lunes, 18 de mayo de 2015

Urtubey en la dinámica de la humildad

Juan Manuel Urtubey amplió la ventaja que había obtenido en las primarias salteñas y obtuvo su tercer mandato como gobernador en la frontera norte del país.

Hay, en verdad, muy poco para agregar a lo ya dicho hace aproximadamente un mes, cuando se inauguró en Salta la larga marcha de capítulos distritales que desembocarán al final del camino en las elecciones presidenciales de agosto/octubre, pero que a su vez también representa cada una de ellas una especificidad con lógicas propias, multiplicidad de fraccionamientos minoritarios de cuya articulación depende que se pueda hablar verdaderamente de una dimensión nacional. La suma de las partes, en este caso, más que superar al todo lo constituye esencialmente, en una complejidad de difícil organización, máxime para las pretensiones en extremo rígidas del análisis mediático dominante, livianito por definición.

Sin embargo, lo que en términos cuantitativos es escaso, resulta sin embargo un gigantesco dato político, que explica mucho acerca de lo que se ha movido en el tablero electoral durante estas cuatro semanas, y que refleja las variables que se vienen desarrollando mucho mejor que las proyecciones mecánicas de cifras que a menudo se intenta de los comicios locales en una u otra dirección. Fue precisamente el encuadre que eligió el vencedor otorgar a su éxito la nota singular de la jornada.

Urtubey ofreció un discurso triunfal de fortísimo alineamiento con el oficialismo nacional, ponderando la figura de la presidenta CFK --paradójicamente-- mucho más que en sus dos victorias previas (2007 y 2011), justo ahora que ella se acerca a su ocaso institucional; reconociendo además la interna competitiva que se aproxima por la postulación sucesoria del Frente para la Victoria como método de copamiento escénico, más allá de lo conocido de su mayor afinidad con Daniel Scioli --y, vamos, de la ventaja que lleva el gobernador bonaerense sobre Florencio Randazzo--. Y, sobre todo, se insertó comprometidamente en la disputa que se avecina, aún en la tranquilidad de su confirmación como primer mandatario de su provincia.

Se trata, entonces, de la mejor demostración de lo dicho en nuestro último post a propósito de la perspectiva ganadora del FpV y de la enorme valoración de Cristina Fernández como elementos ordenatorios en esta coyuntura, en el marco más amplio de la tibia pero progresiva reconstrucción partidaria general que están operando las PASO en los cimientos políticos argentinos, cuestiones, todas éstas, que seguramente hayan inducido a Urtubey a ratificar su ubicación nacional; habida cuenta que el debate que en particular lo envolvía ayer estaba resuelto desde hacía ya largo rato. 

El mensaje de Urtubey, entonces, se inscribe en la saga de aceleración de los movimientos preparatorios que se verificaron al interior del peronismo desde que la presidenta de la Nación convocó a un baño de humildad a sus compañeros, en función de una apuesta a la racionalidad del espacio que conduce, estipulado ya que ella irá a la cabeza de la empresa continuista.

Podían subsistir dudas, pues las diluidas eran candidaturas inviables; pero hoy se materializó poder territorial en ese sentido.

viernes, 15 de mayo de 2015

En sus marcas, listos...

Una semana, nomas, le tomó a la presidenta CFK organizar la interna del peronismo, desde que se propuso hacerlo. Justo a partir del instante siguiente a que algunos divulgadores digitales cayeran al ridículo --visto lo sucedido en los últimos siete días-- de diagnosticarle el ingreso a una irrelevancia política ya irreversible.

La desorientación analítica es la razonable consecuencia del desespero electoral.

Y se hace imposible evitar una referencia comparativa entre eso y el cabaret en que por estas horas ha devenido el consorcio de vanidades, caprichos y rebeldías que gerencia Sergio Massa; a lo que fuera el estallido de FAUnen a nivel nacional y, aunque en mucho menor medida, al modo en que se tramitó la participación de Gabriela Michetti en la interna del PRO. La distancia que separa a aquellos episodios de la pacífica estructuración que está transitando el Frente para la Victoria sólo puede ser recorrida a través del puente que a tales efectos tiende un liderazgo sólido como el de Cristina Fernández, con cuyo acuerdo no basta para competir respetablemente, pero sin el cual cualquier postulación carece de viabilidad. Los teóricos del bacheletismo, así las cosas, reconfiguran cálculos previos.

La perspectiva cada vez más afianzada de continuidad del kirchnerismo en el poder --que por enésima vez desmiente las predicciones de fin de ciclo--, impulsada por el pacifismo ya ineluctable en que marchará el recambio institucional --y en que fluye la vida de la sociedad en general, relatos caóticos al margen--, al amparo de una economía que evitó tanto resbalones como zancadillas --y que, por el contrario, manifiesta síntomas indesmentibles de robustez, aún en la dificultad--, todo lo cual se expresa en la altísima ponderación con que CFK cierra su segundo mandato --singularidad histórica local y de la coyuntura regional--, es el aceite que lubrica renunciamientos en lógica de aportación colectiva.

Dicho sencillo: una observación apenas liviana del paisaje actual no habilita espacio a la duda, casi, acerca de la mayor estabilidad que supone el paraguas del FpV, más allá de divagues individuales mínimos, que acaban encuadrándose. La debilidad ajena desincentiva y, más, invierte las deserciones. El shock normalizador que las PASO progresivamente van imprimiendo al esquema partidario y el compromiso de la jefa del Estado con las chances del peronismo caminan en igual dirección. Vamos rumbo a novedades como el procesamiento sucesorio intra PJ jugando a ganador y un pato rengo que nunca llegó a concretarse: Cristina gravita tanto en su ocaso como lo hiciera al alba, en 2007. No es poco, ni ha sido sencillo. 

Es de esperar ahora que con idéntico espíritu se desarrolle la discusión hacia agosto próximo, pues de nada habrá servido todo esto si la necesaria diferenciación deriva en hostilidad. Que resultaría inútil y, por el contrario, contraproducente. 

Mientras todo esto sucede, diversos operadores del establishment empiezan a reconocer que las posibilidades del kirchnerismo alcanzan incluso para afrontar sin inconvenientes un balotaje que es cada vez menos probable. Como manifestación de esto, por caso, los desgajamientos del Frente Renovador no van a parar en su totalidad hacia el corral de la alianza PRO/UCR/CC, cual precariamente se sugiere a la hora de argumentar el provecho de un mega entendimiento opositor. El massismo suele insistir en cuanto a la pertenencia mayoritariamente peronista de su electorado para resistir las presiones abdicatorias con que se lo acecha: la ubican en proporción de 70/30. Quizá no sea tanto; da igual: en cualquier caso, no es furiosamente refractaria al gobierno nacional como se machaca para imponer la amalgama.

En igual sentido, el gobernador santafesino Antonio Bonfatti notifica de su preferencia por el oficialismo para una hipotética segunda vuelta. Todo apunta en similar trayectoria: no se verifica la situación que padeciera Carlos Menem en 2003, que lo obligara a huir antes de sufrir una derrota catastrófica. Fundamentalmente, porque hay en curso un cuadro socioeconómico diametralmente opuesto al que estallara en 2001, y en que se fundaba el antimenemismo como clima dominante por entonces, dadas las responsabilidades del ex presidente en aquella crisis. Como dijera alguna vez Manolo Barge, una transición armónica garantiza a CFK prolongar su incidencia política, más allá de su cese en Casa Rosada. Todo lo cual saca de quicio a varios. 

Subyacía en las apuestas a por una CFK irracional y de su equiparación con el epílogo del hoy senador riojano una operación más fina, tendiente a construir la atmósfera que se requiere a los fines de allanar el camino para una vuelta de campana programática profunda, que es lo que aquí está en juego como objetivo último del Círculo Rojo. No deja de llamar la atención, sin embargo, que hayan arriesgado tantas fichas a una variable que no podían controlar. Y que era tan poco probable.

Tanto empeño dedicado a enjuiciar los relatos para acabar enterrados por uno propio. Una cosa de locos.

martes, 12 de mayo de 2015

La ancha avenida del abandono

Apenas el mozo sobreviviría de esta foto.
Las salidas de Darío Giustozzi y de Jesús Cataldo Cariglino del Frente Renovador exponen el grado profundo de descomposición política que por estas horas sufre la fuerza que ¿conduce? Sergio Massa. Drama que, si bien se mira, circula alrededor de las complicaciones estructurales irresolubles de que adolece la oposición en general para darse una alternativa competitiva para afrontar la disputa sucesoria que se aproxima. La proyección nacional le ha significado al esposo de Malena Galmarini agudos dolores de cabeza desde la noche misma de su triunfo de 2013 en provincia de Buenos Aires, con 44 puntos cuya naturaleza parece no haber comprendido, lo que constituye a la vez causa y efecto de sus padeceres.

El massismo se organizó a partir del quiebre con el Frente para la Victoria de un encuadramiento de intendentes bonaerenses con alta electorabilidad propia, que fraccionaron la sociología electoral que en 2011 había sido compartida con la presidenta CFK y el gobernador DOS (pack que voló entonces a alturas que asustaron). Y que se sintetizaron en la figura más instalada del ex intendente de Tigre, que potenciaba la ecuación por su volumen específico como condición necesaria pero no suficiente de la competitividad del espacio. Todo esto sumado a una alianza limitada al distrito que concentra más de 40% del padrón total del país con Maurizio Macri, a otros acuerdos de menor rango, y en el contexto de un clima de antikirchnerismo en su punto de ebullición, otorgarían al FR la categoría de ganabilidad necesaria para succionar voto disconforme entre las PASO y los comicios definitivos en que derrotó a Martín Insaurralde.

Se trataba, pues, el ex jefe de gabinete de Cristina Fernández, de un primus inter pares, que cuando emprendió la tarea de desplegarse federalmente extravió el sentido de las proporciones del cóctel heterogéneo que estaba llamado a equilibrar.

La imposibilidad de acrecer hacia el PJ estuvo dada tanto por la decisión de quienes habían permanecido en el FpV de amurallarlo a través de su reactivación jurídica y operativa en su órdenes nacional y de PBA, como por la incongruencia que le habría supuesto al massismo una jugada tal en el marco de su discurso de pretendida prescindencia en la polarización abierta en torno al oficialismo nacional, con que anhelaba prolongar su siembra transversal. Pero cuya utilidad es acotada a una renovación legislativa, porque un recambio presidencial impone la evaluación acerca del gobierno en curso. Ese laberinto inaugural arrojó a Massa a explorar variantes que supusieron nuevos escollos y contradicciones internas a medida que giraba tácticamente --incontables veces--, que pretendió saldar a través de un decisionismo para el que nunca contó con recursos. 

Esta deriva se expresa en los patéticos actings expulsivos de quienes en realidad ya están idos, en lo que pretende ser una ostentación autoridad, que no impacta popularmente porque se trata de una cuestión escasamente convocante, pero que fundamentalmente es estéril para impresionar al establishment como el diputado desearía. Y que, va de suyo, caen como patada al hígado en dirigentes cuyo largo recorrido no tolera bravuconadas semejantes.

La billetera del Círculo Rojo se hace imprescindible para suplir sus carencias en términos de desarrollo en el interior del país, pero obtiene como respuesta que el anuncio de Giustozzi se efectuó en... el diario Clarín. La angustia, obviamente, empeora conforme se acerca el momento de las urnas. Claro que no se debe sobreestimar la incidencia de los circuitos que rechazan cualquier formato de continuidad del kirchnerismo en las arquitecturas partidarias que dicen proponerse reemplazarlo, pero sí aprovechan estas desinteligencias, que fluyen cada cual según sus particularidades, para insertar sus llamamientos a por un entendimiento Massa/Macrì, basado en un análisis precario del encastre de las fotalezas y debilidades de ambos (PBA para Massa/Santa Fe, Mendoza, Córdoba, Entre Ríos y CABA para Macrì), que agravan la ventaja del FpV.

La encrucijada, para colmo, recrudece a poco que se conocen datos del adentro que gradual y tibiamente van confesando que, de bajarse Massa, la mayor parte de sus electores irían de regreso hacia el kirchnerismo, en relación casi 70/30. Así las cosas, ninguno reúne las condiciones requeridas para imponer al otro una orientación que encima no garantiza mucho. 

El último viraje del abogado de dudosa cualificación denuncia una admisión en cuanto a la caída que le advierten las encuestas, y que, en consecuencia, engendra un repliegue defensivista indesmentible: se ha resignado a competir en las PASO, aunque será un procedimiento testimonial, contra José Manuel De La Sota. Un desplazamiento que busca blindar su bastión principal --suponiendo que siga siéndolo-- y sumarlo a lo que podría aportar el gobernador cordobés desde la segunda densidad demográfica argentina y así tratar de arañar un balotaje que cada vez menos consideran seguro. ¿Algo más? Sí, Jorge Asís escribió acerca de esto que incluso en segunda vuelta es altamente probable un triunfo cristinista.

Demasiados naipes para una sola choza. En última instancia, y más allá de lo que refutan inútilmente desde sus vocerías, sobre todo las digitales, si los caudales renovadores permanecieran intactos no necesitaría de tanto ensayo pactista distinto. 

A cada nueva fuga responden negando a los desertores el "combo electorabilidad+territorialidad" a que atribuían el éxito de la revolución de los coroneles cuando aquella se gestó. Sólo Massa, así, "mediría", con lo que se desvían a una fase carismática que imputaban a la jefa del Estado como móvil de sus excursiones hacia nuevos rumbos.

El contenido tácito del convenio Massa/De La Sota encendió alarmas de temor en los niveles subnacionales del FR a la posible tracción negativa de una postulación en declive. La crisis se perfecciona si a todo eso se suma el descontento por decisiones inconsultas y/o que erosionan los basamentos iniciales del armado, entre las que se sobresale la incorporación de Francisco De Narváez, que entraña una postergación de la utopía municipalista como nueva instancia decisoria. Los que fueran pilares del experimento disparan aterrorizados en diversos sentidos. El desencuadre político de un rompecabezas cuyas piezas no encajan por ningún lado se hizo patente en el discurso delirante con que el ex titular de ANSES pretendió que se relanzaba en el estadio de Vélez Sarsfield, y debido al cual la enorme convocatoria pasó a segundo plano.

Mientras insistió con un rótulo moderacionista, aceleró apelaciones gorilas que golpean con desespero a las puertas del oposicionismo más cerril, lo que evidencia que también ha tomado nota de que la ruptura con Macrì le ha arrancado un pedazo de lo que no le sobra, y manotea para recuperarlo. Pero genera incomodidad en algunas de sus bases, al tiempo que desnuda su fragilidad. Otro tanto de los sectores que lo acompañaran, se dijo, van de retorno al FpV, a medida que el gobierno nacional, si bien corrigiendo en aplicación, sostuvo los fundamentos que le valen la fidelidad popular dura que lo sostiene hace 12 años y con paisaje de continuidad. El cuadro presente muestra a Massa en un no lugar, el peor el que existe.

La última de las novedades inesperadas resulta ser el compromiso de CFK con el triunfo peronista, incluso jugando su propia participación en las boletas, que desmiente la opción Michelle Bachelet y aterra a varios de sus eventuales competidores bonaerenses. Ese dato ofrece una perspectiva distinta a quienes cavilan acerca del rendimiento de su anterior garrochazo.

Luego de prestar atención en detalle a estas idas y vueltas, se comprenden mejor los motivos de tanto machaque a propósito de un asunto tan poco taquillero para el grueso de los votantes como las peripecias de Ricardo Lorenzetti y asociados.  

Es de las pocas formas con que pueden esquivar la atmósfera derrotista que los va acorralando paulatinamente.

jueves, 7 de mayo de 2015

Arrugue... (por ahora)

(Ineludible, para entender, creemos, leer la primera parte de esta serie, acá.)

El operativo clamor con que Ricardo Lorenzetti pretende reimpulsarse en su carrera hacia rumbo impreciso, pero que en cualquier variante apunta a su inserción definitiva en las estructuras de poder permanente, inmunes a ningún tipo de control popular, ha ingresado, sólo transitoriamente y hasta nuevo aviso, a fase de paréntesis. Aunque de modo desprolijo, debido a que se dificulta indagar allí por el blindaje construido por el presidente de la Corte Suprema de Justicia para resguardar sus zonas de influencia --que los circuitos de antagonismo al gobierno nacional refuerzan por sus propias razones--, los hilos de la jugada quedaron expuestos en su burda obviedad. 

Se trataba de algo tan simple como que alguien pusiera voluntad en el examen de las conductas extremadamente estrambóticas --siendo, de nuevo aquí, en extremo suaves en la adjetivación-- del jefe del PJ (por sus siglas, Partido Judicial).

Armisticio mediante y todo, la humareda difícilmente logre que se pierda de vista la crisis en que se encuentra inmersa la Corte, cuyas dimensiones son aún difíciles de mensurar, pues es muy reciente su desestructuración, imposible de respaldar argumentativamente. Circunstancias desgraciadas (los fallecimientos de Carmen Argibay y Enrique Petracchi), legales (el cese constitucional del mandato de Eugenio Zaffaroni, quien además optó por no renovarlo) y médicas (la definitiva senilidad de Carlos Fayt, y achaques menores pero de todos modos significativos de Elena Highton de Nolasco y Juan Carlos Maqueda) se concatenaron casi a modo de confabulación, y se derivaron en una situación extraordinaria que Lorenzetti aspira a congelar porque de ese modo termina siendo casi el único supremo que ejerce en condiciones plenas.

No hace falta explicar cómo aumenta su señorío en un contexto semejante, en simultáneo con el consenso que ha sabido ganarse al interior del gremio que dirige de una forma que no por sofisticada deja de asemejarse al caudillismo más tradicional. La corporativización de la famiglia crece conforme el rafaelino pelea mayor poder para aprovechamiento de sus colegas. 

Ahora bien, por idénticos motivos a los que relajan los límites a la actuación de los magistrados, se resiente, en paralelo, la calidad técnica de los dictámenes. El deterioro ya se hace notar en fallos como el famoso de los conjueces en que Lorenzetti se contradice en un mismo texto entre los requisitos que estima imprescindible exigir a los suplentes abogados, pero que en cambio juzga descartables en cuanto a los sustitutos provenientes de las cámaras federales de apelaciones. 

Y todo puede siempre ser peor. Hace pocas semanas, la Corte dictaminó que no resulta posible presumir la existencia de relación de dependencia en el caso de un médico anestesiólogo que ejerció durante más de tres décadas bajo el formato de locación de servicios, pese a que siempre facturó al mismo contratante en dicho lapso, cumplía carga horaria (realizaba guardias activas y pasivas) y existía subordinación técnica en el vínculo. El Derecho del Trabajo vigente contiene regulaciones muy minuciosas para evitar los fraudes (camuflaje del contrato de trabajo, verdadero y más costoso, con otro; de tipo civil o comercial, propio de una igualdad de partes que en el territorio laboral no existe), formuladas justamente a partir de notas características idénticas a las que Lorenzetti utilizó para dictaminar por entero al revés de lo que debió. 

Tenía cuatro patas, movía la cola cuando se ponía contento y ladraba, pero la partera, sin embargo, dijo gato. No estamos ante un yerro menor, en la mejor de las hipótesis; por no sospechar algo más grave: la apertura de un portón gigantesco para renovadas maniobras de precarización laboral, por las implicancias doctrinarias del veredicto en comentario.

Se comprende, así, la defensa que el Círculo Rojo hace ahora de quien en ocasión del caso Clarín despedazó. Lorenzetti, a su vez, cuenta con anchuras para manipular giros temporales y de alianzas. Muy afortunadas efectividades conducentes.

Digresión: cuando, entre 2008 y 2009, la Corte, en su integración previa, completa, resolvió dos veces contra los basamentos esenciales del modelo sindical argentino a través de una interpretación con la que es posible disentir pero cuyo rigor doctrinario es incuestionable, Mariano Recalde, en su rol de catedrático universitario, escribió una serie de artículos en los que estimó, criticando tales resoluciones, que la a su ver deficiente reflexión del tribunal se debía, tal vez, a que de la ausencia allí de especialistas en la materia devenía esperable una sentencia precaria. Pareció una conclusión poco sensata, en su momento, y sigue siendo no del todo atinada. Pero al cabo de un tiempo aparece Eugenio Zaffaroni recomendando incluir expertos en distintas áreas del Derecho. Y la decisión de Lorenzetti antes aludida parece confirmar estas tesis.

Volviendo, la ausencia de negociación político-partidaria para completar la integración de la Corte Suprema, que a esta hora supone la única vía de pacificación posible, y que la oposición partidaria deniega --con beneplácito del establishment--, es otra de las diagonales que se cruzaron a favor de este marasmo. Lorenzetti no proyecta operar a favor de un entendimiento que se corresponda mejor con la imagen de garante institucional que cultiva a través de diversos recursos, entre los cuales figura la creación de la agencia noticiosa judicial, que protagoniza cual héroe de telenovela. La razón es sencilla: el eventual ingreso al cuerpo de ministros activos, y más prestigiosos académicamente que él --para lo que no es preciso demasiado, recordar el episodio de la cosa juzgada en la causa Embajada de Israel--, angostaría sus actualmente inmensos márgenes.

Fue, de hecho, mediático el destino de sus mayores enojos en estos días, por la filtración acerca de la salud de Fayt; que no por corregir el dilema, a cuyo agravamiento contribuyó más que nadie con su gestión deplorable del asunto.

He allí el drama: cuando se despeja la viscosidad republicana, nadie todavía se ha atrevido a decir "Verbitsky miente".

martes, 5 de mayo de 2015

El renunciamiento del desespero

Los rumores conocidos hace pocas horas acerca de un intento de renuncia del presidente de la Corte Suprema Justicia de la Nación, Ricardo Luis Lorenzetti, a su reasunción en el cargo que actualmente ocupa y que ha renovado anticipadamente --aunque con dudosa legalidad--, forman parte de una maniobra de lo más sorprendente, por lo burdo, de que se tenga memoria en tiempos recientes. Lo que no es poco decir, habida cuenta que cuantiosas operaciones similares se han urdido en tal lapso. 

Y cuya precariedad, por lo mismo, igualmente supera las marcas de asombro registradas, toda vez que, gustos al margen, existía cierto consenso en cuanto a la capacidad política del personaje en cuestión. Hasta ahora. Si se escarba apenas un cachito, emergen nítidas las razones que impulsan esta movida de Lorenzetti, que se dispara como consecuencia de los referidos defectos --por decirlo de manera suave-- en las formalidades que lo consagraron por cuarta vez al hilo en su puesto.

Resulta sencillo adivinar que los datos conocidos en relación a la definitiva incapacidad de Carlos Fayt para continuar en el ejercicio de sus funciones de ministro del máximo tribunal del país, siendo que provienen de Horacio Verbitsky, serán rechazados ad hominem, como primera reacción, por el establishment y su circuito de acción política que, por automatización, buscarán instrumentar los problemas institucionales gravísimos en que ha derivado la actual situación de la Corte como material de posicionamiento electoral. Soslayando el dilema, en este caso. El problema de esa réplica está en los propios colegas del casi centenario supremo, quienes todavía no han considerado necesario desmentir al periodista de Página/12, pese a que ya han efectuado varias declaraciones públicas desde difundida la primera nota sobre este tema. Asombroso.

La circunstancia de salud en comentario derivará en la obvia necesaria revisibilidad de cuanto dictamen haya firmado Fayt desde iniciada su indisposición, siempre que su voto haya pesado decisivamente en la formación de mayoría. 

Ello requerirá de una pesquisa que demandará de algún tiempo hasta que sea posible precisar el punto de partida aludido y, por consiguiente, el volumen de lo objetado. Pero el problema fundamental de Lorenzetti no reside allí sino en que entre la información no desmentida se encuentra la resolución que lo reeligió por tercera vez consecutiva como titular del cuerpo. Es poco probable que la casi segura falsedad ideológica que supone la rúbrica de Fayt en ese documento público llegue a complicarlo seriamente. Lo seguro es que su posición como jefe judicial queda salpicada por la mugre de métodos que poco se corresponden con la retórica de republicanismo e institucionalidad que de seguro deberemos soportar a partir de las próximas horas, tan pronto como escale este desbarajuste, lo que resulta predecible, siendo que se hace impostergable tramitar alguna vía de solución al colapso al que se aproxima peligrosamente la cabeza del Poder Judicial de la Nación.

Este trance en la Corte implica, con toda lógica, la expresión más cabal de la pudrición mucho más profunda y compleja que afecta a los tribunales en general, y que la presidenta CFK, tal su costumbre, expuso al debate hace ya largo rato, a la fecha sin suerte porque los resortes corporativos de la famiglia se activan ante el menor cuestionamiento. 

Las aspiraciones políticas de Lorenzetti resultan tan innegablemente evidentes como difíciles de precisar. No es del todo claro que desee ingresar a la actividad partidaria ordinaria, pero de cualquier análisis elemental que se ejecute de su trayectoria como conducción de los togados surge patente su dedicación a por el empuje de los márgenes de acción del Poder Judicial hasta el forzamiento de los límites que le impone la Constitución Nacional, y hasta más allá si fuera conveniente a sus ambiciones. Sólo que esta vez, por confiado y petulante, parece haber perdido el control de las variables que desató, y que se cruzan también con la irresponsabilidad de los adversarios regulares del partido de gobierno, quienes con su negativa infantil a completar la integración de la Corte Suprema abrieron un espacio oportuno para este tipo de maquinaciones.

La singularidad que distingue al magistrado rafaelino de sus antecesores, la construcción de poder para sí, le ha valido, en más de una ocasión, las sospechas y algo más del Círculo Rojo, que nunca lo termina de considerar tropa propia como sí a la casi totalidad de la oposición parlamentaria. Justamente porque, a diferencia de los últimos, se trata de alguien que no pide prestada su autoridad. Y la utiliza según sus antojos lo requieran. Como anécdota de estos desentendimientos, el fallo del año 2013 que declaró la constitucionalidad total de la ley audiovisual, y que le significó a Lorenzetti acusaciones mucho más graves que las de estas horas de la letrina oral de Elisa Carrió, sin que ello le haya cansado la moral.

Va de suyo que si un funcionario no está en condiciones de afrontar una interpelación que hasta ahora no ha superado la categoría de polémica mediática mal puede considerárselo apto para el desempeño de un mandato en el que presiones mucho más punzantes son moneda corriente: como ejemplo, de nuevo, el caso Clarín, cuyos tiempos debió regular en extremo.

Esta tentativa de abdicación, entonces, buscará resucitar el activismo que ganara las calles del centro porteño masivamente el pasado #18F, pero para emplearlo ahora en beneficio de Lorenzetti, a los fines de subsanar su controvertida legitimidad. 

Ardid que, para más, se insertaría de modo fenomenal en la coyuntura pre eleccionaria en que, como hemos venido insistiendo hasta el hartazgo aquí, el establishment se vale de cualquier expediente ajeno a las discusiones de intereses específicos que lo involucran, tanto para disfrazar lo que se propone obtener de los comicios como para lubricar las actuaciones de una oposición partidaria pobrísima en el marco de un cada vez más consolidado Frente para la Victoria. Sólo quien adolezca de desmesurada ponderación de sí mismo, a la vez que de una grosera incapacidad para el análisis político, puede suponer que una jugarreta semejante logrará el impacto popular necesario para torcer determinantemente el curso de los acontecimientos de esta comedia patética. No es precisamente una mayoría la que podría evaluar que su bienestar depende de la suerte de Lorenzetti, quien debería recordar lo que fue la licuación del nismanismo antes de profundizar su avance

Antes que el renunciamiento histórico que lo devuelva a su sitio envuelto en calor popular, como imagina, esto más bien se asemeja a la huida de Carlos Menem al balotaje de 2003, por el laberinto de incertidumbre institucional que fabrica con su irresponsabilidad. Ahora la condición de Fayt es difícil de gestionar en casi toda variante legal imaginable: sus achaques impiden validar una renuncia tanto como su derecho de defensa en un hipotético juicio político. Y con el agravante de que el vigor de los restantes ministros (Elena Highton de Nolasco y Juan Carlos Maqueda) tampoco es del todo robusta, lo que hoy tenemos, en vez de lo que debería ser, un cuerpo colegiado, se ha transfigurado en la agencia de los apetitos de su titular.

Néstor Kirchner estuvo a la altura del desafío cuando le tocó. Conviene no estimar que sus detractores quieran imitarlo.

lunes, 4 de mayo de 2015

Reflexiones en la primera posta

Hemos venido recomendando hacer observación de los movimientos ajenos como elemento orientador para la comprensión del estado de situación propio.

El intento de construcción de un clima electoral favorable a los vientos de cambio que el establishment desea que soplen en la política argentina es todo cuanto se proponen desde esos sectores como análisis del pack de provincias que se han expresado en las urnas durante el mes de abril. Subyace allí un reconocimiento acerca de las dificultades que supone la extrapolación mecánica de esos resultados hacia geografías ajenas. La atmósfera porteña --que se quiere hacer pasar por definitoria de lo nacional por razones culturales e históricas que exceden el objeto de este texto, las mismas que invariablemente han impedido concretarlo-- es la piola con que pretenden arrastrar a la dirigencia opositora a sus antojos.

Y sin embargo, ello no se corresponde con los movimientos que se observan en los campamentos opositores, en teoría triunfantes en dichas contiendas. En ese marco, lo que se juega entre el Círculo Rojo y sus adyacencias, en cada debate sobre elecciones distritales, es la mayor o menor contaminación con que se aspira a intrusar las distintas tácticas partidarias. En detrimento del análisis particular de las distintas realidades que desembocan en cada sufragio. Elisa Carrió pidió el voto para Martín Lousteau fundada en la necesidad de que apareciera tercera La Cámpora; ergo, nacionalizando la votación. A confesión de partes, relevo de pruebas: admitió así que el de ECO no es un duelo franco. 

De hecho, comparten el paraguas amarillo bajo el que Ernesto Sanz y Coty Nosiglia --cerebros detrás del que fuera primer ministro de Economía de Cristina Fernández-- guarecen a la desvencijada pero pertinaz y todavía útil Unión Cívica Radical. Tuvieron éxito allí. Sin embargo, no consiguen coordinar cada secuela local en sentido unívoco.

Un tweet de Coronel Gonorrea, la noche del comicio santafesino, por una vez adquirió rango de seriedad conforme el devenir de los hechos transformó una denuncia en realidad. Decía: “Lo que importa es ir 5 puntos arriba en el prime time del conteo. Al día siguiente, ya nadie se acuerda de la elección.” (La cita no es textual, vale decir). Los diarios de la mañana siguiente, despreocupados --por decirlo con suavidad-- de las modificaciones en el escrutinio mendocino, donde para esa hora la ventaja inicial de la megaconfluencia opositora se había reducido desde los 25 puntos iniciales de la apertura de urnas a escasos 4, confirmaron que esa humorada devino tesis. Y las cifras, estas sí incuestionables, de las PASO en Ciudad Autónoma de Buenos Aires --mejor dicho, el relato que se armó a partir de allí-- es parte de la misma hoja de ruta en comentario.

En ninguna de las variantes surge mayoritariamente un testimonio de rechazo a CFK, lo que dispara angustia enfurecida. Cuando se despeja la humareda y se estudian los datos duros (en todo sentido de la palabra), emerge con claridad la magnitud de una operación dirigida a ninguna otra cosa que a incentivar una sensación de ganabilidad que tiene poco de sustento.

Siendo que, como bien dijera el ingeniero Néstor Sbariggi en Twitter, hace pocos días, “sin expectativas, los votos se piantan”.

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CABA representa apenas 8,5 votos de cada 100 nacionales. Y eso siempre que haya presentismo total, un imposible que se acentúa en la capital del país. Entonces, suponiendo que se pudiera reflejar mecánicamente el caudal ‘Larreta+Michetti’ por entero en la candidatura presidencial de Maurizio Macrì, y aún si se añadiera a ello la cosecha de su evidente colectora ECO, el jefe del gobierno porteño estaría sumando apenas alrededor de 3,5/100 votos a nivel federal. Sólo por comparar proporciones, habiendo sido derrotado y todo, en 2013 Martín Insaurralde realizó 13,5/100 votos nacionales en provincia de Buenos Aires. No es descendiendo a esa precariedad, pues, que las oposiciones lograrán elaborar su mejor paisaje.

La dimensión nacional se constituye a partir de la articulación de minorías --en este caso, las distintas expresiones comarcales-- en un dispositivo común. Y a tal fin, el Frente para la Victoria cuenta con el PJ como herramienta aglutinante.

El kirchnerismo no consigue darse una expresión competitiva en la capital del país, ni tampoco en Santa Fe ni en Córdoba, debido a su incapacidad para plasmar una diferenciación --no contradictoria, por supuesto-- que atienda a lo específico de esas discusiones sin la referencia a las disyuntivas nacionales como exclusiva proposición. Los representantes de la jefa de Estado no consiguen, así, calcar la imagen positiva de ella en cada sitio, que supera sus sucesivos rendimientos. Se trata, como dijo Gerardo Fernández, de comprender que no siempre hacer política pasa por llevar cloacas y asfalto, sencillamente porque hay ciudadanos en determinados lugares que ya cuentan con eso. Lo que debería interpretarse como la necesidad de encontrar un modo de ofrecer desde la política razones atractivas a gente que no necesita del Estado en su vida.

Menudo desafío, ése, siendo que el kirchnerismo coloca a la acción del Estado como eje principal de su cosmovisión política.

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Una observación al desastre de los cómputos en Santa Fe ilustra acerca de las dificultades que sufre la oferta opositora para adquirir competitividad, que deriva en el llamamiento casi desesperado a replicar el modelo mendocino de una arquitectura opositora amplia como único remedio para enfrentar el desafío de agosto/octubre, que no cuaja con la lectura derrotista con que, a la vez, han toreado al kirchnerismo a partir de sucesos provinciales que en poco se diferencian de la tendencia, ya verificada en 2011, a la revalidación de los oficialismos de distinto signo. De hecho, la misma fórmula que, según Lilita Carrió, acaparó 70% de los votos porteños (en un reconocimiento implícito del carácter testimonial de ECO), a la misma hora, en Neuquen, redondeaba a duras penas cincuenta puntos menos, con el FpV más cerca que nunca del eterno vencedor MPN.

El enchastre estuvo básicamente motivado en las desinteligencias internas del entendimiento PS/UCR/CC que gobierna Santa Fe desde hace ocho años, con resultados tan pésimos como los de su predecesor Carlos Reutemann, hoy en el PRO. 

Santa Fe ha crecido por debajo de la media nacional en ocho años fabulosos en términos de intercambios comerciales externos para la agroindustria y el Estado ha sido intrusado por el negocio del narcotráfico, no por deficiencias administrativas en el combate del delito, sino, y peor, por connivencia con las estructuras mafiosas.

La perspectiva de una gran tarea de Omar Perotti, con el liderazgo de Miguel Del Sel consolidado, visibiliza más crudamente el debilitamiento electoral del Frente Progresista Cívico y Social gobernante, único sostén del acuerdo, que ya venía resentido en su pata radical –dada su incapacidad sistemática de perforar allí la predominancia socialista--, y cuya vigencia, por ende, queda en adelante carente de incentivos. Drama que se potencia a raíz de la decisión de la convención nacional radical en Gualeguaychú de apostar a Macrì, en el contexto de la impotencia de los restos del progresismo en tal instancia y de la demanda de funcionariado que abre la hipótesis de un gobierno de Del Sel --y las consecuentes listas legislativas nacionales--, todo lo cual genera el contexto propicio para que muten las alianzas en la patria chica de Estanislao López.

Dadas las coordenadas que le tocaron (la debacle del peronismo santafesino luego de la experiencia reutemista, el impacto negativo en lo local del despliegue nacional de Agustín Rossi y lo inexplicable de las actitudes de la hermana de Marcelo Bielsa que llevaron a arrancar tardísimo la campaña), Perotti redondea un excelente desempeño. 

Pero es una siembra de cara a 2019, a refrendar en un par de semanas, y con su recorrido durante los próximos cuatro años.

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En este panorama, pues, parecería emerger con mayor volumen la arquitectura de Macrì que la de Sergio Massa, salvo por el detalle para nada menor de PBA, que concentra más de 40 puntos (ponderando presentismos inter distritales) de electorado nacional. Allí el ex intendente de Tigre todavía retiene fuerza significativa, aunque cada vez menor. 

La complementariedad con las fortalezas y carencias del Frente Conservador (PRO/UCR/CC) inspira las súplicas pactistas, que de todos modos no resolverían la ventaja del FpV, dada la pertenencia peronista mayoritaria del Frente Renovador y de sus votantes, que fugarían naturalmente de regreso hacia el kirchnerismo en el supuesto de un convenio opositor masivo. Por otro lado, el cuello de botella dirigencial que semejante amontonamiento supondría vuelve más atractiva la posibilidad ir a pelear lo propio a las urnas, por escaso que sea, a confundirlo en una repartija tirada de los pelos. Lo desparejo de los encuadres entre resultados distritales y alianzas nacionales desespera a quienes intrusan los quinchos dirigenciales suponiendo que en política, como en las matemáticas, dos más dos son cuatro. A favor de Macrì porque significaría el país atendido por sus propios dueños, con la desaprensión propia de quien se guía por sus deseos que no por la realidad.

Todo modo, el marido de Juliana Awada solucionó la dificultad que lo amenazaba en cuanto a bajar la definición gualeguaychense de la UCR a los territorios. Los radicales que aspiran a gobernar sus provincias, y que rechazaban el formato de alianza nacional porque --creían-- ponía en riesgo sus armados particulares, porque entienden que para derrotar a los distintos peronismos deben replicar el esquema adversarial mendocino, van, de a poco, anunciando que compensarán en reciprocidad a Macrì en las presidenciales a cambio de que el PRO baje a sus hombres en Jujuy y Tucumán, entre tantos. 

Esto como consecuencia de las jugadas defensivas de Massa, quien, golpeado, retrocede para, al menos, conservar lo suyo. Esperando sabe Dios qué, pero no es equivocado eso a los fines de negociar luego desde posición respetable.

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Luego de una primera tanda en la que recibió una paliza tras otra (Salta, Santa Fe, CABA), o bien estuvo ausente o en rol secundario (Neuquen, Mendoza), el despiole interno del massismo terminó de desmadrarse, lo cual se expresó en tres giros tácticos en menos de quince días: desde mendigar una gran interna opositora a la posibilidad de bajar a la PBA pero con boleta corta, para, finalmente, terminar en una mini alianza con el cordobesismo de José Manuel De La Sota. En el supuesto de un rendimiento bonaerense que ya no es tal, que sumado a los buenos registros de Gallego en su tierra alcanzarían para ganar un lugar en el balotaje con el peligrosamente trabajan todos como hipótesis ineluctable (así fue también en 2011). 

Es un error dar por segura una segunda vuelta, tanto como la inevitabilidad de la derrota oficialista en tal caso, que se basa en suponer un 70% antikirchnerista irreversible que sólo surge de las dudosas extrapolaciones antes referidas, haciendo a un lado los fundamentos de cada caso en específico. Cuando los diagnósticos son inexactos, las planificaciones van al naufragio.

En ese sentido, le convendría al esposo de Malena Galmarini que el ex pre candidato a vicepresidente de Antonio Cafiero, en 2011, una semana después de conseguir su tercer mandato como gobernador con el 42% de los votos, sufrió una derrota fortísima de sus candidatos a diputados nacionales, sextuplicados por los que acompañaron entonces la boleta de la presidenta CFK. Lo que no extrañaba, habida cuenta de lo extremadamente alambrado de la propuesta delasotista, un espacio al cual el kirchnerismo le aportó una fracción propia que, aunque menor, le resultó siempre decisiva para extender su vigencia local. El propio DLS reconocía eso al buscar kirchneristas como candidatos a vicegobernador.

Massa no debería perder de vista que esa sociología se ha quebrado con la postulación efepeveísta de Eduardo Accastello. Para proyectar con mayor precisión lo que, conjetura, podría aportarle De La Sota, y, más importante, para comprender que las motivaciones del mediterráneo para acordar con él tal vez respondan más a embrollos domésticos que a aspiraciones presidenciales auténticas, tal como le sucedió ya con los radicales que creía conducir vía WhatsApp desde Nordelta.

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Al final del día, el kirchnerismo cuenta con la subsistencia del dibujo que mejor le sienta: una polarización sui generis con el PRO; con la discusión con Macrì como negocio principal, pero sosteniéndose Massa en juego a favor del gap necesario que induzca al voto peronista del FR hacia el FpV, para jugar a ganador, entre agosto y octubre. Ahora bien: no obstante estas potentes apoyaturas, conviene insistir en que los porotos son apenas manifestaciones de razones mucho más profundas y complejas --de aprobación-- que explican la fortaleza del kirchnerismo, como lo son las de la continuidad del PRO en Ciudad de Buenos Aires. Están en lo que cada votante retribuye voto a voto para construir mayorías en cualquier sitio que sea. Por decirlo mejor, un ejemplo, como recomendaba el general Perón: Hernán Brienza tiene toda la razón del mundo.

Unos y otros, en tanto no incorporen esas materialidades, por muy cautivantes alquimias que esbocen, seguirán errando fulero.

viernes, 24 de abril de 2015

¿Y entonces?

Una misma trama subyacente como causa de todo ¿nuevo? episodio: la ineptitud de las fuerzas de oposición al gobierno nacional para afectar decisivamente el curso de los acontecimientos deriva en la intrusión del escenario por elementos ajenos a la competencia específica, cuyos intereses y racionalidad son (y deben, o deberían, ser) distintos a los de quienes participan de la electoralidad de modo regular.

La grieta casi irreconciliable que existe entre la tramitación de un programa de gobierno que sustituya al vigente en la actualidad, y los votos necesarios para sustentarlo es el drama en cuestión. La semana que está terminando, y que se iniciara con la celebración de elecciones primarias en las provincias de Santa Fe y Mendoza, no fue la excepción. Y la duda pasa por la utilidad de publicar si a fin de cuentas uno va a acabar reiterándose tanto en un mismo esquema.

Santa Fe y Mendoza son dos de los distritos en que las peculiaridades locales del sufragio subordinan en mayor medida a las variables nacionales que lo circundan. Pero la proyección de cada cifra provincial de cara a las presidenciales de agosto/octubre es el litigio principal e ineludible de cada debate que a su respecto se abre. Más allá de las complicaciones que tal operación supone, y por ende de lo débil y, en lo más probable, efímero de las conclusiones que de ello se pueda estipular. Sobre todo porque se trata de dos comarcas que, al mismo tiempo, como pocas otras exponen lo caótico del jeroglífico en que ha estallado el sistema de partidos a la salida de la crisis neoliberal en 2001.

En Mendoza salió a la cancha una muestra en miniatura del sueño húmedo del establishment, la mega confluencia antikirchnerista. En su entendimiento, única ruta de escape a la continuidad, mensaje que choca de frente contra el de inevitabilidad inminente del fin de ciclo. Resulta complejo discernir por qué hace falta un entendimiento semejante para enfrentar a un moribundo, pero se sabe que en esos territorios se ha dejado de considerar a la lógica como requisito discursivo. El triunfo, así y todo, fue exiguo. Pero el dato menos decisivo, como siempre, es el numérico. El principal equívoco de quienes aspiran a calcar la construcción en que se apoyó la candidatura de Alfredo Cornejo pasa por la incorrecta lectura que hacen del papel que jugaron allí Maurizio Macrì y Sergio Massa. El apoyo que dieron ambos al vencedor no pasa de lo declarativo.

Las estructuras allí utilizadas pertenecen casi en su totalidad a la UCR. Apenas algo puede haber sumado el alcalde porteño dada la previa captura que había hecho del Partido Demócrata. El rechazo de los jefes radicales a compartir la foto con ambos precandidatos presidenciales es la mejor pauta de las dificultades de combinar allí donde sí todos tengan algo a contemplar.

El peronismo mendocino pretendió, convenientemente, eludir que el crecimiento cerca de los Andes de la restauración aliancista no se explica fundamentalmente en una impugnación a la presidenta CFK, sino a ocho años de gestiones locales evaluados negativamente. Y arribó a las urnas, entonces, con un diagnóstico deficiente. 

Al margen de la disputa interna que hubo, antes bien importa el modo en que discurrió. Aun cuando el candidato de La Cámpora, Guillermo Carmona, fue derrotado ampliamente por el auspiciado por el gobernador Francisco Pérez (y más decisivamente por el vicegobernador y real autoridad partidaria, Carlos Ciurca), el senador Rolando Bermejo --todo modo, un senador nacional sistemáticamente consecuente con el bloque del Frente para la Victoria--, al FpV le alcanzó para dejar sentado que, si bien no bastará con la sigla para la hazaña de dar vuelta el resultado, mucho menos ello será posible sin su concurrencia en la empresa. A tal fin, han sido oportunas las primeras reacciones conocidas tanto de CFK como de su postulante, en el sentido de aportar a la unidad del espacio de cara a los comicios definitivos. Lo que debería, de una buena vez por todas, persuadir a quienes todavía lo duden en cuanto a la voluntad de triunfo peronista de la primera mandataria.

Acerca de Santa Fe, en realidad habrá que celebrar nuestra tardanza en el comentario, siendo que el escrutinio comicial ha quedado envuelto en serias dudas. Tras dos pésimos turnos del socialismo que venían precedidos por otros tantos de desventuras del peronismo de la bota, otrora temible, y en el marco de un serio dilema con el narcotráfico que ha llegado incluso a capturar el Estado, las cosas no han variado desde 2011 más que en lo mínimo que hacía falta para que Miguel Del Sel arrimara lo que no logró hace cuatro años. Tampoco en Mendoza, si de porcentajes hablamos, más allá de que esta vez han evitado la partición que sufrieron cuando se consagrara Pérez en coincidencia con el arrase de Cristina Fernández.

No conviene seguir expandiéndose, cuando todo ha ingresado a zona de incógnita a la espera de recuento. En cualquier caso, parecería que la maniobra estuvo más dirigida a opacar a la oferta kirchnerista, de Omar Perotti, que a Del Sel, cuyo primer puesto no estaría en duda. La escena con que el actual diputado nacional denunció la maniobra en la Cámara de Diputados de la Nación da cuenta de la mayor solidez del armado del FpV. Quienes circulen por este blog a menudo sabrán de sobra que aquí no otorgamos exclusividad al ingrediente mediático. Pero en esta oportunidad es imposible dejar de lado que a partir de estas dos elecciones se intentó dibujar, ya desde la mañana siguiente a ambas votaciones, un gigantesco edificio de humo. 

De acercar a Macrì con Massa se trata, de nuevo, a despecho de lo referido sobre este particular ut supra. Sonaba raro esa editorialización cuando al mismo tiempo se leía que la oposición (escrito así, en general) había aplastado al kirchnerismo. 

Con el correr de las horas, y mientras el gobernador Antonio Bonfatti se enreda en lo inexplicable, queda todo más claro.

jueves, 16 de abril de 2015

Salta la ficha

El triunfo de Juan Manuel Urtubey en las primarias salteñas incumbe, a la vez, resonancias propias de la coyuntura local --mayormente, y que de seguro explican el resultado mejor que cualquier otra cosa--, e implicancias que se inscriben en un panorama nacional que, para poder definirse como tal, requiere de que se precisen conceptos que, aunque no modificarán la síntesis que se arriesga a los efectos convencionales de estipular una conclusión (lo más general posible: victoria del Frente para la Victoria/derrota de las oposiciones), sí lo harán respecto de sus fundamentos.

No es un detalle menor: servirá para comprender que los dramas de los adversarios al proyecto de la presidenta CFK son todavía más agudos de lo que la superficie de una derrota electoral deja ver si se la estudia desde las minúsculas perspectivas que los análisis políticos metropolitanos admiten.

Haciendo a un lado, entonces, las especificidades de la realidad provincial, por carencias del comentarista, conviene entender que en modo alguno pueden considerarse nulas sus derivaciones más allá de las fronteras norteñas. Imposible, caso contrario, explicar información que a esta hora se está conociendo en cuanto a reconfiguraciones tácticas --hablar de estrategia acá sería demasiado-- tanto en el PRO como en el Frente Renovador a partir de conocida una votación que en la previa se suponía mucho más estrecha. Y aquí es cuando se hace necesario afinar la mirada: porque no se trata, en el caso de Juan Carlos Romero-Alfredo Olmedo, de una derrota tradicional de Maurizio Macrì y de Sergio Massa --más del segundo que del primero en este caso--; sino, mucho peor, de una a la que se subieron de prestado.

La edificación romerista excede y antecede a los referidos. Y más aún: adolece de instancia superior formal en la que articular con las dispares y numerosas UTE que los presidenciables opositores van rentando en cada comarca.

Por otro lado, de la segunda reelección de Urtubey emerge la constatación de una tendencia mayoritaria a la revalidación de los oficialismos, del signo que sean, a lo largo y a lo ancho del país, cuando el contexto socioeconómico es favorable. Lo que, proyectado, beneficiaría al gobierno nacional en sus planificaciones de cara a la cita de agosto/octubre venideros. Si esto, que fue norma en 2011 cuando Cristina Fernández batió récords históricos, se sostiene aún en el marco de un rendimiento sensiblemente inferior al de entonces, resulta una obviedad la algarabía oficialista del domingo último. Pero también significa una verificación de la solidez de su desempeño previo, que le permite capear bien el empedrado y aún sus propios errores.

De la incapacidad para observar esto, que se desprende de una previa negación de lo evidente, surge la decepcionante sorpresa de la vigente centralidad de CFK en la discusión por el futuro. De ahí la irritación que lleva al establishment a correr en auxilio inconsulto de las sucursales partidarias, intentando lubricar su ineficacia con enchastres varios, el último de los cuales ha sido la versión de una supuesta voluntad oficial de ampliar la actualmente incompleta Corte Suprema de Justicia, que surgió en llamativa coincidencia con la derrota de la entente macrimassista salteña. Las renovadas presiones tendientes a una confluencia entre el porteño y el tigrense, que brotan desde las mismas trincheras, hacen a idéntica praxis. 

El sueño húmedo del inevitable balotaje que devendría en caso de concretarse la alianza no se detiene siquiera a contemplar que en Salta ese experimento fracasó. Y no pasa por pretender una traslación mecánica de esa situación, pero sí debería quedar claro que la construcción política supone una operativa de mayor complejidad que mera matemática electoral. 

Una presencia contundente en los escalones superiores de la competencia complementa la contraparte de niveles subnacionales consolidados en su implantación territorial, y que conjugan reciprocidad con la conducción presidencial en un dispositivo común, corregido y profundizado en su arquitectura a través de la reconstitución jurídica y operativa del Partido Justicialista. Ello equivale al despliegue nacional a que tanto se alude cuando se exploran las razones de la supremacía del FpV. Después de todo, están por venir episodios provinciales más relevantes (en términos poblacionales), en los que la oposición recibirá noticias con las que compensar el traspié salteño. Si desde los fríos números no surge una explicación nítida es debido a que está en otro lado. Subyace un default político mucho más trascendente allí.

Carlos Pagni explicó, el lunes posterior a la elección, que Macrì, a su ver, "está empezando a darse cuenta que los problemas de la política se resuelven con política". Faltan menos de 60 días para que cierren los armados presidenciales, ¿y recién advierte semejante perogrullada? Estamos, pues, en presencia de no más que un voluntarismo in extremis.

Tarde piaste, a fin de cuentas, para tanto que todavía resta por desmalezar en lo que se aspira sea una alternativa seria.

domingo, 12 de abril de 2015

¿Qué hay de nuevo?

Cuesta la originalidad cuando se pretende publicar de a dos veces por semana.

Conviene, además, cada tanto, frenarse a estudiar con mayor detenimiento del que permite el formato de discusión de la geografía multimediática, para comprender con exactitud superior las razones estructurales de un proceso histórico determinado. Cuando decíamos en nuestro último texto que la inexorable consumación de las escasas llamas que aún perduran del caso Nisman implicaba a la vez efectos concretos sobre la marcha de la campaña presidencial 2015, intentábamos aludir a una singularidad del sistema político nacional, sobre la que nos hemos expedido demasiadas veces desde iniciado este año: su ausencia. 

Dilema cuyo desenredo a esta altura no asoma siquiera a rango de conjetura, circunstancia ésa muy provechosa para los factores de poder extrainstitucional, que concitan así un grado de compromiso mucho mayor de los actores políticos que intentan proyectar una alternativa al kirchnerismo. Una arquitectura partidaria regular serviría como muro de contención de esos impulsos. Los distintos episodios de la cotidianidad, en el fondo, sólo reproducen este drama de modo incesante.

Se trata, pues, reiteramos, de lubricar carrocerías partidarias opositoras desvencijadas con aceites ajenos a la política. El papa Francisco, que reivindica su independencia de acción, avisa que no acepta ejercer delegaciones, restringidas por definición. 

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La presidenta CFK afrontó la cuarta huelga general desde que asumió la presidencia de la Nación en 2007, todas ellas acontecidas durante su segundo mandato, iniciado en 2011, en coincidencia con la fuga del ex secretario general de la CGT, Hugo Moyano, de la alianza de poder oficial, dato que otorga clara pauta acerca del carácter político de esas distintas medidas de fuerza. No porque ello constituya una extrañeza: aquí hemos coincidido en cuanto a la naturalidad de tal circunstancia. Pero, siendo que resulta difícil argumentar acerca de alteraciones en el programa de gobierno desde entonces, el elemento reivindicativo en específico no alcanza a explicar el viraje de su comportamiento. Hay que explorar razones por otros lados. Y no dejará de ser válida, en tal caso, la pretensión de Moyano de transplantarse a la acción político-partidaria. 

Sí cabe impugnar su pericia en tales negocios y los acuerdos en que puso a jugar hace tiempo a su sector. A tres años desde inaugurados sus intentos, ni uno sólo de los hoy candidatos considera relevantes sus opiniones para los cierres de listas. Los duros hechos lo exponen con menos poder que hace apenas cuatro años. Y con riesgo de boomerang hacia su posición en territorio gremial. Esa deriva explica ciertas reacciones de sus más fieles escuderos.

Mientras transcurría el paro, Máximo Kirchner vio la oportunidad de matar varios pájaros de un tiro, y, al tiempo que salió a contestar a una denuncia de Clarín por la que casi ninguno de los satélites que suelen subirse a esos colchones de humo creyó conveniente poner la cara, aprovechó para voltear de hoja y explayarse sobre la coyuntura electoral. Una exposición cuya nota más destacable fue la evidente intención del jefe de La Cámpora de profundizar en la polarización programática con Maurizio Macrì como hoja de ruta en el camino de las urnas, y en la que evidenció solidez conceptual y sobrada llaneza, muy útil para desmentir agravios previos que le habían sido dedicados desde las mismas tribunas que, luego, con la imputación por tenencia de cuentas bancarias en el extranjero, pretendieron elevarlo a alturas de genio maligno en casi un pase de magia.

Siendo que a la misma hora sucedía la protesta de los sectores asalariados mejor pagos del país, y que Julio Piumato había, un rato antes, reprochado a quienes no adherían atribuyendoles el asesinato --que no es tal-- de Nisman, resulta inevitable interrogarse acerca de esa invectiva de quienes al finalizar la jornada se presumían vencedores frente a la serenidad de un hipotético referente de los derrotados como MK. Tal vez porque las cosas son exactamente al revés.

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Tanto en la acusación al hijo de la Presidenta, como en la huelga de un fragmento de los trabajadores que lejos se encuentra de urgencias, se advierte un mismo hilo conductor, y es la necesidad del establishment de alimentar intrusivamente la discusión política con expedientes ajenos a los que esencialmente les interesan, porque las formaciones opositoras son incapaces de construir el dispositivo que las viabilice de modo competitivo, o bien les falta voluntad de asumir una agenda poco atractiva para las mayorías populares, en el marco --para peor-- de su haraganería y carencia de ductilidad para compatibilizarlas con la inclusión de esas mayorías de modo tal de evitar el naufragio comicial. La posibilidad de resolver ese laberinto está dada por la urdición de rebusques dialécticos que rehuyan de las cuestiones verdaderamente sustanciales.

Hacia 2003, cuando recién despuntaba la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura, la táctica escogida por quienes se veían amenazados con tal novedad pasó por intentos similares en relación a lo actuado por las organizaciones político-militares en las décadas del '60 y del '70. Clarín responde al rastreo que de su actual hegemonía en el mercado infocomunicacional se hace sobre decisiones elaboradas en el mismo período con la calificación de dictadura hacia el actual gobierno nacional. Más acá en el tiempo, en el blog Nestornautas se explicó la denuncia de Nisman a CFK por supuesto encubrimiento a Irán en la causa AMIA con la cercanía del juicio por encubrimiento en la primera investigación del atentado, que sí llegó a elevación a la instancia de oralidad --y que incumbe un serio riesgo para la ficción que de este episodio tramaron la gestión de Carlos Menem junto a los gobiernos de Israel y EEUU--.

Este repaso a cuento de comprender la puesta en el centro del ring que Clarín hizo de Máximo Kirchner: es lo usual en estos segmentos que, de sentirse en problemas, respondan equiparando a quienes los impugnan con sus propias miserias.

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No casualmente, entonces, la operación contra el hijo de la presidenta de la Nación, que tuvo como temática la presunta posesión de depósitos financieros en el extranjero, se dio concomitantemente con el arranque en el Congreso nacional de la comisión parlamentaria que investigará el caso de evasión fiscal y fuga de divisas al HSBC Francia que denunció la autoridad tributaria gala a la AFIP argentina. Ese chiquero tiene, más allá de sus vericuetos judiciales, cuyo trámite corresponde a los tribunales --si es que se animan a encararlo; detalle no menor, por cierto--, el trasfondo político de un comportamiento sistémico por parte del entramado beneficiario del orden anterior, estallado en 2001, y que en el actual posneoliberalismo no terminan de aceptar que se les agotó la patente de corso para intervenir en los procesos de decisión nacional.

Se trata de un instinto que se expresó tempranamente a través del editorial con que José Claudio Escribano saludó en La Nación la asunción presidencial de Néstor Kirchner, que Rosendo Fraga reeditó, ya contra CFK, a escasos minutos de la muerte del ex presidente en 2010, y que en definitiva ya forma parte casi de un reflejo que late en cada una de las intromisiones a que hemos hecho referencia varias veces a lo largo de este texto.

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Mientras se escribía este post, y para confirmar la tesis que lo vertebra, Clarín publicó una nota bastante llamativa de una de sus más claros bajadores de línea, Julio Blanck. Frente a la constatación de que baja la espuma de la candidatura de Macrì en paralelo con la dificultad gigantesca que atraviesa Ernesto Sanz para bajar a los territorios el acuerdo UCR-PRO, y que el propio alcalde sufre en el distrito que gobierna para encuadrar a Gabriela Michetti; de que el derrape de Sergio Massa se frenó pero no significativamente; y de que las fortalezas y debilidades (PBA para Massa/Santa Fe, Mendoza, Córdoba, Entre Ríos y CABA para Macrì) de ambas candidaturas, al carecer de despliegue territorial acabado, encastran, el editorialista parece sugerirles a ambos, de nuevo, la necesidad de un entendimiento para enfrentar al Frente para la Victoria, que cuenta con un vuelo encuestológico de CFK a alturas que asustan, según reconoció hasta Carlos Pagni un día antes.

Y para no desentonar en este hábito de prestar auxilios que no se sabe con exactitud si son bien recibidos, y que en cualquier caso son inconvenientes proviniendo de gente que desconoce el oficio, el presidente de la UIA, Héctor Méndez, se pronunció, lisa y llanamente, contra la existencia de la discusión salarial. Bien suele repetir Aníbal Fernández que las mal llamadas paritarias se sostienen sólo gracias a la simultanea permanencia del kirchnerismo en el gobierno. Jorge Capitanich ha dicho alguna vez que el establishment acepta la inclusión social pero no la redistribución de la riqueza: perfectamente en sintonía con la declaración de Méndez contra otra cosa que una recomposición por precios, pero que no avance más allá de ello. 

El empresariado juega a construir un clima de inevitabilidad de un ajuste como consenso sucesorio al hablar de bombas a punto de estallar en el próximo periodo. 

No obstante todo, hay que agradecerle a Méndez que haya sincerado que aquí los litigios tienen que ver con las cosas, y no con las formas en que se las dice.