sábado, 31 de octubre de 2009

Esperanzas y cautela

Cuando se hace luz sobre una demanda social mayoritaria que venía signada por la oscuridad, existen dos posibilidades. La buena es la puesta en agenda de un tema que no era contemplado. La mala es la posible sobreestimación respecto de los posibles efectos que la adopción de la medida pueda proveer.

Esa lógica atraviesa por igual la ya célebre discusión por la ley de servicios de comunicación audiovisuales, y el más reciente anuncio de CFK de universalizar las asignaciones familiares. Saludables avances haber dado los debates, pero cautelosos futuros. Son, ambas cuestiones, nada menos, pero nada más, que herramientas, puntos de partida de recorridos que claman por mayor frondosidad.

Será bueno si se insiste en lo que la propia Cristina remarcó en el anuncio: las nuevas asignaciones no solucionarán la pobreza, para eso se requiere una acción mucho más abarcadora y estratégica que ataque la fabricación de pobreza: infraestructura, generación y formalización de empleo, expansión de los servicios públicos, reforma tributaria. Todas esas cuestiones son a menudo dejadas de lado por la oposición que cae en la sobre dimensión de las bondades de las asignaciones universales, llegando al ridículo extremo de querer incluirla como artículo 1º del proyecto de reforma política. La ¿líder? Opositora Elisa Carrio, suele caer en desvaríos tales cuando afirma que la sanción de un proyecto de ingreso básico ciudadano significará la salida del clientelismo. Asombra la liviandad con que se pretende instalar por concluida la tarea de la salida de la pobreza con la sola adopción de una medida, evitando la profundización antes mencionada, quizá porque ello importe tocar intereses hoy indemnes.

No obstante, el bloguero, que no sabe de de cálculos y números –por eso quiere ser abogado-, reconoce que no hace falta mucha erudición para validar que al suma 180 pesos, aún lejísimos del objetivo de pobreza cero, representarán un paliativo para la furia de un momentismo implacable con el dolor de estomago, mientras se encara una estrategia más global. Y, por añadidura, multiplicarán el consumo, y con ello la actividad, y con ello la demanda de empleo, aunque sea en un volumen pequeñito, pero nada despreciable en un contexto recesivo.

Con el anuncio el gobierno juega una buena carta táctica porque le quita discurso a la oposición, evita que aquella se haga de un relato que la pueda situar en un espacio que el oficialismo reclama para sí, y mantiene viva la llama de la iniciativa política y el control de la agenda pública. Y, en cuanto a actualidad se refiere, aniquila las excusas esgrimida por el coro del obstruccionismo para no tratar la reforma política.

Es muy bueno lo que dijo Artemio López en el diario Crítica respecto de la decisión de la Presidenta: ideas pueden vociferar muchos, pero actuar actúan pocos. Mientras la oposición se pierde en escuchar las estupideces que siempre tiene para decir la iglesia, con la simple firma de un decreto Cristina mostró lo fácil que era el asunto. Por eso es este gobierno indudablemente superior en capacidad de acción a todos sus contrincantes.

El kirchnerismo volvió a hacer suya una demanda social de larga data, a impulsarla (caramba, igual que con la ley de medios, todo tiene que ver con todo). Así es como y cuando suele irle mejor. A seguir, entonces, por ese camino, que falta largo trecho por recorrer.

jueves, 29 de octubre de 2009

Que no copen la parada (Sobre la ley de medios v. XIII). El significado de esta pelea y la pelea por los significados.

(Nota del autor: la presente nota ha sido publicada en la revista de la JP La Matanza del mes de octubre)

El período K se ha caracterizado por la apertura de un inmenso escenario de disputa en el que florecieron numerosas discusiones de fondo respecto del diagrama de nación deseado. Peleas que había que dar -y que hay que seguir dando- en orden a generar una democracia mucho más profunda que la construida desde 1983, y una república que esté al servicio de los más (necesitados) y no de los menos. En ese marco, fue posible desafiar determinadas “verdades” impuestas por el neoliberalismo que supo imperar en Argentina desde el no tan lejano 24 de marzo de 1976: desregulación del estado de bienestar para favorecer a los sectores extranjerizantes, aniquilación de tejidos sociales y laborales, resignación de la soberanía nacional, muerte o convergencia de las ideologías, claudicación de las luchas populares. En fin, entierro del ser nacional argentino forjado desde la época del primer peronismo, que había sabido llevar a Argentina a ser país líder con un proyecto nacional, popular y de rumbo productivo bien definido, configurando la sociedad mas justa de Latinoamérica.

Pero, ¿como fue posible lograr la aceptación, por parte del pueblo, de semejantes despropósitos? ¿Por que tanta resignación al relato de la derecha conservadora? Fue un proceso muy elaborado cuyo análisis en completo no es objetivo de estas líneas, pues sólo se centrarán en el papel, no exclusivo pero si tangencial, llevado a cabo por los grandes grupos mediáticos orquestados al son de la ley 22.285 –y sus posteriores empeoramientos-, en la eficaz tarea de la construcción del sentido pretendido. La mencionada ley iba a resultar vital para la conformación de fabulosas empresas mediáticas que, a cambio de obtener enormes negocios con la posibilidad de concentrarse que el texto otorgaba, se lanzaron a la propaganda del modelo derechista. Desde las páginas de los diarios, las voces de las radios y las imágenes de TV se propició un discurso único a favor de las soluciones pretendidamente neutrales del neoliberalismo. Medidas “racionales”, “únicas posibles”, que disfrazaban de ascetismo lo que no era sino una visión de país excluyente. Fue el travestismo discursivo de la derecha. Se colonizó la subjetividad popular, se la adormeció, se la convenció de permanecer inmovilizada. Las voces no serviles al proyecto fueron ridiculizadas, atacadas o, lisa y llanamente, proscriptas de los medios que, cartelizados y en conformaciones oligopólicas, tuvieron la aptitud de efectuar verdaderas listas negras, donde a determinados personajes, con más lo que simbólicamente representaban, no se les dio lugar. Al tiempo que moría la redistribución del ingreso, fenecía igualmente la redistribución de la palabra. Porque nada más alejado de la libertad de expresión, que la concentración de voces.

Lo increíble resultó ser que mientras el elenco de gerentes políticos de la entrega pasaba los voceros quedaban al punto que, aún hoy, la gran mayoría de ellos siguen allí dando vueltas, mientras los políticos de turno pasan y pasan al olvido. Y no sólo eso, sino que dichas vocerías cada vez acumularon mayor capacidad para condicionar gravemente a los poderes constituidos de la democracia y regar de descrédito la política, que a aquella representa. Hay que entenderlo: los medios son poder. Y no importa si cuarto, décimo o centésimo segundo. El orden es lo de menos. Un poder tal que se ha llegado al extremo de tornarse vital contar con su apoyo para poder gobernar, toda vez que un tema, cualquiera sea, existe o no dependiendo del tratamiento que los medios le den en sus espacios. Poder de imposición de agenda mediática, que le llaman. El cuadro derivó en miedo al enfrentamiento con los medios, o la tentación de aliárseles en la cual cayeron absolutamente todos los presidentes argentinos desde Raúl Alfonsín para acá. En ello cayó, incluso, Néstor Kirchner, quien hoy con tanta rabia ha decidido enfrentarles. Uno tras otro hicieron concesiones que, al contrario de lo que creían, recortaba antes que engrosar sus propios márgenes de acción, toda vez que quienes adquirían más aire eran grupos corporativos extra poder, que crecían, incluso, con ramificaciones negociales por fuera de lo estrictamente mediático, deviniendo con eso menores los espacios para la democracia. Y el beneplácito multimediático -devenidos megacorporaciones- supeditado en tanto y en cuanto la garantía de nuevos negocios persistiera. Actuaban -actúan- de modo mafioso. No todos, claro, pero si la gran mayoría de entre los que “cortan el bacalao”. Todas esas concesiones, fueron obtenidas por medio de las maniobras más oscuras de que se tenga memoria. Bastante alejadas del republicanismo y la transparencia tan declamada. Solo declamada.

El camino para democratizar las expresiones, así como en otras gestas era -y de hecho solo fue- posible de la mano de la participación popular movilizada. Así nació el proyecto de ley de servicios audiovisuales (PdLSCA). Participaron de su creación, desde organizaciones especializadas como la Coalición por un Radiodifusión Democrática y sus celebres 21 puntos, pasando por dirigentes y organizaciones sociales, académicos de prestigio y largas trayectorias en la materia, y mucha pero mucha militancia “de a pie”, que no cesaron jamás en la puja y ahora ve reflejados sus valientes esfuerzos. Tanto incomodaron y metieron el dedo en la llaga que fue necesario obviarlos, hacer como si no existiesen: los medios ignoraron el tránsito del ante proyecto por los foros públicos que para debatirlo se organizaron a lo largo y a lo ancho del país, hasta su desembarco en el congreso. Esas organizaciones comprometidas fueron también vilipendiadas por la mass media de forma muy baja. Es indudablemente conmovedor pensar que hoy Argentina tiene una ley en cuyo seno puede existir aunque sea un artículo redactado por un ciudadano común con vocación militante. Un grado nunca visto de intensidad democrática. Pocas veces ha habido un debate tan profundo, tan diverso, tan abierto y tan largo. Durante más de seis meses (¿o debiéramos decir veintiséis años?) estuvo puesto en la más evidente exposición para quienes al mismo quisieran subirse. Era cuestión de tener ganas de hacerlo, pequeño detalle.

El mérito que cabe al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, lejos de los derechos de autor, es el de haber hecho suya la lucha para dar el decisivo empuje político a quienes se atrevían a discutir el poder cambiando, por primera vez, el eje de alianzas hasta aquí conocido. Se les otorgó voz y se les abrió el escenario al cual se hacía referencia al inicio de este editorial. La política, esta vez, logró para ellos lo que los medios no podían negar a un gobierno: la difusión de su accionar. Pero la movida, la única que todavía no había podido ser discutida entre las mencionadas cuestiones intocables, nació mucho antes de Néstor y de Cristina. Y se la peleó en las condiciones mas desiguales que se recuerden. Por eso merecía la victoria.

Llamó la atención que la orquesta mediática haya elegido defenderse con escuderos tan lamentables (Bonelli, Sylvestre, Bullrich, Guidici, Moráles). A todos ellos les resultó imposible efectuar una sola critica fundamentada a la ley y entonces apelaron a todo tipo de mentiras, falacias y deformaciones para ofender. El más ostentoso de dichos embustes, a juicio del comentarista, fue aquel de la cerrazón y la falta de tiempo de que supuestamente habría adolecido el debate. Ridículo cuando se la coteja, no solo con la ya mencionada enorme cantidad de tiempo transcurrido entre la presentación del proyecto y la fecha de su sanción, sino también con el inmenso proceso de discusión que dicho proceso conllevó. Todo fue muy burdo, evidente, al punto que mucha dirigencia opositora cayó, no sólo en no leer el proyecto presentado por la Presidenta de la República, sino tampoco los propios, esos por los que nunca tuvieron la valentía de pelear, la mayoría de los cuales iban en similar o casi idéntico sentido al mal llamado K. La tentación por estar del lado de los oligopolios los pudo. Llegando al extremo de huir cuando las intentonas obstruccionistas no se les daban. Incapaces como estaban de discutir el fondo de la cuestión, agitaron fantasmas plagando el debate de subjetividades solapadas y adjetivaciones irrespetuosas.

Echaron mano los obstructores, también, a la sacrosanta libertad de prensa, valor ese presuntamente atacado por el PdLSCA, y cual si la libertad de prensa fuera más importante que la más abarcadora libertad de expresión, un valor no perteneciente a los medios, y menos que menos, para ejercerlo en exclusividad u otorgárselo a la sociedad cual dadiva del poderoso. La libertad de palabra no es sólo para periodistas, sino para hasta el último ser humano que quiera habitar el suelo argentino. Los medios, en Argentina como en cualquier lado del mundo, juegan a favor de determinados ideales. Porque responden a los intereses económicos y empresariales que lo sostienen. Están parados, siempre, en un lugar determinado y no como quieren hacer creer, por encima, propalando una “verdad objetiva” que no existe. Y no está mal que un medio construya su realidad –que es el concepto usado en las carreras de comunicación en Europa, y no la famosa libertad de prensa-, su relato, con libertad. Es válido y legítimo. Pero siempre y cuando eso se haga reconociendo que se está en determinada ala ideológica, vale decir, ejercer el ideal con sinceridad. Nada tiene que ver esta ley con la libertad de expresión, la cual no toca. Sí con dar la posibilidad de que muchos más intereses que los hoy representados puedan hacerse oír. Y lo que los oligopolios defendían es, ni más ni menos que una posición privilegiada, no sólo en el mercado de la comunicación en sentido estricto, sino en lo potente que ese privilegio vuelve a quien lo ostenta para la interacción con otras ramas de la vida social y económica. Sería inimaginable, pues, que no naciesen roces, dada la enormidad de intereses que se afectan con la apertura ofrecida por la nueva regulación.

El proyecto fue aprobado por un arco de alianzas muy importante, con un gobierno que esta vez fue hábil para articular y consensuar posiciones con quienes más podía hacerlo: la centroizquierda que optó por no rehuir de sus trayectorias ideológicas y se decidió acompañar cuando advirtió la voluntad de negociar del oficialismo, con las más de cien modificaciones ofrecidas a la redacción original, entre las cuales la famosa veda al ingreso de Telecom fue la más ruidosa, pero no la única. Se decidieron, estos sectores, abonar al saldo de una deuda histórica de la democracia: Partido Socialista, SI, Proyecto Sur, Encuentro Popular y Social, FORJA. Todos ellos, podrán dormir con la conciencia tranquila que la coherencia histórica supone. No como la UCR, por la cual Alfonsín debe estar llorando desde arriba, una vez comprobado que sus sucesores defienden en la actualidad a quienes en el pasado no pararon hasta ver a Raúl echado de la rosada.

El resultado de las alianzas construidas es el de una ley moderna, superadora de la del paradigma neoliberal en cuanto a apertura. Que consagra a la comunicación como derecho humano. Que abre el organismo de aplicación (como no pasaba hasta ahora, y como pocos modelos concebidos en los proyectos opositores y otras leyes del mundo) a otros grupos políticos y organizaciones públicas no gubernamentales. Que asegura lugar y voz a sectores históricamente postergados. Que agrede de frente a la actual concentración (y las posibilidades futuras de que se repitan). Que cuotifica alcances de abonados para las empresas de cable. Que se pone al hombro la producción cultural nacional, fomentándola, con lo que resulta un interesante avance en cuanto a impulsar trabajo genuino para nuestros artistas: ¿Será por eso que la enorme mayoría de ellos apoyaron el proyecto oficial?. Que, fundamentalmente, garantiza el federalismo comunicacional y remueve la preponderancia porteña actualmente existente.

Las caras que defendieron al proyecto, al lado de las que lo defenestraron, hablan a las claras de las bondades del mismo. Tipos como Lanata, Victor Hugo Morales, Alejandro Dolina, Adolfo Pérez Esquivel, con fama de incorruptibles e insospechados de kirchneristas, apoyaron la ley haciendo fuerte hincapié en que, al contrario del sentido común impuesto, se ampliaba antes que reducirse el espacio de discursos. Si hasta la ONU a través de su relator especial en la materia, Frank La Rue, se deshizo en elogios.

¿Perfectible? Obviamente. Pero cabe dudar de que vaya a haber otro momento mejor que este para, al menos, sancionar algo que es mejor que la 22.285. No era ni es seguro tener confianza en todos aquellos que nunca propulsaron esta jugada por complicidad con los poderosos. Muchos de quienes, además, son partes interesadas en el asunto.

¿Qué todo se motivó en rencores personales? Puede ser. Mejor dicho, es altamente probable. Pero no debe importar eso ahora. Ellos no han reparado en nada para cometer atrocidades, ¿por qué detener, por las formas, una lucha valiosa que busca profundizar la democratización?

¿Qué hay cosas mas importantes de que ocuparse? Pensemos que sin un lugar para dar esas discusiones que, es cierto, urgen enormemente, será imposible encararlas. Pensemos si resulta probable que quienes tienen que ceder algo a fin de alcanzar todas esas metas a las cuales se hace referencia, que son los mismos que monopolizan los lugares de difusión, sean tan gentiles de otorgar espacios para que sea puesta en evidencia su gula. Por ende, para que tengan cabida las cuestiones pendientes en la agenda, y la oferta de alternativas populares era, es y será imprescindible pelear por las palabras y sus significados. Sin callar a los intereses contrapuestos, ni mucho menos. No resultaría lógico imitarlos. Acá no se trata de que nadie se calle, sino de que se sinceren las posiciones y se favorezca la competencia leal. De lo que se trata, es de ir a pelear sentidos, discursos, de igual a igual. Y que cada quien elija. Pero que existan oportunidades, que hasta esta fecha no hubo, para todos.

Pero esa, es una cuestión de todos los días. La sola sanción de una ley, no va a hacer hablar automáticamente a los actualmente postergados, ni menos dejará en ridículo los discursos dominantes, que por cierto ya lo son aunque no están lo suficientemente evidenciados.

Si acaso alguien cree que la tarea ya está cumplida, no entendió nada. La criatura apenas ha nacido. Ahora, de todos depende cuidarla.

viernes, 23 de octubre de 2009

Que no copen la parada (Sobre la ley de medios v. XI). “Tapando la realidad”; o, “A la realidad le pongo la tapa”; o, “Destapando la realidad"

Se recordará que uno de los spots que más repitió Clarín durante la batalla por la ley de medios, rezaba algo así como “la realidad se puede tapar, o se puede hacer tapa”. Dicho lema intentaba dar el mensaje de que, por medio del proyecto de ley, el gobierno descargaba su irritación con El Grupo, debido al pertinaz objetivo de este último en transmitir la realidad de las cosas.

Esta última semana se asistió a un gran número de sucesos políticos, que novedad. Tres de ellos no merecieron mención alguna por parte del llamado “gran diario argentino”: el diputado De Narváez aseguró que se le agradecía –no se sabe muy bien quien- haberle “roto el culo” a la Presidenta de la República y a su esposo; el Presidente de Brasil, Lula, tan caro a los afectos de un periodismo que intenta contraponer su estilo al del actual oficialismo, consideró a CFK como “una gran Presidenta”; por último, la organización Reporteros sin frontera, elogiaron la calidad de libertad de prensa en Argentina, nada menos.

Curioso estilo de recorte, que opta por omitir una grave falta de respeto a la Jefa de estado; deja de lado una declaración del país hermano después de semana de metralla con cada pelo y señal de la gestión del mismo; y elude la consideración de un organismo mundial verdaderamente independiente y de renombrada trascendencia en materia de periodismo, justo en momentos en que el tema está tan en boga.

Si se toma por cierto el espíritu del spot al que se hace mención en el primer párrafo, habrá que concluir en que la capacidad abarcativa para oficiar de (parafraseando la alocución de Carlos Raimundi durante la sesión en diputados) “sacrosantos propagadores de la verdad” del diario de mayor tirada del país, es bastante pobre.

Si por el contrario se adopta el espíritu mayoritario, y que inconmoviblemente se sostuvo, entre muchos otros lugares, desde esta columna durante la disputa por la nueva herramienta radiodifusora, en cuanto a que la realidad no es algo que se recoge de los arboles y se difunde, sino más bien una construcción subjetiva, no por ello menos válida, se entenderán mejor tales “olvidos”.

miércoles, 21 de octubre de 2009

¿Por qué la sorpresa?

Resulta que campea el asombro ante la circunstancia de que el gobierno haya encadenado una victoria tras otra en el congreso, después de la derrota que sufrió en las elecciones de renovación legislativa de medio término. Pues no debiera haber tal. Y no solo por el hecho de que entre el día 28 de junio, fecha en que se realizaran las elecciones, y la asunción de los ganadores, hay largo trecho. Existen otras causas.

El error más significativo en el análisis del resultado de junio, es que se generó la falsa idea de que ese 70/30 negativo que el gobierno nacional obtuvo, tomando solamente en cuenta los votos en crudo, sería directamente trasladable a la composición de fuerzas parlamentarias. No es así. Tal el sistema que rige los descensos en sus campeonatos de fútbol, el Congreso argentino se conforma por los resultados de los tres últimos actos eleccionarios. Entonces será, a partir del 10 de diciembre: en diputados, un cincuenta por ciento de legisladores consagrados en los comicios de 2007, y la mitad restante serán quienes triunfaron el reciente 28J; en senadores, además, se agrega un tercio de ellos que triunfaron en 2005 (los de Buenos Aires, Santa Cruz, San Luis, Jujuy, Misiones, San Juan, La Rioja y Formosa). Es decir que la composición legislativa resultante reflejará, sobre tres escenarios, restos de dos de ellos cuyos resultados fueron ampliamente favorables al kirchnerismo, 2005 y 2007. Y el último que, si bien fue amargo para el oficialismo como para ningún otro sector político - por la dialéctica cuasi terminal que el propio Kirchner imprimió a los mismos - no arrojó un ganador claro toda vez que, numéricamente hablando, Carrio o Macri fueron igual de rechazados que el mismo Kirchner, Reutteman ganó con la lengua afuera (y con ello, resultó derrotado Binner), y la victoria de Cobos se dio en un territorio de relativo peso electoral. Esto lleva a la segunda parte del razonamiento.

Dejando de lado la explicación que se daba de porque el 70/30 no sería el exacto reflejo del reparto de bancas a futuro, lo que sí sonaba imaginable era una estampida de abandonos del oficialismo aún antes de diciembre, porque políticamente el resultado implicaría un traslado del señorío del poder. Eso no ocurrió en la medida de lo esperado porque fue tal la dispersión de victorias que nadie quedó con la suficiente fuerza para hacer frente a un kirchnerismo que tenía handicap de sobra. Por ende, pudo contener una cantidad de hombres tal que en otras circunstancias le hubiese resultado mucho más dificultoso, y que le otorga el impulso necesario para encarar peleas no menores. Muy en especial la de la ley de medios en la cual, por si fuera poco, el gobierno y sus espadas parlamentarias lograron una importante articulación de alianzas haciendo lugar a reclamos de los bloques de centroizquierda, que tenían que ver con la coherencia histórica de las mismas. Y por la inclusión de las cuales, dichas fuerzas bregaron en el debate parlamentario previo a comprometer su acompañamiento. Con eso, los Kirchner inscribieron con el sello de la contundencia la sanción de la ley tras la cual subyace la pelea de poder más importante de la historia de la democracia moderna. Y siendo que el peronismo, fue dicho mil veces, huele poder, eso es para el gobierno un antecedente valiosísimo en lo que será el armado de su futura fuerza parlamentaria.

Como conclusión, ese escenario de tres tercios que se imaginaba, en el cual el tercio oficialista perdería dos a uno por la alineación automática de los dos restantes, es meramente utópico. Primero porque el entendimiento pretendido es de por sí quimérico vistas rabiosas internas que sufren las oposiciones, en torno al reparto de papeles estelares. Segundo porque el oficialismo representa algo más que un 33 por ciento de poder propio, manteniendo ventaja sobre los dos conglomerados de derecha, el pan radical y el pseudo peronista. Tercero, porque tal escenario implica desconocer la existencia, cada vez más gravitante, del grupo de centroizquierda, que se va a reforzar con las llegadas de Pino y Sabbatella, y cuyas estrategias de alineamiento ha venido teniendo una importancia decisiva en las últimas discusiones. Le convendría a la derecha no subestimarlos tanto. Y al gobierno, como consejo, hacerse eco de demandas de larga data del sector centro zurdo, y darle a las mismas la capacidad de empuje político que aún conserva, lo cual hará robustecer la construcción de su agenda en pos de la recomposición del poder que ha venido resignando.

Con este cuadro, resultan cuanto menos discutibles las afirmaciones del diputado Francisco De Narvaez respecto de la salud de los traseros de Néstor Kirchner y su esposa, la Presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner. Y a propósito, ¿es peor un insulto de tales dimensiones dirigido a un periodista que a un Presidente, Presidenta en este caso? Porque lo que queda claro, es que las reacciones no tuvieron ni por asomo igual tratamiento mediático.

viernes, 16 de octubre de 2009

Mirándose en el espejo

Los periodistas, todos, desde hace mucho tiempo saben como es “Maradona persona”: procaz, soez, pendenciero, agresivo, vulgar. Y hasta puede decirse que han colaborado en la construcción de ese personaje, toda vez que avalaron incontable cantidad de veces barbaridades similares a las espetadas por el DT en la conferencia de prensa post Uruguay, porque ellas hablarían de una supuesta valentía, que más bien es todo lo contrario. Solo que nunca les había tocado, a los pone micrófonos, ser receptores de las hostilidades. Esto no exime a Maradona, para nada. Es injustificable. Sobre todo viniendo de alguien que sabe como la prensa gusta de jugar, alternativamente, al mimo y al golpe según le convenga. La mirada periodística –no toda, hay que aclararlo- es meramente coyuntural, exitista, convenenciera. Es cierto que muchísimos hacen pésimamente su trabajo, que son cizañeros, que viven operando. Con eso han debido lidiar, desde Menotti hasta la actualidad, todos los que se calzaron el buzo de conductor del seleccionado nacional. Diego participó de la mayoría de esos ciclos, con lo cual no puede hacerse el desentendido. En síntesis, ambos se conocen, ambos se aceptaron, ambos se promovieron cuando les fue útil el otro, por ende, a ninguno le asiste el derecho de patalear ni por las críticas de unos (muchas veces desmedidas, desubicadas, ridículas), ni por las bravuconadas del otro, tan alejadas de lo que cabe esperar de su investidura y del foco en que él debiese poner atención. Lo que enerva no es tanto la mala educación del entrenador, sino su evidente desconcierto para afrontar las dificultades que el desarrollo de la tarea le está presentando.

Con esto, termina pagando el equipo, y con él, todos quienes quieren –queremos- que le vaya bien. Porque este equipo, al cual la sola denominación de tal ya le queda enorme, es el fiel reflejo de la imagen de Diego insultando a los periodistas: un discurso que no tiene estructura o es meramente defensivo y temeroso, para un conjunto ídem. Ni más ni menos que el calificativo que le cabe a lo que fue la continuidad del no plan que se vio ante Perú, donde se prolongó la improvisación, la incoherencia, el desconcierto táctico; y después frente a Uruguay. Allí sí hubo una estrategia, que podría ser aceptable o heroica si se tratara de Costa Rica, Nueva Zelanda, Corea o Ghana, más no de Argentina. La selección ha terminado por resignar prestigio, altura, tanto como su técnico viene haciendo desde hace tiempo, para seguir con el juego de similitudes. Se ganaron dos partidos en forma agónica, y triste desde lo futbolístico, con goles convertidos por tipos que ingresaron a las convocatorias por la ventana: Palermo y Bolatti. El resto, algo de Higuaín, bastante más de Demichelis y Verón, y paremos de contar. Demasiado poco para afrontar un mundial, pero lo absolutamente esperable si se tiene en cuenta como se prepara esta selección para la competencia. Habiendo tanto para analizar y mejorar, periodistas y técnico optan por lanzar insultos o fijarse en pelotudeces tales como si Messi canta o no el himno. Así las cosas, en unas eliminatorias cuyo formato está especialmente diseñado para enterrar las posibilidades de que Brasil y Argentina queden afuera del mundial, se termina entrando por la ventana, y mucho peor, festejando por ello cual si se tratase del triunfo en la verdadera cita máxima. Mientras en Montevideo once jugadores de azul se refugiaban cerca de su arquero para conservar el cero, el resto de los argentinos en Buenos Aires rogaba por un triunfo del Chile de… Marcelo Bielsa.

Ese Bielsa que en su momento fue tan denostado, terminó siendo un salvavidas al cual todos quisieron aferrarse. En su momento, él también sufrió los embates desmedidos de cierto sector del periodismo que lo atacaba por no serle servil a sus intereses pero, a diferencia de Maradona, los supo enfrentar con la misma altura, capacidad y riqueza intelectual con que suele engalanar su trabajo. El ex diez dejó pasar la chance de responder con gracia. Por estos días, el típico panqueque argentino añora la capacidad táctica de Bielsa, DT del mejor Chile que se haya visto en la historia. Un equipo que juega en la forma que a su entrenador le gusta, ofensivo, sólido y con concepto. El loco vive momentos de gloria, de revancha personal y goza de un reconocimiento cuasi unánime, tanto aquí como en Chile.

Y seguramente, en la diferente calidad de espejos en que se miran, se explican las distancias que separó a uno y otro equipo. En la tabla, en la cancha y fuera de ella.

lunes, 12 de octubre de 2009

Que no copen la parada (Sobre la ley de medios v. XI). Manos a la obra.

Cuando el 27 de agosto empezó esta aventura, lo primero que a uno invadía era la incertidumbre. Aún con el entusiasmo que el envío del proyecto de ley de medios a debate significaba, por el solo hecho de que iba a ocupar agenda un tema largamente escondido de la misma. La falta de certezas aludida giraba en torno al conteo matemático de voluntades que se estimaba, a priori, pudieran o no acompañar la sanción de la ley.

Pero pasados los días, las discusiones, los textos que se suscitaban para tratar el tema, la sensación cambió. Y fue reemplazada por otra, más fría y analítica, que hizo entender que, más allá de que pudiere ser aprobada o no la ley, todo lo hecho era ya demasiado, medido en términos de lo que relativamente se había podido al respecto durante 26 años. 26 años durante los cuales, no sólo se pudo juzgar y condenar -para después liberar- genocidas; no sólo fue posible desregular –y luego re regular- las leyes laborales; no sólo se remató el patrimonio nacional –para más tarde iniciar, de modo desprolijo, el camino de recuperación-; sino que, mucho más importante, hubo la posibilidad de oír loas y reproches para todos los gustos y de todo calibre, respecto de cualquiera de dichas medidas, en sus marchas y contramarchas. Lo único que no había recibido objeción alguna era la propiedad de los medios y el fabuloso esquema de concentración a que se había visto sometido el mapa comunicacional, tras 26 años de desvaríos legislativos en la materia. Directamente, no se tocaba el tema. Y eso, algo quiere decir. Hasta la iglesia se comió, en ese lapso, piñas y puteadas, lo cual ya es decir mucho. Entonces, que al parlamento hubiera arribado el tema generando –como bien apuntó, por ejemplo, el diputado Raimundi- la bajada a la sociedad de discusiones tales como monopolios, construcción de realidad, imposición de agendas y demás, constituía una victoria. Claro que luego uno se entusiasmaba con la posibilidad de obtener la sanción del proyecto. Pero si así no hubiese sido, en un futuro los que sentíamos la necesidad profunda de dar esta discusión, recordaríamos estos días como un antecedente de mucho peso. Porque nada sería igual. A dios gracias, en la madrugada del sábado, y ante la presencia de muchos que aguardaban expectantes y enfiestados un voto positivo (muchos más que los que días atrás se congregaron por el No), la ley salió.

Mirar la gesta del proyecto de LdSCA desde una mirada un poco más distante, alejada de las pasiones, ayuda incluso a valorar más el hecho de su sanción. Porque ni la nueva ley significa que, mágicamente, serán amordazados todos los espíritus libres que pululan por TN, ni mucho menos que a partir de mañana se hagan de voz todos aquellos que, hasta acá, efectivamente no la tienen. Significa, nada más, pero nada menos, que la democracia pudo torcer el brazo, desde lo simbólico –aunque esta vez no solo- a uno de tantos factores extra poder que no cesan en el intento de condicionarla. Quizá el que mas, quizá el único que le restaba disciplinar. Pero atención. Así como muchos se equivocaron al creer muerto a Néstor Kirchner después de ser derrotado el 28 de Junio, equivocando la dimensión de actor político que el ex Presidente tiene, lo mismo puede ocurrir a todos quienes forjaron este escenario durante 26 años de militancia silenciosa e inclaudicable si se dejan estar. Ahora está la herramienta que faltaba. Será cuestión de que, igual de maduro que el ímpetu puesto en la consecución de la ley, sea el espíritu que guíe la utilización de la misma para poder construir un escenario democratizador en serio. Porque de lo contrario, siendo el enemigo, como es, de fuste, y teniendo en cuenta que no está muerto (ni nadie, al menos no quien esto escribe, quiere que así sea, más sí que admita competencia), sino que está groggy, puede reaccionar en cualquier momento y mucho más si el cambio obtenido termina siendo caótico.

Las palabras finales, no pueden sino ir para la mujer que fue la única, desde recuperada la democracia, con la valentía para empujar esto: Cristina. Quedará para la historia su nombre y su decisión de dar apoyo político a todo el movimiento pujante que, por debajo y desde antes de nacido el kirchnerismo, existía. Y que muchos subestimaron, porque podían hacerlo, hasta que la política cambió de preferencias. A ella y a otros políticos que merecen ser destacados por su papel protagónico en la cruzada, como Silvia Vázquez (de pie, señores, que pedazo de cuadro esa mujer), Gustavo López, Gabriel Mariotto, Claudio Morgado, Carlos Raimundi y el resto del SI, Proyecto Sur, Hermes Binner –y con él, todo el PS-; también a periodistas valientes como Victor Hugo, Lanata y, en general, los de P12 y Crítica, que supieron meterle alternancia al unicato discursivo; a muchos que son olvidados en esta reflexión (y disculpas por ese olvido); a nosotros mismos por haber dado, cada uno desde su lugar, la pelea necesaria. A todos, gracias. Pero a seguir remando, que está todo por hacerse, y recién estamos en el punto de partida.

martes, 6 de octubre de 2009

Que no copen la parada (Sobre la ley de medios v. X). El dilema de las cuatro “P” (Pepe Pampuro Presidente Provisional).

Andan diciendo por allí que el gobierno no quiere a José “Pepe” Pampuro en la presidencia provisional del Senado en la sesión en la cual se debatirá la ley de medios porque, con ello, perdería un voto a su favor. ¿Es eso correcto? Es groseramente incorrecto. Veamos.

Sabido es que el Vicepresidente de la Nación, que preside las sesiones del Senado como representante del Poder Ejecutivo en el Poder Legislativo (a menudo Cobos olvida eso), solo ejerce derecho al voto en caso de empate. Fuera de esa inusual circunstancia, únicamente ejerce funciones ordenatorias. Pero ello, no es en razón de su condición de jefe de la sesión. Se explica en algo mucho más sencillo: el Vicepresidente no es Senador.

Esto fue muy bien explicado en ocasión de la elección como titular del alto cuerpo, del senador Ramón Puerta, en la presidencia De La Rúa. El encargado de la argumentación fue el entonces Senador por Córdoba, hoy ministro de la C.S.J.N., Juan Carlos Maqueda, quien aportó la siguiente conclusión, tangencial a nuestros efectos: "Ambos cargos tienen naturaleza política distinta, arrancó. El vicepresidente tiene como función principal reemplazar al Presidente y como función accesoria presidir este Senado, pero sin voz, sin voto y sin iniciativa legislativa, como sí la tiene el presidente provisional, que es un senador elegido por el voto del pueblo de su provincia”.
(Acá la fuente, ofrecida por los amigos de lanacion.com)

En el caso de que Pampuro tuviese que ocupar el sillón máximo de la cámara, conserva su derecho al voto, puesto que lo contrario implicaría un desmedro en la representación de la Provincia por la cual ejerce. ¿Cómo lo hace? Desde el mismo estrado que habitualmente ocupa Cobos, está preparado para el caso de que ocurra esa circunstancias. En caso que haya empate, su voto cuenta doble automáticamente. El Presidente de la cámara de Diputados ejerce -si quiere, puede no hacerlo, también Pampuro puede optar por no votar- igualmente su derecho y es en función de las mismas razones: su calidad de miembro del cuerpo es la que le otorga la posibilidad.

Distinto sería si a Pampuro le tocara ser transitoriamente Presidente de la Nación, en caso que Cobos pensara en irse, para esa fecha, a Montevideo a ver el definitorio Uruguay – Argentina por la última fecha de las eliminatorias sudamericanas (diga lo que diga Macri, las perversidades no las piensa el gobierno, si se tiene en cuenta que el propio Cobos admitió no ser muy fanático del futbol, pues prefiere las maratones). Allí, por tener que ocupar transitoriamente la función ejecutiva, Pepe perdería, no sólo su derecho al voto, sino además la posibilidad de participar en la sesión. En ese caso, Ruben Marín, Senador por La Pampa y actual vicepresidente 1º del cuerpo, sería el encargado de presidir la sesión senatorial, pero también él podría votar, por las mismas razones que lo puede hacer Pampuro
.

Por ende, a todos los que andan revisando que pueden inventar para tumbar el proyecto de LSCA el viernes que viene, más les convendría sustentar sus posiciones negativas respecto del mismo. Ahora, en el caso de que persistan en valerse de argucias reglamentarias para el prepósito obstruccionista, un consejito: péguenle una leída a las leyes antes de decir las barbaridades que dicen. De onda.

viernes, 2 de octubre de 2009

Que no copen la parada (Sobre la ley de medios v. IX). Burlándose del Profesor.












En el debate del proyecto por, vulgo extendido, la nueva ley de medios, ha albergado puntos de vista para todos los gustos. A favor o en contra, con muy buena o muy mala capacidad de argumentación. Con muchos queriendo hacerse los tontos: nota de Tenembaum, en Radio Mitre, a Norma Morandini, acerca de las “cuotas” de música nacional. Otros que llamaron a la vergüenza ajena: por caso, el diputado Heredia, casi lloriqueando, defendiendo a “La era de hielo” y el pato Donald. La expresión de Lozano en ese momento, para alquilar balcones.

Lo que no había aparecido, reposando por enfermedad Elisa Carrio, era el ridículo. En su lugar asumió, presto, Alberto Rodríguez Saá, el gobernador de San Luis. Ya lo dijo Aníbal, la versión masculina del oráculo chaqueño.

No cesa el Alberto en hacer méritos para ser calificado como inimputable. Según el señor Gobernador, ni esta, ni ninguna ley federal puede dictarse, puesto que el artículo 32 de la CN impide la jurisdicción federal en materia de libertad de imprenta, y a esta hay que hacerle extensiva la materia audiovisual, pues el legislador de aquel tiempo no hubo podido prever los avances tecnológicos acaecidos. La particular lectura fue promocionada por Mariano Grondona, quien con un dejo de tristeza porque bajo tal hermenéutica moriría la “ley” nacida al amparo de sus amigos los dictadores, igualmente se contentaba con un “bueno, esta no, pero la de los montoneros populistas tampoco”. Pavoneaban ambos, incluso, con la historia del artículo, incorporado por la Provincia de Buenos Aires en la reforma de 1860, por iniciativa de una comisión conformada por Sarmiento, José Mármol, Gorostiaga, Seguí, y cuyo miembro informante fue Dalmacio Vélez Sarsfield. El mismo que, un par de años más tarde, crearía una ley de más de cuatro mil artículos sancionada, durante la presidencia Sarmiento en 1869, a libro cerrado: el Código Civil. Que raro que nadie se queje del tratamiento sobre tablas de cuatro lucas de disposiciones pero sí lo hagan con el actual proyecto, de apenas algo más de cien. Claro que, por cierto, no destaca el CC por ser una legislación que ataque los intereses de los poderos.

Pero nuevamente, Alberto y Profe, están equivocados.

Con o sin intención, para el punto importa poco.

Personajes como estos dos son fanáticos de leer solamente la parte dogmática de la CN. Frenan casi todos sus análisis respecto de la misma en el artículo 43. En realidad, prácticamente gustan de hacer tabla rasa a todo aquello que no sea sumisión al art. 17 (remitanse al mismo y entenderán). Pero, para su desgracia, la Carta Magna sabe contar hasta 129. Y no puede sostenerse, aunque a ARS y MG les incomode, que la segunda parte sea inferior a la primera. Ninguna se subordina a la otra, son complementarias, mas allá de lo que los repúblicos digan en este y/o en cualquier otro caso.

Así las cosas, la reforma de 1994 incluye un parrafito, chiquito, a la denominada “cláusula del progreso”. Es el cuarto parágrafo del hoy artículo 75, inciso 19. El mismo pone en cabeza del Parlamento la potestad de dictar leyes que “regulen los espacios culturales y audiovisuales”. Así de fácil. Sin mucho esfuerzo, sin necesidad de sofisticadas interpretaciones, ni nada por el estilo que quieran esgrimir, sus argumentos quedan irremediablemente fulminados. Que le van a hacer. La sabiduría no es patrimonio exclusivo de sus amados legisladores de la generación del 80.

Esta ley no es contra Clarín.

Tampoco es este editorial contra el Alberto, quien hasta mueve a la ternura.

Sí es contra Grondona. Desde estas líneas, un estudiante de derecho tiene el tupé de decirle: Profesor, usted no sabe nada.

O sabe muy bien cómo hacerse el que no sabe.

Una de dos. Igual, da lo mismo: el viernes 9/10, y a pesar de ustedes, esto se discutirá.