011

Un grito de corazón: Cristina 2011

Ahora, sí, finalmente, podemos gritarlo: será, Cristina, la compañera Presidenta, la candidata del Movimiento Nacional Peronista.

Tenía razón Lilita Carrió: junio, dijo la dictadora de la Coalición Cívica Libertadora, va a ser terrible. Y tal cual: en el mes de cierre de candidaturas, Clarín, Techint y alcahuetes varios, han acelerado a fondo en pos de que… Cristina se baje. Chiquis míos, con eso admiten que no tienen con qué darle. La excepción que confirma la regla, verán abajo por qué.

Creen, y apuestan a eso con las ridículas y malintencionadas coberturas que despliegan acerca de varios temas que ciertamente no han inventado. A asustarla con que si pierden sus candidatos allí donde más puede pegar el rebotín rebotán mediático, esto es Capital, Santa Fe y Córdoba, a ver si eso genera una ola en las PASO y eso la hace asustar con la derrota el 23 de octubre. Justamente en los lugares en los que más puede (a priori, ojo) pegar la lógica mediática.

Siguen, de todas formas, con un libreto añejo: el voto cruzado, que pierda Rossi en Santa Fe, ponele, no dice nada sobre las presidenciales de octubre. La dialéctica orden local-orden nacional, si de algo carece, es de automaticidad.

Pavada importante. No que pierda, el kirchnerismo, en los lugares mencionados. Pero: ya se perdió, allí, en 2007 –antes de que Cristina arrase en las elecciones- y 2009. Y acá estamos lo mismo. Cristina, señores, no va, no irá para atrás. Todo lo actuado, van a tener que tirarlo al tacho y empezar a pensar (no de nuevo, lo que hicieron hasta ahora no requiere imaginación ninguna).

1. Muy buena articulación entre gestión y construcción política partidaria. Cristina practica a las mil maravillas la interacción entre la presentación de una medida, un logro de gestión/conquista y la utilización de todo eso como impulso a la plataforma electoral propia.

2. Mixturó, también muy bien, el acompañamiento de todo el arco, amplísimo, que la sustenta. La acompañaron, en el anuncio, por un lado, el progresismo –en razón de que el anuncio tenía qué ver con operacionalizar aspectos de la que es “la” bandera de ese sector, la Ley de Medios, “la batalla cultural”-, mejor conocidos como “Los Buenos”; y por el otro, los gobernadores del PJ, la CGT y demás orgas (estaba Taty Almeida, por ejemplo, tanto que hablan algunos bobos) –la gobernabilidad, la gestión, por simplificar, digamos: el perverso de Insfran, el malvado de Gioja, la basura de Scioli-. Y no se notó que volase ninguna silla.

3. Le tiró una mano, de paso, a Filmus (
¡Es hora de levantarse, querido! ¿Dormiste bien? Denle, métanle con la campaña en serio, viejo, cortemos con esto de si un debate sólo y en TN o mil en varios lados, que es una payasada, empiecen a entrar a las villas, carajo). Lo de Capital como centro de refugio de fracasados electorales prematuros fue glorioso. Puso, blanco sobre negro, con esa frase, bastante de lo que, mejor que lo que lo podría hacer yo, explica Lucas, acá (recordando siempre que yo soy, además, carrasquista).

Retomamos la iniciativa, con esto, cosa que no está de más, venía emputeciéndose el paseo, números en mano. Ya destilan su odio, medios y Lilita “ni 5% de intención de voto” (por eso odia) Carrió (quien, una vez más, y para no perder la costumbre, erró con su vaticinio: “CFK no se presenta” fue esta vez (con todo, hay que reconocer que no solamente ella aventuró semejante pavada).

El antikirchnerismo furioso ya no paga y hay que armar en lógica orgánica y territorial. Esas son, a hoy a las 23:39, las claves, y el que no lo entienda, y hasta que lo entienda, no va a existir. Y el trasvasamiento generacional presente: qué clara que la tiene alguien que tiñe su gestión de impronta refundacionista.

Por ahora, esto, así, desprolijo, precario y sin alongar: cuando acaben los parciales, el jueves (final de Negociación Colectiva y Conflictos, hago Conflictos porque soy un crispado bárbaro), volvemos con tutti.

lunes, 13 de junio de 2011

De revoluciones pasadas, presentes y futuras

Leí, por varios lados, a muchos de los amargados de siempre quejarse porque Cristina recordó la asunción de Néstor en su discurso del último 25 de mayo. No debería extrañarnos, a esta altura, que así sea. La literalidad de las palabras es un arma de la que se han valido, y muy bien, las tribunas conservadoras de la reacción para vaciarlas –a las palabras- del sentido que éstas pretenden transmitir. Porque saben, esos reaccionarios, de la potencia movilizadora que en ellas descansa, a la espera de ser instrumentada. Más si se trata de los discursos con que suele deleitarnos la compañera conductora del espacio nacional y popular.

En Tiempo Argentino, durante la semana de mayo última, dos excelentes artículos, uno de Hernán Brienza y otro de Federico Bernal, ponen en claro el recto sentido de que estuvo empapado el mayo de 1810. No está, ese sentido, sino en los legados de Castelli y Monteagudo, de Moreno y Belgrano. La proclama de Chuquisaca –que proclamó la libertad y la igualdad-, de los primeros; el Plan Revolucionario de Operaciones –que sentó las premisas instrumentales básicas para hacer realidad lo primero: esto es, redistribución de la riqueza e intervencionismo estatal en la economía-, de los segundos. Bernal llama la atención acerca de la necesidad de recuperar el legado de lo dicho en las mencionadas obras por los revolucionarios. Brienza apuntó que siempre las tradiciones nacionales y populares buscaron reformular las sentencias escritas por los minoritarios revolucionarios de la Revolución.

El peronismo siempre supo de apelar a lo mejor de nuestra historia, y tuvo que enfrentar, en esa tarea, a aquellos que, igual que hacen con las palabras, pretenden obturar cualquier posibilidad de recrear el sentido de los sucesos históricos revolucionarios. Petrificarlos. Recordarlos en discursos que sean meramente evocativos y repetidores de sucesos en forma de crónica es un esquema de funcionamiento tributario del pensamiento conservador, que pugna por aniquilar cualquier tipo de conexión posible de los ideales del pasado con acción en el presente, pintando al como paisaje único e irrepetible, acciones propias de seres extraordinarios que nunca podrían ser repetidas.

Hoy está más presente que nunca la necesidad de resignificar las banderas históricas del 25 de mayo de 1810, que no son otras que las de Castelli, Moreno y Belgrano, reelaborarlas en acción concreta en el presente, porque así lo requiere la tarea más dura a encarar de cara a lo que se viene: la redistribución de los valores materiales que produce nuestra sociedad –en aras de llevar, con ello, las mejoras de ocho años de kirchnerismo a todos aquellos a los que todavía no se ha alcanzado-, que no será si no va acompañada de una previa –o, al menos, paralela- relectura de las perspectivas, categorías, esquemas de análisis y sentido sobre los cuales se estructuran los actuales patrones de privilegio de nuestro país -los mitos del imaginario de la Iglesia, el Ejército y el Campo que, como bien enseñó el ruralista de CRA Néstor Roulet, "son los que hicieron la Patria"-.

De lo que se trata, es de la necesaria articulación que se deben los conceptos de ‘democracia alborotada’, de Pacho O’Donnell; y de “la necesidad de radicalizar la democracia en función de promover el ensanchamiento de los derechos de todo tipo”, del que habla –cita no textual, vale aclarar- Edgardo Mocca. Una correlación entre ambos que, a esta altura, se presenta a todas luces ineludible.

Imposible que no invada la memoria el recuerdo de los obreros del Cordobazo (mayo, también, ¿casualmente? como mayo fue el francés de la Comuna de Paris de 1871, o el juvenil del ’68 y como lo está siendo el español en este 2011). Esos metalúrgicos que eran los obreros mejor pagos del país y sin embargo salieron a la pelea igual, porque el contexto altamente represivo en cualquier aspecto de la vida cívica del país -como lo era aquél-, en el que sólo casualmente ellos gozaban de un bienestar que, sustentado en bases tan precarias, corría riesgo de un momento a otro, dio pie a la toma de conciencia de que había que ir a por la recuperación de los pilares que garantizaran el bienestar de las clases populares. "Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores. La experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia aparece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas. Esta vez es posible que se quiebre el círculo...", diría, por entonces, Rodolfo Walsh al respecto. Y no deja de tener actualidad.

Rafael Correa, uno de los más potentes, cultural e intelectualmente hablando, de los conductores del renacer de Sudamérica –sólo superado, en ese ítem, por CFK-, suele insistir en que, en la actualidad, “los ejércitos son los ciudadanos, y las armas son los votos”. Esa fórmula condensa en su totalidad una reactualización de praxis que sea capaz de abordar las necesidades actuales de nuestros pueblos, pero con el mismo sentido inclusivo de siempre.

Cuando Cristina evoca a Néstor, no hace sino apelar al simbolismo de una figura que expresó fielmente el ideario de los revolucionarios de mayo en la tarea, todavía inconclusa, de reconstruir la Argentina, que tomó moribunda allá por 2003, una empresa en la que siempre guardó, este proyecto, fidelidad a los principios morenistas como ningún otro gobierno en más de cincuenta años lo había hecho: desde que el general Perón las levantara bajo su propia consigna de libertad económica, soberanía política y justicia social. Y cuyo legado es, todavía, el más capacitado para insistir en la tarea de representar los valores de una Patria más justa y democrática en todos los aspectos posibles de la palabra.

Las formas de instrumentar las banderas podrán alterarse, pero el núcleo de estirpe transformadora debe permanecer intacto. En ese entendimiento, como bien han apuntado varios de los que desde diversos sectores coinciden con el acompañamiento al proyecto capitaneado por Cristina (los citados Brienza y Bernal, por ejemplo), son revolucionarios la AUH, el Fondo Federal de la Soja, la Ley de Medios, el Matrimonio Igualitario, la disputa frente a las patronales sojeras por el reparto de la renta agro financiera sin valor agregado, la reestatización de la administración del sistema previsional, la entrada de gerentes del Estado a empresas privadas en las que se tienen acciones, el enjuiciamiento a los genocidas de la última dictadura militar y –más- a los civiles que los impulsaron y sostuvieron en pos de que –mientras se cargaban treinta mil almas cosa de que quedara claro de que nadie tenía que pedir por el retorno de la Patria anterior, la inclusiva- les fuese armado, a la medida, un modelo en función de sus exclusivos privilegios.

Los falsos liberales argentinos, entre tanto, seguirán en la tarea de apelar al culto del derrotismo y la tristeza como arma para intentar apagar los afanes de cambios. Como con las leyes, son bien capaces de distinguir entre formas y fondo, y por eso se quedan en un supuesto amor por lo primero, toda vez que conocen que entrando a la discusión de lo segundo corren serios riesgos de quedar desnudas sus intentonas elitistas y excluyentes. Seguirán tirando con esa artillería, la de siempre, o con el chamuyo del culto a la personalidad, porque también criticar a los hombres por fuera de lo que expresan es buena treta para no entrar nunca al debate de lo que hay dentro del alma de sus acciones en la vida pública.

Habría que agradecer que sea en manos de Cristina que está, hoy, la tarea de revivir esa historia. Nadie podría hacerlo mejor que ella. Creo.

viernes, 10 de junio de 2011

Córdoba, carita triste :( … ¿Sí? ¿Te parece? Lo quiero ver, eso, ¿eh?

Córdoba. Ese lugar tan esquivo. Nunca ganó el kirchnerismo en Córdoba. Néstor salió quinto allí en 2003. Tampoco acompañó, Córdoba, ni en 2005 ni en 2007. En 2009, igual que en Ciudad de Buenos Aires y Santa Fe, se perdió, en Córdoba, 9 a 1.

Con De La Sota no hay acuerdo. Nadie jugará con la casaca de la Presidenta, al menos en la elección a gobernador. De La Sota cuenta, para hacer eso, con el margen de que en Córdoba, como en ningún otro lado, Cristina mide poco. Lo que no hicieron (no pudieron hacer) el reutemismo, en Santa Fe; Busti, en Entre Ríos; Verna, en La Pampa, porque en todos esos lados Cristina es potente, y entonces ordena los espacios. Así las cosas, DLS no necesita de CFK. Ojo, no la necesita para pelear la local. Si llega a ganar, habrá qué ver como se las arregla contra un kirchnerismo local levantisco y un gobierno nacional reelegido y ascendentemente relegitimado.

Hay alguna similitud con lo que era el cuadro de Chubut, en la previa (sólo en la previa). Un pejotismo ortodoxo y un kirchnerismo no pudiendo dar la pelea por una fórmula conjunta. Se peleó, en Chubut, en increíbles condiciones de desventaja, frente a un tipo, cuya gestión, decía él mismo (nótese el potencial), contaba con buena imagen, y además, presidenciable. Y se logró una ¿derrota? ajustadita a gobernador, quóru propios en la legislatura local y la mayoría de las intendencias más importantes. Nada menor. Hoy, el PJ Chubut acompaña a CFK para octubre, y no la aventura dasnevista con Duhalde... a vicepresidente. Bajó las aspiraciones. No sería tan buena la imagen del gobierno de MDN, vistos los resultados que obtuvo. Entonces, en Chubut se peleó y se ganó mucho espacio al interior del PJ para la línea propia.

Pero… Cristina, en Chubut, mide el doble de lo que en Córdoba (60 a 30, ponele, igual puntea en ambos lados). Eso facilita las cosas. Para armar algo propio y pelear, vía el FPV, la hegemonía al interior del PJ para ponerlo, a diferencia de '09, a jugar a favor de la Presidenta, cosa que en Córdoba no pasará (raro, siendo que se gobiernan, ya, ciudades varias, y guita, entonces, dato para nada menor, no debe faltar). Urge refrescar el FPV local si Acastello, Cantero y Nebreda han podido tan poco que ni una testimonial.

Scioli le dijo a De La Sota: “arreglá o perdés”. No le dio bola, José Manuel. Mal presagio: Scioli, y su capacidad de lectura táctica y estratégica, merecen, ambos, más respeto: bancó al gobierno, comandando una provincia agropecuaria, cuando la asonada de la junta de comandantes de la exportación agrofinanciera sin valor agregado. Acompañó, luego, las testimoniales. No se dio vuelta ni después de la derrota ante el doble de De Narváez, cuando tenía todo –sobre todo en términos de imagen- a su favor para hacerlo, pasar a liderar el PJ y rumbear a su propia suerte como presidenciable. Ni siquiera lo intentó. Supo leer lo que era espuma pasajera, y que lo realmente valedero, en términos de construcción, lo tenía Néstor. Está, ahora, cerca de reelegir sin despeinarse, aún teniendo que compartir los favores de la taquillera.

Sería deseable que De La Sota pierda, visto como quedó todo. A priori, en potencial. Habrá qué ver. No por despecho, es cosa de racionalidad instrumental: De La Sota tiene pinta de ser esos que a partir del 11/12/11 empezará a buscar la tajada que pueda obtener del hecho de que Cristina asume sin horizonte reeleccionista de cara a 2015. Distinto si se hubiesen obtenido los lugares que se querían en la lista, desde los cuales se lo habría podido condicionar. No pasó, lo cual puede que confirme que gallego está ya pensando también en 2015. Ojo, De La Sota, igual, con planear tan anticipadamente: no te olvides, Pepe, que ahora deberíamos estar preparándonos para que asuma la presidencia… Cobos, al que ya no le da el piné ni para ¡diputado por Mendoza! A la inversa de Scioli, Cleto. Roma no paga a los traidores.

¿A qué se juega, jugando, como parece que terminará siendo, a "nada"? A lo mejor hay la creencia de que Juez ya ganó, y se apuesta -en vez de poner una fórmula pura que, a lo mucho, pelea el bronce- a que pierda el más anti Rosada, que no es yosapa (¡Ay, Luisito, querido! ¡Esa firmita tan oportuna para confirmar a Mecha al frente del Central!), sino gallego (que no es guerrillero, ojo). Y, aparte, no le viene mal, a Cristina, tener a mano un opositor soft con el que "discutir republicanamente, entre gente que no piensa igual temas de gestión", para mostrar un touch de amplitud, ¿o no, Hermes?

Y Juez viene morigerándose en sus otrora habituales irrespetuosidades para con el kirchnerismo todo: Teorema de Baglini, pura racionalidad, Juez se ve gobernando en simultáneo con… la que ya no ataca (tanto): Cristina. ¿Qué horizonte muy seguro puede tener Juez como para temerle? ¿Suceder a Binner en la conducción del nuevo Frente Progresista Consentido? Binner, que sabe mucho, y por diablo, tuvo con Cristina mucha dulzura en estos cuatro años.

Artemio dice que le dijeron que si Cristina no banca a JMDLS ahora, no recibirá, ella, banca de cara a octubre. No se, no creo, los aparatos suelen ser racionales y conservadores (en términos de lo que a arroparse con el taquillero -en este caso taquillera- se refiere). ¿Quién les garantizaría más que ella a nivel nacional si todo sigue viento en popa como hasta ahora? No temáis (tanto).

Una lástima no haber podido (por ahora) armar nada. Eso no quiere decir que no sea, ese, el camino. Y no hay que descartarlo, todavía, parece. Se verá. Tampoco, valga la aclaración, y visto el fenómeno del voto cruzado, es para tirarse debajo de un tren. Viene bien para recordar que no todo será color de rosas en el camino a la re, y que, a veces, habrá que pelearla de abajo, que es, justamente, cuando mejor han salido las cosas.

miércoles, 8 de junio de 2011

Ser o parecer

Yo, lo admito, soy carrasquista (feliz día, Lucas, a propósito). También fana de Yendo a Menos. Leo su post al respecto de la marcha de la CTA anti K de hoy, y me mueve a expresarme en su misma sintonía. A mí, igual, me gusta ser más prolijo en la redacción. Residuos burgueses, qué se le va a hacer.

Las consignas son muy lindas. Las bancamos todos en Facebook y Twitter. Hacerlo es fácil. La cuestión está en entrar a la cancha a disputar los pingos, eso no es pa’ cualquiera, claro está. Cristina lo hace. Moyano, lo mismo. Hebe, Estela, las orga, los pibes.
Mi amigo y ex profesor Marcelo Koenig, líder de la Corriente Peronista Nacional. Todos esos están en la pelea grande de verdad. Yo no, por ejemplo. Yo sólo escribo pavadas para despuntar el vicio. Hay otros blogueros que están, por estos días, también, escribiendo, pero mucho más y mejor que yo. Lucas Carrasco es sólo un ejemplo.

Hoy la CTA ilegal marchó en defensa (o en reclamo) de… no se… algo. Vaya a saber. Cuando Moyano marcha, el pronóstico de Apocalipsis está cantado. Las placas de TN son rojas, o por lo menos amarillas. Eso, claro, quiere decir algo. Nada es simplemente porque sí. ¿Qué tendrán en común todos los ad hominem mentados para ser objeto predilecto de descalificaciones reiteradas de las vocerías establishmenteras, ejemplo de lo cual tenemos por estos días la bajeza con que se está poniendo en tela de juicio a Hebe e invisibilizando a Estela?

El post de Carrasco ofrece algunas respuestas: Binner gobierna según los criterios del socio de Clarín en AEA, la Sociedad Rural Argentina, en el corazón del entramado sojero. Los líderes de CTA son opositores a la fracción de la conducción que metió a la central en la mesa del salario mínimo, vital y móvil y las reuniones de OIT. Viene de lejos. El socialismo de Palacios enfrentaba al peronismo “por fascista”, de resultas de lo cual terminaron engrosando una alianza social que no hizo más que regresar a los trabajadores en muchos de los aspectos en los que habían avanzado, debilitar al Estado de Bienestar que lo había hecho posible y silenciar el chásis cultural que sustentaba todo eso.

Las discusiones capaces de sustentar las mejoras efectivas y concretas que requieren los necesitados y laburantes, y el ataque a los intereses que impiden que eso sea posible, en la historia de este país sólo fueron posibles gracias a Perón, Evita y Néstor Kirchner; y en la actualidad, sólo se conciben en la conducción de Cristina y el soporte militante de las orga, CGT, Madres y Abuelas. El resto, a la derecha: así no sean, esas, sus más íntimas convicciones, como la vida no opera en el vacío, de lo materialmente concreto no pueden escapar.

La centralización de los ataques de las vocerías establishmenteras en las personas de Cristina, Moyano, Hebe, Estela, la juventud, es sólo una forma en enmascarar que de lo que verdaderamente están en contra es de las banderas de la redistribución de todos los valores sociales que levanta el amplio movimiento nacional y popular que conduce la Presidenta. Está todo bien, pero no engañen: no son las formas, es el fondo. En mil formas más, y de mucha peor manera, se cagaron Menem y De La Rúa durante doce años y no se los atacó con la misma virulencia y falta de respeto que sí demuestran para con quienes revistan dentro del kirchnerismo. No vamos a hablar del respeto por las formas de los que les armaron el modelito, Videla, Martínez de Hoz y demás. Por piedad.

Las palabras dicen más, mucho más de lo que las letras de las mismas pretenden en fachada (por eso mismo, justamente, porque hay un sentido que develar subyaciendo tras de ellas, es que la objetividad periodística es mero cuento –a propósito, feliz día a todos, ya que estamos, tarde pero seguro-). CTA marcha de la mano de tipos que nunca hicieron ni intentaron hacer ni acompañar por muchas de las conquistas del kirchnerismo, que, claro, ellos las inventaron primero y las levantan “por convicción y no por conveniencia”.

¿Por el 82% móvil, por el Salario Mínimo, Vital y Móvil? ¿Todo eso del bien tratado por Aapresid, Hermes Binner; del columnista de TN, Pino Solanas y del hombre que mejores paredes tira con Luis Majul, Luis Juez? Todavía recuerdo cuando, en una charla en la Facultad de Derecho sobre el fallo ATE, le pregunté a Horacio Meguira, que vendría a ser algo así como el Recalde de CTA, por qué festejaba un fallo que también celebraban Clarín y La Nación. No me contestó, desviando el tema, por supuesto que a los gritos. La CTA ilegal no conoce de agudizar las contradicciones, va de la mano de aquellos contra quienes debe pugnar por sus proclamas.

No les interesa “el oscuro manejo de los fondos que hace Moyano”: cuando se investiga por lo mismo a Venegas televisan a todo dar su liberación –ridículamente barnizada de 17 de octubre- el problema es que Moyano pleitea salarios, reparto de ganancias, quiere laburantes peleando la institucionalidad de las conquistas. No les interesa “el oscuro manejo de los fondos que hacen las Madres”: les preocupa que Hebe, traspasando los límites de la lucha por los DDHH,
recupere el sentido de lo que buscaban sus hijos con la pelea (cuya instrumentalidad tampoco les preocupa más que para esconder qué defendían ellos, en contraposición con sus –sanguinariamente- “derrotados”). No les preocupa “que Marcela y Felipe ya dijeron que no quieren saber de quién son hijos”: preocupa que quede expuesta la trama de intereses que pueda tirar abajo el ridículo relato de “dos bandos de desquiciados que se enfrentaron en una guerra civil”. No les preocupa nada de la juventud militante ni de las orga salvo que saben que, si se convierten en sustento principal del entramado político de CFK, no hay posibilidades de pactar tregua ninguna.

¿Y encima de todo, esta Cristina, en vez de “administrar”, se quiere meter a discutir la confección de nuevas categorías y esquemas de análisis que hagan de soporte a los avances materiales?

Está bárbaro dar la discusión de la honestidad y las formas. Pero claro que,
bien dice Mariano, resulta, cuanto menos, extraño, que eso lo promuevan quienes poco énfasis ponen en controlar otras fundaciones. Pero si resulta ser que la honestidad se convierte en la excusa para no entrar a ningún debate de las necesarias agudizaciones de las contradicciones sin las cuales no habrá ataques a los “barones del Conurbano”, al “sindicalismo corrupto” ni a los “gobernadores de la ortodoxia pejotista” que puedan pintar de progresista lo que, a poco de rascar, es pura cháchara. He dicho.

sábado, 4 de junio de 2011

El Hijo de Alfonsín-González Fraga

Desaparición del antikirchnerismo furioso y recuperación de los mecanismos de armado territorial como dato clave de construcción política. Esos dos son los elementos preponderantes de cualquier discusión de candidaturas de acá a octubre, a nuestro entender.

La elección de Javier González Fraga como candidato a vicepresidente de la fórmula que encabezará El Hijo de Alfonsín (nótese que no digo “la fórmula de la UCR”, ni tampoco que el candidato a presidente haya elegido a su candidato a vice: me enseñan los teóricos críticos del Derecho que muchas veces no diciendo algunas cosas, se dicen otras) es groseramente tributaria de la antítesis de lo que, para nosotros, son las claves de los armados.

No Verbistky, sino Ignacio Fidanza, de la Política On Line (a ver quién lo puede acusar a ese sitio de oficialista, ahora)
dijo que lo que era rentable en aquél entonces (sumar agua y aceite si fuese necesario porque ante Cristina y Néstor, que rankeaban bajo, era la receta) hoy ya no corre. Salvo, claro, que se crea en los delirios de Grondona-Aguinis y demás “cráneos”, aquello del “Frente Patriótico” para salvar una república que no está en peligro para enfrentar a la armada de la generala nazifascista, con lo que vienen machacando hace rato, con escasa suerte (suponemos que por lo ostensiblemente ridículo y mentiroso de la hipótesis).

Todos y cada uno de los gestos que viene teniendo El Hijo de Alfonsín están basados en entender a la actual como si se tratara del escenario post 2009. En ese entonces, sí era racional atribuirle alto peso a sumas automáticas/mecánicas de votos a “cualquier cosa que se le oponga a los KK”, y construir, entonces, en base a esa premisa.

El Hijo de Alfonsín insiste en despreciar aquello que hizo posible la reconsideración de la UCR como actor importante en el escenario político de nuevo, esto es, el despliegue territorial del partido centenario (intendencias, comités, y demás). Ya con De Narváez, que tiene, en la provincia, gente que quiere llegar a cargos en los espacios más “bajos” (intendencias, concejos deliberantes, legislaturas provinciales, pocos pero tiene, los suficientes como para competirle a radicales, que ya los hay instalados, que Alfonsín los necesita para que le “trabajen” la postulación, y a los que ninguna gracia les hará, creemos, verse corridos dentro de lo que deberían ser sus lugares por… extrapartidarios. ¡Ay! ¿No suena a suma de los pelones? Esto por un lado.

Y por el otro, resulta, por lo menos, risueño, que se pretenda explicar que la candidatura de González Fraga es un gesto a alguien que no sea un grupo mínimo, reducido. No es, por caso, un gesto a la clase media, allí –y juego dinero por esto- el economista debe ostentar un nivel de conocimiento de alrededor de insignificante –por ser suaves-. Es, sí, importante su predicamento a nivel mediático, coincidente con los intereses que ciertas empresas comunicacionales sostienen en el debate político actual, pero eso es, hoy día, un valor menor.

“Después de meses de insistir en una propuesta con perfil claramente progresista, es decir, la fórmula compartida con el gobernador santafesino, Alfonsín se decidió por un candidato a vice con perfil técnico”, dice Clarín. Curioso, el antónimo de progresismo no es conservador, según parece, sino “técnico”. No es menor esta frase en punto a pensar qué se esconde detrás de la opción por JGF, y en el mismo orden de ideas que el final del párrafo anterior. ¿Un anticipo de lo que podría venirse (y de lo que se quiere con) en caso de triunfar la alianza de centroderecha cabezada por el radicalismo?

Vale decir, no se trata de reproches morales/éticos, que acá no caben, a la opción por JGF. Se trata, muy por el contrario, de evaluar una estrategia de armado político.

Las señales del tablero van, en su totalidad, en sentido contrario a la opción tomada por la UCR. Ni siquiera los delfines chubutenses de Das Neves piensan acompañar la aventura a su padrino político a una aventura de neto corte anti con Duhalde y en detrimento de los espacios tradicionales del PJ chubutense, fuertemente condicionados, allí, por la línea del FPV, mayoritaria en la legislatura local y en varias intendencias importantes de la provincia.

Por el lado de los abandonados por el ¿líder? del ex intento de Frente Progresista –PS y en menor medida GEN-, también pinta que optarán por lo que a nivel bajada de línea patronal luce como una estrategia contracultural: generar una opción, ya sea con el lanzamiento de la candidatura del conservador santafesino gobernador de la provincia a presidente, o bien generando una opción de crecimiento local y legislativo de corte progresista no K de anclaje urbano pero con base en el relativamente extendido despliegue territorial del socialismo.

La estrategia catch all, que como bien dijo Mario Wainfeld, días pasados, en P12, es bastante ineludible para todos dadas las peculiaridades del sistema institucional, político y electoral argentino, requiere, sin embargo, de una condición ineludible: liderazgo indiscutible al interior del propio espacio. Y garantías de que la presencia de la conducción sea la base necesaria de sustentación de la amalgama.

Pasa con Cristina en el FPV.

Pasa hasta en alguna medida con Binner en lo que intentarán con Pino, el sindicalista testimonial De Gennaro, Juez y Stolbizer.

¿Pasa con El Hijo de Alfonsín, al que se le han retobado Cobos, Aguad, Gil Lavedra y Sanz, cada uno a su momento, al interior de la mismísima UCR al punto que ni los radicales santafesinos están dispuestos a cumplir la amenaza de romper con el PS a nivel local? Estás haciendo todo mal, nene. Mejor para nosotros. Para todos.

miércoles, 1 de junio de 2011

Aramburu

Quien haya leído posteos o comentarios en debates míos, en mi blog o en Artepolítica, sabrá que siento profundo odio (sí, odio, me hago cargo) por la figura de Pedro Eugenio Aramburu. Lo llamo dictador y genocida. Siento por Aramburu una aversión superior inclusive a la que tengo por Isaac Francisco Rojas, Alejandro Agustín Lanusse, Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera o Leopoldo Fortunato Galtieri. Para que se den una idea.

No se por qué. Pero es así. Algún día me sentaré a elaborarlo, intentar darle un marco de racionalidad a un sentimiento que me brota rebelde. Explicarme por qué. En la actualidad, tengo, apenas, aproximaciones.

Quizás sea porque se escriben, a favor de Aramburu, textos como los que abajo ofrezco. Me los enviaron por mail. Son dos notas de opinión publicadas en el diario La Nación el día 29 de mayo de 2000, cuando se cumplieron treinta años del fallecimiento del dictador. Una la firma el delincuente de José Claudio Escribano (le llamo así porque es el personaje que se atrevió a decirle a un presidente constitucional aún no asumido, como lo era Néstor Kirchner cuando fue a “visitarlo” antes del 25 de mayo de 2003, que debía someterse al pliego de condiciones que le entregaba en nombre del departamento de Estado de los EEUU, so pena de “caer” de su puesto en el término de un año: eso a mi entender es un delito, ergo Escribano es un delincuente) y la otra por Bartolomé De Vedia.

Sentí, después de leerlos a ambos, incredulidad. Porque me resulta, ya no intolerable que sería mucho decir, digamos que inexplicable que se puedan decirse de Aramburu las cosas que en esos textos se dicen. Un hombre de convicciones republicanas, un liberal, alguien que detestó las dictaduras y que por eso golpeó a Perón. ¿De qué estamos hablando? ¿El tipo que ganó votaciones récords a lo largo de lo que fue su vida política es el dictador y el que tomó el poder por las armas –en realidad ni siquiera eso pudo, las pelotas para dar el golpe las puso Lonardi- y que cuando se presentó a elecciones sacó apenas algo más del 10% es el republicano elogiado?

Entonces, quizás como de los otros genocidas mencionados en el primer párrafo no suelo leer homenajes tales, sea que Aramburu entonces me enerva más. La ¿impostura? ¿Se le podrá llamar así? La falsedad, quizás queda mejor. El descaro. Porque acá no se trata de que Aramburu no pasa un test de calidad según nuestros estándares, populistas: es que Aramburu no podría ser nunca, jamás, defendido por un liberal, si es que yo he entendido algo de lo que liberalismo significa. Hace poco nos visitó Mario Vargas Llosa, y le echó la culpa “a la izquierda” del desprestigio de la ideología liberal, a la que adscribe. No. Yo le diría a MVLl que le eche un vistazo a los dos editoriales que adjunto de La Nación para que intente explicarse mejor quién es que tiene la culpa del desprestigio en el que, efectivamente, ha caído el liberalismo en Argentina.

Decidí tomármelos, a los periodistas mentados, a la chacota, y comento cada una de las dos notas graciosamente en el presente postito, ya que se cumplen, hoy, 41 años de su muerte. Digamos muerte, lo más neutro posible. No me convence del todo lo del “ajusticiamiento”, como sostienen algunos compañeros. Puedo intentar explicarme, comprender y hasta no condenar la violencia. Pero no se si me da como para reivindicarla como una bandera. Por demás, en su libro sobre la filosofía política del peronismo, J. P. Feinmann plantea, en torno del hecho, varias cuestiones sobre las implicancias que pudo haber tenido en lo que vino después, que lo hacen sentenciar que desearía que Fernando Abal Medina no hubiese disparado aquel día. No se si tanto. Sobre todo porque el mismo autor comparte conmigo que Aramburu las hizo todas como para terminar como terminó, sin que decir esto implique justificar lo actuado por Montoneros. Se trata de comprender las razones que los llevaron a actuar así. Soy de la idea, y esto también lo dije acá repetidamente, de que no es que “lo del ’76 vino por lo de la guerrilla”, sino que la guerrilla vino por la asfixia institucional a la que se vio sometido el país desde 1955, dieciocho años ininterrumpidos de dictadura, hasta 1973, es mucho.

Menos, jamás, lo consideraría un asesinato vandálico, tal como lo caracterizan las notas adjuntadas de LN. Esas palabras, para mí, tienen otro sentido, incompatible con Aramburu. Nadie, ni siquiera él, al que no le había temblado el pulso para fusilar y asesinar, a destajo y fuera de toda legalidad, durante su corto período a cargo de la dictadura, merece la muerte. Pero tampoco podía ignorar que si actuaba como él actuó, podía llegar a terminar como terminó.

De nuevo, no vienen al caso, a mi entender, consideraciones tales como si lo merecía o no, o si se justifica o no el proceder de Montoneros. Se trata, mi intención al menos es esa, de pensar la figura de Aramburu y sus implicancias. Me parece importantísimo discutir la historia, cómo se la cuenta, por las consecuencias que sus resignificaciones tiene en el presente. Por mucho que se apele a “mirar para adelante”, la reactualización articulada con lo que dejamos atrás es, me parece, no en la política, en la vida misma, inevitable. Y creo que sobre este período de la historia nos debemos unas cuantas tiradas de los pelos, al menos.

Creo que trato de plantearlo con algo de humor. El que tenga ganas de discutir sobre esto, me parece que, al menos como disparador, sirve. Y si en los comentarios alguien tiene ganas de mandarme a la puta madre que me parió, hágalo sin culpa, nomás. Que no me voy a enojar, pues.
Dicho esto, aclaro: van las editoriales y todo lo que hay entre paréntesis y en negrita, es, con pretendida sorna, de moi, Pierre Riviere... Saludos per tutti.

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La dimensión moral de un prisionero Por José Claudio Escribano De la Redacción de La Nación Lunes 29 de mayo de 2000

Los diarios se equivocan, y es así, simplemente, por la sencilla razón de que están escritos por hombres. Publican con mayor o menor frecuencia errores informativos y de apreciación, que enmiendan según la importancia acordada a cada traspié y al sentido de responsabilidad profesional con el cual actúan en su relación con los lectores. Es un capítulo definido por normas, estilos y tradiciones de conducción editorial. Otras veces -afortunadamente, las más- la relectura de viejas piezas periodísticas no suscita en el alma de un diario sino la convicción de que debería volver a ser escrito exactamente como lo había sido en su momento. Eso no obsta para que gentes con diferentes criterios o compromisos ante la vida puedan pretender que un diario se rectifique de opiniones sobre las cuales él siente que nada debe corregir respecto de lo que en el pasado afirmó sobre instituciones o personas. Ilustra, sobre tal tipo de observaciones, la reproducción de un fragmento de la desaparecida columna de opinión de La Nación "La semana política", publicada en la edición del domingo 20 de octubre de 1974. Ese fragmento está referido al robo del féretro de Aramburu, que la banda terrorista Montoneros, que lo había asesinado en 1970, acababa de perpetrar en el cementerio de la Recoleta (buena cantidad de pavadas sin sentido, todas estas).

En el periódico "La causa peronista", los Montoneros habían hecho poco antes, por añadidura, un relato pormenorizado del secuestro, "juzgamiento" y "ejecución" del ex presidente provisional de la Nación (en mi barrio a uno que llegó con los métodos que utilizó, es decir, la fuerza armada en vez de los votos, le decimos dictador). El artículo con la reconstrucción por los propios actores del crimen con el cual se abrió formalmente un largo período de violencia en la Argentina (no, querido, podemos discutir si la violencia arranca con los bombardeos a Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955; con el derrocamiento del gobierno democrático, republicano, legítimo y constitucional de Juan Domingo Perón, exactamente tres meses más tarde; o tal vez con el primer intento de golpe a Perón que, en 1951, pretendió comandar Benjamín Menéndez; pero nunca, jamás, alguien con la sesera llena puede creer que fusilar a un tipo casi unánimemente repudiado por la sociedad de entonces haya sido el comienzo de algo que, por otro lado, para ese entonces ya hacía rato que estaba desatado y en buena medida gracias al genocida asesinado) corresponde a la edición de "La causa peronista", del 3 de septiembre de 1974.

Con prescindencia de la jerga utilizada por los asesinos para intentar teñir de legalidad ese hecho horrendo, La Nación opinó de la manera siguiente: "... el grupo que secuestró a Aramburu actuó con la certeza de que tenía en su poder a un hombre capaz de influir en el curso de los acontecimientos más profundos de la vida del país (eso, seguro: en el marco que la tropa de la Fusiladora le impuso al país para procesar el juego político durante dieciocho años ininterrumpidos, claro que la bestia esa bien podría haber sido opción de recambio de bandidos). Al parecer, al tenerlo cautivo y oír sus serenas razones para avanzar hacia la conciliación entre todos los argentinos (difícil que viniera, la conciliación, de la mano de uno de quienes más hizo por aniquilarla, pero en fin), los secuestradores resolvieron quitarle la vida como un modo de aceptar que la dimensión moral del prisionero (la dimensión moral, aclaremos, de un tipo que se auto atribuyó el derecho de fusilar a un general legalista -y a su tropa de "insurrectos"-, a cuya esposa hasta se negó a recibir, previa la ejecución, bajo la excusa de estar "descansando") hacía insostenible y ridícula la tarea de sus captores. Los que narraron el asesinato pretendieron ser cínicos al describir los detalles, pero, como envueltos en una fuerza admirativa más rigurosa que el deseo de mostrarse desdeñosos, no pudieron ocultar su impresión ante las actitudes de una víctima (pobrecito: ¡víctima!) que los juzgaba desde la altura de su entereza. Tenían ante ellos a un hombre sobradamente maduro que, con las manos atadas, antes de dar él mismo la orden para que el matador apretase el gatillo, le indicó al asesino que le atara los cordones de los zapatos. Era una manera de poner las cosas en su lugar y a los protagonistas en su respectivo nivel (exacto: el del dictador, que da órdenes desde la legitimidad de la nada, y el del sometido, que eran todos aquellos -gruesa mayoría, por cierto- que no pensaban como Aramburu entre el '55 y el '73). Todo esto lo han contado los mismos que, arrastrados por un impulso irresistible, acaban de apoderarse del ataúd en un acto que concluye por aproximarse a la necrofilia y a la devoción patológica más que a una venganza saturada por el vaho de los sepulcros (coincidiendo con lo dicho, ¿con qué cara reprochan, ustedes, algo, que justificaron durante tantos años el secuestro del cadáver de Evita?).

***


Esa escena con el condenado pidiendo a quienes van a disparar mortalmente contra su cuerpo que se ocupen del aliño de zapatos que no tendrán más uso que en el acto de morir en apenas unos instantes, era por sí misma suficientemente abarcadora del perfil moral del teniente general Aramburu. Pero, en verdad, el ex presidente había requerido algo más: la visita de un sacerdote, que hubiera clemencia con su familia y que le alcanzaran elementos para afeitarse. Eugenio Aramburu, su único hijo varón, recuerda haber escuchado más de una vez de su padre la voluntad de presentarse lo más decorosamente posible ante el Creador cuando le llegara la hora de la muerte (parecería que hasta los fabricaran en serie a los genocidas de la calaña de Aramburu: todos fanáticos religiosos -que seguramente han de haber tenido la Biblia toda sus vidas en sus mesitas de luz no más que para apoyar el vaso de agua-. Por otro lado, permítome –¿se dirá así?- dudar de que, si existe la vida eterna, a Aramburu le haya tocado, en el neteo de acciones terrenales, verle la cara "al Creador").

La confesión hecha públicamente por los Montoneros confirmó que Aramburu había logrado ese propósito en la trágica hora final. Menos conocido por todos es que El Vasco nunca consiguió visitar España a pesar de la intensidad de su anhelo por hacerlo. Se negó a pisar tierra española mientras rigiera la dictadura, que detestaba, del generalísimo Francisco Franco (flor de caradura, este muchacho: o sea que, de repugnar la república y la democracia de cualquier manera que fuera posible, él, sí, podía; pero, Francisco Franco, no. Acá, lo increíble de parte del delincuente, es que no halla equivalencias entre Aramburu y Franco). Quienes sí cultivaban, desde sus orígenes hasta el fin de la Guerra Civil Española, la amistad con tamaña dictadura eran algunos de los fascistas vernáculos que habían inspirado al grupo originario de Montoneros, precisamente el que operó en el secuestro y asesinato del teniente general Aramburu (pero siempre habrá que aclarar que esos "fascistas vernáculos" jamás llevaron a la práctica lo que el delincuente de Escribano dice que adoraban, pero Aramburu sí, aunque, según el delincuente de Escribano, "detestaba" la dictadura -discurso que no secundó con los hechos-).



***

En un viaje que realizó a Europa, después de haber sido presidente (dictador, señor delincuente, dictador se les llama a los que no fueron elegidos por el pueblo), todo lo que Aramburu pudo lograr fue reunirse con sus parientes del país vasco en San Juan de Luz, en territorio francés, próximo a la frontera franco-española. La Francia de la libertad, la fraternidad y la igualdad era tan apropiada para la figura democrática de Aramburu (figura democrática que no ganó una sola elección en su vida, y amañó todas las que pudo mientras fue influyente en la vida nacional) como la España de Franco lo fue para acoger al dictador (mira lo que son las categorías del delincuente de Escribano: Perón, que ganó por goleada todas las elecciones en las que intervino en su vida, y que nunca prohibió en ellas la participación de nadie para recibir a cambio dieciocho años ininterrumpidos de borratina de la vida cívica para él, su partido y el más de 60% de población que representaba, es un dictador; Aramburu, que fue la antítesis misma de lo anteriormente descrito -o sea, fue la antítesis misma de la democracia-, es, en cambio, una "figura democrática") que en 1955 recorrió sucesivos capítulos del exilio y desde allí estimuló a esas "formaciones especiales" (acá acierta, el delincuente de Escribano, Perón, a lo más, "estimuló", jamás podría decirse que "creó" las formaciones especiales) que, después de haber contribuido a su retorno y acceso al poder (yo acá hubiese puesto: "que, después de haber contribuido al retorno de la plena vigencia de la legalidad democrática", pero, bueno, son criterios), recibieron de su parte, el 1º de mayo de 1974, en la Plaza de Mayo de los grandes actos del peronismo, el puntapié histórico en el lugar innombrable por ensoberbecidas e "imberbes" (la pavada histórica quizás más repetida de la historia). Así trató a las "formaciones especiales" como Montoneros, desde el balcón que sería de Madonna en los noventa, el general-presidente (en todo el texto, jamás mencionó a Aramburu, al mismo tiempo, como general y presidente: esfuerzos del delincuente por borrar de Aramburu el contexto castrista que posibilitó su asalto al poder) que ya veía asomarse la muerte entre los arrumacos de su mujer, Isabelita, y del poderoso ministro-mayordomo José López Rega. La Argentina, entretanto, se hundía aceleradamente en uno de sus períodos más siniestros (coincido: y todo por culpa de Aramburu y sus secuaces).

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Hoy, a 30 años del secuestro de Aramburu Por Bartolomé de Vedia De la Redacción de La Nación Lunes 29 de mayo de 2000



No hay muchos casos en la historia argentina comparables al de Pedro Eugenio Aramburu (¿a qué llamamos "muchos"? Yo digo, Videla, Onganía, Lanusse, Massera, Galtieri; podría hablar de Juan José Lavalle, Roca, tal vez... no, hombre, genocidas como Aramburu han habido varios, es cuestión de afinar la memoria) de cuyo secuestro -perpetrado el 29 de mayo de 1970 por una banda de terroristas y asesinos que oscilaban entre el fanatismo criminal y el oportunismo político (Aramburu, en cambio, era la divinidad en persona, sí, claro)- se cumplen hoy exactamente treinta años.


Presidente de la Nación durante un gobierno de facto (lo dijeron, finalmente, aunque insisten en mentarlo de presidente: bueno, tanto no les puedo pedir), situado en el centro mismo de episodios políticos turbulentos (sí, claro: golpes de Estado, torturas, fusilamientos: me gusta más Mitre, ¿eh?), la imagen que perdura de él es la de un hombre público profundamente identificado con el ideal republicano (me imagino, sí: le apostaría a que hagamos una encuesta a ver si es cierto eso. Tan seguro estoy de mi triunfo que le ofrezco hacerla con la de ustedes, Poliarquía). A diferencia de otros generales que accedieron al poder por la vía irregular del golpe de Estado, Aramburu no tenía el más mínimo rasgo que recordara a un militar autoritario (claro, al margen de detallitos como: haberse metido de prepo en la Rosada, cerrado el Congreso, intervenir el Poder Judicial y las provincias y prohibir decir: Perón, Evita, o silbar la marcha) al contrario, tenía los modales -y la convicción- de un auténtico demócrata (sólo le faltó llevarlo a la práctica, entonces, digamos).


Su nombre alcanzó plena notoriedad pública el 13 de noviembre de 1955. Ese día, una representación de jefes de las tres fuerzas armadas de la Nación se trasladó a la residencia oficial de Olivos para expresarle al presidente (¡y dale con decirle presidente!) Eduardo Lonardi su disconformidad con el rumbo que estaba imprimiendo el gobierno de la Revolución Libertadora (Libertadora, no: Fusiladora, se llamaba), el movimiento que dos meses antes había derrocado a Perón (a Perón, no: a la Constitución, que es mucho más grave). Lonardi presentó su renuncia a la jefatura del Estado y ese mismo día el general de división Pedro Eugenio Aramburu se convirtió en el nuevo presidente de los argentinos (diálogo y consenso, cuando es a las espaldas del pueblo, es posible, sí, señores).


Nacido en Río Cuarto, Córdoba, en 1903, Aramburu había ingresado en el Colegio Militar en 1919. Promovido a coronel en 1947 y a general de división en 1954, había conspirado largamente contra Perón (así, dicho como al pasar, una cosita de nada, ¿no?). En septiembre de 1955, cuando Lonardi se trasladó a Córdoba para iniciar el levantamiento, Aramburu tomó a su cargo la misión de sublevar la guarnición de Curuzú Cuatiá, en la provincia de Corrientes. Fracasó en su objetivo (fracasado, como buen militar "liberal": como bien recuerda J. P. Feinmann en su libro sobre el peronismo -en el cual no festeja lo que Montoneros hizo con el dictador genocida, ni mucho menos-, acá las bolas siempre las han puesto los nacionalistas, para que usufructúen los "liberales"), pero la entereza con que combatió contra las fuerzas leales a Perón (no, amigo. A Perón, no: a la Constitución fueron leales, hay una gran diferencia) le valieron el respeto de todos los sectores (¿de cuáles, a ver? ¿Del grupo de Cecilia Pando o del de Biondini?).


Se desempeñó como presidente de la República durante algo más de dos años: desde el 13 de noviembre de 1955 hasta el 1º de mayo de 1958. Su gestión es recordada, fundamentalmente, por el fervor con que luchó por la restauración del republicanismo histórico previo a las reformas de Perón (o sea que el republicanismo es una cosa pétrea, inmodificable, a pesar de que aquella era la época del avance del Constitucionalismo Social, ponele. Flor de estupidez, esto que dice DV: lo que destaca nada tiene de bueno per se).


Derogó (bien dicho: derogó. Al margen de toda legalidad procedimental, al revés que el proceso de reforma de 1949, que la respetó puntillosamente) la Constitución reeleccionista y estatista de 1949 (déle una leída a manuales de Constitucional, De Vedia, para ver que nuestra reforma estuvo en consonancia con otras que se efectuaban, al mismo tiempo, en varios otros países a nivel mundial) y restableció la vigencia del texto histórico (y oligárquico, puedo decir yo, si usted reduce a la de 1949 a "reeleccionista y estatista) de 1853/60, decisión que fue convalidada más tarde por una convención constituyente (inválida desde donde se la mire dicha Asamblea, que quede claro: en su convocatoria, primero; más lo sería más tarde, cuando en su desarrollo se retiraron unos cuantos "asambleístas"). Prometió entregar el poder lo antes posible a un presidente elegido por el pueblo (golpista pero con plazos, el hombre: eso sí, se aseguraría que se eligiera sólo entre aquellos que a él no le molestara que se presentásen). Asumió públicamente el compromiso de que ninguno de los militares que ocupaban cargos en su gobierno aceptaría candidaturas cuando se convocase a elecciones (¡cuán recto resultó ser, el asesino: hasta me emociona!).


Si hay algo que no puede retacearse es el reconocimiento de que Aramburu hizo pleno honor a la palabra empeñada (no, seguro, a su palabra no faltó: faltó a la Constitución, ¿pero eso a quién puede importarle?). El 1º de mayo de 1958, en efecto, entregó los atributos del poder a Arturo Frondizi, el candidato elegido por la ciudadanía (una ciudadanía acotada, maniatada, pero ciudadanía en fin), a pesar de que se trataba de un notorio opositor a su gobierno (y, sí: cualquier bien nacido debería ser opositor a un animal como Aramburu).


La presidencia (yo hubiese titulado "La dictadura")


La presidencia (dictadura) de Aramburu merece ser recordada, además, por otros motivos: restableció la autonomía universitaria, que Perón había suprimido (seguramente había libertad allí para decir de Aramburu cuantas barbaridades uno quisiera); eliminó las pesadas restricciones que pesaban sobre el periodismo independiente (¿por ejemplo?), dio pasos firmes hacia el saneamiento de la economía (no, maestro: la participación obrera en el PBI, y el PBI mismo, disminuyeron durante su gestión; los salarios se contrajeron más de un 15% -lo que provocó numerosas y durísimas huelgas, por supuesto que violentamente reprimidas todas ellas-; liquidó el IAPI, en orden a reprimarizar la economía industrial de los planes quinquenales; la inflación -derrotada por Perón en 1952-, volvió a trepar -a más del 24%-; hubo necesidad de efectuar racionamientos de combustibles y energías, especialmente en el interior; cayó en déficit comercial, adelgazaron las reservas y se llegó a, casi, cesación de pagos; asimismo se produjo, durante dicho período, el ingreso al... FMI. Eso sí: fracasar -si tenemos en cuenta que su objetivo fue privilegiar al campo frente a la industria, y al capital frente al trabajo, cosas, ambas, que logró-, no fracasó), eliminó los principales focos de corrupción moral (¿más corrupción que violentar la CN existe?) que el régimen (claro, aquello era un régimen, elegido pero régimen; Aramburu, en cambio, llegó, a los tiros, a una "presidencia": coherencia a full) depuesto había dejado como herencia y produjo una apertura cultural que dio renovado impulso a la vida universitaria, a la cinematografía, al teatro y a todas las actividades vinculadas con la creación artística (un dictador amante de las bellas artes, resultó ser este).


Es cierto que el gobierno de Aramburu carga con el baldón de haber fusilado al general Juan José Valle y a otros militares que se sublevaron con él en junio de 1956 -y también a grupos de civiles, ejecutados en la clandestinidad- (¡pero, no, por favor, hombre! ¡Un detalle, nomás! Si de última no había ley, no puede hablarse de delito, así que no se haga ningún problema), pero la opinión pública siempre tuvo la sensación (¡ay, eso de 'la opinión pública'! ¿Qué 'opinión pública', señor? Se llevaría una sorpresa, vea, si rastrea un poco) de que la responsabilidad por esas trágicas decisiones (¿trágicas o criminales? Creáme que no los imagino compungidos a la hora de decidir ejecutar a Valle) no recayó únicamente sobre los hombros del presidente de facto (en esto, dejan de lado el liberalismo: a la hora de repartir culpas son bien socialistas).


Después de transferir el poder a Frondizi, el general nacido en Río Cuarto adoptó la decisión -y la cumplió cabalmente- de mantenerse apartado y en completo silencio ante los avatares de la vida pública nacional (hombre de palabra, ante todo... bastante ya había hecho, también, digo: ¿Qué hay que aplaudirlo, todavía?). La vorágine de los hechos, sin embargo, no iba a tardar en sacarlo de su aislamiento y devolverlo al torbellino de la política (tuvo que ver si ayudaba a ordenar lo que desordenó, digamos). Durante el tenso período que siguió a los comicios generales de 1962, el presidente Arturo Frondizi convocó al generalAramburu a la Casa de Gobierno para pedirle que intercediera ante las Fuerzas Armadas a fin de que dejaran de presionar sobre su gobierno (eligió mal al asesor, Frondizi). Aramburu, después de muchas consultas, comprendió que la ofensiva de los militares contra Frondizi era incontenible y manifestó que él nada podía hacer para contenerla (¿con qué cara habría podido hacerlo, por otro lado?).


Cuando en 1963 -ya derrocado Frondizi por las Fuerzas Armadas- el presidente provisional José María Guido convocó a nuevas elecciones presidenciales, la candidatura de Aramburu surgió como un reclamo espontáneo de vastos sectores ciudadanos (¿de cuáles? ¿Acudió en reclamo del llano, debo suponer? ¡Vamos!). Su figura era una reserva moral a la que muchos argentinos querían recurrir (o una valla de contención para el retorno de Perón, o sea de la democracia, ¿no? "Vote UDELPA... ¡Y no vuelve!", era, ¿no?). Aramburu fue candidato a presidente por dos partidos: la Unión del PuebloArgentino (Udelpa), que nació expresamente para postular su nombre, y la Democracia Progresista (¿qué te haces, vos, kirchnerista loco, el que inventó las colectoras? ¡Fue de Aramburu la idea, papá!). Efectuadas las elecciones, resultó triunfador el candidato radical, Arturo Illia (digamos que fue así, ponele). Pero Aramburu obtuvo, computando todas las boletas encabezadas por su nombre, un millón trescientos mil votos (no jodamos, de porcentajes hay que hablar: un rotundo ¡13%! de las voluntades optaron por él).


El 29 de mayo de 1970 la opinión pública tomó conocimiento de un hecho estremecedor: Aramburu había sido secuestrado de su domicilio por un grupo de terroristas. Dos de los secuestradores habían entrado en su departamento disfrazados de militares. El país tuvo la sensación de que se empezaba a vivir una pesadilla. Y no se equivocaba. El secuestro de Aramburu era el preámbulo de lo que iba a venir: una década signada por el horror y la violencia (ya se lo aclaré al delincuente de Escribano, esto: fue, el secuestro, efecto y no causa). La incertidumbre por el destino del teniente general duró bastante más de un mes. El 17 de julio de 1970, como resultado de una trabajosa investigación, fue hallado su cuerpo sin vida, oculto en una cavidad abierta en el piso de una casona del pueblo de Timote, ubicado en el partido de Carlos Tejedor, en la provincia de Buenos Aires. La policía y la Justicia fueron armando el rompecabezas del perverso crimen. Se supo, así, que Aramburu había sido asesinado por sus captores entre el 31 de mayo y el 1º de junio, es decir, uno o dos días después de consumado su secuestro. Los detalles del infame asesinato fueron proporcionados por los propios criminales en 1974, en un reportaje desbordante de cinismo y arrogancia. Por ese testimonio macabro se supo que Aramburu había afrontado la muerte con admirable dignidad (al menos en su muerte tuvo la dignidad que no tuvo en toda su vida. Bien dicen que nunca es tarde para empezar).


Quienes quisieron suprimirlo del escenario político fracasaron en su intento. Su figura siguió más viva que nunca en la memoria pública (seguro, ¿cómo no? ¿O acaso no existe hoy La Aramburu, para reivindicarlo?), que hoy lo evoca como un gobernante de auténtica sensibilidad republicana y como un ciudadano de ejemplar calidad moral (y, por eso mismo, hoy se hace un acto en su homenaje en... en... ¿ninguno? ¡Ay...!).