martes, 15 de abril de 2014

El futuro del kirchnerismo desde la perspectiva de Daniel Scioli o Daniel Scioli desde la perspectiva del futuro del kirchnerismo (¿dará lo mismo?)

Muchísimas veces nos hemos referido en Segundas Lecturas al expediente crítico que representa la pertenencia de Daniel Scioli al kirchnerismo. Parece mentira que el tema pueda dar para tanto, pero así es. 

Incluso, mereció una serie de posts específica de tanta tela que había para cortar.

Nuestra tesis no ha variado ni lo hará: el gobernador de la provincia de Buenos Aires es una pieza importantísima en el dispositivo oficialista. Prescindir de él es altamente desaconsejable. La construcción que sustenta al gobierno nacional se vería seriamente comprometida en caso de una ruptura entre la presidenta CFK y el vicepresidente de Néstor Kirchner. Esto independiente de que, pese a lo que dirían las encuestas en tiempos no electorales, tanto en 2007 como en 2011 la jefa del Estado nacional obtuvo su cargo con mayor cantidad de votos que el mandamás bonaerense. Scioli, en ese entendimiento, no se va del Frente para la Victoria sencillamente porque no tiene con qué. Esto, suponiendo que quisiera irse, lo que no supera el grado de hipótesis si se habla en serio. 
Sucede que el sciolismo, entendido como tal, es, apenas, una categoría periodística.

No se trata, en este tema, de ideologías. La política, en definitiva, no es sólo eso. 
Lamentablemente (no para nosotros, que no curtimos beneficio de inventario en estos asuntos), hay que matizar, aquí, con lo que se requiere para edificar aquello que permite desplegar los impulsos de las convicciones: o sea, poder. Y está claro que el ex motonauta ha sido una pieza fundamental en ese sentido.

Dijimos, también --para no parezca sciolismo esto--, que no es lo mismo un militante (independientemente de la mucha lealtad que, efectivamente, ha demostrado siempre Scioli) que ejercer la conducción.

Pero, volviendo a girar, siempre sostuvimos que, si acaso hay temores por un Scioli que, puesto a jefe, desande grandes porciones, o bien todo lo actuado desde 2003 (no es nuestro caso), no es el mejor juego el de intentar el mero bloqueo de su candidatura presidencial casi porque sí. Ni mucho menos expulsarlo del Frente para la Victoria. En tal supuesto, sólo se conseguiría arrojarlo a la posibilidad de que alcance su objetivo como expresión de segmentos refutatorios del paradigma inaugurado por Néstor Kirchner. O bien de conseguir impedirle el acceso a la primera magistratura, pero al costo de, por quebrar el dispositivo en que se apoya el gobierno nacional, perder también chances propias de pesar en el litigio sucesorio. 
Regalando, así, el triunfo a opciones que no mejoran la del esposo de Karina Rabolini. 
O bien son francamente peores, considerada su representatividad.

La ruta de la racionalidad conduce a que si, como todo indica, Scioli está dispuesto a confluir, lo mejor es intentar condicionar, desde esa voluntad, por medio de las PASO --y, por ende, del armado del circuito sobre el que pueda funcionar--, el programa que a posteriori tendrá ejecución en su gobierno.

Hasta las presidenciales 2011, apenas con la presencia de CFK había bastado como para enterrar cualquier debate. 
El juego que se inició desde entonces es muy otro. Toca competir. Para agregar volumen a la propuesta. La presidenta de la Nación, por su parte, de modo sensato y hábil, ha sabido siempre (igual que antes Kirchner) aderezar sus decisiones con abundantes dosis de racionalidad, que en política significa ni más ni menos que tomar la debida nota que merecen las correlaciones de fuerza en un período histórico determinado. Y entiende de la incapacidad que los afecta, tanto a ella como a Scioli, para construir con prescindencia del otro. Conviene tomar nota: ni la una ni el otro quieren separarse, porque en tal movimiento iría la clave de sus respectivas, y --en ese caso-- seguras, derrotas. 

Sobre el cierre de este post, Andrés Larroque confirmó mucho de lo que aquí dicho. Creemos. Y, sobre todo, celebramos.

viernes, 11 de abril de 2014

Yendo hacia la cama del enemigo

Resulta difícil mensurar el acatamiento a la huelga general/lock out multicolor de ayer. 

Con piquetes varios de por medio y sin movilización que corone la jornada (desestimando las enseñanzas de Saúl Ubaldini en la materia), puede, o no, haber sido un éxito. Es y será una incógnita, atractiva para una disputa que no es la más jugosa para abordar. En última instancia, si Hugo Moyano pretende instrumentar su fortaleza gremial en incidencia política, sabrá evaluar si esto le sirvió para trascender como agregador de volumen humano, o bien como mera fuerza de aguante. 
Capaz de bloquear una ciudad pero no de operar una correlación de fuerzas. Cosa suya. 
Más hacia el final del texto se entenderá a qué queremos referirnos.

Ya sus escasas dotes para calibrar en ese territorio derivaron en que, de exigir la vicepresidencia de Cristina Fernández para uno de los suyos en 2011, terminara fiscalizando las mesas de Francisco De Narváez en las elecciones legislativas 2013. Cuidando el mísero 5% de votos del diputado nacional colombiano. 

Si esa irrelevancia se llega a trasladar a cuerda sectorial, será para resolver en Camioneros.

Abundar, por otro lado, en detalles jurídicos sobre la violación a la libertad sindical en que incurrieron (derecho a no adherir al paro) es para una polémica interesante pero poco taquillera.

La ensalada de la medida de fuerza, por último, es, ahí sí, el asunto relevante para la discusión. 
Pero no por el dato en sí mismo. La heterogeneidad al interior de las representaciones es un paisaje habitual del ecosistema político argentino. E incluye el menú disparatado de exigencias, que llegaba incluso al... ¡narcotráfico! No da para escandalizarse, aún con lo inentendible de que en una movida de este tipo participen sectores patronales como la Federación Agraria Argentina, entidad con la que debería conflictuar y no contuberniar Gerónimo Venegas, espada del moyanismo. Responsable de la paupérrima situación laboral de los peones rurales, tal vez los peores del universo sindicalizado. 
Ídem cabe para su militancia kirchnerista de hasta hace nada.

Acá no se trata de si una huelga es política o no. Siempre lo es. Como todo en la vida.
Bueno es que algunos empiezan a reconocerlo, y dejan el acting del apoliticismo de lado. Lo que debe preocupar es el aspecto cualitativo de la propuesta. Es decir, hacia dónde dirige sus esfuerzos el conglomerado que organizó la protesta.

Y a tal fin, resulta necesario y llamativo estudiar las definiciones otorgadas por Hugo Moyano durante la conferencia de prensa con que epilogó su día de protagonismo. Habló allí de “gente”, no de “clase obrera”, muy lógico en un peronista, pero ni siquiera de “trabajadores”. Llamó al gobierno nacional a “dejar de lado la soberbia” y allanarse al “dialogo”. Rechazó las “divisiones”, en lo que hicieron especial ruido sus alabanzas a “el campo”, al que atribuyó “la situación del país”. Pidió contra la inseguridad, relativizó los episodios de intentos de homicidio --mal llamados linchamientos-- de las últimas semanas y despotricó contra la capacidad recaudadora del Estado nacional (de la que han surgido muchas prerrogativas para su sindicato). 
Incluso el repudio, pero sólo declarativo, a los cortes de caminos que lo auxiliaron.

Sería estúpido pensar que ese cuidado en el vocabulario es inocente, espontáneo.
Forma parte de una voluntad de conectar por fuera de lo propio. Con modos y gestos propios de segmentos que sienten repugnancia para con él (y lo que es peor: para con los suyos). Hoy se decía en Twitter, y es atendible, que aquí se quiso dar también un mensaje a fuerzas opositoras. Para el cierre de listas o más allá de ello. Desde esto último surge la preocupación por el carril que elige transitar el moyanismo. Francamente incompatible con las necesidades de sus defendidos. Ayer decíamos que se está poblando demasiado la disputa electoral, por así decirlo, a derecha (no es exacto, pero para que se entienda). Por la decisión opositora de adaptarse a un estado de cosas en tal dirección y expresarla incondicionalmente.
Puede que al paro general de ayer haya que sumarlo a esos movimientos, en idénticos términos. 

Pero, en este caso, es mucho más grave. Por la suerte de los sujetos sociales que componen a los actores en cuestión.

jueves, 10 de abril de 2014

Pescando en la misma pecera

Sergio Massa repudia el anteproyecto de Código Penal o relativiza la condena a los linchamientos y, al toque, salen a hacerle eco Maurizio Macrì, Hermes Binner, Ernesto Sanz, Julio Cobos. Calcan sus palabras. Más tarde, Macrì dice que le da tranquilidad que su hija se haya ido de viaje a EEUU durante un año, pues así ella escapa de la inseguridad argentina, que al parecer no existe en San Francisco. A las pocas horas, Massa dice que trabaja para que sus hijos puedan vivir aquí, en obvia respuesta a la anterior catarsis irresponsable del alcalde porteño (que declara como si no lo fuera).

Elisa Carrió ha iniciado, desde hace un par de semanas, una maratón de lloriqueos por varios programas de la señal TN del Grupo Clarín. Ruega que desistan de lo que, entiende, es un apoyo del multimedios conducido por Héctor Magnetto a la candidatura del ex intendente de Tigre. Este berrinche llama a la vergüenza ajena, por una dirigente política que pareciera dedicar mayores esfuerzos a la construcción mediática que a la partidaria. Y reconoce lo tantas veces denunciado por el kirchnerismo respecto de la evidente articulación entre sectores empresariales y agrupaciones políticas opositoras. 

En este caso, se confirma, por boca de alguien que conoce esos vericuetos como pocos --pues los ha recorrido casi en rango de columnista--, que los favores serán para las huestes del esposo de Malena Galmarini.  

El repaso enseña sobre la disputa que envuelve a los opositores por estos días: Massa ya mordió todo lo que podía de electorado kirchnerista en 2013. Quedó en desventaja en ese universo (65/35 en cuanto al voto peronista duro histórico, según explicara Manolo Barge), pero fue suficiente como para arruinar la performance global del FpV. En adelante, va por aquello que en 2011 se repartió entre demasiados, sin que por ende nadie lograra hacer ni cosquillas a CFK en su empresa reeleccionista: el sufragio no peronista, sensible a cuestiones institucionales/republicanas. Algunas vigas maestras de esa cosmovisión, dicho sea de paso, están ganando espacio en agenda. Lo explica bien Ricardo Tasquer, comenzó a partir de las sediciones policiales con más saqueos de fines de 2013

No por una derechización social, que nadie piensa en esos términos: es simple y lógico reflejo conservacionista ante los avances materiales elaborados por el gobierno nacional en una década, máxime cuando algunos ruidos de gestión (por las correcciones a la macro) e incertidumbre institucional (dado el recambio presidencial venidero) se asoman.   

El plus de la oferta renovadora es la de una arquitectura mucho más sólida, capaz de disputar poder y sostenerlo.

En PRO parecen haber tomado nota de esto, y ahora andan ocupados en pegar a Massa al kirchnerismo. "Es lo mismo, pero reciclado", explican resumidamente. Ése será el litigio político principal en adelante. Y es en ese entendimiento que cabe esperar del Frente Renovador un abandono, al menos discursivo, de buena parte de la promesa de "conservar lo bueno". 
(Ezequiel Meler acaba de expresarlo brutalmente, haciendo además alusiones a la irresponsabilidad de Massa en cuanto al temario reforma del Código Penal/linchamientos, en sintonía con nuestro anterior post.)

Se trata, sencillamente, de una necesidad estratégica.

lunes, 7 de abril de 2014

Dar la talla

El desequilibrio que produjo en el sistema institucional el triunfo presidencial de Cristina Fernández en 2011, por la magnitud de la distancia que la separó del segundo, generó masas populares de disconformidad carentes de expresión potable.

Ello derivó en la imposibilidad de encajar ciertas demandas en la agenda pública.

La consecuencia de ese circuito que fue retroalimentando el par insatisfacción/irrepresentatividad, a nuestro criterio, fueron los cacerolazos que se sucedieron a partir del año 2012. Y que ahora se desinflaron. No así su esencia reivindicativa, de corte enojoso.

Un vacío que llenó hábilmente Sergio Massa con la construcción del Frente Renovador.
A estos respectos, conviene atender en detalle a la últimamente cada vez más frecuente sucesión de declaraciones de los dirigentes opositores, que parecen ir persiguiéndose unos a otros en eco, evidenciando así que van a la caza de similar universo electoral. Porque, además, los sectores opositores no peronistas caminan hacia una arquitectura partidaria de mayor solidez. Al cierre de este texto, nada había hecho Elisa Carrió por dinamitar la anterior afirmación, lo que constituye toda una novedad.

El problema ha dejado de ser, entonces, la existencia o no de alternativas con potencialidad y horizonte; ahora, en cambio, se trata de cómo discurre ese relacionamiento.

Raúl Degrossi apuntó en el blog Nestornautas que la representación política no puede ni debe limitarse, cuando se trata de una variante opositora, a la mera reproducción de las voces de disconformidad para con el oficialismo de turno. Cualquiera se las vería en figurillas para intentar, si así lo quisiese, expresar el enorme y diverso racimo de vociferaciones antikirchneristas que se oyeran en las marchas callejeras de protesta 2012/2013 sin el procesamiento de las mismas que la tarea dirigencial implica. Fue Carlos Pagni quien se ocupó de diferenciar ese fenómeno del de opción política proyectiva cuando explicó que, de haber existido liderazgos capaces de ofrecer una salida creíble a quienes no se sentían contenidos por la presidenta CFK, nadie habría salido a la queja de ese modo. 

Pero es una incógnita si la sola aparición de una figura en quien depositar la confianza del sufragio basta. 

Martín Rodríguez escribió en La Política On Line que la inseguridad es un momento en el que se cuestionan las mediaciones. Hay que pensar a partir de esa frase la "comprensión" de las pulsiones linchadoras que manifiestan las principales referencias del arco partidario. El hilo que separa eso de la convalidación, siquiera involuntaria, es demasiado delgado.

Representar significa capacidad para articular las exigencias ciudadanas con su viabilidad práctica (económica, por caso) y su admisibilidad jurídica. El resultado de ese procedimiento sería una respuesta a los “problemas de la gente” que trascienda a la enunciación de los mismos. Si, en vez de eso, gana un espacio indebido el discurso crudo del reclamo, estaremos en problemas. Y eso no remite solamente a las dificultades gestivas de quien está a cargo de la gobernanza durante un período determinado: también a quien legitima aquello que está fuera de sitio. 
Explícitamente o no.

Las voluntades tergiversadoras querrán ver en estas líneas una culpabilización a los dirigentes opositores por los linchamientos que son tema de debate por estos días.
Nada de eso.

Pero tampoco se puede reducir un fenómeno complejo y multidimensional como la inseguridad y las reacciones que se derivan de la imposibilidad de domarla apenas a una administración. Máxime cuando hay en marcha procesos de construcción y reconfiguración de identidades representativas de cara a una sucesión presidencial. Y, quizás, de ciclo histórico. La responsabilidad se reparte cuando las expectativas se reparten entre mayor cantidad de actores, aun cuando la principal siga siendo la de la cabeza del Poder Ejecutivo Nacional, que de todas maneras en este caso estuvo a la altura, no sumando más leña al fuego de la irracionalidad. De ningún modo posible imaginable.

Así, pues, en adelante habrá que preguntarse, en relación al Estado, más cuál que cuánto.

jueves, 3 de abril de 2014

No cuenten conmigo

Fernando Carrera fue condenado en doble instancia a 30 años de prisión en una causa que le armaron en el año 2005 entre Policía Federal y tribunales penales nacionales. Acusado de robo agravado por uso de arma de fuego en concurso con triple homicidio culposo, lesiones graves y leves, abuso de arma de fuego y portación ilegítima de arma de guerra. Casi nada. Aquello fue conocido como La masacre de Pompeya, tan afines que parecen algunos a banalizar todo cuanto sea posible. 

La Corte Suprema de Justicia anuló en 2012 esas sentencias, firmadas en 2007 y 2008, por irregularidades procesales (fórmula jurídica que corresponde a la maniobra tendida contra el perejil en cuestión), ordenando dictar una nueva en base a sus señalamientos. No obstante ello, en 2013 la Cámara Nacional de Casación Penal volvió a condenar a Carrera: obvio, lo contrario descorrería un velo tras el que subyacen podredumbres que los involucran (a jueces y policías) peligrosamente. Deberá esperar a que el máximo tribunal trate el fondo de la cosa, pues hasta acá intervino sólo en lo relativo a procedimiento. 

En todos estos trámites, el protagonista de una trama cuya roña fue llevada al cine --para ser puesta en su indiscutible evidencia-- ha perdido nueve años de su existencia.

La tarde de los hechos, herido Carrera de bala por el fusilamiento policial a que fue sometido luego del desastre que dio origen al expediente, la gente que andaba por allí, enardecida sin razón, quiso volcar la ambulancia que socorrió al, se creía --equivocadamente-- entonces, asesino. Semejante criminal, gritaban, no merecía esas atenciones. A lo largo de este asunto, como se observa, sobró Estado, si por tal cosa se entiende acción de las fuerzas de seguridad y de los órganos encargados de aplicar Derecho, tal lo que se viene oyendo durante esta última semana a propósito de los brotes de mal llamada justicia por mano propia, que en realidad son matanzas en masa.

Los daños que fallos (en todos los sentidos del término) corrompidos hicieron a Carrera podrán ser, eventualmente, reparados; si, en cambio, lo hubiesen asesinado los indignados ese día de 2005, no.

Por eso están mal los linchamientos. No hace falta argumentar más nada.

miércoles, 2 de abril de 2014

Deslizamientos

Se dio, finalmente, se está dando, lo que anunciara en su momento el tucumano Ricardo Tasquer, editor del siempre recomendable blog Los Huevos y Las Ideas
La alvearización del kirchnerismo, tesis estelar suya para 2014. 
O lo que Horacio Verbitsky denominó ajuste heterodoxo.

La proliferación de inventiva en cuanto hace a definiciones sobre lo que sucede desde la devaluación de enero último indica que no se trata de una cuestión tan sencilla como pretenden quienes chicanean ahora inverosímiles --teniendo en cuenta el lugar desde el que lo hacen-- corridas por izquierda. Los matices que caben a las correcciones que hay en marcha (por el tiempo y los modos en que se están tramitando), el colchón de la construcción socioeconómica previa y el sostenimiento de pilares como la AUH, la actualización jubilatoria y la negociación colectiva hacen de la tarea analítica una empresa cuesta arriba en este caso.

Un kirchnerismo abocado a los cambios con que las urnas ordenaron acompañar al mensaje de continuidad en las imperfecciones de ésta, genera una oposición menos dispuesta a conservar lo que antes prometía de lo actuado por el gobierno nacional desde 2003. Eso reposiciona al oficialismo nacional en el tablero. Adversar, en adelante, implica trabajar sobre las dificultades que encuentre la presidenta CFK en su trabajo de revisión de variables agotadas. Luciano Chiconi, desde el massismo, dice que no hay garantía para los dirigentes del Frente para la Victoria de vencer al Frente Renovador si se ofertan electoralmente como “continuidad de algo que es distinto”.

Trasladado, entonces, el debate político a la cuestión de la eficiencia, ganan, al interior del dispositivo gubernamental, espacio proyectivo aquellos mayormente dedicados a tareas conectadas a lo cotidiano. Dícese, hoy día, gestión. 
Por caso, Florencio Randazzo. Pero esos son, hoy, todavía apenas globos de ensayo.

El asunto es que, como método preventivo a la hipótesis de éxito del kirchnerismo a través de su reconfiguración programática, el corrimiento opositor de sus ya de por sí muy tímidas referencias al conservacionismo de “lo bueno” se acelera. Lo contrario a lo que le decía a este comentarista un recientísimo garrochista durante un intercambio en las redes sociales: a la alvearización gubernamental, entiende, habría que responderle diferenciando nestorismo de cristinismo. Toda vez que estudia lo que llama giro a la derecha de modo descontextualizado y sin matizar en el plano de las opciones disponibles. En función de que, así, se genere un polo cultural que exprese la voluntad de retorno a etapas expansionistas.

Ese programa peca por duplicado.
Primero, en cuanto a la incertidumbre respecto de, justamente, el combustible con que alimentar el expansionismo, dato que a nadie se le escapa; pero, además, por la contradicción esencial que ello conlleva en relación a las apoyaturas sociales opositoras realmente existentes.

Esto se verifica cuando se presta atención a la concurrencia de distintos fragmentos del arco partidario antikirchnerista a cazar todos en un mismo bosque electoral. Ya sea en los casos del anteproyecto de Código Penal y/o de los recientes y sospechosos linchamientos, donde se pelean entre sí a ver quién rompe primero el termómetro de la reacción; o bien con la gira de Sergio Massa por EEUU la semana pasada, en la que se soltó a abjurar de líneas centrales del ciclo inaugurado en 2003, por mucho que puertas adentro sus voceros quieran embellecer sus decires. Y sistemáticamente se reitera que, en seguida de la marcación (crecientemente retrógrada) de agenda del massismo, aparecen, en fila india, radicales, socialistas y macrismo a hacer coro en idéntico espíritu.

Muy lejos, pues, de la pretensión de ciertos cerebros renovadores ex FpV hasta 2011, de que el FR bucease en la misma pecera que el kirchnerismo.

En política, el voluntarismo tiene el límite de los intereses que se litigan.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Las respuestas que ofrece un expediente

El establishment necesita, casi con rango de desesperación, del pronunciamiento de una condena penal aleccionadora, por corrupción, contra algún funcionario del gobierno nacional. El vector que impulsa la sobreestimación del debate sobre los comportamientos censurables en el ejercicio de la función pública es una necesidad sistémica en sí del Círculo Rojo que enunciara alguna vez Maurizio Macrì: el ocultamiento de las complejidades que supone la trama de la desigualdad en el reparto de la riqueza en Argentina.

Sin restarle importancia al asunto de la honestidad de los actores institucionales, el problema surge con los análisis políticos que se pretenden derivar de ello. Lo que puede llevar al ridículo de vincular la devaluación de la moneda con la causa Ciccone.

Hay que tener cuidado con las bondades que se le asigna al juzgamiento tribunalicio de los gobernantes. La pobreza y la indigencia obedecen a decisiones legales: las que definen los propietarios de cada billete producido.

Están en la tarea de deslegitimar la desnaturalización de ello que intenta el kirchnerismo.

lunes, 24 de marzo de 2014

Los próximos 24 de marzo

Hace 10 años, con su discurso en la ex ESMA, Néstor Kirchner inauguró oficialmente que memoria, verdad y justicia sería una política de Estado. Hoy se ha podido leer que Alejandro Horowicz y Ricardo Tasquer se preocupan por el contenido de la fecha. Actual y futuro.

El kirchnerismo ha sido y es criticado por, se explica, de la utilización política que habría hecho de "el tema de los Derechos Humanos". Esa impugnación forma parte de lo que, a mi criterio, es la incomprensión del hecho histórico. Entendiendo que se tiene por uso un significado negativo, también es posible decir que, camuflada bajo el reproche a lo que se denomina partidización de la causa, se esconde la voluntad de no discutir el orden socioeconómico que vino en combo junto con el terrorismo de Estado.
Los organismos de DDHH tienen una lectura de lo sucedido que, evidentemente, es distinta a la de gran parte de la sociedad y de otras fuerzas políticas. Y con toda lógica, operan a favor de lo que, entienden, se requiere a partir de esa divergencia allí donde encuentran eco.

Con el procesamiento de Carlos Pedro Blaquier, y luego de otras sentencias de corte similar, en los tribunales parece estar teniendo cabida otra interpretación que la histórica, tanto la de los tiempos de la teoría de los dos demonios como la de cuando hubo impunidad absoluta. Pero no se trata sólo de expedientes judiciales sino además de los beneficiarios y los beneficios que organizó el Proceso de Reorganización Nacional (tesis Conadep). No es casual que los juicios hayan avanzado conforme debieron ceder en su posición de privilegio respecto del gobierno del Estado.
Resulta imposible no pensar una cuestión como réplica de la otra.

Esta recordación tendrá, entonces, a partir de 2016, el tinte que corresponda al consenso que reúna al interior del resto del arco partidario la idea de que se honra la lucha por los DDHH sólo si el juzgamiento penal es ampliado más allá de los ejecutores e ideólogos de la faz represiva de la dictadura, al tiempo que por lo menos se sostenga la relativización de sus transformaciones socio/económicas como sentido común.

No es, aquí tampoco, como dijéramos hace un par de días en relación a lo estructural del conflicto salarial docente, buen augurio el rechazo a la propuesta de penalización de empresas en el caso de delitos económico/financieros.

La actualidad es, así, siempre algo que se constituye con lo que se trae desde antes.

sábado, 22 de marzo de 2014

La huelga de los docentes bonaerenses

Como siempre sucede en Argentina, la discusión por un litigio de gestión dispara incontable cantidad de otros debates. Que tengan que ver con el expediente principal, o no. Bien o mal intencionados. Está bien que así sea: se trata de política, es legítimo que los actores aprovechen los resquicios que encuentran para colar lo suyo. 
Uno aspiraría a un poco de otra tesitura en ciertas temáticas, claro.
Ya nos hemos expedido sobre esto, no vale la pena insistir ni pecar de ingenuos.

El paro por tiempo indeterminado que ha impedido el inicio de clases en las escuelas públicas de la provincia de Buenos Aires, a raíz del desacuerdo en la paritaria docente, no es la excepción. Donde se cruzan las internas que debe afrontar la conducción del sindicato negociador, acosada por victorias trotskistas en niveles inferiores de la estructura gremial; el proyecto presidencial de Daniel Scioli --y la supervivencia de eso dentro del kirchnerismo-- y demencialidades como las del vicegobernador Gabriel Mariotto proponiendo, para tramitar el conflicto, una inconstitucionalidad gigantesca (mirada a la luz de la normativa de OIT, de rango constitucional para nuestro país en materia de huelga): no hay que caer en el todo vale resultadista de Sergio Massa.
Mejor, primero, desmalezar; para entender el meollo.

La provincia de Buenos Aires alberga a, aproximadamente, un 40% del total de la población argentina (38 y piquito). Pero recibe, en la actualidad, apenas el 20% de la masa tributaria coparticipable. Ahí está toda la explicación del asunto, conviene no darle tantas vueltas. No tiene mayores dificultades comprenderlo. La complejidad vendrá a la hora de resolverlo. 
Ni los recitales, ni la publicidad oficial, ni Fútbol Para Todos (que, además, es cubierto por el presupuesto nacional; no con el provincial, el protagonista de este drama). Ése es todo el tema, siempre, en cualquiera de los problemas que últimamente venimos discutiendo: transporte, seguridad, educación: la superpoblación que afecta al Gran Buenos Aires. 
Que la hace, casi, inviable. Como bien la denomina Jorge Asís.

Cuando Scioli explica no tener el dinero que haría falta para satisfacer los reclamos salariales de los gremios de maestros dice una verdad casi tan grande como el Estado que gobierna. No cuenta con recursos, es, tal cual, así.

Gracias a Alfonsín padre (supuesto gran estadista de nuestra historia nacional), y al Pacto de Olivos, el procedimiento para modificar la ley de coparticipación federal es más complicado que lograr que la bellísima Lola Ponce se fije en el autor de este blog: imagínense, nomas, usted, estimado lector. Alfonsín quiso, con la reforma constitucional de 1994, crear un distrito híper pertrechado de billetes (para, apenas, alumbrado, barrido y limpieza; respecto del resto piden transferencia de estructura impositiva) para garantizar buenas gestiones gubernamentales de su partido ad eternum, como catapulta hacia la recuperación del poder grande, en la Capital, donde antes siempre ganaban los radicales. El PRO actualmente recoge esos frutos.
Le salió muy bien: la UCR recuperó el gobierno nacional en 1999 a través del entonces jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. No incluyó en su ecuación de probabilidades las destrezas de Fernando De La Rúa, que le arruinó el kiosco. Pero eso ya es harina de otro costal.

Es decir, lo que haría falta hacer, modificar la ley de coparticipación federal, está prácticamente fuera del menú de opciones. Súmese a esto que la patria cacerolera ya determinó que la Constitución Nacional debe quedar así como está.
Democráticamente, claro.

Así las cosas, lo más probable es que la cuestión se termine resolviendo como sería deseable que no se hiciera: poniendo el gobierno nacional (o sea, la presidenta CFK) lo financieramente necesario para zanjar las diferencias (no muy grandes, pero inabordables para la PBA). Y todo para, luego, tener que seguir aguantando que la traten de conchuda y de puta cuando (y porque) se ocupa de conseguir lo que hace falta para que el Estado, sencillamente, funcione, siquiera de la manera precaria que lo hace aún hoy en muchos de sus segmentos.

Gobernar supone esas ingratitudes.

(La tarea de repensar y reconfigurar la sintonía fina del país, entonces, va a seguir igual de subjerarquizada que lo está en este texto --donde aparece entre paréntesis, al final y desconectada del cuerpo principal como metáfora descriptiva de su realidad--, en tanto implica un conmoción de intereses en los cimientos mismos del edificio nacional, para la cual hace falta más que un poder ejecutivo federal: también una oposición que quiebre lanzas con estructuras anquilosadas que bloquean el avance en la lista de pendientes de un modo que no signifique cubrir heridas de bala con curitas. Un programa alternativo.
Es una empresa de Estado, no de facción: pero acompañarla supone compromisos riesgosos. 
La reforma del Código Penal no es buen augurio en este sentido.) 

viernes, 21 de marzo de 2014

Néstor y Cristina: la ortodoxia peronista

¿A qué pretenderán que se refieren los que le hablan de "peronismo ortodoxo" a los militantes y funcionarios del gobierno de la presidenta CFK? ¿Cuál otra de las fases anteriores de despliegue histórico del peronismo ha sido más consecuente que el Frente para la Victoria con los postulados de independencia económica, soberanía política y justicia social que el general Perón estipuló como apotegmas esenciales del movimiento nacional y popular?

En suma, ¿qué otro peronismo ha sido más ortodoxo (entendiendo por ello fidelidad a la doctrina, arriba enunciada) que el de Néstor Kirchner y Cristina Fernández?

El kirchnerismo expresa la derrota del bloque de clases dominantes en su intento de domesticar al peronismo según los términos liberales de la democracia republicana. Por eso ha generado y genera semejante rechazo. Es cultural. Agredió nervios estructurales de dominación muy sensibles. Generó conciencia respecto de las causas reales de los problemas socioeconómicos argentinos.

Y eso no va a ser perdonado nunca. O por lo menos no fácilmente.