miércoles, 12 de enero de 2011

Profundizar

Argentina vivió, tímidamente desde la caída del segundo gobierno de Perón, y de manera mucho más fuerte y decidida a partir del 24 de marzo de 1976, un impresionante proceso de destrucción social y económica, casi sin precedentes a nivel mundial. Lo que Juan Carlos Portantiero supo denominar como “empate hegemónico” entre sectores contradictorios de la vida nacional en la disputa por la preponderancia de uno u otro de ellos en la construcción del proyecto de país (industrialista mercadointernista vs. agroexportador financiero), se resolvió, tras veinte años de disputa (1955/1976), con la última entrada militar, a sangre y fuego.

Ahora bien, todo aquello que posibilitó el aniquilamiento de lo que supo ser, por las profundas transformaciones que efectuó el peronismo, el país más integrado e igualitario de América latina, se dio en medio de un asombroso quietismo y resignación social. No fue azaroso que una sociedad, que supo ser reivindicativa y movimientista como la que más, se sentara, pacientemente, a ver cómo le rebanaban, una detrás de otra, todas las conquistas que dio el General en forma de derechos ciudadanos. Y, sobre todo, cómo se reemplazaba el esquema que había hecho posible todo aquello.

Aparte del temor a terminar igual que alguno de los treinta mil, jugó, y fuertemente, el hecho de que los sectores del capital, ideólogos y sostenedores de la toma del poder en 1976 (porque fue por ellos y para ellos que siempre entraron a escena los militares, meras herramientas del verdadero poder, pero muy especialmente en el “Proceso”, versión argentina de lo que fue la solución final del nazismo), se ocuparon muy bien de no dejar cabos sueltos en su empresa. El modelo Martínez de Hoz -por llamarlo de algún modo- no hubiese sido posible (ni ese ni ningún otro, en rigor de verdad) si no había, primeramente, la consolidación de un trasfondo cultural que fungiese de soporte argumentativo, desparramando, en la sociedad, la convalidación de aquello que comenzaba a orquestarse desde un Estado que ahora era manejado, como graciosamente se dice, “por sus propios dueños”.

La venta del modelo que estalló en mil pedazos el 19/20 de diciembre de 2001, de exclusión social y económica, y autoritario en lo político, fue de la mano con la edificación de nuevas estructuras jurídicas que posibilitaron la confección de un nuevo esquema, armado a la medida de los intereses del sector del dinero, travestidos en los del todo de la población. Se sabe: la (por suerte ya difunta) 22.285 de radiodifusión, por un lado; BCRA y Ley de Bancos afines a los especuladores y no a los sectores de la producción, ley de administración financiera, por el otro, pero pegaditas; en fin: no un Estado ausente, como habitual y equivocadamente se dice, sino definido a estar del lado equivocado, esto es, jugando, como dijo CFK el día de su asunción que no haría, a ser el gendarme de la rentabilidad empresarial (por lo mismo, aquel Estado se cansó de pegarle palos a los pobres, hasta que a partir del 25 de mayo de 2003 se decidió terminar con esa tesitura).

La permanencia de tal andamiaje legal hizo de cada gobierno asumido desde 1983 hasta la asunción de Néstor Kirchner, un rehén de los poderes fácticos. Por las trabas que tuvo cada presidente para ejercer su poder en plenitud (como no fuera que, como Menem -que claudicó sus promesas de campaña cuando entendió que el mensaje de los saqueos que terminaron de sacar a Alfonsín eran, en verdad, una amenaza para él, para que se dejara de joder con eso del “salariazo y revolución productiva”-, De La Rúa y Duhalde, se decidiera a servirle de peón), por la indecisión a revelarse contra esa situación, por falta de capacidad o ganas de torcer la historia (dígase Alfonsín padre). Pero, por sobre todas las cosas, porque existía un “consenso”, o, mejor dicho, una bajada de línea abrumadoramente mayoritaria y dura que presentaba a lo que se hacía, el modelo neoliberal de mercado, como “lo correcto”, “lo único posible”, “lo ineludible”, “lo racional”, “lo que hacen los países serios”.

Durante su mandato, Kirchner convivió con todo esto. Y si no sufrió niveles de extorsión similares a los que debieron padecer sus predecesores, fue porque durante el estallido de 2001 también el establishment se vio cuestionado por la revuelta popular: aquella pintada “nos mean y Clarín dice que está lloviendo” y el tristemente célebre titular “La crisis causó dos nuevas muertes”, significaron, el primero, la primera interpelación pública seria a los poderes fácticos, sindicados, a la par de la dirigencia política, como responsables del fracaso nacional; y el segundo, el desconcierto de los mismos para afrontar tal situación.

A Kirchner se le concedió mucho mayor margen de maniobra, las condiciones coyunturales le jugaron a favor: asumió con más de ochenta por ciento de aprobación social (más que ningún otro de sus antecesores, y transversal, por sobre todas las cosas); el suyo debía ser el mandato del resurgimiento del país (Kirchner mismo reconoció, cuando visitó 6-7-8, que él gozó del acompañamiento de sectores contradictorios, entre sí, y con la esencia del kirchnerismo, en razón de que salir de la crisis les convenía a todos); era menor el espacio de maniobra para hacer a partir de la mencionada identificación de la relevancia de los sectores del empresariado con la definición de las políticas públicas que devinieron en la catástrofe que hizo eclosión en el argentinazo. El error de Kirchner consistió en suponer que ello era, en realidad, otra cosa: un disciplinamiento, por fin, de los poderes reales a la autoridad democrática y constitucional, que no los incluye.

Ya en la campaña previa a las elecciones de 2007 se anunciaba que eso no era así. Se llamaba a que Cristina “normalizara el país”. En una nota en P12, a poco de asumida la Presidenta, Nicolás Casullo ya alertaba que “aparece con claridad el eje que organiza la escena política: la disputa entre el Ejecutivo y los grandes medios por imponer, desde perspectivas diferentes, la agenda de 'continuidad' o 'cambio' que definirá el rumbo nacional (…) No sólo un derrotero a cumplir, sino una instalación de la Argentina 'conveniente' (alejarse -esto es nuestro- de Chávez y Moyano, renovar el gabinete a fondo, renovar relaciones con EEUU, alejarse de Kirchner, modificar las lógicas con que operaban Economía y Defensa), un estado de los valores, una bucólica y “neutra” estampa informativa, una fabricación del país verdadero, un puro presente sin pasado histórico, la imposición de un léxico, una neutralización de los nudos que hacen a la política, la instauración de una mirada analítica conservadora, un curso de tesis políticas sobre la comprensión del mundo. Podría decirse que en la gestación de un relato, este, lo menos importante es la superficie escrita, el copete, la frase del tecnócrata autorizado, si no ese inestimable mundo de sentidos callados que la narración derrama por debajo de sí misma como el efectivo estado de las cosas. El relato es la disputa por la historia nacional (…) -negritas nuestras-.

Cuando, en los primeros tiempos de su mandato, CFK demostró que iría por la sintonía fina de un modelo que hasta allí no se había mostrado sino a grandes rasgos, y apuntó a agudizar las contradicciones proyectivas con la resolución 125, que quería jugar en pos de la diversificación productiva a los fines de liberar al país de la fuerte dependencia que todavía hay con el agro (lo cual otorga a las patronales rurales la posibilidad de incidir fuertemente en la conducción nacional), quedó claro que la interrelación operada a partir del “Proceso” (trama de intereses que siempre se intenta mantener oculta e incide determinantemente en cada discusión por la definición del proyecto de país), estaba vigente como siempre, el establishment no se había amansado y la disputa no estaba (ni está) resuelta ni mucho menos.

Y resulta que los mayores escollos que tiene el kirchnerismo para funcionar provienen (aparte de que le falta lo que sí Perón tuvo el acierto de hacer con la estupenda CN del ’49, es decir, una modificación del escenario jurídico en el cual debe actuar la gestión) de un imaginario social, de derecha, para decirlo vulgarmente, que hay muy arraigado en la sociedad y que es el mayor aliado que tienen aquellos que nunca quieren que nada cambie para lograr, justamente, que ni siquiera se pretendan impulsar intenciones de cambio, porque generan la sensación de que jamás es conveniente ni necesario hacerlo. Así pasó con las AFJP, la nueva Ley de Medios, las discusiones paritarias (este es, quizás, el mayor cuestionamiento que ha hecho el kirchnerismo al esquema montado por el neoliberalismo), el pago de deuda con reservas, el paso a un modelo de BCRA atento más a la producción que a la especulación.

Pero no es fácil. Si es duro plantear la necesidad de cambiar algunas cosas, siquiera, mucho más lo será la empresa de buscar nuevas formas de reparto social y/o la apertura a confrontar agendas cuando hasta hace poco eso no era ni contemplado como posibilidad. De inmediato se hacen sentir voces que, furiosas y a todo volumen, plantean que nada debe cambiarse, porque no y ya. Lo que no aclararán jamás es por qué hacerlo implicaría desviarse de un rumbo que ninguno de ellos puede explicar por qué es el correcto, cuándo lo fue, dónde lo es, quién ha sido que lo definió y estableció que debía mantenerse para siempre inalterable, y cómo se conjuga todo eso con el sostenimiento de un relato que se pretende defensor de valores democráticos.

La concepción conservadora está muy arraigada, aún en los inconscientes de muchos que reconocen que muy probablemente en octubre de 2011 votarán por Cristina (por caso, un habitante de Lugano hace poquitos días, que se reconoció, ante las cámaras, como “kirchnerista hasta las bolas”, y clamaba por “mandar a todos estos bolivianos vagos de mierda que están ocupando acá”). Y no hay, en contrapartida, cultura de debate, lo cual viene a ser una gran paradoja, porque es de lo que más se queja el antikirchnerismo que el Gobierno no permite, cuando es, justamente, lo contrario, porque es en realidad desde el discurso opositor que provienen sentencias taxativas que buscan obturar cualquier intento de aportar una visión favorable a políticas opuestas al conservadurismo liberal o neoliberal.

Y cuando desde nuestras filas se clama por profundizar, modificar estructuras jurídicas actuales si se convierten en impedimentos para encarar el trazo fino de un modelo de crecimiento, acumulación y distribución, debería figurar primero. Pero también, machacar culturalmente con qué hacerlo no es un pecado, forma parte de las posibilidades democráticas darnos instituciones distintas de las que hoy tenemos si se considera necesario hacerlo, que no todo termina en el constitucionalismo liberal y las visiones conservadoras respecto de la economía, lo social y lo político. Porque será difícil si no se empieza por aquí.

Todo esto es muy viejo. O no tanto, tal vez. Pero Segundas Lecturas no quería quedarse sin gritarlo alguna vez.
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Nota: Este es el primer post del año, después de varios días sin publicar ya que no teníamos nada qué decir, y alguien nos enseñó una vez que, si no se tiene algo importante para decir, mejor no decir nada. Del mismo modo, avisamos que entramos en vacaciones hasta el 25 de enero. Tras el retorno, de Santa Teresita, para más datos, retomaremos, y con novedades. Buena vida a todos.

2 comentarios:

  1. Absolutamente brillante, Pablo.
    Este es el tipo de posts que a uno le gustaría escribir y no puede. Permitamé que me saque el sombrero.
    Es un gusto, siempre, leerte. No sólo por la sustancia de lo que escribís sino también por la forma.

    Pasando a lo personal: que la pases bárbaro.
    Un gran abrazo.

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  2. Amigo, muchas gracias por el elogio. También es un placer leerte a vos y a muchos de los otros compañeros también. El año que viene voy a cambiar algunas metodologías, igual. Posts menos elaborados intercalados cada tanto, para estar presente más y todos los días. Ya lo vas a ver. ¡Hasta la vuelta!

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